21. Las personas que ayudan
Las personas que ayudan
Belén subió el sábado a las ocho de la mañana con un guardia que sabía de puertas, y estuvieron cuarenta minutos en el callejón de la Iglesia con una linterna buena y una cámara.
Antes de empezar me devolvió la llave ocho dentro de un sobre, con un papel que tuve que firmar, y la colgué de su gancho delante de ella.
Había estado catorce días fuera de esa caja y en catorce días nadie de este pueblo había preguntado por ella ni una sola vez, porque la casa de Anselmo Naharro lleva ocho años sin que entre nadie.
—¿Y bien? —dije, cuando entraron.
—Y nada.
—¿Nada de nada?
—La cerradura está intacta. —Belén se guardó la libreta—. No hay marcas de palanca, no hay virutas, el marco está entero y el cerco de hierro es de los que no se doblan. Esa puerta la ha abierto alguien con una llave o no la ha abierto nadie.
—Ya.
—Y eso, Inés, no prueba nada, porque tampoco hay huellas, porque en una puerta que se toca cuarenta veces al día no las hay, y porque tú misma has salido a mirarla con el móvil.
Se fueron a las nueve menos veinte.
Las cinco llamadas las hice el sábado por la tarde, entre las siete y las ocho, con la tienda cerrada y el cuaderno de espiral delante, y por orden alfabético porque no se me ocurrió otra manera de ordenarlas y porque cualquier otro orden habría significado algo.
* Cifuentes, Marta. * Cogió al segundo tono.
—Marta, voy a cambiar la cerradura de la puerta de atrás el lunes.
—Muy bien hecho. Ya te lo dije yo.
—Y voy a recoger las llaves.
—Claro, mujer. Tú tranquila, que te la llevo ahora.
Y me la llevó en once minutos, andando desde la sede, y me la puso en la mano en la puerta de la calle, delante del escaparate, a la vista de quien pasara.
—¿Se sabe algo?
—Poco.
—Bueno. —Se ajustó la carpeta bajo el brazo—. Tú lo que tienes que hacer es dormir.
* Higueras, Tomás. * Fontanero, cuarenta y siete años, hijo de Pura, y la única de las cinco llamadas en la que me contestaron mal.
—¿Y eso?
—Por lo que ha pasado.
—Ya, pero digo que a cuento de qué. —Se le oía en un coche—. Inés, yo he entrado en ese obrador dos veces el invierno pasado a las once de la noche y sin cobrarte la salida.
—Ya lo sé.
—Pues eso.
—Tomás, es que si no lo hago yo, me lo va a decir la Guardia Civil.
Se quedó callado.
—Vale. El lunes te la dejo en el mostrador.
Y la dejó, y no entró, y estuvo tres semanas sin comprar aquí.
* Pardo, Rosalía. * Diecinueve años limpiando esta tienda a las cinco y media de la mañana.
No dijo nada. Se puso a llorar por teléfono, muy bajito, y me dijo que ella no había cogido nada nunca y que yo lo sabía, y yo le dije que claro que lo sabía, y ella siguió llorando, y estuvimos así cuatro minutos.
El lunes vino a las cinco y media como siempre y limpió como siempre y no me miró en toda la mañana.
* Soria, Amparo. * No la llamé. Subí y se lo dije en la cocina.
—Voy a cambiar la cerradura de atrás.
—Haz lo que quieras.
—Y voy a pedir las llaves.
—Que hagas lo que quieras, Inés.
Estuvo tres minutos fregando un vaso.
—Rosalía lleva diecinueve años.
—Ya lo sé.
—Y Tomás nos sacó el agua del obrador en enero a las once de la noche.
—Ya lo sé, mamá.
—Pues nada. —Cerró el grifo—. Tú sabrás lo que haces con la gente.
Esa es la frase. Lleva diciéndola desde que yo tenía quince años y significa siempre lo mismo, que es que ella no lo haría y que yo, si quiero, adelante, y que después no cuente con nadie.
Las otras dos llaves eran de mi madre y mía.
El domingo no pasó nada, que es exactamente lo que tiene que pasar un domingo en un pueblo para que el lunes pase todo.
Lo que sí pasó, y lo supe después, es que el domingo por la mañana la agente Nogueira estuvo hora y media en la sede de la asociación de ayuda a domicilio, en la calle Nueva, con la puerta abierta y el coche aparcado enfrente, preguntando por hojas de visitas domiciliarias.
Un pueblo de seiscientas personas es una máquina de sumar mal.
Uno: la Guardia Civil, un domingo, en la sede de Marta.
Dos: la hija de Amparo Soria le ha pedido la llave a Marta Cifuentes en la puerta de la calle, delante del escaparate.
No sé con exactitud qué versión corrió el domingo, porque a mí no me llegó ninguna, que es precisamente el dato. En este pueblo tú sabes que se habla de ti cuando dejan de contarte cosas.
Lo que sí sé es lo que le llegó a mi madre, porque el domingo por la tarde le llamó una prima de Villaseca a preguntarle si era verdad que la Guardia Civil había registrado la asociación.
Mi madre le dijo que no lo sabía y colgó, y después estuvo dos horas planchando manteles que no se usan desde la comunión de 2019.
El lunes, a las siete de la mañana, la cola entró y compró.
Y ya está.
Entraron los mismos de siempre menos uno.
Pura Higueras pidió media y una barra de ayer.
Encarna Bachiller pidió lo suyo y no dijo si había dormido mal.
Loli no la corrigió. Sabas Mansilla dijo buenos días, pagó con el importe justo, que él nunca lleva justo, y se fue.
Chelo Bermejo no entró: pasó por delante y siguió hacia el coche de línea.
Nadie fue grosero. Nadie me dijo nada. Nadie me miró mal.
En veinte minutos vendí lo que vendo un lunes y no se pronunció una sola frase que no fuera el nombre de un producto y una cantidad.
Y don Aurelio Palomares no vino.
Su silla estaba donde está siempre, plegada contra el quicio de la derecha, con el asiento de rejilla azul y la pegatina despegada de la feria de Almazán, y estuvo ahí toda la mañana sin que nadie la tocara y sin que nadie la desplegara.
Yo despaché a doce personas en cuarenta minutos.
Doce buenos días. Doce «media y una de anís». Doce «gracias, hasta luego». Y en el hueco de la derecha, donde caben cinco de pie y donde en veinte años no ha habido un lunes sin conversación, se oía el frigorífico de la vitrina.
Pura Higueras estuvo dos minutos y medio y se fue. Pura Higueras no ha estado dos minutos y medio en esta tienda en su vida.
Y lo más raro de todo, lo que me costó entender hasta el jueves, es que ninguna de esas doce personas estaba enfadada conmigo. Yo las conozco. Sé cuándo alguien está enfadado, porque cuando alguien está enfadado en un pueblo compra más, no menos, y te lo dice todo mirando a otro lado.
Aquello no era enfado. Era vergüenza ajena. Estaban incómodos por mí, como se está incómodo cuando alguien de la familia hace algo que no se hace, y la única manera que tiene esta gente de gestionar la incomodidad es dejar de hablar.
A las nueve y media entró la sobrina a por el pan de los dos.
—¿Y tu tío?
—Está bien, está bien.
—¿Seguro?
—Que sí, mujer. Que hoy no le apetecía bajar.
Don Aurelio Palomares tiene ochenta y cuatro años y ha bajado a esta tienda a las siete menos cinco todos los días laborables desde que se jubiló en 2006, con lluvia, con nieve, con el pie escayolado y el día que enterró a su mujer. Y ese lunes no le apetecía bajar.
Nadie me acusó de nada. Es mucho peor que te dejen la silla puesta.
Aquella mañana entendí una cosa sobre este pueblo que llevaba cuarenta y tres años sin entender, y es que aquí no se protege a la persona que tiene razón. Se protege a la que cuida.
A Marta Cifuentes la conocen todos por la misma vía: alguien de su familia se ha caído, o se ha quedado solo, o ha salido del hospital sin poder subir una escalera, y ella ha aparecido con una silla de ruedas plegable en el maletero. Eso no se discute con un argumento. Eso ni siquiera se discute.
Y yo, esa mañana, era una mujer de cuarenta y tres años que iba a vender la panadería y que le había pedido la llave a la mujer que le corta las uñas de los pies a tu padre.
El cerrajero llegó a las once y media, tardó cincuenta minutos y me cobró ciento treinta y cuatro euros con el IVA. Bombín nuevo, dos llaves. Una para mí y una para mi madre.
Cuando se fue, me quedé mirando la puerta de atrás de mi propia casa con dos llaves en la mano y la sensación clarísima de haber hecho una cosa razonable de una manera imperdonable.
Fui a la sede a las nueve de la noche.
La asociación está en los bajos del centro social, en la calle Nueva, en lo que fue el aula de párvulos hasta 1998: dos habitaciones, un armario de material sanitario con cajas de empapadores hasta el techo, una caldera vieja y una mesa con un ordenador de hace ocho años.
Marta estaba sola, con el flexo encendido y el chaleco puesto, metiendo horas en una hoja de cálculo.
—Vengo a pedirte perdón.
—No.
—Marta.
—Que no vienes a eso. —Guardó el archivo—. Vienes porque llevas dos días con el estómago cerrado. Siéntate.
Me senté en una silla de plástico, delante de la mesa, como una usuaria.
—Yo, lo de la llave...
—Lo de la llave está bien hecho y ya te lo dije yo hace diez días. —Se echó atrás en la silla—. Lo que está mal hecho es cómo lo lleváis todos, que os creéis que si os calláis no se nota.
—¿Quién.
—Tú, tu madre y este pueblo entero. —Cogió un boli y lo dejó—. Inés, ¿tú sabes cuántas personas mayores hay hoy en Valdemiel viviendo solas?
—No.
—Cuarenta y una. Y usuarios de la asociación, dieciséis, porque para más no hay dinero. Yo tengo cuatro cuidadoras a ocho horas y media y una furgoneta de 2011.
—Ya.
—No, no lo sabes. Y no te lo digo con reproche, que tú bastante tienes. —Se quitó las gafas de cerca—. Te lo digo porque tú eres la única persona de este pueblo a la que se lo puedo decir sin que se le ponga cara de pena.
—¿Por qué yo?
—Porque tú también abres a las cuatro y media.
Se levantó a coger dos vasos de agua y me puso uno delante sin preguntarme si quería.
—Yo llevo diecisiete años levantándome a las seis y media para que dieciséis personas de este pueblo se levanten de la cama, se laven, coman caliente y no se caigan. Diecisiete. Y en diecisiete años, ¿sabes cuántas veces ha llamado alguien del ayuntamiento para preguntarme cómo estoy yo?
Esperé.
—Ninguna. Ni una. —Se encogió de hombros—. Y no lo digo con pena, que ya no. Lo digo porque es un dato.
—Marta.
—Y luego pasa una cosa como esta y todo el mundo se acuerda de golpe de que las llaves de este pueblo las guarda una panadería y de que a las casas de los viejos entra gente y de que eso, oye, qué peligro.
—Se rió sin ganas—. Qué peligro. Llevamos treinta años entrando en esas casas y el peligro empieza el día que aparece un muerto.
Eso era verdad. Todo lo que dijo esa noche era verdad, y lo dijo bien, y lo dijo cansada, y yo salí de allí queriéndola más que cuando entré.
—¿Tú sabes lo que hago yo los domingos por la tarde? —dijo—. Papeleo. Justificaciones de subvención. Cada euro que entra aquí hay que justificarlo con una factura, y las facturas hay que escanearlas, y el programa de la Junta se cae los domingos. Diecisiete años de domingos.
—Marta.
—Y en enero, cuando no llega, pago yo y luego me lo devuelven en junio. O en julio. O no.
—¿Eso es legal?
—Eso es lo que hay. —Bebió—. Legal es lo que hacen ellos, que es no pagar hasta que alguien se queja, y como el que se queja soy yo y yo no soy nadie, pues no pagan.
Estuvimos una hora. Me contó lo de su hijo, que está en Zaragoza desde 2018 y llama en Navidad, y me lo contó sin drama, como quien informa de un horario.
Me contó que en enero le cortaron la subvención dos meses y que pagó las nóminas de las cuatro con una póliza a su nombre.
Me contó que en 2019 estuvo a punto de dejarlo y que no lo dejó porque no había nadie detrás, y que eso no es vocación, es aritmética.
Me contó que su miedo no es morirse, es acabar siendo una de las dieciséis.
—Que venga otra Marta a cortarme las uñas de los pies —dijo—. Eso.
A las diez me levanté. Ella cogió mi taza y la mía y las llevó al fregadero antes de que a mí me diera tiempo a moverme, cosa que hace desde que yo tengo uso de razón y que hasta ese mes a mí me parecía cariño.
En la puerta, ya con el flexo apagado, dijo:
—Y si te sirve de algo, yo esa noche no entré. Me quedé en el quicio.
—¿Qué noche?
—La del viernes de la feria.
—Ya lo sé, Marta, si estaba yo delante.
—Pues eso. —Se puso la carpeta bajo el brazo—. Que lo digas si te preguntan.
Volví andando por la calle Nueva y por la calle de la Fuente, seiscientos metros, y en los seiscientos metros hice una cosa que llevo sin perdonarme desde entonces y que a la vez sigo pensando que hay que hacer.
Le di vueltas a esa frase.
Nadie le había preguntado a Marta por esa noche esa noche.
Yo no. Pero es que en este pueblo, ese lunes, no hacía falta que nadie preguntara nada: la Guardia Civil había estado en su sede el domingo, la hija de su mejor amiga le había pedido la llave el sábado delante del escaparate y su mejor amiga había declarado en un juzgado el martes anterior.
Marta Cifuentes tenía cincuenta y ocho años, once horas de trabajo diarias y todo el derecho del mundo a decir en voz alta dónde estuvo.
Llegué a casa convencida de dos cosas contradictorias y las dos siguen siendo verdad.
Una, que no había nada en esa frase.
Y otra, que yo había pasado, en dieciséis días, de ser una mujer que hace pan a ser una mujer que se va andando por una calle desmenuzando la última frase de su madrina.