Capítulo 2
Celia Salcedo hablaba como se riega una planta, sin medir, segura de que todo lo que cayera iba a sentar bien. Llevaba media mañana enseñándome el centro y no me había mandado callar ni una vez. Me venía de maravilla. La gente que llena los silencios no nota cuántos le vas quitando.
El centro de interpretación de la miel era una casa de piedra rehabilitada, fresca por dentro aunque fuera ya apretaba el sol.
Estanterías con tarros puestos en fila del más claro al más oscuro, una escala de luz que iba apagándose hacia el fondo.
Un mostrador de cata con cucharillas de madera.
Y contra la pared del fondo, detrás de un cristal, la colmena.
Era una de verdad, viva, encajada en un marco de cristal para que los turistas pudieran mirar sin que las abejas pudieran tocarlos.
Miles de cuerpos moviéndose sobre el panal con un zumbido que se notaba en los dientes antes que en los oídos.
Me quedé un rato delante. Un cartel al lado repartía el trabajo.
La reina no sale nunca. Las obreras la alimentan, la limpian, deciden por ella.
A los zánganos, cuando llega el frío y dejan de hacer falta, los echan fuera a morir.
—Impresiona, ¿verdad? —Celia se había parado a mi lado—. A mí de pequeña me daba pesadillas. Ya es como tener la tele puesta.
Me contó, sin que se lo pidiera y por tanto sin que le costara nada, media vida del pueblo.
Que la cooperativa la había levantado su bisabuelo.
Que la fiesta caía en seis semanas y su padre quería el centro reluciente para entonces.
Que de los colmenares viejos, los de la falda del monte, ya no se ocupaba nadie, que estaban cerrados desde hacía años y mejor así, porque hasta allí no subía ni el cartero.
Que su hermano Mateo lo llevaba todo.
—¿Tú llevas mucho en esto, en lo del turismo?
—me preguntó mientras me enseñaba la caja.
—Lo justo. —Pues se nota. La del año pasado no aguantó ni el verano.
—Bajó la voz aunque no había nadie a quien bajársela—.
Aquí en temporada entra muchísima gente, pero gente que se va.
Caras nuevas que se quedan, pocas. Tú eres la primera en no sé cuánto.
Asentí con la cara puesta y guardé el dato donde guardo los datos.
Había venido a este pueblo a abrir una puerta, la de la familia Salcedo, y había contado semanas para acercarme a tocar a uno de ellos.
Llevaba en Valdecolmena medio día y ya tenía a una Salcedo enseñándome dónde se guardaban las llaves.
—A mi hermano lo conoces hoy —dijo Celia—. Querrá verte. Conoce a todo el que entra a trabajar aquí, es así.
Lo conocí a media tarde, delante del cristal de la colmena, que para entonces ya me parecía el único sitio honrado del edificio.
No lo oí entrar. Eso me dijo algo de él antes de girarme. La gente que sabe entrar sin que la oigas lo ha aprendido en algún sitio, y los sitios donde se aprende eso no suelen ser buenos.
Me giré. Era alto y estaba quieto de esa manera que no descansa, la del que está quieto porque lo ha decidido.
Treinta años, puede que alguno más. Me miró el tiempo que se mira algo que llevas buscando y encuentras al fin en el último cajón, y a mí se me puso el pulso a trabajar por su cuenta, sin consultarme, lo cual me pareció una falta de respeto de mi propio cuerpo en horario laboral.
—Mi hermano. Mateo. —Celia nos juntó con un gesto—. Vera, la chica nueva, ya te dije. Viene para la temporada, estaba antes en… —Vera —dijo él.
Solo el nombre. Ni de dónde, ni desde cuándo, ni qué se le había perdido en un pueblo en el que no se le había perdido nada. Las preguntas con las que un desconocido te coloca en su cabeza. Mateo no hizo ninguna. Repitió mi nombre como quien comprueba que una llave abre, y se guardó la llave.
Pensé que era un hombre al que no le sobraban las palabras, y que esos son los más difíciles y los más interesantes. Lo pensé porque era cómodo pensarlo.
Celia se fue a atender a una pareja que quería tarros para llevar. Mateo me dijo que viniera, que me enseñaba dónde iban mis cosas, y echó a andar sin esperar a comprobar si lo seguía. Lo seguí.
En el despacho del fondo había dos sillas.
Fui hacia la de la izquierda sin pensarlo, la que dejaba la pared en la espalda y la puerta de cara, porque me siento así desde hace tanto que ha dejado de ser una decisión.
Mateo la separó un poco antes de que yo llegara.
Lo justo para que me sentara. No dijo nada.
Lo que decía era que sabía cuál de las dos iba a elegir.
Me senté. Me dije que un hombre observador ve esas cosas en un segundo.
Es verdad que las ve. En un segundo, no.
Iba a preguntarle cuánto duraba el contrato. Es lo que pregunta alguien de paso. Abrí la boca y él ya estaba contestando.
—Hasta después de la fiesta. Seis semanas. Se renueva, si para entonces quieres quedarte. —Levantó la vista de los papeles—. Vas a querer.
—No me conoces de nada para saber lo que voy a querer. —No —dijo.
Y no añadió nada, que es la forma más rápida de dejar una frase abierta en medio de una habitación.
Me tendió un juego de llaves del centro por encima de la mesa.
Al cogerlas le rocé los dedos, y fue un roce de nada, y duró lo que duran esas cosas, y aun así me lo apunté como se apunta un gasto que no estaba en el presupuesto.
Salí del centro cuando Celia echó el cierre. A mitad de la cuesta me di cuenta de que me había dejado la chaqueta en el respaldo de la silla. Volví.
La puerta seguía abierta. Mateo estaba dentro, solo, apagando luces. Me vio en el umbral.
—Has vuelto.
Las dos palabras solas, con un peso que no le correspondía a una chaqueta olvidada en una silla. Después se le recolocó algo en la cara y lo arregló.
—Pensaba que ya te habías ido. Toma. —Me alcanzó la chaqueta—. Se te quedaba media vida aquí dentro.
La cogí. Le di las gracias con la sonrisa correcta y bajé la cuesta por segunda vez, ya de noche, con el zumbido del cristal todavía metido en algún sitio detrás de la oreja.
Tenía motivos para ir contenta. Había calculado semanas para llegar a tocar a un Salcedo, y el primer día me habían presentado al que lo llevaba todo, y el que lo llevaba todo me había apartado la silla y me había dicho que iba a querer quedarme. Iba rápida.
La gente que va rápida debería dormir bien.
A media cuesta noté que estaba sonriendo. No me la había puesto. No la había pesado. Estaba ahí sin mi permiso, trabajando para alguien que no se lo había pedido, igual que las abejas detrás del cristal.