29. El cuaderno azul #2
Ese cuaderno demuestra que Marta Cifuentes cobró.
Demuestra por qué y demuestra desde cuándo, y demuestra también, y esto es lo que me tuvo despierta, que la asociación de ayuda a domicilio de Valdemiel funcionó durante dos años y medio con dinero que salía de vaciar las casas de las personas a las que cuidaba.
Eso, en un expediente, no se puede separar.
Y en el momento en que eso entra en un expediente, la asociación no se investiga: se interviene.
Y dieciséis personas de este pueblo dejan de tener a alguien que les abre la puerta a las nueve de la mañana, no porque hayan hecho nada, sino porque yo levanté un pliego de etiquetas con el mango de un cuchillo.
Tuve una salida y la tuve durante once minutos.
Podía haber cerrado esa lata, haberla vuelto a poner en la balda y haber llamado a Belén el jueves, o el lunes siguiente, o en enero. Nadie lo habría sabido nunca. Ese cuaderno llevaba veinticinco días ahí y podía haber llevado veinticinco más.
No lo hice, y no lo hice por valentía.
Lo hice porque he pasado tres semanas viendo lo que pasa en un pueblo cuando alguien decide, por su cuenta y con buena intención, qué es lo que a los demás les conviene saber.
Mi madre lo hizo con una llave. Marta lo hizo con dieciséis personas.
Y yo llevaba desde el 5 de septiembre a las cinco de la tarde haciéndolo con mi propio silencio.
Hay otra cosa que también es verdad y que es peor de escribir.
Yo no le debía nada a la asociación de ayuda a domicilio de Valdemiel. Mi madre tiene sesenta y nueve años, se levanta sola, se lava sola y baja una escalera de once escalones cuatro veces al día. En esta casa no ha entrado nunca una cuidadora.
O sea que a mí me costó menos que a otros.
Le habría costado más a Óscar Beltrán. Le habría costado muchísimo más a la sobrina de don Aurelio. Y no sé, y no lo voy a saber nunca, qué habría hecho yo con esa lata en la mano si la que necesitara que alguien le abriera la puerta a las nueve de la mañana fuera mi madre.
Se acabó lo de decidir por otros en esta casa. Aunque salga mal. Y salió mal.
La asociación se intervino el martes 29.
La Mancomunidad tenía pleno el día 8 y Maribel Rojas consiguió que no esperaran al día 8, y eso hay que ponérselo en la cuenta a una mujer a la que este pueblo solo le apunta lo otro.
Llamó el lunes por la noche, llamó el martes a las ocho de la mañana y volvió a llamar el martes a las once, y el miércoles 30 había un servicio comarcal de emergencia cubriendo Valdemiel.
Cubriendo es una palabra que dice mucho menos de lo que parece.
Tres de las cuatro cuidadoras se subrogaron al servicio comarcal. La cuarta, que llevaba dos años y medio contratada por horas y sin papeles en regla, se quedó fuera, y eso también salió del cuaderno.
Los dieciséis usuarios pasaron a una ruta que gestiona una coordinadora desde Sigüenza y que atiende cuatro pueblos. Nadie se quedó sin comer. Todo el mundo perdió algo.
Don Fabián Recuero, que tenía a alguien tres días por semana, pasó a dos.
Y a Rufina Barriopedro le pusieron las barandillas de la cama el 14 de octubre, dieciocho días después de que Marta Cifuentes estuviera cuarenta minutos en su casa a las tres de la mañana poniéndole un colchón en el suelo.
Rocío llamó el miércoles 30 a las diez y cuarto.
—Se han puesto en contacto conmigo los de Raíces.
Me senté en el taburete del mostrador.
—Dime.
—Proponen una rescisión de mutuo acuerdo. Renuncian a reclamar la penalización de la cláusula novena y ustedes devuelven la señal entregada. Dieciocho mil seiscientos euros.
—¿Renuncian?
—Renuncian.
—¿Por qué?
Rocío se rió, muy corto.
—Inés, ¿usted sabe cómo se llama en un consejo de administración un proyecto de alojamiento rural formado por siete casas que están en un procedimiento penal por estafa a herederos?
—No.
—Se llama un problema. Y no quieren que su nombre salga en la misma frase que el suyo ni una vez más. —Oí papeles—. Le voy a decir lo que pienso: si ustedes se plantan y peleamos, probablemente ganamos. Pero tardaríamos dos años y en dos años usted cierra.
—Fírmelo.
—Ya lo he redactado.
Lo firmamos el viernes 2 de octubre en Sigüenza, mi madre y yo, delante de una mujer de Guadalajara que no había visto nunca esta tienda y que trató a mi madre de señora Cañadas.
La póliza de la caja rural nos la dieron el 9 de octubre.
Dieciocho mil seiscientos euros a cinco años, con dos titulares y con el local en garantía, y el director de la oficina, que es de Sigüenza y que a mí me conoce de venderme el terminal de la tarjeta, tardó cuatro días en decírmelo y me lo dijo por teléfono.
El día que firmamos la póliza, mi madre estuvo todo el camino de vuelta mirando por la ventanilla y en el desvío del polígono dijo:
—Tu padre pidió un crédito en el noventa y cuatro para el horno de solera.
—No lo sabía.
—Ochocientas mil pesetas. —Se colocó el bolso—. Y estuvimos tres años sin ir a ningún sitio.
—¿Y?
—Y ahí está el horno.
No dijo nada más y no hacía falta, y es lo más cerca que ha estado mi madre de decirme que le parecía bien.
Del horno quedan veintiséis mensualidades.
Ese es el resultado. No hay premio, no hay indemnización, no hay una herencia inesperada y no hay ningún vecino agradecido que aparezca con un sobre. Nos retiramos de una venta que era ruinosa por un motivo que no era económico, y nos costó dieciocho mil seiscientos euros a cinco años.
La única diferencia entre el 3 de septiembre y el 9 de octubre es que ahora la deuda la elegí yo.