Miel y sospecha (La Colmena 1) 29. El cuaderno azul
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29. El cuaderno azul

El cuaderno azul

Ese fue el día que me quité el plástico de la puerta del horno nuevo.

Lo primero que pasó, y pasó a las siete, es que Valdemiel lo sabía todo.

Un coche de la Guardia Civil que sale del callejón de la Iglesia a las cinco y veintidós de un domingo no lo ve nadie. Una sede de una asociación de ayuda a domicilio que a las nueve de la mañana de un lunes sigue cerrada la ve todo el mundo.

La cola no me preguntó nada. Otra vez.

Pero esta vez el silencio era distinto, porque a las siete y cuarto Sabas Mansilla dijo, mirando la vitrina y no a mí:

—Hoy no ha abierto la calle Nueva.

Y nadie le contestó.

A las nueve y media pasó por delante del escaparate la furgoneta blanca de 2011 con una cuidadora al volante, sola, y volvió a las once, y a la una volvió otra vez.

Las cuatro cuidadoras de la asociación de ayuda a domicilio de Valdemiel hicieron ese lunes las dieciséis casas sin nadie que les organizara los turnos, sin acceso al ordenador de la sede, que estaba precintado, y sin cobrar septiembre, y lo hicieron porque a la Rufina hay que levantarla a las ocho menos cuarto.

Eso también hay que escribirlo.

A las once y cuarto entró Josefa Somolinos, esta vez con su hijo, que la había subido en el coche hasta la plaza.

—Hija, ¿tú sabes quién viene mañana?

—No lo sé, Josefa.

—Es que ayer no vino nadie y hoy ha venido una chica que no conozco.

—Mañana lo sabremos.

—Es que yo, si viene una chica que no conozco, no le abro.

Óscar la cogió del brazo y me miró por encima de la cabeza de su madre, y en esa mirada había una pregunta que no me hizo y que yo no le contesté, porque a las once y cuarto del lunes 28 yo no sabía nada de nada.

A las tres de la tarde bajé el cierre y me puse con la balda.

No fui a buscar nada. Esto tengo que decirlo así de claro, porque después en este pueblo se contó de otra manera y en la versión que se cuenta yo quedo mucho mejor.

El sábado por la tarde había dicho delante de cinco personas que en una lata de mi padre había aparecido un cuaderno azul.

Era mentira. Belén lo sabía, Cascante lo sabía y yo lo sabía, y el domingo por la mañana, cuando volvió a entrar en mi obrador después de llevarse a Marta, Belén me dijo cuatro palabras al respecto:

—Lo del cuaderno, olvídalo.

De modo que el lunes por la tarde yo no subí a esa balda a comprobar una teoría.

Subí porque llevaba desde el 3 de septiembre diciendo que iba a montar un registro nuevo de llaves, porque el registro necesitaba un sitio y porque el único sitio de este obrador que lleva catorce años sin tocarse es el estante de encima de la mesa de mármol.

Para desmontar esa balda hay que subirse al taburete, porque yo llego de puntillas a tocarla y no a sacar nada de ella.

Es un estante de madera de dos metros con dos escuadras de hierro atornilladas a la pared, puesto por mi abuelo, y encima de la mesa de mármol, que pesa doscientos kilos y no se puede mover, de modo que para bajar las cosas hay que hacerlo de una en una y pasándolas por encima del mármol.

Eso, más que ninguna otra cosa, es la razón por la que ese estante llevaba catorce años sin tocarse.

Bajé el libro de recetas y lo dejé en el banco. Bajé la caja de puros, que ya no tenía dentro las dos cintas verdes, y la dejé al lado.

Después bajé la lata.

La lata de Miel de Valdemiel 1998 es una lata rectangular de dos kilos, de las de miel a granel, con la etiqueta despegada por una esquina y una goma alrededor. Pesa lo que pesa una lata llena de papel, que es bastante, y esa es la razón por la que yo sé desde hace veinte años que está llena.

La goma se rompió al quitarla, que es lo que llevaba diez años haciendo si alguien la estiraba.

Nunca la había abierto porque no hay ningún motivo para abrir una lata de etiquetas.

En veintiún años no he necesitado una etiqueta de 1998 ni una sola vez.

Está en esa balda igual que en las casas de este pueblo hay cajas de zapatos con recibos de la luz de los años ochenta: no porque alguien decida guardarlas, sino porque nadie decide tirarlas.

Dentro había etiquetas.

Etiquetas de tarros de miel de la casa, con la abeja, de cuando mi padre envasaba y vendía miel de Gabriel a granel. Papel adhesivo de imprenta, amarillento, en pliegos de doce, y encima de todo un manojo de cintas de mercería sin usar.

Levanté el primer pliego con el mango del cuchillo del pan.

Y debajo de los pliegos, en el fondo de la lata, plano, había un cuaderno de tapa dura azul.

Me quedé de rodillas al lado de la mesa de mármol con el cuchillo del pan en una mano.

No pensé nada durante bastante rato. Lo digo porque es verdad y porque me lo han preguntado mucho.

No pensé en Leandro Mena, no pensé en Marta, no pensé en la feria y no pensé, desde luego, que hubiera acertado.

Lo que hice fue quedarme mirando una lata abierta encima del suelo de mi obrador con una sensación de vértigo físico, la misma que da asomarse a un pozo.

Claro que me acordé.

Me acordé del jueves 3 de septiembre a las cinco y cuarenta de la tarde, de un hombre de sesenta y dos años agachado entre la mesa de mármol y esta balda, con una mano en la rodilla y la otra en el canto de la mesa, levantándose y diciéndome que buscaba el aseo.

Me acordé de que le vi la coronilla desde la cortina de tiras.

Me acordé de que lo que me molestó de aquello fue el azúcar pisado.

Pero eso ya lo había pensado el sábado 26 por la mañana, con Belén delante, y por eso lo dije en la cola por la tarde.

Aquello era una hipótesis, y una hipótesis te la inventas para ver qué pasa, y a mí lo que me interesaba que pasara era que alguien viniera a mi casa a las cuatro y veinte de la mañana.

Y vino.

De modo que a las tres de la tarde del lunes 28, cuando bajé esa lata, yo ya había cobrado todo lo que esperaba cobrar de aquella idea. No iba a encontrar nada. La idea ya había servido para lo suyo.

Lo saqué con dos dedos por el canto.

Es un cuaderno de cuentas de tapa dura, azul, de los de rayas y columnas, del mismo modelo que el libro de préstamos de esta casa, que es el modelo que se vende en la papelería de Sigüenza desde antes de que yo naciera.

Lo abrí por la primera página.

Fecha. Localidad y finca. Una columna con iniciales. Una columna de cantidades. Y otra columna, la última, con más cantidades y con la letra más pequeña.

La primera línea es de junio de 2020 y pone Pinilla, c/ Horno 3 .

Pasé cuatro páginas. En la cuarta hay una raya horizontal a lo ancho y debajo, con la misma letra, empieza otra cosa, con menos fincas y más números, y en la columna de la derecha aparece una sigla repetida que es siempre la misma.

Cerré el cuaderno.

Lo dejé encima de la mesa de mármol, me levanté, salí al mostrador y llamé a Belén desde el fijo, que es el único teléfono de esta casa cuyo número sabe de memoria todo el mundo.

—Belén, está aquí.

—¿Qué está ahí?

—El cuaderno. Estaba en la lata.

Belén tardó dos segundos y medio.

—¿Lo has tocado?

—Lo he sacado con dos dedos y he abierto la primera página. Y he pasado cuatro.

—¿Y ahora dónde está?

—Encima de mi mesa de mármol.

—No lo toques más. No lo cierres, no lo abras, no lo muevas de sitio y no te vayas de ahí.

Llegaron en catorce minutos.

Belén primero, sola, en su coche, y me hizo salir del obrador y esperar en el mostrador con la cortina de tiras abierta y sin tocar nada, y estuvo veinte minutos de pie al lado de la mesa de mármol sin acercarse al cuaderno, mirándolo.

—¿Estaba dentro de la lata?

—Debajo de los pliegos de etiquetas.

—¿Y la lata dónde estaba?

—En esa balda. Ahí. —Se lo señalé desde el mostrador—. Desde antes de 2011.

—¿Y tú lo sabías?

—Yo sabía que la lata estaba llena de papel.

Belén se quedó callada un rato.

—Inés, esto lo vas a tener que contar cuatro veces y la cuarta se lo vas a contar a un juez. Y te van a preguntar cómo es posible que el sábado dijeras delante de cinco personas que habías encontrado un cuaderno azul en esa lata.

Me apoyé en el mármol del mostrador.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a decir?

—La verdad. Que el 3 de septiembre vi a ese hombre agachado ahí y que se me quedó.

A las cinco y media había en mi obrador cuatro personas, dos cámaras y una regla milimetrada, y a las siete se lo llevaron dentro de una bolsa rígida.

Yo tuve delante ese cuaderno once minutos en total. Los he contado.

Lo que había dentro me lo contaron después, en dos veces, y no me lo contaron entero, y lo que se ha sabido en este pueblo se ha sabido por el juicio y por los periódicos de Guadalajara.

Aquí solo pongo lo que a mí me dijo Cascante el jueves siguiente, de pie en mi mostrador, con el mismo tono con el que me había dicho todo lo demás.

Que las primeras cuatro páginas, de junio de 2020 a diciembre de 2022, tienen una columna que corresponde a cantidades entregadas a la asociación de ayuda a domicilio de Valdemiel, y que esas cantidades coinciden, mes a mes y casi al euro, con las nóminas atrasadas de cuatro trabajadoras.

Que a partir de enero de 2023 esa columna desaparece y aparece otra.

Y que en las tres últimas páginas, escritas con la misma letra pero con otro bolígrafo y sin fechas, hay una relación de lo que él pensaba declarar si alguna vez le preguntaban.

Doce líneas. En la primera pone, según me lo repitió Cascante despacio para que yo lo entendiera: origen de la información, M. C., asociación, acceso a domicilios.

En ninguna de las doce líneas aparece su propio nombre.

—O sea que la iba a denunciar él —dije.

—Eso es lo que hay escrito.

—¿Y ella lo sabía?

—Ella lo sabía desde agosto. —Cascante cerró la libreta—. Y ese cuaderno es lo único que existe en el mundo donde están los dos.

El lunes por la noche, después de que se llevaran el cuaderno, subí y no cené y estuve sentada en la cocina hasta la una de la mañana.

Yo sabía perfectamente lo que acababa de hacer.