24. Los pagos y el encargo
Los pagos y el encargo
Óscar Beltrán llamó a mi puerta de atrás el jueves a las cinco y diez de la mañana.
Yo tenía la primera hornada dentro y me llevé un susto que se me pasó al oír la voz.
—Soy yo. Ábreme.
Entró con la chaqueta puesta encima de la ropa de trabajo y no se sentó y no se quitó la chaqueta. Tenía la cara de un hombre que lleva dos noches sin dormir y una hora en un coche parado en la carretera esperando a que fueran las cinco.
—Anoche vinieron a mi obrador.
—¿Quién?
—Los de Guadalajara. A las nueve. Con una hoja. —Se pasó la mano por la cara—. Me han citado para hoy a las doce en Sigüenza y me han dicho que vaya con abogado.
—Óscar.
—Y no tengo abogado, Inés. Y no tengo con quién dejar a mi madre a las doce.
Le puse un café. Se lo bebió de pie, al lado del horno, mirando el suelo.
—¿Sabes lo primero que me preguntaron anoche? —dijo—. Si yo hacía macarons. Y les dije que sí, que hago desde 2023, que los hago los sábados y los viernes de agosto y que en junio hice trescientos para una comunión en Alcolea.
—¿Y qué te dijeron?
—Nada. Lo apuntaron. —Se pasó el pulgar por el borde de la taza—. Y luego me preguntaron si había hecho alguno fuera de esas fechas.
—¿Y?
—Y les dije que no. Anoche les dije que no, Inés. A las nueve y media de la noche, en mi obrador, con mi madre arriba.
—Óscar.
—Y a las once me metí en el coche y me fui a la carretera de Sigüenza y estuve hasta las cuatro de la mañana en un arcén.
Puso la taza en el fregadero, y la enjuagó, que lo hacen los que trabajan en un obrador y no lo hace nadie más en casa ajena.
—Fue Marta.
Lo dijo así, sin más. Yo tenía la manga pastelera en la mano y la dejé encima del mármol.
—El martes uno de septiembre, por la tarde.
Vino a mi obrador, que no había venido nunca.
—Dejó la taza—. Me pidió un macarón rosa, grande, de nueve centímetros, con la tapa superior sin fijar.
Me lo pidió así, con esas palabras. Me dijo que era una broma para la jubilación de Leandro, que le iban a meter un regalo dentro en la caja de la feria.
—¿Y le preguntaste algo?
—Le pregunté que por qué no te lo pedía a ti, que las cajas las hacías tú.
—¿Y qué te dijo?
—Que precisamente por eso. Que si te lo pedía a ti se te iba a escapar la broma.
Me apoyé en el canto de la mesa.
—Me pagó cuarenta euros en efectivo, allí mismo, y me dijo que no hacía falta ticket porque era una tontería. Y yo no hice albarán, y no lo metí en la caja registradora, y eso ya no lo puedo arreglar de ninguna manera.
—¿Y se lo diste cuándo?
—El viernes a las diez y media de la mañana, en el aparcamiento del centro social. Se lo llevé en una caja plana y le dije que no la girara.
—Óscar, cuando te lo pidió, ¿te dijo de qué tamaño?
—Nueve centímetros. Me lo dijo con el dedo. —Hizo el gesto—. Yo le dije que el tuyo era de ocho y me dijo que daba igual, que era para que se viera, que iba en el centro de la caja.
—¿Y lo de la tapa?
—Lo de la tapa me lo explicó dos veces. —Se apoyó en la mesa de mármol—. Que la tapa tenía que salir entera y limpia, y que si al levantarla se arrastraba la crema no valía. Dos veces. Yo pensé que era por la foto, que iban a hacerle una foto al abrir la caja.
—¿Y qué le contestaste?
—Que entonces no aguantaba el viaje. Y me dijo que ella lo llevaba con cuidado.
Estuvimos los dos callados con el ruido del horno viejo.
—Diecinueve días, Óscar.
—Ya.
—Veinte días.
—Ya lo sé. —Se agarró al respaldo del taburete—. ¿Tú te crees que yo no lo he pensado? Todas las noches. Todas.
—¿Y por qué no lo has dicho?
Y entonces Óscar Beltrán me contestó, y me contestó de corrido, como quien ha ensayado tres veces en un coche parado en el arcén.
—Primero, porque le debía nueve mil doscientos euros a ese hombre y lo sabe media comarca. Segundo, porque hice una copia de tu producto y eso me pone a mí dentro de la caja. Y tercero...
Se paró.
—Y tercero.
—Y tercero, porque en junio del año pasado mi madre estaba en la lista de espera de la ayuda a domicilio con el número treinta y uno, y yo llamé a la Mancomunidad tres veces y me dijeron que seis meses.
Y hablé con Marta un jueves en la puerta de la iglesia.
Y el lunes siguiente había una chica en mi casa a las nueve de la mañana.
—Óscar.
—Que a mí Marta no me ha amenazado nunca. —Levantó las dos manos—. Marta no me ha dicho nada. Marta no me ha pedido que me calle. Marta no me ha vuelto a hablar del tema desde el uno de septiembre.
—Ya.
—A Leandro le debía nueve mil doscientos y le hablé mal en tu obrador delante de tres personas. Se lo dije a la cara. —Cogió la chaqueta—. Y a esta mujer le debo dos semanas.
—¿Qué vas a hacer? —dije.
—Ir a las doce.
—¿Con abogado?
—Con el que me pongan. —Se abrochó la chaqueta—. Y decirlo todo, y que pase lo que tenga que pasar, y esta tarde abro a las cinco porque tengo cuarenta barras encargadas.
—Óscar.
—¿Qué.
—Lo de la concha.
—¿Qué pasa con la concha?
—Que está bien hecha.
Se quedó parado con la mano en el picaporte de la puerta de atrás y tardó en contestar más de lo que tarda un hombre en contestar a eso.
—Ya lo sé.
Se fue a las cinco y cuarenta por el callejón, andando, con el coche aparcado en la plaza para que no lo oyera nadie arrancar a esa hora.
Ese día vendí trescientos veinte euros, que para un jueves de finales de septiembre está bien, y no me acuerdo de una sola cara de las que entraron.
A las once y media pasó por delante del escaparate la furgoneta blanca de la asociación, de 2011, con una cuidadora al volante, camino de la calle de arriba. A la una volvió en dirección contraria.
A esa hora, Marta Cifuentes estaba haciendo lo que hace todos los jueves, que es la ruta de la mañana y luego dos horas de papeleo, y este pueblo entero podía verla hacerlo desde la ventana.
Cascante vino a las dos de la tarde con Nogueira.
Le conté lo de Óscar, entero, con las horas y con las palabras. Lo apuntó todo y al final cerró la libreta y se quedó con las dos manos encima.
—Se lo agradezco. Esto lo tenemos desde anoche por él, pero lo suyo lo confirma.
—Sargento, ¿Óscar está...?
—Óscar Beltrán ha estado declarando esta mañana tres horas y ha salido andando.
—Se guardó el bolígrafo—. Fabricó la pieza.
No estuvo en la plaza en toda la tarde del viernes, tiene ticket de una gasolinera de Sigüenza a las siete y veintiséis y a las siete y veinte la caja estaba precintada.
No pudo abrir esa caja nadie que no estuviera en esa mesa.
—Ya.
—Ahora le voy a decir una cosa y luego le voy a pedir otra.
—Dígame.
—Se lo digo yo hoy porque mañana lo va a saber este pueblo entero y prefiero que no se entere usted en la cola.
—Se apoyó en el mostrador—. Hemos tenido acceso a las cuentas de tres sociedades relacionadas con Leandro Mena.
Desde 2020 hay pagos regulares a la asociación de ayuda a domicilio de Valdemiel, con concepto de colaboración, que están declarados y que suman poco.
—Vale.
—Y hay otra cosa. Desde marzo de 2023 hay transferencias a una cuenta personal a nombre de Marta Cifuentes Ranz. Cuarenta y un mil ochocientos euros.
Yo estaba de pie detrás del mostrador de mi casa y me quedé de pie detrás del mostrador de mi casa.
—Cuarenta y uno.
—Cuarenta y un mil ochocientos.
—¿En tres años?
—En tres años y medio.
—¿Y ella qué dice de eso? —pregunté.
—Todavía no se lo hemos preguntado.
—¿Por qué?
—Porque una pregunta se hace una vez. —Cascante se apoyó en el mostrador—.
Si yo le pregunto hoy por el dinero, mañana tiene una explicación para el dinero.
Si le pregunto por el dinero, por el macarón, por la llave y por los siete minutos a la vez, tiene que sostener las cuatro juntas, y las cuatro juntas no las sostiene nadie que no diga la verdad.
Miré la vitrina. Las pastas de té, las rosquillas de la mañana, la tabla estrecha con seis macarons que ese día sí había puesto.
Cuarenta y un mil ochocientos euros es lo que se paga en esta comarca por dos casas como la de los Verdejo.
Es también, y esto lo pensé allí mismo con la exactitud tonta con la que yo pienso las cosas, algo más de lo que cobra una directora de una asociación de ayuda a domicilio con cuatro trabajadoras en tres años y medio, si es que cobrara media jornada, que es lo que ella dice que cobra.
—¿Y eso qué prueba? —dije.
—Eso prueba que cobró.
—¿Y lo demás?
—Lo demás no lo prueba. —Cascante se enderezó—.
Yo tengo una mujer que encargó una pieza fabricada para esconder algo debajo, que estuvo en esa mesa siete minutos, que recibió una llave con una excusa falsa esa noche y que ha cobrado cuarenta y un mil euros de las sociedades del muerto.
Y no tengo el arma, no tengo la llave que apareció en esa caja y no tengo una sola persona que la sitúe en esa casa.
—¿Y entonces?
—Y entonces mañana la citamos, y viene, y contesta lo que quiera contestar, y se va a su casa. —Se puso la chaqueta—. Ahora lo que le pido.
—Dígame.
—Que no haga usted nada.
Salió a la calle y desde el escaparate lo vi cruzar la plaza hacia el coche con Nogueira detrás.
A las cinco y diez llamó Maribel Rojas.
—Inés, cariño, dos cosas rápidas. Una: los ciento veinte euros de las bandejas están firmados y te los pagan en quince días.
—Vale.
—Y dos. —Bajó la voz sin bajarla—. ¿Tú sabes algo?
—¿De qué.
—De lo que sea. Es que a mí me llaman.
—Maribel, yo hago pan.
—Ya. —Silencio de dos segundos—. Es que si hay que hacer algo con la ayuda a domicilio, yo necesito saberlo con tiempo, porque eso es de la Mancomunidad y la Mancomunidad se reúne el día ocho.
Colgué y me quedé pensando que la alcaldesa de este pueblo, a las cinco de la tarde de un jueves, ya estaba calculando quién le iba a hacer la comida a dieciséis personas.
Y que era, hasta ese momento, la única que lo había calculado.
A las seis y veinte de la tarde entró Josefa Somolinos.
Tiene setenta y cuatro años, un bastón de aluminio y el brazo izquierdo torpe desde 2022. Entró sola, andando desde la carretera, que son quinientos metros y una cuesta que su hijo le sube del brazo, y llegó con la respiración corta y se sentó en el taburete sin preguntar.
—Hija, ponme una barra.
—Josefa, ¿ha venido usted andando?
—He venido.
—¿Y Óscar?
—Óscar está en Sigüenza desde esta mañana y no me coge el teléfono. —Se colocó el bolso encima de las rodillas—. Y hoy no ha venido la chica.
—¿Qué chica?
—La de la asociación. La que me hace la comida. —Se encogió de hombros—. He llamado a la sede y no lo coge nadie. Habrá pasado algo.
Le puse la barra y no le cobré, y no se dio cuenta.
Y estuve, mientras se la envolvía, calculando cuántas personas hay hoy en este pueblo esperando a que alguien abra una puerta a las nueve de la mañana.
Son dieciséis.