Capítulo 6
Los viejos de un pueblo lo guardan entero en la cabeza, ordenado por muertos.
Por eso fui a buscar a Remedios. La habían nombrado dos veces delante de mí, las dos con esa media sonrisa que se le pone a la gente cuando habla de alguien a quien quiere y de quien se ríe a la vez.
La vieja del molino. La que no baja. La que lleva sola más años de los que tengo yo.
Subí con la excusa puesta. Estaba recogiendo cosas viejas para el centro, fotos y trastos de desván, para una vitrina de la fiesta. Era una excusa buena. Le daba a cualquiera permiso para hablarme del pasado, y a mí permiso para escucharlo.
El molino estaba al final del camino, donde el río se estrecha y el monte empieza a tomárselo en serio.
Un molino harinero parado desde hacía vidas, la rueda quieta y verde de musgo, medio edificio convertido en ruina y la otra mitad en casa.
Olía a piedra mojada. Era la última puerta antes de que el camino dejara de ser camino y se pusiera a subir.
Remedios estaba en el umbral antes de que yo llamara, como si llevara un rato oyéndome subir. A lo mejor lo llevaba. Pequeña, seca, con los ojos despiertos metidos en una cara que ya no se molestaba en gastar expresiones.
—Cosas viejas, dices. —Se apartó para dejarme entrar, sin decir que entrara—. De cosas viejas aquí vamos servidos. Yo soy una.
Le pregunté por los colmenares de arriba, los que ya no se trabajan. Le dije que en el centro no teníamos ni una foto buena de cuando aquello estaba vivo.
—De aquello. —Se sentó. Tardó en seguir, como si la frase tuviera cuesta—. Aquello fue de los Vega antes que de nadie. Buena miel. Después fue de otros, y después se cerró, que es lo que les pasa a las cosas cuando cambian mucho de mano. Se cansan.
Dejé pasar el nombre. No había subido por nombres viejos. Le pregunté por el monte, por la gente que subía, por si quedaba alguien que se acordara de cuando aquello tenía vida.
—Yo. —Me miró por primera vez de verdad, no de refilón—.
Yo desde esta puerta lo he visto todo. Todo lo que sube a ese monte sube por delante de mí, no hay otro camino.
Y yo aquí, con el río, sin nada mejor que hacer que mirar.
—Bajó la voz, y la voz, al bajar, se le puso útil—.
La última vez que aquello tuvo gente de noche fue…
—Vera.
La voz de Mateo en la puerta. No lo había oído llegar, claro, nunca lo oigo llegar. Remedios cerró la boca despacio, como quien guarda una cosa en un cajón y le da la vuelta a la llave.
Yo no le había dicho a nadie que subía al molino. A nadie. Mateo estaba allí de todas formas, con el coche esperando abajo, en el único sitio del pueblo en el que no se le había perdido nada y al que había llegado justo a tiempo.
—Remedios se cansa con las visitas largas —dijo. Suave. Para la vieja fue una caricia, y para mí, una puerta cerrándose, y las dos cosas le salieron con la misma voz—. Te llevo. Tengo el coche abajo.
Me dejé llevar, que es lo que llevaba toda la semana haciendo y todavía no me había perdonado.
Me puso la mano en la espalda y no apretó.
No le hacía falta apretar. Bajé los escalones pensando dos cosas a la vez, que es como pienso desde que llegué a este pueblo.
Una: Remedios sabía algo, lo tenía ya en la lengua, y Mateo había subido hasta aquel molino, con su coche y su voz de terciopelo, exactamente a tiempo de que no me lo dijera.
Eso era él. El muro con cara amable que esta familia manda cuando hay que cerrar una puerta.
Dos: la mano que me sacaba de allí me gustaba en la espalda.
Las dos cosas eran verdad, y las dos juntas me dieron asco de mí.
Ya en la puerta, con el río volviendo a meterse en todo, Remedios habló a mi espalda. No alto. Lo justo para que me llegara.
—Oye, tú.
Me giré. Me miraba con esos ojos que no gastan nada en lo que no sirve.
—Yo a ti te he visto subir ese monte. No de ahora. —Se quedó buscando algo en mi cara, y lo encontró, o hizo como que lo encontraba—. La gente se me va, pero las caras se me quedan todas. Y la tuya subió por aquí una vez, hace ya…
Mateo me apretó el hombro y me bajó el primer escalón, y la frase de Remedios se quedó sin acabar, colgada del aire húmedo, como las dejaba ella siempre. Como las dejaba ella siempre, o como Mateo no la dejó terminar. Bajando ya no se distinguía.
Le dije a Mateo que sí a algo que no había escuchado. Subí a su coche con el molino quedándose atrás, y me fui repitiendo que Remedios era muy vieja, y que los muy viejos confunden las caras y las épocas, y a veces a los muertos con los vivos.
Me lo repetí hasta el coche.
No me duró ni hasta el coche.