Miel y sospecha (La Colmena 1) 25. El tanque
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25. El tanque

El tanque

A la nave de la cooperativa no fui yo. Me llamó Gabriel a las siete y veinte de la tarde y me lo contó desde el aparcamiento, con el motor apagado, y le tembló la voz dos veces.

Lo que pasó allí lo he reconstruido después con lo que me contaron él, Belén y, en la parte que le tocaba, el gerente, que a mí me lo contó dos semanas más tarde sin que yo se lo preguntara, porque necesitaba contárselo a alguien.

Empezó por la miel.

El expediente del consejo regulador llevaba desde julio en el cajón de un hombre que ya no podía cursarlo, y cuando el equipo de Guadalajara entró en la gestoría se lo encontró con los demás.

La analítica decía que el lote 24-J de miel de la Alcarria Alta, envasado en la nave 3 del polígono de la Vega la primera semana de julio, contenía miel que no procedía de la comarca, y que ese lote llevaba, entre otras, la etiqueta de Gabriel Rivas Layna.

Un fraude de etiquetado no es un homicidio. Pero era el papel que la víctima tenía guardado y sin tramitar, y eso lo convierte en otra cosa.

El viernes 25, a las diez de la mañana, se presentaron en la nave un inspector del consejo, dos guardias del Seprono, Belén como enlace, y una comisión judicial con una autorización que decía, en resumen, que había que muestrear todo recipiente que hubiera podido intervenir en el envasado de aquel lote.

Todo recipiente. Esa es la frase.

—Es que el tres está fuera de servicio —dijo el gerente.

—¿Desde cuándo?

—Desde 2019.

—¿Y está vacío?

—Está vacío.

No estaba vacío.

Un tanque de decantación de mil quinientos litros que se deja de usar no se deja limpio, porque limpiar un tanque de mil quinientos litros cuesta una mañana y agua caliente, y porque si vas a dejar de usarlo no vas a gastar una mañana.

Lo que se hace es sacar lo que se puede por el grifo, cerrar la tapa y olvidarse.

En el fondo del tanque 3 había una capa de miel vieja, cristalizada y dura, de entre siete y nueve centímetros de espesor, de la consistencia de una pastilla de jabón grande.

Para muestrearla hay que ablandarla. Se ablanda con una manta calefactora enrollada al tanque, a cuarenta grados, y tarda entre tres y cuatro horas.

Empezaron a las once y media de la mañana.

A las tres y veinte, Gabriel, que estaba allí porque es socio y porque la mitad de aquello iba de su etiqueta, se subió a la escalera con una espátula de las de la cooperativa para sacar la primera muestra del fondo.

—Aquí hay algo.

Lo que había era un bulto redondeado, del tamaño de un puño pequeño, completamente forrado de miel cristalizada, pegado al fondo por su propio peso y perfectamente invisible desde arriba con el tanque frío.

Le dijeron que se bajara de la escalera y se bajó.

Lo sacó, dos horas después, un técnico de la policía científica de Guadalajara con guantes, con una espátula de plástico y con la manta apagada, y lo metió en un recipiente rígido sin quitarle nada de encima.

Debajo de la miel había una pesa de latón troncocónica con anilla, con un número grabado en el hombro y una marca de contraste en la base.

El número era el 4.

En la sala baja de Casa de las Jaras, encima de una mesa de pino, hay una balanza de miel de dos platos con una tabla de fieltro y seis huecos numerados del 1 al 6.

Cinco tienen su pesa. El del 4, que es la de quinientos gramos, está vacío desde el 5 de septiembre, y esa tabla la fotografió la científica ese mismo día con una regla milimetrada al lado.

Eso es lo que la identifica: un juego numerado incompleto y una pieza suelta con el número que falta, del mismo fabricante y con el mismo contraste, aparecida a dos kilómetros y medio.

Y la miel, que ni conserva ni destruye nada de manera milagrosa, hizo lo único que hace la miel: la tapó. La aisló del aire y del agua y la dejó donde estaba, en el fondo de un tanque que nadie iba a abrir hasta que a alguien le diera por muestrear todo recipiente.

El gerente de la cooperativa se llama Ismael, tiene sesenta y un años y lleva en ese puesto desde 2008.

Cuando me lo contó, dos semanas después, en la puerta de su nave y sin que yo le hubiera preguntado, lo que le salía una y otra vez no era el muerto. Era el tanque.

—Yo dije que estaba vacío porque para mí estaba vacío. Un tanque que no se usa está vacío. —Se pasaba la mano por la cabeza—. Y me dijeron que lo abriera y lo abrí, y estaba la miel de 2019 ahí abajo hecha piedra, y yo pensé, madre mía, la bronca que me va a caer por la limpieza.

—Ismael.

—Que yo lo que tenía en la cabeza era la inspección de sanidad. —Se rió sin ganas—. La inspección de sanidad.

Lo demás lo dijo el forense después y lo dijo con muchas menos palabras de las que a mí me gustaría poder escribir aquí: que la lesión craneal era compatible con un objeto contundente de superficie curva y aristas romas, de peso y dimensiones compatibles con esa pieza, y que compatible quiere decir compatible.

No hubo sangre. No hubo ADN. Nadie dijo en ningún momento que aquello probara por sí solo nada, y a mí, que llevaba veinte días esperando que alguien dijera una frase de esas de la televisión, me dejó una sensación rarísima que todavía tengo.

—¿Y quién entra en esa nave? —le preguntó Belén al gerente esa tarde, cuando ya se había ido la científica.

—¿Ahora o en general?

—En general.

El gerente le hizo una lista y la lista era larga, porque una cooperativa es de todos.

Once socios con llave. El personal. El de mantenimiento.

Y, durante los tres días de feria y durante la campaña de otoño, las voluntarias de la asociación de ayuda a domicilio, que cubren turnos de envasado desde 2015 sin cobrar, a cambio de que la cooperativa les ceda el local para la cena de Navidad.

—¿Y las voluntarias qué hacen exactamente?

—Tapar, etiquetar y encajar. —El gerente se encogió de hombros—. Y limpiar al final, que es lo que nadie quiere hacer.

—¿A qué hora entran?

—A las seis, cuando hay campaña. Nosotros abrimos a las ocho.

—¿Y esas tienen llave?

—Tiene llave la que las organiza.

—¿Desde cuándo?

El gerente se lo pensó.

—Desde siempre. Desde que empezaron.

Y añadió, porque le pareció que hacía falta añadirlo:

—Es que si no, no pueden entrar a las seis de la mañana.

Yo me enteré de todo esto en dos veces y por dos vías distintas, y las dos me las tengo que apuntar aquí porque en su momento no supe ordenarlas.

La primera fue Gabriel, a las siete y veinte, que es la que cuento al final.

La segunda fue Belén, el sábado por la mañana, cuando vino a por el pan de su casa como una vecina más y me dijo cuatro frases en la puerta, sin entrar, con las gafas de sol puestas.

—Ha aparecido la pesa que faltaba.

—Ya lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque este pueblo tiene seiscientas personas.

—Ya. —Se ajustó la bolsa del pan—. Pues no lo repitas.

A Pura Higueras le tomaron declaración formal el viernes por la tarde, en su casa, y le llevó una hora y cuarto porque Pura no contesta a lo que se le pregunta.

Yo lo sé porque estaba su hijo Tomás, que sigue sin comprarme el pan pero que se lo contó a su madre y su madre me lo contó a mí el lunes.

Pura vive en el último bloque de la calle de la Fuente y desde la ventana de su cocina se ve la trasera del polígono y la carretera del depósito. La noche de la feria no durmió, porque con la charanga hasta las tres no duerme nadie, y estuvo asomada un rato largo.

Dijo lo que llevaba diciendo desde el domingo 6 y que no le había hecho caso nadie, incluida yo: que a las doce y pico había una furgoneta blanca metida en el patio de la cooperativa, con las luces apagadas y las puertas de atrás abiertas.

Esa furgoneta era de la cooperativa y estaba cargando, y lo que cargaba tenía que ver con la miel de julio, y eso se investigó por su cuenta y acabó donde acaban esas cosas, que es en una sanción.

Y dijo lo otro.

—Y bajó un coche pequeño por el camino de arriba.

—¿A qué hora?

—Después.

—¿Después de qué?

—De la furgoneta.

—¿Cuánto después?

—Un rato.

Estuvieron veinte minutos con eso. Pura no sabe la hora, no sabe la marca y no sabe el color, porque desde su ventana, de noche, un coche pequeño es dos luces y un ruido.

Dijo que le pareció claro. Dijo que podía ser gris.

Y dijo, y esto lo repitió tres veces, que no bajó hasta abajo del todo, que se metió en el patio y volvió a salir.

—¿Y no vio quién era?

—Hija, si yo estaba en camisón.

Está en el atestado, en dos líneas, y no vale para identificar a nadie. Nunca lo ha valido.

Vale para otra cosa, que es que a las doce y pico de la noche del 4 de septiembre alguien metió un coche pequeño en el patio de una nave donde tres semanas después apareció el arma.

Gabriel me llamó a las siete y veinte.

—Inés.

—Dime.

—Ha aparecido una pesa de latón dentro del tanque tres.

Me senté en el escalón de la puerta de atrás con el móvil en la oreja.

—¿Estabas tú?

—Estaba yo. La saqué yo con una espátula sin saber lo que era. —Se le fue la voz—. Y luego me han tenido cuatro horas allí de pie sin poder tocar nada, mirando cómo un tío de Guadalajara le quitaba la miel a una pesa con un palito de plástico.

—Gabriel.

—Yo llevo desde julio con esto. Desde julio. Diciéndole a todo el mundo que en mi lote hay miel que no es mía y que aquí pasa algo, y todo el mundo mirando para otro lado. —Se paró—. Y resulta que sí pasaba algo, y no era lo mío.

—Lo tuyo también.

—Lo mío es una multa.

—Gabriel.

—¿Qué.

—¿Tú sabes lo que es esa pesa?

—Sé lo que es una pesa de balanza.

—Es de un juego de seis. Y en Casa de las Jaras hay una balanza con cinco.

Se quedó callado tanto rato que pensé que se había cortado.

—¿Y tú eso cómo lo sabes?

—Porque lo vi el día cinco desde la cancela.

—¿Y no dijiste nada?

—Dije que no sabía nada, que es distinto.

Se quedó callado un rato largo. Se oía el motor de un coche entrando en el aparcamiento.

—¿Sabes lo que me ha dicho el gerente cuando nos íbamos? —dijo—. Que él ese tanque lo iba a desguazar en 2020 y que no lo hizo porque el chatarrero le ofrecía poco.

—Ya.

—Ochenta euros. Que no lo desguazó por ochenta euros.