Capítulo 33
Cien caras vueltas hacia ti a la vez tienen un peso físico. No es una manera de hablar. Se nota en el esternón, justo donde llevaba yo las tres hojas de Tomás Vega, como si toda esa gente empujara despacio en el mismo sitio.
Aurelio me había hecho jaque con un solo movimiento, sin levantar la voz, y lo había hecho tan limpio que tardé un segundo entero en verlo.
Me había convertido en una invitada delante del pueblo.
La forastera. La que viene de fuera. Y a la forastera, cuando dentro de un rato abriera la boca para hablar de un muerto, Valdecolmena la iba a oír como se oye a alguien de fuera: con el cuerpo ya medio girado hacia su anfitrión.
Tenía dos o tres segundos para decidir. Los que tarda una plaza en pasar de mirarte a esperar que digas algo.
Aurelio no me dejó ni esos. Era bueno; hay que reconocerle al enemigo lo que tiene.
—Llevas medio año entre nosotros, hija, y este pueblo es muy malo dando las gracias —dijo, hablándome a mí pero para todos, con la voz puesta de abuelo bueno—. Espero que te lleves de Valdecolmena un buen recuerdo cuando vuelvas a tu casa. Cuéntanos. ¿De dónde nos has venido tú?
Y ahí estaba la trampa, montada con guantes.
Si contestaba “de Soto”, de cualquier sitio, de cualquiera de los pueblos que me había inventado en diez años, me quedaba de forastera para siempre y para todos.
Si no contestaba, me quedaba de rara. Aurelio Salcedo me estaba ofreciendo, con una sonrisa, las dos sillas que él quería que ocupara, y esperaba que yo, agradecida, eligiera una.
Hablé. Y hablé alto, para la plaza entera, no para él, porque la lección de Aurelio la había aprendido en un solo asalto: en aquel sitio se le hablaba al pueblo o no se hablaba.
—Se equivoca usted, don Aurelio. Yo no he venido de ninguna parte. He vuelto.
Dejé que cayera. En una plaza, una frase corta cae despacio.
—Nací a tres calles de aquí. En la casa de la cuesta del Hambre, la de la parra mala. Mi madre vendía fruta donde ahora está la farmacia. Llevo seis meses dejando que este pueblo me llame Vera porque me convenía que me llamara Vera. Pero ese no es mi nombre.
Por la plaza empezó a correr eso que corre por las plazas antes que las palabras: un movimiento.
Cabezas que se juntan. Una vieja de la primera fila que se llevó la mano a la boca.
Un pueblo es lento para casi todo y rapidísimo para una sola cosa, que es atarle un nombre viejo a una cara que ha cambiado.
—Algunos ya lo están diciendo ahí abajo —seguí—. Lo digo yo, que para eso es mío. Me llamo Aroa. Aroa Ledesma. Y soy la hermana de Olalla.
El nombre de mi hermana cayó en la plaza y la plaza lo notó. Lo notó de verdad. Hay nombres que un pueblo se sabe enterrados y que, dichos en voz alta a mediodía, hacen daño al oído como una luz hace daño después de una cueva.
—Y voy a deciros la fecha —añadí—, porque la fecha es la mitad de todo esto.
Hoy hace diez años. Mientras Valdecolmena colgaba los farolillos para una Fiesta igual que esta, mi hermana se moría en el fondo de un pozo seco, en los colmenares viejos.
Tenía dieciséis años. Y llevamos diez llamándolo accidente porque a este pueblo le vino bien llamarlo así.
En la tarima no se movió nadie. Esa fue la primera cosa rara y la guardé.
Cien vecinos cuchicheando y, arriba, los Salcedo quietos como en una foto vieja.
Amparo, de azul, las manos cruzadas sobre el regazo, mirándome con el interés tranquilo de quien ve por fin levantarse el telón de una obra cuyo final ya se sabe de memoria.
Aurelio, sin que se le moviera un solo músculo de la cara de domingo.
Y Mateo.
A Mateo se le había caído el disfraz. No para la plaza; para la plaza seguía siendo el heredero correcto de la camisa que no se había puesto él solo.
Pero yo le miraba la cara con los ojos que llevo diez años teniendo nada más que para su cara, y vi que por debajo se le había parado el reloj.
Estaba blanco. Tenía las dos manos cerradas sobre la barandilla de la tarima como se agarra un hombre para no hacer lo que el cuerpo entero le está pidiendo a gritos que haga, que era, y lo supe sin la menor duda, bajar de allí, cruzar la plaza y ponerse al lado de la forastera delante de su padre y delante de Dios.
No lo hizo. No podía hacerlo. Pero las ganas le estaban costando los nudillos, que los tenía tan blancos como la cara.
Busqué a Celia sin querer buscarla. Estaba donde la había dejado, al lado de su puesto de tarros, con un crío de la mano que no era suyo.
Y Celia ya no tenía la cara limpia de hacía media hora.
Tenía la cara de quien oye, por primera vez en su vida, dos palabras que no encajan: su apellido y un pozo.
Me miraba como se mira a alguien que acaba de hacer un truco de magia feo.
La chica que me había regalado un tarro de miel estaba empezando, en directo y sin saberlo, a perder el suelo. Y yo se lo estaba quitando.
Aparté los ojos de ella. Había hombres de la cooperativa moviéndose despacio por los bordes de la plaza, cerrando un poco el corro, sin prisa, como se mueve el que tiene órdenes de estar cerca y no de hacer nada todavía.
Quino entre ellos. La Fiesta seguía teniendo sus puertas de carne, y las puertas habían dado un paso hacia dentro.
Aurelio Salcedo dejó que el cuchicheo subiera.
Lo dejó hacerse grande, incluso, porque un hombre que sabe esperar sabe que un pueblo cuchicheando se cansa solo, y que el que habla después del cansancio es el que parece el sereno.
Cuando la plaza se fue quedando otra vez callada, por su propio peso, Aurelio hizo lo último que yo tenía previsto que hiciera.
No me negó nada. No se defendió. Bajó la mano que había levantado y, con la voz puesta más honda, más baja, una voz que llegó igual hasta el último soportal porque la plaza entera estaba pendiente de ella, dijo:
—Aroa.
Solo eso, de entrada. Mi nombre, el de verdad, en la boca del enemigo, delante de todos. Como una caricia y como una llave a la vez.
—Claro que me acuerdo de ti, hija. Y claro que me acuerdo de tu hermana.
—Movió la cabeza despacio, dolido, un hombre mayor delante de una desgracia vieja—.
Lo que le pasó a Olalla Ledesma fue lo más triste que ha visto este valle en cuarenta años.
Yo he enterrado a mi socio y he enterrado a mi padre, y te juro por lo que tú quieras que ningún entierro me pesó como el de aquella criatura de dieciséis años.
Y se volvió hacia la plaza. Me dio la espalda, que es lo que se le hace a la pieza que ya has colocado donde la querías, y le habló a su gente.
—Vecinos. Esta mujer ha hecho un camino muy largo, por dentro, para estar hoy aquí.
Hace diez años una cría de dieciocho años perdió a su hermana, y no supo soportarlo, y se marchó.
Yo no se lo reprocho. Cada cual carga la pena por donde puede y por donde le dejan.
Hoy ha vuelto. Y ha vuelto justo hoy, en el día que es.
—Hizo una pausa de las que se ensayan delante de un espejo—.
A lo mejor llevamos diez años haciendo mal una cosa, vecinos.
A lo mejor hemos dejado que esta Fiesta nos tape un aniversario que también es nuestro.
Porque Olalla Ledesma era de aquí. Era una hija de este pueblo. Era nuestra.
Y entonces lo hizo. La jugada entera, la que llevaba montando desde que yo abrí la boca, rematada con una sola frase tranquila.
—Yo os pido una cosa antes de la miel y de la cata, antes de nada. Os pido un minuto. Un minuto callados, todos, por Olalla Ledesma, que hoy hace diez años que nos falta.
Y la plaza de Valdecolmena, mi plaza, la plaza en la que aprendí a andar, se quitó las gorras.
Cien personas agacharon la cabeza a la vez.
La charanga se calló de golpe. Hasta los críos se contagiaron de esa solemnidad que les cae encima sin que la entiendan.
Un minuto de silencio por mi hermana, pedido a voz limpia por el hombre que la había oído morir desde el brocal y había decidido no bajar a sacarla.
Y yo me quedé de pie en mitad de aquel silencio, con la cara de Olalla en la cabeza y tres hojas de papel ardiéndome contra el pecho, sin poder hacer absolutamente nada.
Porque dentro de un silencio no hay nada que hacer.
Un silencio no se contradice. No se le puede gritar a un silencio que es mentira.
Aurelio Salcedo acababa de convertir mi acusación en un velatorio, y me había puesto a mí a velar, callada y con la cabeza gacha como todos los demás, a la propia muerta por la que había bajado a aquella plaza a pedir cuentas.
El reloj de la iglesia empezó, despacio, a contar el minuto.