27. Antes de abrir
Antes de abrir
Llamaron a la puerta de atrás a las cuatro y veinte de la madrugada del domingo, con dos golpes flojos y separados, que es como llama la gente que no quiere despertar a nadie de arriba.
Yo tenía la masa del pan encima del banco y llevaba desde las cuatro y diez dividiendo.
Abrí con las manos llenas de harina.
Marta traía el termo de la peña, el de veinte litros, con la tapa puesta y el asa hacia mí.
—Vengo a por esto, que lleva quince días aquí y hoy hay rosario de la aurora a las siete.
—Marta, son las cuatro y veinte.
—Ya. —Entró y lo dejó en el suelo, junto a la puerta—. Es que he estado en casa de la Rufina desde las dos.
—¿Qué le ha pasado?
—Nada. Se ha caído de la cama y no se ha hecho nada, pero se ha caído y no podía levantarse. —Se quitó el chaleco y lo colgó del gancho de siempre—. Cuarenta minutos en el suelo hasta que ha podido llegar al teléfono. Ochenta y ocho años.
—¿Y está bien?
—Está bien. Le he puesto el colchón en el suelo, que es lo único que se puede hacer a las tres de la mañana. Y el lunes hay que pedirle unas barandillas y las barandillas tardan tres semanas.
Se lavó las manos hasta el codo en mi fregadero, sin preguntar dónde estaba el jabón, y se puso al otro lado de la mesa de mármol.
—Dame algo.
—Marta, no.
—Dame algo, que si me siento me duermo.
Le puse la báscula y el bote de la sal, que es lo que se le da a alguien que no sabe formar, y estuvo pesando en bolsitas de cincuenta gramos mientras yo dividía.
Un obrador a las cuatro y media de la mañana tiene un ruido concreto: el extractor no, porque todavía no está encendido; la nevera sí; y por encima de todo el golpe de la masa contra el mármol, que se oye desde la calle si pasas por el callejón.
—¿Y no hay nada que se pueda poner mientras? —dije.
—Cojines. —Puso una bolsita a un lado—. Se le ponen cojines en el suelo a los dos lados de la cama y se le explica que si se cae, se queda ahí hasta que llegue alguien, y que no se levante sola. Y ella dice que sí y luego se levanta sola, porque tiene ochenta y ocho años y quiere ir al baño.
—Ya.
—Y a las tres de la mañana no hay barandillas, no hay teleasistencia, porque la teleasistencia la pidió su hija en junio y va por trámite, y no hay nadie. Hay una mujer de cincuenta y ocho años en zapatillas.
Lo dijo sin ninguna queja. Es el dato de un parte.
Estuvimos ocho minutos hablando de la Rufina, de las barandillas y de que la Mancomunidad se reúne el día ocho.
Después dijo:
—Se ha retirado.
—¿Quién.
—Tú. De la venta. —Siguió pesando—. Lo sabe medio pueblo desde ayer a mediodía, que Rubén entró aquí con el aparato otra vez.
—Ya.
—¿Y cómo lo vas a pagar?
—No lo sé.
—Inés.
—Que no lo sé, Marta. Con una póliza.
Puso una bolsita a un lado.
—¿Y por qué?
Y esa es la única pregunta que me hizo esa madrugada que yo no había previsto.
—Porque no venían a comprar una panadería.
Marta levantó la cabeza.
—Ya.
—Venían a comprar la casa donde están las llaves.
—Ya.
Lo dijo dos veces y las dos igual, sin sorpresa, y siguió pesando sal, y yo seguí dividiendo, y hubo ahí un hueco de unos veinte segundos en el que las dos supimos que ya no estábamos hablando de un contrato.
—¿Tú sabes cuándo empezó esto? —dijo.
—No.
—En el veinte. —Cerró la bolsita con un giro—. En enero del veinte la Junta nos retrasó la subvención y en febrero nos la volvió a retrasar, y en marzo se paró el mundo entero y aquí seguíamos entrando en las casas todos los días. Todos los días, Inés. Con lo que había. Sin nada.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. En junio de aquel año yo tenía cuatro mujeres sin cobrar desde febrero. Cuatro. La Vicenta, que tiene dos críos. La de Alcolea, que venía en coche todos los días poniendo la gasolina de su bolsillo.
Cogió otra bolsita.
—Y yo fui al ayuntamiento en junio y me dijeron que en septiembre.
Y fui a la Mancomunidad en julio y me dijeron que ellos transfieren cuando les transfieren.
Y fui a la Junta en agosto, a Guadalajara, en mi coche y con mi gasolina, y estuve dos horas en una sala esperando a una señora que me dijo que estaba todo correcto y que era cuestión de plazos.
—¿Y en septiembre?
—En septiembre me dijeron que en enero. —Cerró la bolsita—. Y a la Vicenta le cortaron la luz en octubre. Con dos críos. En octubre, que ya hace frío.
—¿Y tú qué hiciste?
—Le pagué la luz. De lo mío. Ciento cuarenta euros. —Se encogió de hombros—. Y en noviembre le pagué el recibo del colegio, y eso ya no se lo he contado a nadie, así que ya somos dos las que sabemos una cosa.
—Marta.
—Y entonces fui a ver a Leandro Mena. —Puso la bolsita en la fila—. Porque en este pueblo, cuando no hay nada que hacer, se va a ver a Leandro Mena. Eso lo ha hecho todo el mundo, incluida tu madre en 2011.
—¿Y cómo se lo planteaste?
—Yo no le planteé nada. Yo fui a que me hiciera un escrito. —Puso la bolsita en la fila—. Un escrito a la Junta reclamando los atrasos, bien hecho, con los artículos. Eso es lo que yo fui a pedirle a Leandro Mena, y me lo hizo, y no me cobró, y sirvió para nada.
—¿Y entonces?
—Entonces, cuando ya me iba, me dijo que si quería que habláramos de otra cosa.
—¿Y qué te dijo?
—Que había casas vacías con herederos que no las querían, y que si alguien las localizaba y las ponía en alquiler, habría una comisión. Y que parte de esa comisión podía ir a la asociación como colaboración.
—¿Y eso es legal?
—Eso es legal. —Me miró—. Eso es exactamente lo que hace una inmobiliaria, Inés. Y en enero de 2021 las cuatro cobraron lo suyo y los atrasos, y la Vicenta tenía luz.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Le dije que me lo pensara.
—¿Y cuánto te lo pensaste?
Marta se rió una vez, corta, sin ninguna gracia.
—Cuatro días. —Volvió a la báscula—. Cuatro días, Inés. Y en esos cuatro días tuve que decirle a la Vicenta que aguantara un poco más.
Yo tenía las manos en la masa y no las saqué.
Y aquí es donde tengo que ser exacta, porque llevo un año oyendo a gente de este pueblo decir que Marta Cifuentes es un monstruo y a otra gente decir que la obligaron, y las dos cosas son mentira y las dos son cómodas.
Lo que ella me contó a las cuatro y cuarenta de la mañana era verdad.
Cuatro mujeres sin cobrar cuatro meses. Un ayuntamiento diciendo que en septiembre.
Una casa con la luz cortada. Y una mujer de cincuenta y dos años que fue a ver al único hombre de la comarca que nunca decía que algo no se pudiera arreglar.
Yo la entendí. La entendí entera, con las manos en la masa, a oscuras menos por el fluorescente del banco.
Y entenderla no es lo mismo que darle la razón, y eso me costó veinte días y una noche entera aprenderlo.
—¿Y después? —dije.
—¿Después qué?
—Después de 2021.
Marta cerró otra bolsita.
—Después las casas se pusieron en alquiler.
—¿Y en 2022?
—En 2022 seguía igual.
—Marta, en 2022 la casa de la madre de Clara Mena se vendió por treinta y un mil euros estando ella en una residencia de Sigüenza.
—Eso no lo hice yo.
—¿Lo sabías?
—Lo supe después.
—¿Cuánto después?
Puso la bolsita en la fila y no contestó, y siguió pesando, y el silencio duró lo que duran tres bolsitas de cincuenta gramos.
—Marta, siete casas se han vendido a una sociedad.
—Eso no lo he hecho yo.
—Pero tú sabías qué casas estaban vacías.
—Eso lo sabe este pueblo entero. —No levantó la voz. No la levantó ni una sola vez en toda la madrugada—. Pregúntale a don Aurelio Palomares cuáles son las casas vacías de Valdemiel y te las dice todas, con los años y con los nombres de los muertos.
—Don Aurelio no tenía las llaves.
Y ahí se paró.
Un segundo. Con la bolsita en la mano.
—¿Tú qué crees que hago yo con esas llaves? —dijo, muy despacio—. Entrar. Todos los días. A que no se caigan.
—Ya lo sé.
—Pues eso.
—Y aunque lo supieras —dije—, aunque lo supieras todo desde el principio, yo te sigo entendiendo.
Marta levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Que te entiendo. Cuatro mujeres sin cobrar cuatro meses y un ayuntamiento diciendo que en septiembre. Te entiendo perfectamente y llevo tres semanas entendiéndote.
—Pues entonces...
—Entonces nada. —Le puse la última pieza al lado—. Entenderte no es darte la razón, Marta. Son dos cosas distintas y a mí me ha costado tres semanas separarlas.
Cogí el paño, tapé las dieciocho piezas y las dejé en el banco, y me lavé las manos y las sequé, y fui a poner el horno.
Ella siguió pesando sal.
—El lunes te van a citar —dije.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tu amiga la sargento estuvo el domingo pasado hora y media en mi sede, y porque este pueblo lleva una semana sin mirarme a la cara, que yo también lo noto. —Dejó la báscula—. Y porque el jueves fueron a la cooperativa a vaciar los tanques.
Yo estaba de espaldas, con la mano en el mando del horno.
Lo de los tanques había pasado el viernes.
No es nada. En un pueblo de seiscientas personas todo el mundo se equivoca de día. Yo misma le digo a la gente que el limonero de los Verdejo lo riego los martes y lo riego los miércoles.
—El viernes —dije.
—El viernes. —Ni un cambio de tono—. Da igual.
Puse el horno a doscientos.
—Marta, ¿qué has venido a hacer aquí a las cuatro y veinte de la mañana?
—A traerte el termo.
—El termo lleva quince días ahí.
—Y venía de casa de la Rufina y he visto la luz.
—Ya.
Se secó las manos en el paño de las bandejas, que es el que está encima del abatidor y que no lo sabe nadie que no trabaje aquí.
—Y a preguntarte una cosa.
Me apoyé en la mesa de mármol.
—Dime.
Marta Cifuentes se colocó bien la manga del jersey, que es lo único parecido a un gesto de nervios que le he visto hacer en mi vida.
—¿Dónde está el cuaderno?