Miel y sospecha (La Colmena 1) 30. Las nuevas normas #2
100%

30. Las nuevas normas #2

Al lote de julio le retiraron la denominación de origen en octubre.

La cooperativa tiene un expediente sancionador abierto y el gerente ha pedido la jubilación anticipada.

Gabriel ha perdido la campaña de otoño y ha vendido la mitad de su producción a granel a un envasador de Cuenca, a menos precio, y en enero tiene que pagar el tratamiento igual.

Se lo pregunté hace dos semanas y me dijo que estaba mejor. Le pregunté por qué y me dijo que porque ahora al menos sabe lo que hay dentro de sus tarros.

—¿Alba está en casa esta semana? —dije.

—Está.

—Llévate esto para ella. —Le puse dos de los nuevos en una bolsita.

Gabriel miró la bolsita.

—Esto lleva una llave.

—De azúcar.

—Ya. —Cerró la bolsita—. Ya lo veo que es de azúcar.

Se quedó ahí, con la bolsita en una mano y el papel del albarán en la otra, y no se fue.

—Inés.

—Dime.

—¿Te quedas?

Es la primera vez que alguien de este pueblo me lo pregunta así, en dos palabras y de frente, y me lo preguntó un hombre que en un mes y medio no me ha pedido nada, no me ha aconsejado nada y no me ha dicho ni una sola vez lo que él haría en mi lugar.

Podía haberle contestado que sí. Es lo que quería oír y las dos lo sabíamos.

—He decidido no irme todavía. No es lo mismo.

Gabriel asintió una vez.

—Vale.

—Vale.

—El jueves te traigo la de brezo.

Y se fue por el callejón de la Iglesia con las garrafas vacías, una en cada mano.

A las ocho menos diez, cuando ya estaba bajando el cierre a medias y Yaiza fregaba las bandejas del fondo, entró la última clienta del día.

Era Herminia Yagüe, ochenta y cuatro años, llave número cinco, cinta granate, la de la maceta girada.

Traía una llave en la mano.

—Inés, hija, que me han hecho copia para mi nieta y quiero que os quedéis vosotras con la otra, que la mía la pierdo.

—Muy bien.

—Como siempre.

Me sequé las manos, saqué el cuaderno nuevo de debajo del mostrador y cogí un formulario del taco.

Se lo puse delante, encima del mármol, con un bolígrafo encima.

Herminia lo miró. Después me miró a mí. Después volvió a mirar el papel, que tiene ocho líneas y ninguna letra pequeña.

—¿Y esto?

—Esto se rellena y se firma.

—Pero si soy yo.

—Ya sé que es usted.

—Que llevo dejando aquí la llave desde que vivía tu padre.

—Ya lo sé, Herminia. —Le acerqué el bolígrafo dos centímetros—. Y a partir de ahora se firma.

Herminia Yagüe cogió el bolígrafo con las dos manos, como se coge un bolígrafo cuando hace veinte años que no se firma nada, y se quedó un momento delante del papel.

—Pues antes esto no hacía falta.

—No.

—Es que aquí siempre se ha hecho así.

—Como siempre se ha terminado.

# Nota de la autora

Valdemiel no existe. Lo he comprobado en el catastro, en el nomenclátor del INE y en dos mapas de carreteras, porque sé perfectamente lo que va a pasar: alguien va a meterlo en el buscador, no va a salir nada, y va a decidir que el pueblo existe pero es muy pequeño.

Lo que sí existe es lo de las llaves.

En el pueblo de mi tía, en la provincia de Soria, las llaves de media calle estuvieron veinte años en un cajón del ultramarinos, debajo de la caja registradora, sin nombres y sin números, ordenadas por un sistema que solo entendía Herminia.

Cuando Herminia se jubiló hubo que reunir a catorce vecinos en el salón parroquial para averiguar de quién era cada llave, y tres se quedaron sin identificar, y siguen ahí.

A mí eso me pareció desde el primer día una novela entera.

Solo hacía falta que alguien se muriera.

Sobre los macarons tengo que hacer una confesión.

Yo escribí los cuatro primeros capítulos convencida de que sabía cómo se hacen, porque he visto muchos vídeos.

Al terminar el capítulo doce me pareció que ya iba siendo hora de hacerlos de verdad.

Compré almendra molida, compré un termómetro de azúcar y compré un tapete de silicona con círculos dibujados, que es el objeto que compra la gente que va a fracasar.

Hice sesenta y dos.

Sirvieron nueve.

De los cincuenta y tres restantes, veintiuno salieron huecos por dentro, dieciocho se agrietaron por arriba, once se pegaron al papel y tres se los comió mi marido antes de que pudiera fotografiarlos, que es la única categoría en la que no hay nada que aprender.

Después de aquello llamé a una pastelera de Cuenca que se llama Marisa y le pregunté qué había hecho mal.

Marisa me dijo que probablemente todo, y luego me estuvo explicando cuarenta minutos por teléfono lo que es el macaronage, y por eso el capítulo veintidós dice lo que dice.

Si algo de este libro está bien contado sobre repostería es suyo. Lo demás es mío y lo siento.

Con las cerraduras me pasó parecido.

Llamé a un cerrajero de Guadalajara, le expliqué que estaba escribiendo una novela y que necesitaba saber si dos llaves distintas pueden abrir la misma puerta, y hubo un silencio de siete segundos que sigo pensando que fue el silencio de un hombre decidiendo si llamar a la policía.

Luego me dijo que sí, que con las gorjas de los años cincuenta pasaba, que él lo había visto tres veces, y que a ver si tenía yo la llave y la puerta a mano. Le dije que no. Se quedó más tranquilo.

Así que ya sabéis a quién escribirle si esto no funciona exactamente así en vuestro portal. Se llama Julio. Es un encanto.

Y luego está lo otro, que es de lo que va este libro y sobre lo cual no voy a ponerme seria más de un párrafo.

En este país hay muchísima gente que se levanta a las seis y media de la mañana para que otra gente pueda levantarse de la cama.

Las conocemos todos. Suben persianas, calientan comida, cortan las uñas de los pies, ponen una lavadora y se acuerdan de qué señora no puede tomar sal.

Cobran poco, cobran tarde y no salen en ningún sitio.

Yo no he escrito una novela sobre eso, porque he escrito una novela con un muerto, una pastelería y una feria de la miel.

Pero mientras la escribía no se me fue de la cabeza ni un día.

Gracias por llegar hasta aquí.

Si os habéis quedado con ganas de saber qué pasa con las cuentas fiadas de La Colmena, tranquilos: yo también.

Renata Flores