26. La lata
La lata
Llamé a Rocío el sábado a las nueve de la mañana desde el obrador, con la puerta de la cortina cerrada y mi madre despachando al otro lado.
—Quiero comunicar que nos retiramos de la venta.
Hubo un silencio de despacho.
—¿Hoy?
—Hoy.
—Inés, el plazo vence el lunes. Si usted no hace nada, el lunes no firma y ya está.
—Si el lunes no firmo sin decir nada, incumplo.
—Incumple igual comunicándolo hoy.
—Ya lo sé. —Cambié el móvil de mano—. Pero no es lo mismo dejar pasar una fecha que decirlo.
Rocío tardó en contestar.
—Le voy a repetir una cosa y no se lo repito más. Si ustedes se retiran, la cláusula novena las obliga a devolver el doble de lo entregado. Y ustedes no tienen el doble de lo entregado. Ni tienen lo entregado.
—Ya lo sé.
—Tienen tres mil cien euros y un horno.
—Ya lo sé.
—¿Y su madre está de acuerdo?
—Ahora se lo pregunto.
—Una cosa más —dijo Rocío antes de que colgara—. ¿Usted está haciendo esto por algo que sepa y que yo no sepa?
—No.
—Porque si hay algo, dígamelo, que cambia.
—No hay nada. —Me apoyé en el fregadero—. Y si hubiera algo, tampoco lo sabría yo.
—Vale. Entonces se lo digo por última vez y ya no se lo repito: esto es la peor decisión económica que va a tomar usted en su vida.
—Sí.
—Y se la voy a tramitar esta mañana.
Colgué y me quedé en el obrador con las dos manos apoyadas en la mesa de mármol.
Aquí hay que decir por qué, porque si no, no se entiende nada de lo que pasó después.
Yo no me retiré el sábado 26 porque supiera que se iba a resolver el caso. No lo sabía. Yo no me retiré porque nadie me hubiera dicho que existiera una salida, porque nadie me la había dicho y porque no existía.
Me retiré porque el jueves 24, a las dos de la tarde, un hombre de Guadalajara me dijo en mi propio mostrador que en tres años y medio habían salido cuarenta y un mil ochocientos euros de las sociedades de Leandro Mena hacia una cuenta personal, y porque yo llevaba desde el domingo 13 sabiendo que Raíces de Valdemiel no venía a comprar una pastelería.
Venía a comprar la puerta.
Siete casas vaciadas y una recepción. Y la recepción, con desayunos y con un mostrador, era esta.
Y lo que hacía valiosa a esta casa, para ellos, no era el horno ni el obrador ni los treinta y un años de clientela: era que aquí entra todo el mundo a las siete de la mañana y aquí se sabe quién vive solo.
Si yo firmaba el lunes, la operación quedaba completa. Ocho de ocho. Y la única persona que en toda esta historia había decidido libremente entregar la última pieza, sin engaño, sin presión y por dinero, iba a ser yo.
Subí al mostrador a las nueve y veinte.
Había tres clientas. Esperé a que salieran, cerré la puerta con el cartel de vuelvo en cinco minutos y me limpié las manos en el delantal.
—Mamá, no vamos a vender.
Mi madre estaba metiendo el cambio en el cajón.
—¿Cómo que no?
—Que me retiro. Ya se lo he dicho a la abogada.
—Inés, el lunes...
—El lunes no hay firma. Y el lunes o el martes nos llegará un papel de Raíces reclamándonos treinta y siete mil doscientos euros.
Mi madre cerró el cajón.
Aquí yo esperaba una discusión. La había preparado entera en el obrador mientras hablaba con Rocío: tenía la parte de la puerta de entrada, la de las siete casas, la del limonero de los Verdejo y la de que a la Isidra Corcuera la habían vaciado en una furgoneta.
Tenía cuatro argumentos y ninguno de los cuatro sirvió para nada, porque mi madre no me preguntó por qué.
—¿Cuándo hay que firmar eso?
—¿El qué.
—Lo de retirarse. Habrá que firmar algo.
—Un burofax. Lo manda la abogada esta mañana y hay que firmarlo las dos.
—Pues tráelo.
Lo trajo Rubén a las doce y media, y mi madre lo firmó en la pantalla con el dedo, torcido, sin leerlo, y me lo pasó a mí, y siguió despachando.
A la una y cuarto, entre dos clientas, dijo:
—El horno se queda.
—El horno lo estamos pagando.
—Ya. —Colocó las pinzas—. Digo que se queda.
Y no hemos vuelto a hablar de esto ni una vez.
Yo llevaba veintiún años esperando que mi madre me diera algo sin condiciones y me lo dio un sábado a las doce y media, firmando con el dedo en la pantalla de un cartero una ruina de treinta y siete mil doscientos euros que era mitad suya.
Y tuve miedo. No quiero que esto quede bonito, porque no lo fue.
El sábado por la tarde hice números en un papel de estraza durante hora y media, con la calculadora del móvil y el extracto del banco, y salió lo que tenía que salir: tres mil cien euros, un horno con veintiséis mensualidades por delante, una tienda que factura lo que factura, y una deuda de treinta y siete mil doscientos que se puede pedir en la caja rural si te la dan y que se paga en cinco años si no se te muere nadie y no se te rompe la amasadora.
Hay una parte de esto que no se cuenta nunca y es la que más ocupa.
Cuando decides que vas a deber treinta y siete mil euros, lo que pasa las dos horas siguientes no es que pienses en la justicia ni en tu padre ni en las siete casas.
Lo que pasa es que abres la aplicación del banco y miras el saldo, la cierras, y a los diez minutos la vuelves a abrir por si acaso.
Y miras cuánto te queda del horno. Y calculas cuánto se puede vender en esta tienda en un mes bueno y en un mes malo, y descubres que la diferencia entre un mes bueno y un mes malo son cuatrocientos euros, y que cuatrocientos euros al mes son cinco mil al año, y que cinco mil al año no son treinta y siete mil.
Y después piensas en tu madre, que tiene sesenta y nueve años y una pensión de seiscientos doce euros.
Estuve dos horas convencida de que había hecho una barbaridad. Sigo sin saber decir que no lo fuera.
Belén vino a las cuatro de la tarde porque la llamé yo.
Le conté lo del jueves 3 de septiembre a las cinco y cuarenta de la tarde. Leandro Mena agachado en mi obrador, debajo de la balda de mi padre, con una mano en la rodilla y la otra en el canto de la mesa, levantándose y diciendo que buscaba el aseo.
—Eso lo declaraste el día cinco.
—Lo declaré como una molestia. Dije que un hombre con zapatos de calle había pisado mi azúcar.
—¿Y ahora qué dices?
—Ahora digo que a ese hombre le quedaban tres semanas para ser el dueño de este edificio, que llevaba una cosa encima que no quería tener en su casa ni en su despacho, y que se metió solo dos minutos en la única habitación de este pueblo en la que nadie mira nunca hacia arriba.
Belén se apoyó en el mostrador.
—¿Lo has abierto?
—No.
—¿Por qué no?
—Por dos razones. —Se las dije en el orden en que las había pensado—. Porque si está ahí, no quiero ser yo la que lo saque con las manos. Y porque si no está, me da igual.
—¿Cómo que te da igual?
—Que lo que yo necesito no es el cuaderno.
Y ahí se lo conté.
Cascante llegó a las cinco y estuvo cuarenta minutos y no le gustó nada.
—No.
—Sargento.
—Le dije el jueves que no hiciera nada.
—Y no he hecho nada. Le estoy pidiendo permiso.
—Me está pidiendo que autorice a una testigo a citar en su casa, de madrugada y a solas, a una persona sobre la que tengo cuatro indicios y ninguna prueba. —Se sentó en el taburete—. Eso no se hace.
—El lunes vence mi contrato y el lunes ustedes la citan.
—El lunes la citamos, sí.
—Y el lunes esa mujer entra con abogado y no vuelve a decir una palabra en dos años.
Cascante no me contestó a eso, que fue su manera de decirme que tenía razón.
—¿Y si no viene? —dijo Cascante.
—Pues no viene.
—¿Y si viene y no dice nada?
—Pues no dice nada y el lunes ustedes la citan igual.
—¿Y si viene y le hace algo?
Ahí me callé, porque no lo había pensado en esos términos, y porque en veintitrés días no se me había pasado por la cabeza ni una sola vez.
—Marta Cifuentes me llevó al médico de Sigüenza cuando yo tenía nueve años.
—Ya. —Cascante no se movió del taburete—. Y a Leandro Mena le tramitó la herencia de su padre en 2003.
Estuvimos veinte minutos discutiéndolo. Le dije que yo no le pedía que se escondiera nadie en mi obrador.
Le dije que yo abro todos los días a las cuatro y media y que la mitad del pueblo lo sabe.
Y le dije, y esto es lo único que le movió, que yo no iba a decir que tenía el cuaderno: iba a decir que había encontrado uno.
—Explíqueme la diferencia.
—Que si me equivoco, no pasa nada. Habré encontrado una libreta vieja de mi padre en una lata de etiquetas.
Al final dijo que sí, y dijo que sí de una manera que no se parecía en nada a la televisión.
Uno: la puerta de atrás sin cerrojo y sin llave echada, desde las tres de la mañana.
Dos: Belén en un coche, en la calle de la Iglesia, a doscientos metros, con otro agente. Nadie dentro de mi casa. Nadie en la cámara, nadie en el aseo, nadie detrás de una cortina.
Tres: el móvil en el bolsillo del delantal, con una llamada abierta a Belén desde el momento en que sonara la puerta.
—Y esto se lo digo dos veces —dijo Cascante, de pie, ya con la chaqueta—.
Esa llamada no es una grabación y no vale como prueba.
Yo no le estoy pidiendo que le saque una confesión.
Le estoy pidiendo que si viene, hable, porque todo lo que diga, si dice algo, lo tengo que poder comprobar por otro lado.
Lo que a mí me sirve no es lo que ella diga. Es lo que haga.
—Vale.
—Y cuarto, y esto es lo importante: si en algún momento a usted deja de gustarle esa conversación, sale por la puerta de atrás. No discute, no cierra, no se queda. Sale.
—Vale.
—Repítamelo.
—Salgo.
Chelo Bermejo entra en esta tienda los sábados entre las siete y las siete y media de la tarde, a por el pan del domingo, porque los domingos no baja. Lo hace desde que trabaja en la residencia, que son once años.
A las siete y diez estaba en la vitrina con el bolso colgado del hombro, y había además cuatro personas: Casilda Utande, una señora de Villaseca, un chico del camping y Nicolasa Bachiller.
Lo dije quejándome, que es como se dicen aquí las cosas.
—Y encima llevo dos días vaciando la balda de mi padre.
—¿Y eso? —dijo Nicolasa.
—Porque tengo que poner un registro nuevo de llaves y no tengo dónde. —Metí la bandeja—. Y ahí arriba hay cosas de mil novecientos noventa y ocho.
—Anda.
—Esta mañana he bajado una lata de etiquetas y estaba llena de papeles. Y dentro había un cuaderno azul.
—¿Un cuaderno de qué? —dijo Chelo.
—Ni idea. De cuentas, con columnas, escrito a boli. —Me encogí de hombros—. Yo esa letra no la conozco y desde luego no es la de mi padre.
—Pues llévalo a la Guardia Civil.
—Es que mañana es domingo. —Cerré la vitrina—. El lunes lo llevo. Que bastante tengo.
Y luego, mirando a las cinco:
—Esto no salga de aquí.
Casilda Utande dijo que faltaría más. Nicolasa dijo que a ella qué le importaba. El chico del camping pidió media.
Chelo Bermejo se fue a las siete y diecinueve.
Cerré a las ocho, subí, cené de pie y no dormí, que era exactamente lo que Cascante había intentado evitar diciéndome cuatro veces que durmiera.
Bajé a las tres y media. Quité el cerrojo de la puerta de atrás, la dejé sin llave, me metí el móvil en el bolsillo del delantal y encendí los dos hornos por costumbre.