Miel y sospecha (La Colmena 1) 23. La mentira de Amparo
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23. La mentira de Amparo

La mentira de Amparo

El miércoles a las once y veinte de la mañana yo estaba atando una caja.

Es un trabajo que tiene su técnica y que hago con los ojos cerrados: caja plana, cartón, papel de seda dentro, dos vueltas de bramante, cruz, nudo y lazada, y el rabo del bramante cortado en diagonal para que no se deshilache. Una caja de dos kilos de pastas surtidas se ata en cuarenta segundos.

Llevábamos ocho días así.

Mi madre bajaba a las seis y diez, ponía el escaparate, abría, despachaba, cerraba a las dos, subía, comía sola y volvía a bajar a las cinco.

Yo hacía el pan, el dulce, los encargos y la caja.

Entre las dos hacíamos, todos los días, exactamente el mismo trabajo que hemos hecho siempre, y en ocho días no habíamos tenido una conversación que durase más de cuatro frases.

Eso, en un mostrador de cuatro metros, es un ejercicio de precisión. Hay que aprender a no coincidir en la vitrina, a pedir el papel sin pedirlo y a cobrar la vez de la otra sin mirarla. Se puede. Lo hicimos ocho días y nadie de fuera lo notó.

Puri Alcolea había pedido dos kilos para llevarse a Guadalajara.

Elvira Cañadas estaba sentada en el taburete de mi madre, que se lo cede siempre, con el bastón entre las rodillas y el pañuelo del cuello puesto aunque hacía veintiséis grados.

Mi madre estaba en el obrador. Llevábamos desde el martes anterior comunicándonos por escrito, o casi: quedan cuatro cajas de bolsas. Falta anís. He apuntado lo de la Rufina.

—Ponme también seis rosquillas, Inesita, para el viaje.

—Marchando.

—Y oye, dile a tu madre que qué manos tiene, que desde que me encendió el calentador no me ha vuelto a fallar.

—Eso lo encendí yo, Elvira.

—Anda. ¿Tú?

—El jueves de la feria, a las seis y cuarto de la mañana.

—Pues tú.

Corté el bramante y empecé la primera vuelta.

—Es que el termo ese es una ruina —dijo Puri—. Ya le he dicho a mi madre que se lo cambiemos, pero como no está nunca...

—Yo estoy siempre.

—Mamá, que estuviste todo el fin de semana de la feria en Guadalajara.

—Porque me llevaste tú.

—Porque tenías la revisión el lunes. —Puri me miró a mí con esa cara de hija que lleva el mismo diálogo desde hace nueve años—. Nos fuimos el viernes al mediodía y volvimos el lunes en el coche de la una y media. Nos perdimos la feria entera.

Segunda vuelta. Cruz.

—Con la feria que hacéis vosotros —dijo Elvira.

—Menos mal que nos la perdimos —dijo Puri—, con lo que pasó.

Nudo.

—Aunque vaya susto nos dio Marta el sábado por la mañana.

Paré.

No mucho. Lo justo. Tenía el bramante tirante entre los dos dedos y la lazada a medio hacer, y seguí, porque si sueltas una lazada a medio hacer se te va la vuelta entera y hay que empezar de cero.

—¿Marta?

—Marta, la de la asociación. Llamó a mi casa de Guadalajara el sábado a las nueve de la mañana preguntando si a mi madre le había pasado algo la noche anterior.

—¿A tu casa de Guadalajara?

—A mi fijo. Que no sé ni cómo lo tiene. —Puri sacó el monedero—. Y yo pensando qué habrá pasado en el pueblo, con lo puntual que es esa mujer para todo.

—Es que Marta es muy suya —dijo Elvira—. Muy pendiente.

—Muy pendiente sí.

Terminé la lazada. Corté el rabo en diagonal. Puse las seis rosquillas en una bolsa aparte y las metí en la de las asas.

—Son veintidós con cuarenta.

Puri pagó con tarjeta. Elvira se levantó del taburete con las dos manos en el bastón y me dijo que a ver si iba a verla, que ya no va nadie, y yo le dije que sí.

Se fueron a las once y media.

A las once y treinta y uno yo seguía detrás del mostrador con las manos apoyadas en el mármol.

El viernes 4 de septiembre, a las once menos cuarto de la noche, Marta Cifuentes llamó a mi puerta de atrás y dijo que le habían dado un aviso.

El sábado 5, a las nueve de la mañana, Marta Cifuentes llamó a un teléfono fijo de Guadalajara para preguntar si a Elvira Cañadas le había pasado algo la noche anterior.

No se pregunta si ha pasado algo por una urgencia que has atendido tú.

Se pregunta si ha pasado algo cuando necesitas saber si alguien puede desmentirte.

Estuve seis o siete minutos así, sin moverme, con el mostrador vacío y la puerta abierta a la calle Real.

Y no fue una revelación. Aquí no hubo nada que encajara de golpe, ni nada que se iluminara, ni ninguna de esas cosas.

Fue una resta. Yo tenía una llave que salió de esa caja el viernes por la noche, tenía a mi madre negándolo cuatro veces delante de tres autoridades distintas, y ahora tenía una mujer llamando un sábado a las nueve de la mañana a un fijo de Guadalajara para preguntar por una urgencia de la noche anterior.

Eso es todo lo que tenía. No es una prueba de nada. Es una llamada de teléfono que una hija le cuenta a otra mientras compra pastas.

Cerré el mostrador a las once y treinta y cinco, un miércoles, y subí a la vivienda.

Mi madre estaba en la cocina de arriba pelando patatas encima de una hoja de periódico.

—Mamá, deja eso.

—Está la comida.

—Deja las patatas.

Levantó la cabeza y me miró, y a lo mejor por cómo se lo dije, o a lo mejor porque llevaba ocho días esperándolo, dejó el cuchillo encima del periódico y se limpió las manos en el delantal y se quedó sentada.

—El viernes de la feria, a las once menos cinco de la noche, tú abriste la caja de caudales.

—Inés.

—Y a la puerta de atrás estaba Marta.

Mi madre miró la ventana.

—Yo estaba en el pasillo con dos bandejas y os vi, y llevo diecinueve días sin decírselo a nadie. Ni a la Guardia Civil el sábado, ni a Belén, ni el martes cuando fuiste a Sigüenza. A nadie.

—Ya lo sé.

Eso me lo dijo mirando la ventana.

—¿Lo sabías?

—Claro que lo sabía. —Se le movió la boca—. Tú por ahí con las bandejas. Si yo te oí.

Me senté en la otra silla.

—Mamá, Elvira estaba en Guadalajara desde el viernes al mediodía.

Mi madre no dijo nada.

—No hubo ninguna urgencia. No la llamó nadie. Elvira no estaba en su casa.

Nada.

—¿A qué hora te la pidió?

Y ahí mi madre, que en diecinueve días no había movido una coma delante de un guardia civil, de un juez y de su hija, dijo:

—A las once menos cinco.

—¿Qué llave?

—La de la prima Elvira. La catorce.

—¿Y te dijo para qué?

—Que la habían avisado, que Elvira estaba mala y que no llegaba nadie. —Se puso las manos en el regazo—. Y me dijo que no lo apuntara, que era un minuto y que a Elvira le daba apuro que se supiera que se pone mala de noche.

—¿Y tú no lo apuntaste.

—Yo no lo apunté.

—¿Y cuándo te la devolvió?

—A las doce y veinte.

—¿Estás segura de la hora?

—Yo estaba haciendo el arqueo. —Se le fue la voz un poco—. La dejó en el mármol y me dijo que estaba fría la noche.

Estuvimos las dos en la cocina de arriba con una hoja de periódico y seis patatas peladas.

—Mamá, ¿por qué?

Y mi madre me contestó, y me contestó una sola vez, y no lo ha vuelto a contar delante de mí ni delante de nadie.

—En el ochenta y cuatro me quedé embarazada y lo perdí.

Levanté la cabeza.

—Tú tenías dos años. Tu padre no lo supo nunca y no lo va a saber, porque está muerto.

—Se estiró el delantal encima de las rodillas—.

Y no hubo médico, y no hubo hospital, y no hubo nadie en este pueblo que se enterara, porque la única persona que estuvo allí conmigo aquella noche era una cría de dieciséis años que venía los sábados a echarme una mano en el mostrador y que se llamaba Marta Cifuentes.

—Mamá.

—Cuarenta y dos años. —Puso los dos dedos encima de la mesa, como se pone un recibo—. Cuarenta y dos años sin decir una palabra. Ni a tu padre, ni a mí, ni el día que discutimos por lo del entierro de su madre, que estuvimos ocho meses sin hablarnos. Ni entonces.

—Y el viernes te pidió una llave.

—Y el viernes me pidió una llave.

—¿Y tú qué pensaste?

Mi madre me miró por primera vez desde que me senté.

—Yo no pensé nada, Inés. Yo se la di.

No hubo llanto y no hubo perdón. Mi madre no me pidió perdón esa mañana y no me lo ha pedido después, y yo tampoco a ella.

Lo que hizo fue levantarse, coger el cuchillo y seguir pelando patatas, y decir, de espaldas:

—Llama tú, que a mí no me van a creer.

Bajé al obrador, apagué el horno viejo, que llevaba encendido desde las cuatro y diez sin que hiciera falta, y me quedé de pie en mitad de la sala.

Dieciocho llaves. Una caja de caudales de 1952 con la cerradura rota desde 1997. Un libro de préstamos que ya no existe. Y mi madre, arriba, pelando patatas encima de una hoja de periódico después de contarme, en cuatro frases y sin una lágrima, la cosa más grande que le ha pasado en su vida.

Cuarenta y dos años callándose lo suyo para poder callarse lo de otra.

Llamé a Belén desde el rellano a las doce y diez.

—Belén, mi madre le dio la llave catorce a Marta Cifuentes el viernes cuatro a las once menos cinco de la noche y se la devolvió a las doce y veinte.

No lo apuntó porque Marta le dijo que no lo apuntara.

Y el aviso era falso: Elvira Cañadas llevaba desde el viernes al mediodía en Guadalajara con su hija.

Belén no dijo nada durante cuatro o cinco segundos.

—¿Está tu madre contigo?

—Está en la cocina.

—¿Puede repetir eso delante de nosotros esta tarde?

—Sí.

—Inés. —Bajó la voz—. ¿Tú esto lo sabías?

—Sabía que había abierto la caja. No sabía la llave y no sabía a quién.

—¿Desde cuándo sabías lo de la caja?

Me apoyé en la pared del rellano.

—Desde el sábado cinco a las cinco de la tarde.

—Vale.

—Belén.

—A las cuatro estamos ahí.

Y colgó.

Vinieron a las cuatro y cinco, Cascante y Nogueira, y mi madre los recibió arriba, en la cocina, porque se negó a bajar.

—Aquí no —dijo—. Aquí despacho yo.

Estuvieron una hora y cuarenta minutos.

Yo esperé abajo, con el cierre echado y la luz apagada, sentada en el taburete del mostrador, oyendo el suelo de arriba.

Un suelo de una casa de 1911 cuenta mucho: se oye cuándo alguien se levanta, se oye cuándo alguien va a la cocina a por agua y se oye cuándo tres personas llevan veinte minutos sin moverse.

A las cinco y cuarenta bajaron los dos. Cascante se paró en el último escalón.

—Su madre ha rectificado su declaración anterior y ha dado una versión completa. Mañana tendrá que repetirlo en Sigüenza y esta vez con el abogado.

—¿Le va a pasar algo?

—Eso no lo decido yo. —Se puso la chaqueta—.

Le voy a decir lo que pienso, que no es lo mismo.

Una mujer de sesenta y nueve años que presta una llave sin apuntarla y luego lo niega cinco veces por proteger a una amiga de toda la vida tiene un problema.

Lo tiene. Pero el problema de su madre es un problema pequeño dentro de uno grande, y los problemas pequeños dentro de los grandes suelen arreglarse cuando el grande se resuelve.

—¿Y si no se resuelve?

—Entonces no. —Abrió la puerta—. Suba con ella.

Subí. Mi madre estaba sentada en la misma silla, con la hoja de periódico todavía encima de la mesa y las patatas peladas dentro de un cazo con agua desde hacía seis horas.

—Se han ido —dije.

—Ya los he oído.

—¿Quieres que te haga algo de cena?

—No.

Me senté enfrente. Estuvimos así hasta las siete y media sin decir nada, que fue lo más parecido a estar juntas que habíamos hecho en tres semanas.