Capítulo 4
Mateo entró en el centro a la hora muerta de la tarde, cuando el último autocar de turistas ya había soltado a su gente cuesta abajo y solo quedábamos las abejas detrás del cristal y yo.
No venía a nada. Esa fue la primera cosa rara.
La gente que dirige una cooperativa no tiene huecos en la agenda para no venir a nada.
Se paró al otro lado del mostrador. Yo estaba colocando tarros, del más claro al más oscuro, y seguí, porque tener las manos ocupadas es la mitad de cualquier conversación que no quieres tener entera.
—Lo haces como si llevaras años —dijo.
—¿El qué?
—Ordenar lo de otros.
Le quité importancia con la cara. Él alargó el brazo por encima del mostrador y me apartó un mechón de la frente, despacio, como quien tiene derecho.
Lo raro no fue que lo hiciera. Lo raro fue que no me aparté.
Cuatro días antes me habría apartado. Me quedé quieta, dejándome tocar por un Salcedo, y la parte de mí que no descansa nunca tomó nota del fallo.
—¿Qué haces esta noche? —preguntó.
El móvil me sonó en el bolsillo. Lo cogí antes de que terminara el primer tono, con la mano que decide sola, y descolgué sin mirar quién era.
Publicidad. Una grabación de una compañía de luz.
Colgué. Cuando levanté la vista, Mateo me miraba la mano, no la cara, con una atención pequeña y exacta que no me gustó y que aparté como se apartan los cabos sueltos cuando se tiene prisa.
—Decías —dije.
—Que qué haces esta noche.
—Dormir.
—Mentira. —No lo dijo con dureza. Lo dijo como quien reconoce una cara—. Pero vale.
Bajé la cuesta con su mano todavía marcada en la sien. Entré en la casa, cerré, y saqué de debajo de la cama lo que de verdad hago yo por las noches.
Eran diez años de papel. Recortes amarillos de los dos periódicos de la provincia.
Fotocopias del atestado, pedidas hacía mucho con un nombre que entonces aún era el mío.
Un plano del pueblo con el monte dibujado a mano, el mío, de tanto rehacerlo.
Lo extendí en el suelo, como cada noche desde que había llegado.
Y como cada noche, el papel contó la misma historia y yo no me la creí.
El papel contaba un accidente. Olalla Ledesma, dieciséis años, había subido de noche a los colmenares viejos, un sitio cerrado, sin luz, al que no se le había perdido nada, y se había caído a un pozo seco.
El monte se la quedó hasta la mañana siguiente.
Mala suerte y oscuridad. Eso firmaba el atestado, y eso había firmado el pueblo, que es quien firma de verdad.
Lo que el atestado no firmaba eran los cuarenta minutos.
Entre la última persona que la vio viva, un hombre que volvía de regar y se la cruzó en el camino del monte a las nueve y diez, y la hora en la que, según el forense, no había podido morir antes, había cuarenta minutos.
Cuarenta minutos en los que una cría de dieciséis años estuvo sola, de noche, en un sitio al que no sube nadie.
El atestado los despachaba en una línea.
“Permaneció un tiempo en la zona.” Un tiempo.
Yo había hecho ese camino tres veces ya, de día, con un reloj.
Sé lo que se tarda en subir y lo que cuesta dar con el pozo si no sabes de antemano que está.
Cuarenta minutos no es perderse. No es un paso en falso en lo oscuro.
Cuarenta minutos es alguien. Una niña no pasa cuarenta minutos sola en lo alto de un monte.
Pasa cuarenta minutos con quien la ha hecho subir.
Entre los papeles guardo una foto. La única que me traje. Olalla a los dieciséis, entornando los ojos contra el sol, con esa cara de estar a punto de decir algo. Siempre estaba a punto de decir algo.
La última vez que de verdad hablamos, la semana de antes, no nos dijimos nada bueno.
Discutimos. Por una cosa de hermanas, de esas que mientras las tienes parecen el final del mundo y que ya ni sé contar bien, porque les he echado encima diez años de echarla de menos.
No hicimos las paces. No me dio tiempo, o no quise, que desde aquí es lo mismo.
Te peleas con tu hermana un martes cualquiera convencida de que el perdón es algo que va a estar siempre ahí, esperando, como el agua del grifo.
Un día subes a abrir el grifo y resulta que no.
En todo aquel papel, el apellido Salcedo no estaba escrito en ningún sitio.
Estaba debajo de todo. El monte era suyo.
El pueblo que firmó el atestado vivía de su miel.
El forense comía de esa mano, y el alcalde, y el cura que le había echado la tierra encima a mi hermana.
Y yo me había pasado la tarde dejando que un Salcedo me apartara el pelo de la cara.
Recogí el papel del suelo pasada la una, lo devolví a su sitio bajo la cama y salí al porche a respirar el cansancio antes de acostarme.
La caja del correo estaba abierta.
Yo la dejo cerrada. La dejo cerrada porque las cosas que coloco de una manera me cuentan al volver si alguien las ha tocado.
Estaba abierta y estaba vacía, y eso fue lo peor, porque vacía quería decir que quien la abrió no buscaba nada dentro.
No había venido a llevarse mi correo. Había venido a que yo supiera que había venido.
Me quedé en el porche con el frío subiéndome por los pies. Acababa de pasar la noche reconstruyendo a un pueblo que diez años atrás había visto subir a una niña a un monte y había decidido no ver nada. Y el mismo pueblo acababa de bajar hasta mi puerta para enseñarme que a mí sí me veía.