Miel y sospecha (La Colmena 1) 30. Las nuevas normas
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30. Las nuevas normas

Las nuevas normas

Abrí un lunes a propósito.

Eso está escrito en un papel pegado con celo en el escaparate desde hace dos semanas, en letra grande, y lo ha leído todo el pueblo y me lo ha comentado todo el pueblo:

Nicolasa Bachiller me preguntó si eso era legal. Sabas Mansilla me preguntó si me iba a Sigüenza los lunes. Casilda Utande me preguntó, muy seria, qué iba a hacer entonces la gente el lunes, y le contesté lo único que se puede contestar a eso, que es que comprar dos barras el domingo.

—Ah. —Se lo pensó—. Pues es verdad.

A las cuatro y media estaba en la puerta Yaiza Corcuera, veinticuatro años, sobrina segunda de la Isidra, que estuvo dos años en una cafetería en Guadalajara y volvió en junio porque allí no llegaba a fin de mes.

Contrato de treinta horas. Mil doscientos diez euros brutos. Es el primer contrato que se firma en esta casa desde 2014 y me costó tres noches de números y una conversación con la gestoría que ahora llevamos en Sigüenza, porque en este pueblo ya no hay gestor.

—¿Por dónde empiezo?

—Por lavarte las manos hasta el codo.

Lo hace todo mal y lo hace deprisa, que es el orden correcto. En quince días ha aprendido a formar rosquillas, cosa que a mí me llevó dos meses porque mi padre no me dejaba tocarlas hasta que no supiera pesar.

A las cinco y veinte le enseñé a hacer el corte del pan y me salió mal el mío, que llevaba veintiún años sin salirme mal, porque estaba explicándolo en vez de haciéndolo.

—¿Se ha estropeado? —dijo.

—Se ha estropeado.

—¿Y qué hacemos?

—Se lo comen igual y opinan.

Mi padre me enseñó a mí ese corte en 2003 en esta misma mesa, y yo me acuerdo de que él no dijo nada mientras me miraba, y ahora sé que era porque si hablas, te sale mal el tuyo.

Mi madre bajó a las siete menos cuarto.

Con el abrigo puesto, no con la bata. Se sentó en el hueco de la derecha, en la silla de don Aurelio, que todavía no había llegado, y a las siete menos diez se levantó y se cambió al taburete de detrás del mostrador.

—Mamá.

—Que estoy sentada.

—Estás detrás del mostrador.

—Estoy sentada detrás del mostrador.

Amparo Cañadas Recuero se jubiló el 1 de octubre, a los sesenta y nueve años y ocho meses, después de cuarenta y siete detrás de ese mostrador, con treinta años cotizados y una pensión de seiscientos doce euros, porque hasta 1996 en esta casa no cotizaba la mujer.

Las condiciones se las puse yo por escrito, que en mi familia no lo había hecho nadie nunca:

No despacha. No cobra. No coge llaves. No apunta cuentas.

Puede sentarse donde quiera, puede opinar sobre el escaparate y tiene café gratis a las once, todos los días, incluidos los lunes que a partir del 2 de noviembre estará cerrado.

Ha cumplido tres de las cuatro. Esta mañana le ha cobrado a una señora de Villaseca porque yo estaba en la cámara, y cuando he salido tenía las manos encima del regazo y cara de no haber hecho nada, y en el cajón había cuatro euros con veinte que no estaban antes.

No he dicho nada. Le queda mucha vida y a mí me quedan veintiséis mensualidades del horno.

Don Aurelio Palomares llegó a las siete menos cinco.

Desplegó la silla, se sentó y dijo:

—Buenos días.

Yo llevaba desde el 21 de septiembre sin verlo entrar por esa puerta. Cinco semanas. Ha venido su sobrina todos los días a por el pan de los dos y las dos hemos hecho como que eso era normal.

—Buenos días, don Aurelio.

—El cartel del escaparate tiene una falta.

—¿Cuál?

—Ninguna. —Se acomodó—. Estaba comprobando si me escuchabas.

Y a partir de ahí, a las siete y cinco, esta tienda volvió a ser lo que era, con Pura Higueras diciendo que no es por criticar y con Encarna y Loli discutiendo por si el año que la Diputación arregló la carretera fue el doce o el trece.

A las ocho menos diez entró Rufina Barriopedro, ochenta y ocho años, llave número uno, cinta azul, con el andador nuevo y con una mujer al lado que no era del pueblo.

—Esta es Yamila —dijo—. Viene los martes y los viernes.

—Encantada.

—Los lunes y los jueves viene otra que se llama Sonia y los miércoles no viene nadie.

Lo dijo sin queja ninguna, informando, con la misma voz con la que se dice qué tiempo hace, y le puse su barra apartada, que sigue siendo la primera del mostrador desde 1994 y que ahora la coge Yaiza porque yo se lo he explicado.

Los miércoles no viene nadie. Eso es lo que hay hoy en Valdemiel y lo que va a haber hasta que la Mancomunidad saque las plazas, que será en marzo o no será.

De Marta Cifuentes no habla nadie.

Eso quiero dejarlo escrito porque es lo más raro de todo y porque no me lo esperaba. En esta tienda, donde se habla de la nuera de todo el mundo, no se ha pronunciado su nombre delante de mí desde el 27 de septiembre. Ni a favor ni en contra.

Está en Guadalajara y hay una fecha para el juicio que todavía no es firme. Su hijo vino de Zaragoza en octubre y estuvo dos días, y no entró en esta tienda, y yo tampoco fui a buscarlo.

Yo he ido a verla una vez y no voy a contar aquí lo que hablamos, porque no es mío.

Lo que sí es mío es esto: no la he perdonado y no he dejado de quererla, y llevo un mes descubriendo que las dos cosas caben en el mismo sitio y que uno no elige cuál se le pasa antes.

A las ocho y veinte llegó una caja de cartón por la puerta de atrás, sin llamar, dejada en el escalón.

Dentro había dos docenas de rosquillas de anís del obrador Beltrán, hechas esa misma mañana, todavía templadas.

No traía nota.

Óscar Beltrán declaró tres veces y no se le ha imputado nada.

Sigue abierto en la carretera, sigue debiéndole nueve mil doscientos euros a lo que queda de una sociedad y ahora tiene además un abogado que le cuesta ciento cincuenta euros al mes.

Su madre pasó de tres días de ayuda a domicilio a dos, y los martes y los jueves la sube y la baja él.

Las probé. Son mejores que las mías, que ya lo sabía, y no se lo voy a decir nunca, y él sabe que yo lo sé, y por eso no ha puesto nota.

A las nueve y media entró Belén Montero, de paisano.

—Ponme media y un cuarto de pastas.

—¿Y eso?

—Que libro.

Le puse media y un cuarto de pastas y me las pagó, y por primera vez en veinte años se lo dejé pagar, porque he decidido que en este mostrador se va a pagar todo.

El libro de cuentas fiadas se cerró el 1 de octubre. Cuarenta y una rayas y once cuentas abiertas, y de las once, siete se cobraron sin problema en cuanto pregunté, tres se pusieron a plazos y una no se va a cobrar nunca y ya está.

Ahora hay una máquina de tarjeta y hay un cartel que dice, sin adornos, que no se fía. Me costó siete clientes en dos semanas y han vuelto cinco.

—Oye —dijo Belén, ya en la puerta—. El sábado tengo el día.

—¿Y?

—Que si te apetece que vayamos a comer a Sigüenza.

Me quedé con la bolsa en la mano.

—Vale.

—Sin que te haga falta nada —dijo.

—Ya.

—Lo digo por decirlo.

—Belén, que he dicho que vale.

Salió a la calle y no se despidió, que es lo suyo.

El registro nuevo lo estrené el 5 de octubre y es un cuaderno de tapa dura de la papelería de Sigüenza, del mismo modelo de siempre, porque no encontré otro y porque a estas alturas me parecía una tontería cambiar.

Está en el mostrador, a la vista, y al lado hay un taco de formularios que me imprimió Yaiza en la biblioteca del centro social.

El formulario tiene ocho líneas y ninguna letra pequeña.

Quién deposita la llave. De qué vivienda. Quién está autorizado a recogerla, con nombre, apellidos y teléfono. Para qué. Una firma. Y una casilla al final que dice que la llave se entrega solo a las personas de esa lista y que cualquier cambio se hace por escrito y en persona.

De los dieciocho titulares, catorce firmaron en las tres primeras semanas.

Dos se lo están pensando.

Y dos me han dicho que si hay que firmar un papel, se llevan la llave a su casa, y se la han llevado, y una de las dos es Obdulia Naharro, que tiene ochenta y nueve años y que es hermana del hombre que murió dueño de Casa de las Jaras.

No he intentado convencerla.

A las diez y media me llamó el ayuntamiento para decirme que los ciento veinte euros de las bandejas del 12 de septiembre estaban pagados desde el viernes.

Cuarenta y cuatro días.

—Es que ha habido lo que ha habido —dijo la funcionaria de cultura.

—Ya.

—Y este año la partida de festejos ha ido justa.

A las once menos veinte saqué la bandeja nueva al escaparate.

La tabla estrecha de los macarons lleva vacía desde el 5 de septiembre. Cincuenta y un días. Yo no he vuelto a hacer uno desde la feria, y no ha sido por drama: ha sido porque cada vez que me ponía delante del merengue me acordaba de una fotografía en papel encima de mi mármol.

El de esta mañana es rosa, de ocho centímetros, de miel y frambuesa.

La miel es de Gabriel, del romero de este año, que ha salido más clara.

Y encima, pegada con un punto de glasa, lleva una llave pequeña de azúcar, hecha con un molde de silicona que compré por internet por once euros y que es, con diferencia, la cosa más ridícula que he comprado en mi vida.

Puse seis.

—¿Y eso qué es? —dijo Pura Higueras.

—Un macarón.

—Ya, pero lo de arriba.

—Una llave.

Pura Higueras miró la bandeja un rato largo, con las dos manos en el bolso.

—¿Y eso se come?

—Se come.

—Ponme dos.

Encarna Bachiller quiso saber si el nuevo tenía nombre.

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no le he puesto nombre.

—Pues habrá que llamarlo de alguna manera.

—Llamadlo como queráis.

Eso fue a las once y veinte de la mañana del 26 de octubre y a la una y media ya se llamaba el de la llave en tres casas distintas, y así se llama hoy, y a mí me parece bien, porque es lo único de esta tienda que ha bautizado el pueblo en lugar de mi familia.

Vendí los seis antes de la una y hice doce más por la tarde.

Nadie de este pueblo ha dicho una palabra sobre por qué llevan una llave encima. Y yo tampoco.

Gabriel vino a las siete menos cuarto de la tarde, con dos garrafas de veinticinco kilos, una en cada mano.

Las dejó en el rincón bueno sin que se lo pidiera nadie y se quedó dentro más rato del que hace falta para dejar dos garrafas.