Capítulo 7
Mateo conocía el techo de su cuarto mejor que la cara de su padre.
Lo miraba casi todas las noches, tumbado, esperando un sueño que llevaba años llegando tarde y mal, cuando llegaba.
Esa noche ni lo intentó. Se levantó, bajó descalzo a la cocina por la escalera que se sabía a oscuras, escalón a escalón, y se quedó de pie en lo negro, sin encender la luz, con un vaso de agua en la mano que no tenía intención de beberse.
Lo había llenado por hacer algo con las manos.
Las manos, cuando no duermes, piden tarea.
Desde la ventana de la cocina se veía la nave de la cooperativa, abajo, una mancha larga y negra recortada contra el monte, con el nombre de la familia apagado en la fachada.
De día aquello era suyo. Lo llevaba él, lo firmaba él, los hombres le decían don Mateo y él contestaba que no hacía falta el don, y casi todos seguían diciéndolo igual, porque el don no era para él, era para el apellido, y el apellido sí lo querían tener contento.
De día funcionaba. De noche, desde aquella ventana, se veía mejor lo que la cosa era de verdad.
No una empresa. Una herencia con su nombre grabado encima en letras de hierro, recibida como se recibe un apellido: sin que nadie te pregunte, en ningún momento, si lo quieres.
Y de noche, además, estaba el cajón.
En el de abajo del escritorio de su cuarto había una cosa que Mateo llevaba diez años sin sacar.
No la había tirado. Lo había pensado muchas veces —el río quedaba cerca, el monte estaba lleno de sitios— y no lo había hecho nunca, y esa incapacidad suya de deshacerse de aquello le decía sobre sí mismo más de lo que estaba dispuesto a escuchar.
Tenía la llave. La llave iba en el llavero de todos los días, entre la del coche y la de la nave, y se la rozaba con el pulgar veinte, treinta veces al día, en la nave, en el coche, sin darse cuenta, como se toca un diente que duele para comprobar si sigue doliendo.
No abría el cajón. Hay cosas que no se guardan bajo llave, se guardan debajo de no mirarlas, y la llave es solo el cuento que te cuentas.
Mientras no abriera, aquello seguía siendo pasado.
El día que abriera, volvía a estar vivo, y volvía a estar vivo en el centro de la habitación, y ya no habría manera de volver a meterlo dentro.
Diez años cerrando ese cajón cada noche con solo no abrirlo. Se le daba bien. Era, si lo pensaba, lo único que de verdad se le daba bien.
Y luego estaba ella.
Llevaba toda la semana descolocado, y sabía el día exacto en que había empezado, y sabía la hora, y sabía el sitio: la plaza, el autobús, una mujer bajando con una maleta y mirando los carteles de la fiesta un segundo más de lo que los mira quien acaba de llegar.
No se lo decía con palabras, ni siquiera a solas en una cocina a oscuras, porque ponerle palabras a aquello era una manera de abrir el cajón sin tocar la llave.
Solo sabía que desde que aquella mujer había cruzado la plaza él dormía aún peor que de costumbre, miraba más el techo, y le daba vueltas por dentro a cosas que tenía bien quietas y bien colocadas desde hacía mucho, y que ahora se le movían solas, de noche, como muebles en una casa vacía.
La veía a todas horas aunque no la tuviera delante.
La manera que tenía de contestar sin contestar, de devolver la pregunta convertida en otra cosa más pequeña.
La costumbre de mirar la puerta de una habitación antes de mirar a la persona que tenía al lado, y de sentarse siempre de cara a esa puerta, con la pared detrás.
La cara que se le quedaba cuando creía que no la miraba nadie: una cara cerrada, quieta por fuera, de estar trabajando por dentro en algo que pesaba.
Y una cosa más, pequeña, una tontería en la que un hombre no debería fijarse y en la que él se había fijado el primer día.
Que cogía el teléfono al primer tono. Siempre.
Cualquier llamada, a cualquier hora, descolgada de un manotazo antes de que el aparato terminara de sonar una sola vez.
Como quien aparta una cosa de delante a toda prisa.
Como quien lleva años sin poder soportar el ruido de un teléfono sonando.
La gente del pueblo lo decía fácil: una mujer nerviosa, de ciudad, de esas que viven con prisa.
Mateo la había visto hacerlo tres o cuatro veces y no había pensado nervios ni un momento.
Había pensado otra cosa, y la había soltado enseguida, como se suelta un hierro caliente, porque pensar aquello entero, hasta el final, era abrir el cajón.
Esa mujer no le daba miedo. Le daba otra cosa, una para la que no tenía palabra, o para la que sí tenía una y no se dejaba decirla ni dentro de la cabeza.
Y por debajo de todo lo demás había una sensación más, y esa era la que de verdad le quitaba el sueño, más que el deseo, más que la cara cerrada, más que el teléfono.
La certeza, física, de tripa, de que aquella mujer en aquel pueblo era una cerilla encendida andando despacio entre cosas secas.
No hacía falta que hiciera nada. Le bastaba con estar, con seguir ahí, con seguir preguntando con esa voz suya que no preguntaba.
El pueblo entero la miraba ya. Su madre la miraba, y cuando su madre miraba a alguien dos veces era porque ya había decidido algo.
Y él sabía, con el cuerpo antes que con la cabeza, que si la dejaba arder a su aire iba a prender el monte entero, y que entonces ya nadie, ni él, iba a poder pararlo.
La salida sensata era una sola y la tenía clarísima, tan clara que casi daba risa lo fácil que era de ver y lo imposible que era de hacer.
Quitársela de encima. Inventarle un motivo, no renovarle el contrato después de la fiesta, ponerle el dinero de las semanas en un sobre y dejar que se marchara por la misma carretera por la que había venido.
El pueblo se cerraría detrás de ella en dos días, como se cierra el agua detrás de una piedra.
Eso es lo que habría hecho un hombre con el sueño entero.
Un hombre que todavía tuviera algo que proteger y las fuerzas justas para protegerlo y nada más.
Mateo se terminó el vaso de agua de un trago, de pie en la cocina a oscuras, con la nave negra ahí abajo y su nombre apagado en la fachada, y supo que no iba a hacer eso.
Supo que iba a hacer lo contrario, y lo supo con la misma certeza tranquila con la que conocía el techo de su cuarto.
Iba a tenerla cerca. Todo lo cerca que ella se dejara tener, el tiempo que hiciera falta, costara lo que costara y le costara a quien le costara.
No era una decisión, porque una decisión se toma, y aquello él no lo estaba tomando: lo estaba reconociendo, como se reconoce el tiempo que va a hacer mañana por cómo huele el aire esta noche.
Y supo, en el mismo trago de agua, otra cosa más: que de las dos salidas que tenía delante acababa de quedarse con la peor.
Con la única que podía terminar de quemarlo todo. La de él incluido.
Dejó el vaso en el fregadero, despacio, para no hacer ruido en la casa dormida. Subió a acostarse por la escalera que se sabía de memoria.
Al pasar por delante del escritorio no abrió el cajón.
Tampoco esa noche.