Miel y Veneno Capítulo 1
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Miel y Veneno

Miel y Veneno

Por Amara Dorado

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Capítulo 1

Valdecolmena olía a lo que vendía.

Lo noté antes de bajar del autobús, cuando las puertas se abrieron con un resoplido y el pueblo entró de golpe. Lavanda y cera caliente. Por debajo, algo dulce y espeso, como si también el aire estuviera a la venta y alguien le hubiera puesto buen precio.

El conductor me preguntó si era mi última parada.

Le dije que sí, bajé la maleta del compartimento de arriba y le deseé buen viaje de vuelta.

Sonreí lo justo. Llevo toda la vida sabiendo cuánto debe pesar una sonrisa.

Ni un gramo de más, porque el gramo de más es lo que se queda en la cabeza de la gente.

La plaza estaba empapelada para la Fiesta de la Miel.

Carteles en cada farola, un arco de tela cruzando la calle, abejas dibujadas con esa cara amable que no tienen las abejas de verdad.

Y abajo, en todos, el mismo nombre en letras doradas.

Salcedo. En el tarro del cartel. En el toldo de la tienda de enfrente.

En la fachada larga de la cooperativa, donde las letras eran de hierro y proyectaban su propia sombra contra la cal.

Un apellido puede ocupar un pueblo entero si se lo trabaja despacio.

Leí la fecha de la fiesta dos veces. No porque fuera a olvidarla. La fecha la tenía clavada desde hacía diez años. La leí dos veces por lo otro, por la cosa pequeña y caliente que me sube por el esternón cuando cuento los años y que tengo bien enseñada a quedarse quieta.

Seis semanas.

Rosa me esperaba en el porche con las llaves en una mano y media hora de conversación que yo no había pedido.

La casa estaba donde la había querido: al final de un camino de tierra, en las afueras, sin pared compartida con nadie.

Una casa que se ve venir. Desde la ventana de la cocina se controlaba el camino entero hasta la carretera, y eso, más que las dos habitaciones y el patio, era lo que había alquilado.

—Así que tú eres la chica nueva del centro de la miel —dijo Rosa, peleándose con la cerradura del patio, que se atascaba. —Esa soy. —Pues vas a estar entretenida. En temporada esto se llena. ¿Y familia, tienes familia por aquí? —No. —Ah. De paso, entonces. —De paso.

Dos palabras. Las mentiras buenas son cortas.

La gente rellena sola los huecos, y los rellena siempre a su favor, y se marcha contenta de haberlos rellenado.

Rosa se marchó contenta. Me dejó las llaves, una bolsa con tomates de su huerto y la información, que no le había pedido tampoco, de que aquí nunca pasaba nada y de que se vivía muy tranquilo.

Deshice la maleta sin prisa. Tengo poca ropa y la coloco siempre igual, en cualquier armario de cualquier sitio, porque hay una clase de orden que no es orden sino una manera de saber al instante si alguien ha tocado tus cosas.

Lo último que saqué no venía en la maleta.

Lo llevaba en el bolsillo del abrigo, como siempre, y estaba caliente de ir pegado a mí todo el viaje.

Una piedra de ámbar del tamaño de una almendra.

Contra la luz de la ventana se le veía dentro una cosa diminuta, un insecto, una hormiga con alas quizá, sorprendida con las alas abiertas en el gesto exacto de irse.

Llevaba así millones de años. Abriendo las alas y sin moverse del sitio.

Era de mi hermana.

Olalla tenía dieciséis años la última vez.

Decía “escucha” antes de cada cosa importante y antes de cada tontería, y las mezclaba a propósito para que nunca supieras cuál venía detrás.

Escucha, que el verano que viene nos vamos las dos de aquí.

Escucha, que no le digas nada a mamá. Escucha, escucha.

Cerré la mano alrededor del ámbar hasta que los bordes me hicieron daño. Después lo guardé y bajé a andar, porque el sol ya caía y quería el pueblo en los pies antes de tenerlo en la cabeza.

Valdecolmena a esa hora se ponía guapo de una manera casi insultante.

La piedra dorada, los geranios en los balcones, el olor a leña empezando a salir de las chimeneas.

Un sitio así te pide que bajes la guardia.

Te lo pide con tanta educación que cuesta acordarse de que un pueblo es solo la gente que lo habita, y de que la gente que lo habita ya estaba aquí hace diez años, y vio lo que vio, y eligió lo que eligió.

Un hombre mayor leía el periódico en la puerta de un bar.

Levantó la vista y la dejó en mí más tiempo del que dura mirar a una desconocida.

Se me cerró algo en la garganta. Le sostuve la mirada con la cara puesta, la buena, la de no ser nadie de ningún sitio, y esperé.

El hombre volvió al periódico. Solo era un viejo aburrido midiendo a la forastera de la temporada, calculando si dejaría dinero en el pueblo o solo polvo en la carretera.

Nadie en Valdecolmena conocía ya mi cara. Diez años y un apellido nuevo trabajan bien si los dejas trabajar. Yo los había dejado.

El camino de vuelta a la casa pasaba por el cementerio.

No lo había buscado. O lo había buscado y prefería contármelo de la otra manera, que para eso una se cuenta a sí misma las cosas, para elegir cómo.

La tapia baja, encalada. Los cipreses negros y quietos por encima.

La verja de hierro entornada, como si alguien acabara de salir o esperase a alguien para entrar.

Me paré delante el tiempo de un cigarro que no fumo.

Detrás de esa tapia yo sabía cuántas filas había que contar y hacia qué lado torcer.

Lo sabía sin haber pisado nunca el sitio, porque hay cosas que te llegan por carta y se te quedan dentro con la forma exacta de un plano.

Podía entrar. Tenía la mano en el hierro frío de la verja y bastaba con empujar.

No empujé.

Entrar habría sido ir a llorarle a alguien. Y a Valdecolmena yo no había vuelto a eso.

Seguí camino arriba. A mi espalda, el pueblo entero olía a miel, y la miel, cuando es de verdad, no se estropea nunca.

Lo aguanta todo. Los años, el calor, el olvido.

Por eso la usaban los egipcios para sus muertos.

Metes una cosa en miel y esa cosa no se pudre jamás.

Se queda tal cual la dejaste, intacta, esperándote.

Igual que un pueblo. Igual que una fecha. Igual que un apellido en letras doradas.

Empezaba a trabajar en dos días.