Miel y Veneno Capítulo 5
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Capítulo 5

Pasé dos días portándome como una turista de manual. Sonreía a la hora correcta y no preguntaba nada. Dejaba la caja del correo cerrada y comprobaba al volver que nadie la había vuelto a abrir. Nadie la abrió. El pueblo había dicho lo suyo y ahora esperaba, a ver qué hacía yo con el recado.

Lo que hice fue dejar que Mateo Salcedo me llevara a ver las abejas.

Me dijo que las de verdad no estaban detrás de un cristal y que, a esa hora, con el día cayéndose, no picaban. Las dos cosas resultaron ciertas, que ya era más de lo que solía sacarle yo a un hombre en una tarde.

El colmenar nuevo estaba en la falda del monte, del lado bueno, lejos del que yo subía con un reloj en la mano.

Filas de cajas de madera pintadas de colores ya descoloridos por el sol, puestas todas mirando al mismo sitio, como un pueblo pequeño y obediente.

Olía a humo de ahumador y a tomillo del que pisábamos al andar.

La luz se iba por detrás del monte y dejaba el campo de ese dorado corto que no dura nada.

Mateo se movía entre las cajas sin prisa, sin red en la cara, levantando una tapa aquí y otra allá con las manos desnudas. No era el hombre quieto del centro. Era otro, uno que conocía cada cosa que tocaba, y verlo así, suelto, me desordenó un poco el plan que llevaba en la cabeza.

—¿Tú querías esto? —le pregunté—. Lo de llevar el apellido.

—A nadie se lo preguntan. —Echó humo despacio en la entrada de una colmena—. En esta familia no se elige. Se hereda. Mi padre lo cuenta como si te estuviera haciendo un regalo.

—¿Y no lo es?

—Es una colmena. —Bajó la tapa—. Cada uno tiene su sitio y su tarea, y el que un día deja de servir… —Dejó la frase colgada, con los ojos en las cajas—. Las abejas son prácticas. Mi familia también.

Nos quedamos callados mientras el zumbido del colmenar bajaba de tono, miles de bichos metiéndose a la vez en sus cajas. Fue un silencio cómodo. Y los silencios cómodos con un objetivo delante son peligrosos, porque se te olvida que el objetivo está delante.

—Tú hablas poco de ti —dijo. No como una queja. Como quien constata el tiempo que hace.

Y yo, que tengo el guion aprendido, que sé esquivar esa frase con los ojos cerrados, bajé la guardia el tiempo de una respiración.

—Tuve una hermana —dije. Me oí decirlo, que es lo que pasa cuando dices algo que no llevabas pensado decir—. Pequeña. Murió. Hace mucho.

Lo que no le conté, porque eso no se cuenta entre filas de colmenas a un hombre al que llevas conociendo cinco días, fue lo otro.

Detrás de la que se muere de verdad se muere también una familia entera, despacio, sin que lo certifique nadie.

Mi madre dejó de cocinar. Durante meses comimos de pie lo que hubiera, y mi padre se dedicó a arreglar cosas de la casa que no estaban rotas, un grifo, una bisagra, la misma bisagra una y otra vez, porque arreglar era lo único que se le parecía a poder hacer algo.

El pueblo trajo guisos los primeros días, en fuentes con el nombre puesto por debajo con esparadrapo para que supieras a quién devolvérselas.

Lloró en misa, el pueblo, lloró con ganas.

Y luego firmó un papel que decía accidente y volvió a su miel.

Un pueblo puede llorar a una cría por la mañana y darle la razón a quien manda esa misma tarde, y no se le mueve un músculo de la cara.

De aquella noche no hablo. Nunca. Ni a solas.

—¿Qué le pasó? —preguntó Mateo. Bajito.

—No hablo de aquella noche.

No insistió. Un desconocido habría insistido un poco, por buena educación, o me habría puesto una mano en el hombro para que se le notara la pena. Mateo solo asintió, como quien tacha una línea de una lista que ya tenía escrita de antes.

Me miró. Llevaba un rato mirándome más de lo que se mira a alguien, con el último resto de luz puesto en mi cara, y no apartó los ojos cuando lo pillé haciéndolo.

—¿Qué? —dije.

—Nada. —Tardó en seguir—. Que se me hace raro. Llevo toda la semana con la sensación de estar acordándome de ti. No de conocerte. De acordarme.

Una versión más lista de mí le habría preguntado qué quería decir con eso. De qué se acuerda uno de una mujer a la que conoce de cinco días. Esa versión más lista llevaba toda la semana llegando tarde a cada cita conmigo misma.

No le pregunté. Dejé la frase donde la había puesto, bonita y torcida a la vez, y bajamos el monte con las abejas ya calladas y un trozo pequeño de luna por encima, y yo con la cara caliente en el sitio exacto en el que no me había tocado.