Miel y Veneno Capítulo 3
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Capítulo 3

A un sitio se le aprende antes el horario que la gente.

En cuatro días ya sabía a qué hora entraba el primer camión, cuándo paraban a almorzar los hombres de la nave, qué puerta no cerraba bien y por dónde se salía del recinto sin pasar por delante de nadie.

Las personas vinieron después, como vienen siempre, cuando ya tenía el plano dibujado.

La cooperativa era mucho más que el centro de los turistas.

El centro era el escaparate, la parte con cristal y cucharillas de madera.

Detrás estaba la nave de verdad. Bidones hasta el techo.

La extractora soltaba un zumbido grueso y un olor caliente y dulce que se te metía en la ropa y no salía con un lavado.

Una cinta de envasado escupía tarros sin parar, todos con la etiqueta hacia delante, para que el apellido entrara en cada caja mirando al frente.

Yo me movía por allí con una carpeta en la mano.

Una carpeta es el mejor salvoconducto que hay.

Quien lleva una carpeta tiene un motivo, y a quien tiene un motivo no se le pregunta nada.

Anotaba pedidos que no me importaban y, mientras tanto, contaba puertas, contaba hombres, aprendía qué Salcedo daba las órdenes y a quién se las daba.

A la madre la conocí un jueves, entre la cámara fría y la cinta de envasado, con un dedo pasado por el canto de una estantería para comprobar si quedaba polvo. Quedaba. Lo limpió en un pañuelo y miró el pañuelo más rato del que necesita un pañuelo.

—Tú eres la chica nueva. —No era una pregunta, así que esperé—. Vera. ¿De dónde nos has salido, Vera?

—De la costa. Estaba en un sitio parecido, atención al visitante. Vi lo de la temporada aquí y…

El móvil sonó. Lo cogí antes de que acabara el primer tono, antes de acabar yo la frase, con esa parte de la mano que decide sola y no me consulta. Un número equivocado. Una voz de hombre que buscaba a una tal Merche. Colgué.

Cuando levanté la vista, Amparo Salcedo me miraba el teléfono como se mira una carta que ha llegado ya abierta.

—Qué rápida. ¿Esperabas una llamada importante?

—No.Los cojo todos así. No sé hacerlo de otra manera.

—Ya.

Lo dejó ahí. La gente que sabe mandar conoce el valor de no terminar una frase. Se guardó el pañuelo, se quitó de la manga una mota que yo no vi, y antes de seguir su camino me dejó una última cosa, envuelta en el papel bonito de la hospitalidad.

—Aquí trabajamos en familia, Vera. Lo bueno de la familia es que una acaba enterándose de todo lo que pasa bajo su techo. Tarde o temprano. —Me sonrió sin gastar nada en la sonrisa—. Casi siempre temprano.

Me dejó plantada entre los tarros, con la carpeta de adorno y la sensación exacta de haber sido olida.

Para acercarme a Mateo no hizo falta cálculo, y eso, si yo hubiera estado escuchándome, tendría que haberme escamado.

Me quedé en el centro después del cierre con la excusa de cuadrar la caja, que no necesitaba cuadrar.

Él apareció igual que la primera vez, sin ruido, como si el edificio lo fabricara en la habitación de al lado.

—¿Por qué te quedas hasta tan tarde un día que no te toca? —preguntó.

No lo preguntó como una pega. Lo preguntó como si la respuesta fuera a importarle de verdad, y eso descoloca, porque casi nadie hace ya esa clase de preguntas.

—No tenía prisa por bajar a una casa vacía.

—Yo tampoco. —Apoyó el hombro en el marco de la puerta, sin ninguna intención de irse a ningún sitio—. Llevo mucho tiempo sin tener prisa por nada. Puedo esperar lo que haga falta.

Cuatro días. Un hombre que te conoce desde hace cuatro días no dice “lo que haga falta”. Dice otras cosas, cosas pequeñas, del tamaño de cuatro días. Me dije que era un hombre intenso y que los hombres intensos van rápido, y que eso me venía bien, porque yo también iba rápida y por otros motivos.

Se separó del marco y cruzó hacia el mostrador.

No me tocó. Solo acortó la distancia hasta dejarla en una medida que ya no era profesional, y se quedó ahí, y me miró como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y él lo supiera y yo todavía no.

Se me subió el pulso a la garganta. Lo bajé a base de voluntad, que es un músculo, y me aparté un paso con una sonrisa de buenas noches.

Bajé la cuesta pensando que el trabajo iba bien. Demasiado bien es una manera de ir mal, pero esa frase la pensé y la dejé pasar, porque era tarde y porque la casa me esperaba vacía.

La casa de Rosa estaba tan callada como la había dejado por la mañana. En el fondo del armario, detrás de la ropa que no me pongo, seguía la caja. La había empujado hasta tocar la pared el primer día, que es adonde van las cosas que una trae consigo pero no quiere tener delante.

La bajé. Cartón blando por las esquinas de tantos años y tantas mudanzas. Cosas de cuando tenía dieciocho. La tuve un rato en las rodillas, sentada en el borde de la cama, con las dos manos encima como si pesara más de lo que pesaba.

No la abrí.

La devolví al armario, esta vez más al fondo. Hay un orden para todo lo que he traído a este pueblo. La caja iba la última, y todavía faltaba mucho para la última.