Miel y sospecha (La Colmena 1) 28. La confesión
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28. La confesión

La confesión

El horno tardó once minutos en llegar a doscientos y yo no me moví del sitio en ninguno de los once.

—¿Qué cuaderno?

—Inés.

—Lo dije ayer en la cola. Es una libreta de cuentas de una lata de etiquetas. No sé de quién es.

—Sí lo sabes.

—No lo sé.

—Sabes de quién es porque si no lo supieras no habrías dicho delante de Chelo Bermejo que ibas a llevarla a la Guardia Civil el lunes. —Se apoyó con las dos manos en el canto de la mesa—. Una libreta vieja no se lleva a la Guardia Civil. Se tira.

Ahí supe dos cosas a la vez. Que el bulo había funcionado. Y que la persona que tenía delante era mucho más rápida que yo y llevaba siéndolo veintitrés días.

—¿Está todo? —dijo.

—¿Todo qué.

—Si está entero. Si están las hojas.

Cogí el paño y lo doblé, porque necesitaba hacer algo con las manos.

—Marta, ¿qué hay en ese cuaderno?

—Dámelo y te lo cuento.

—No.

—Inés, dámelo y te lo cuento entero, aquí, ahora, y luego haces lo que quieras. —Y por primera vez se le movió algo en la voz—. Pero tú no sabes lo que hay ahí dentro y no sabes lo que va a pasar el lunes.

—Cuéntamelo y luego decido.

—No funciona así.

—Aquí funciona así.

Se quedó quieta. Después se apartó de la mesa, se fue hasta la cortina de tiras y volvió, dos veces, que es lo que hace la gente en un obrador cuando no hay dónde ir.

—Está bien.

Me lo contó. No entero, no en orden, y no en veinte minutos. Me lo contó a trozos, contestando y no contestando, negociando en cada frase, y hubo cosas que dijo tres veces y cosas que no dijo nunca y que se supieron después por otro lado.

Lo primero que hizo fue ofrecerme algo.

—Si me lo das, yo mañana voy a Sigüenza por mi propio pie y cuento lo de las casas. Todo. Los años, las fincas y lo que se pagó.

—¿Y lo de Las Jaras?

—Lo de Las Jaras es otra cosa.

—Marta.

—Es otra cosa, Inés, y no me mires así, que las dos cosas no son la misma.

Estuvo diez minutos en ese registro, ofreciendo lo que ya no era suyo. Que si contaba lo de las casas, los herederos podrían revisar las ventas. Que si contaba lo de las casas, la Clara Mena tendría lo que necesitaba para su madre.

Eso último lo dijo dos veces.

—Y si no lo cuento yo, no lo cuenta nadie.

—Lo va a contar el cuaderno.

—El cuaderno solo dice cuánto. —Se apoyó en la mesa—. Yo sé cómo.

Que a partir de 2023 el dinero dejó de ir a la asociación y empezó a ir a una cuenta suya. Que eso lo decidió Leandro y que ella lo aceptó. Que era, dijo, lo que le debían.

—¿Quién te lo debía?

—Todos.

—¿Y qué te dijiste a ti misma?

—Nada.

—Algo te dirías.

—Que era mi sueldo. —Lo dijo sin apartar la vista—. Diecisiete años a media jornada por lo que cobra una cuidadora, haciendo doce horas. Échalo tú, que se te dan bien los números. Échalo y luego me dices si cuarenta y un mil euros en tres años y medio es mucho o es poco.

Lo eché después, esa misma mañana, con la calculadora del móvil y en un papel de estraza, porque no me pude aguantar.

Sale menos de lo que le debían.

Eso no cambia absolutamente nada y aun así lo escribo, porque es verdad y porque a mí me tuvo dos horas sentada en un taburete.

Que en agosto Leandro le dijo que se iba. Que había reunido las siete casas y ésta y que se iba a la costa, y que si algún día alguien preguntaba, él iba a declarar que había recibido información de una directora de una asociación de ayuda a domicilio sin saber de dónde salía.

—Un solo nombre —dijo—. El mío. Él llevaba desde el veinte poniendo mi nombre en los papeles y el suyo en ninguno.

—¿Y el cuaderno?

—El cuaderno es lo único donde estamos los dos.

Eran las cinco menos cuarto.

—Le cité en Las Jaras —dijo.

—¿Por qué allí?

—Porque no hay nadie y porque él sabía llegar.

—Marta, ¿cómo entraste?

Se calló.

—Marta.

—Tú ya lo sabes.

—Quiero oírtelo.

—Tu madre no tiene ninguna culpa.

—Ya sé que mi madre no tiene ninguna culpa. Quiero oírtelo.

—Le pedí la catorce. —Lo dijo mirando el fregadero—. A las once menos cinco. Y le dije que no lo apuntara.

—Sabiendo lo del ochenta y cuatro.

Marta cerró los ojos un segundo, que es lo más cerca que estuvo esa madrugada de romperse.

—Eso no se lo he echado en cara a tu madre en cuarenta y dos años.

—No. Se lo cobraste.

No contestó a eso.

—¿Y por qué el macarón? —dije—. Podías haberle llamado.

—Porque un teléfono queda.

—Podías haber ido a su casa.

—A su casa se entra por la plaza del Ayuntamiento y en la plaza del Ayuntamiento hay ocho ventanas. —Se apartó el pelo—. Y porque él tenía que entender, antes de abrir la boca con nadie, que la persona que le citaba sabía dónde había empezado esto.

—La llave de latón.

—La llave de latón.

—¿De dónde?

—De la casa de los Pinilla, calle del Horno tres. La primera. —Miró la cortina de tiras—. En junio de 2020.

Me contó lo de la casa a las cinco menos diez, deprisa y en pocas palabras, y lo contó como lo cuenta todo el mundo que ha hecho algo así, que es empezando por el final.

Que él llegó a las once y cuarto y que no traía el cuaderno.

Que se lo pidió y le dijo que no. Que discutieron.

Que él le dijo que ella no iba a ir a ninguna parte, que quién se iba a creer a una mujer que entra en las casas de los viejos con una llave de la panadería.

Que los dos estaban delante de la mesa de pino. Que ella cogió la pesa de la balanza.

—Fue un accidente.

Yo tenía el paño doblado encima del mármol.

—No.

—Inés, fue un momento. Un segundo. Yo no fui allí a...

—Ya sé que no fuiste allí a eso. —Puse la mano encima del paño—. Y no es lo que te estoy discutiendo.

—Entonces qué.

—Que después estuviste veinte minutos allí dentro.

Se quedó callada.

—Le registraste el cuerpo. Le quitaste la llave de latón. Cogiste el papel del bolsillo. Buscaste el cuaderno por la casa y no lo encontraste. Limpiaste el picaporte. Y luego cerraste la puerta.

—Inés.

—Cerraste la puerta, Marta. Desde fuera. Con la catorce. Levantando y girando, que eso cuesta cuatro intentos hasta a una guardia civil con la llave buena.

—Cállate.

—Y llevaste la pesa a un tanque de la cooperativa a las doce y ocho de la noche. Y devolviste la llave a las doce y veinte. Y le dijiste a mi madre que estaba fría la noche.

Marta se apoyó en el fregadero.

—Yo no pensaba —dijo.

—Marta, tú limpiaste el picaporte.

—Eso lo hace cualquiera.

—Eso no lo hace cualquiera. Eso lo hace alguien que ya ha empezado a contar hacia atrás.

—Yo estaba...

—Y la casa la podías haber dejado abierta. —Me separé del mármol—. Si tú te vas de allí y dejas esa puerta como estaba, mañana entra alguien, se lo encuentra y se acabó. Nadie mira una llave. Nadie mira una cerradura. Y a mi madre no la cita nadie en un juzgado.

Marta no dijo nada.

—Tú cerraste esa puerta para que tardaran. Para tener tiempo.

—Yo cerré esa puerta porque llevo cuarenta años cerrando puertas de otros.

Y eso, que fue lo único que se le ocurrió, es lo más verdadero y lo más terrible que dijo esa madrugada.

—Y el sábado por la mañana llamaste a Guadalajara a preguntarle a una mujer de ochenta y cinco años si le había pasado algo.

Y dejaste a mi madre mentir cinco veces, a un guardia civil, a un sargento primero y a un juez, sabiendo lo que le iba a costar la quinta.

Y la madrugada del martes quince entraste por esa puerta con tu llave y te llevaste el libro de las llaves de mi padre.

—Yo no...

—Esa parte no es un segundo. —Le señalé el reloj del horno—. Esa parte son diecinueve días.

Se hizo un silencio en el que se oyó el extractor de la vecina, que se levanta a las cinco.

—Si yo caigo, se cierra la asociación —dijo.

—Ya lo sé.

—Dieciséis personas, Inés. Dieciséis. La Josefa. Don Fabián. La Rufina, que esta noche ha estado cuarenta minutos en el suelo. —Dio un paso—. Y la Mancomunidad se reúne el día ocho y ahí no hay nadie que sepa ni quién es cada uno.

—Ya lo sé.

—Pues entonces dame el cuaderno y no ha pasado nada.

—Ha pasado.

—¡Dieciséis personas!

Y ahí levantó la voz por primera vez en veintitrés días, y no fue un grito: fue una mujer de cincuenta y ocho años a la que se le acababa el último argumento que tenía.

—Marta, tú has cuidado de este pueblo diecisiete años.

—Sí.

—Y no te lo ha pagado nadie.

—No.

—Y eso está mal y a mí me parece una vergüenza y lo voy a decir donde haga falta.

—Pues entonces...

—Pero cuidar a una persona no te da derecho a decidir por ella.

Marta no contestó.

—Ni a la Rufina, ni a la Isidra Corcuera, ni a mi madre. Tú has decidido por mi madre el cuatro de septiembre a las once menos cinco de la noche, y no le preguntaste. Y llevabas veinte años sin necesitar preguntarle nada porque sabías que iba a decir que sí.

Se apartó del fregadero, cruzó el obrador y se puso delante de la puerta del callejón.

No la cerró con llave, porque no tenía llave desde el veintiuno. Se puso delante.

—Dámelo.

—Marta, quítate de la puerta.

—Dame el cuaderno.

Metí la mano en el bolsillo del delantal y no saqué el móvil, porque llevaba desde las cuatro y veinte con una llamada abierta.

—Quítate de la puerta.

—Inés, por favor.

Y estaba diciendo por favor cuando Belén Montero abrió esa puerta desde fuera y entró en mi obrador con el uniforme puesto, y detrás de ella el agente Tejedor, y Marta se apartó dos pasos sin que nadie se lo dijera.

—Marta Cifuentes Ranz.

—Sí.

Eso fue todo.

No hubo forcejeo, ni carreras, ni nadie tirando nada al suelo. Belén le dijo lo que hay que decirle a una persona a las cinco y cuarto de la mañana y Marta escuchó de pie, con las manos delante, y cuando terminó preguntó una sola cosa.

—¿Puedo coger el chaleco?

Estaba colgado del gancho de siempre, al lado de la puerta.

—Yo se lo llevo —dijo Tejedor.

Cogió el chaleco Tejedor, del gancho, y lo dobló mal, con las mangas por fuera.

En la puerta, ya con Belén al lado, Marta se giró y me dijo la última cosa que me ha dicho.

—La Rufina se levanta a las ocho menos cuarto y hay que llamar tres veces antes de entrar, porque si no se asusta.

Salieron a las cinco y veintidós. Belén volvió a entrar a los tres minutos, sola.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Tengo dieciocho piezas fermentando desde las cuatro y diez.

Belén miró el banco y miró el paño.

—Pues métete el pan.

Metí el pan.

—¿Ha dicho algo? —dije.

—No.

—¿Nada?

—Ha preguntado si podía avisar a alguien de que hoy no va a ir a cuatro casas. —Belén se guardó la libreta—. Y le he dicho que sí.

Al equipo de Guadalajara le llevó cuatro horas y media conseguir la autorización y entrar en la sede de la asociación de ayuda a domicilio de la calle Nueva, y otras dos en su casa, y de todo lo que sacaron de allí solo importan tres cosas.

La primera es una llave de latón de paletón, de nueve centímetros, en el segundo cajón de la mesa de la sede, dentro de una caja de gomas elásticas.

Esa llave abre la puerta de la casa de los Pinilla, calle del Horno número 3, cerradura de 1978, y lo comprobaron el lunes 28 por la mañana con autorización y con la puerta precintada.

La segunda es lo que había dentro de esa casa, que eran dos cajas de cartón con papeles, y de esos papeles se ha escrito bastante en los periódicos de Guadalajara y no me toca a mí resumirlos.

Y la tercera no es una cosa: es un hueco.

La tira de papel que estaba debajo de aquel macarón no apareció nunca, ni en la sede, ni en su casa, ni en ningún sitio.

Se quemó el sábado 5 de septiembre a las seis y diez de la mañana en la caldera del centro social, que es de gasoil y tiene una boca de registro por la que cabe una mano, y eso lo dijo ella en Sigüenza cuatro días después y es lo único de todo aquello que dijo sin que se lo preguntaran.

Lo que ponía en esa tira consta hoy, en un procedimiento judicial, en tres líneas reconstruidas.

Una fotografía de un fotógrafo de bodas de Sigüenza al que el ayuntamiento pagó trescientos euros por hacer el reportaje de la Feria de la Miel.

Una mujer que estaba a catorce metros sirviendo dos de rosquillas y un cuarto de pastas y que leyó los números antes que las letras.

Y tres letras, R, A y S, que una hija llorando en un centro social convirtió en una palabra.

Metí la segunda hornada a las seis y diez y abrí a las siete, como todos los domingos.

Entraron once personas en cuarenta minutos y ninguna sabía nada todavía, porque a las siete de la mañana un coche de la Guardia Civil que sale del callejón de la Iglesia a las cinco y veintidós no lo ha visto nadie, y porque Belén hizo lo que tenía que hacer, que fue no contarlo.

Vendí cuarenta barras y dos docenas de rosquillas y le pregunté a Casilda Utande por su cadera.

A las ocho menos veinte entró Pura Higueras y me dijo que qué mala cara tenía yo.

—No he dormido.

—Es que con este calor.

A las ocho y media bajé el cierre a medias y subí.

Mi madre estaba de pie en el rellano, en bata, con la mano en la barandilla. Llevaba allí quién sabe cuánto.

—¿Se la han llevado?

—Sí.

Se sentó en el tercer escalón, que es lo que hace cuando se marea, y estuvo un rato mirando el suelo.

—¿Ha dicho algo de mí?

—Ha dicho que tú no tienes ninguna culpa.

Mi madre asintió una vez.

Y luego me preguntó lo que iba a preguntar este pueblo entero a partir de las nueve de la mañana, y lo preguntó primero, y lo preguntó bien.

—¿Y quién le abre mañana la puerta a la Rufina?