20. El libro de préstamos
El libro de préstamos
El viernes cerré a las dos y a las dos y cuarto estaba en la mesa de mármol con el móvil, un cuaderno de los de espiral y el papel de Sabas Mansilla.
Tres cosas distintas, y las escribo en orden porque ese viernes fue la primera vez que las tuve claras a la vez.
Dos: * los tres folios de Clara *. Copia doblada de una tabla con ocho fincas, precios y fechas, escondida en el forro de una gabardina, entregada el jueves. Dice cuánto se pagó y cuánto se pedía.
Tres: * el libro de préstamos de esta casa *. Cuaderno de tapa dura, cuarto tomo, letra de mi padre hasta 2011 y de mi madre después. Dice quién se llevó qué llave y cuándo.
De los tres, el único que es mío es el tercero. Y de los tres, es el único del que yo tenía las cuarenta y ocho fotografías que hice el 3 de septiembre a las cinco y media de la mañana para una empresa que quería saber lo que compraba.
El viernes es día de encargos y esa tarde tenía dos tartas y sesenta piezas para un cumpleaños de Villaseca, y las dejé hechas antes de las dos porque llevaba desde el domingo aprendiendo, a base de tirar hornadas, que en esta casa lo primero se hace primero.
Es lo único que he hecho bien en todo septiembre.
Empecé por la once, que es la de los Verdejo, porque era la que tenía delante desde el domingo.
La casa se vendió en 2024. En el libro, en la página del 14 de febrero de 2024, hay un renglón: 11 — asociación — 9:40 — 11:15 . Y en observaciones, con la letra de mi madre: revisar humedades .
Nada. Ese renglón no es nada. La asociación entra en esa casa cuatro veces al año desde que se murió la madre porque la casa tiene humedades y alguien tiene que ventilar, y lo hacen gratis, y eso lo sabe todo el pueblo.
Fui a la doce, Isidra Corcuera, que ingresó en la residencia en 2024.
En el libro, tres renglones ese año. El de marzo dice: 12 — asociación — recoger ropa .
Dos.
Y ahí me paré, con el dedo encima de la pantalla, porque el segundo es donde empieza el problema. El primero es un dato. El segundo ya es una forma de mirar.
Y aquí hay que decir una cosa sobre las fotografías, porque a mí me la dijo Belén después y tenía razón.
Yo no hice esas cuarenta y ocho fotos para investigar nada.
Las hice porque una empresa que quería comprar este edificio pidió un inventario del inmovilizado y del funcionamiento del negocio, y porque a mí me pareció que un cuaderno donde consta que dieciocho vecinos dejan su llave aquí formaba parte del funcionamiento del negocio.
O sea que las hice para enseñárselas a Raíces de Valdemiel.
Puse las siete casas en el cuaderno de espiral, en una columna, con la fecha de venta al lado, que me la sabía por lo de Maribel y por lo de Aurelio. Y al lado puse todos los renglones del libro que tuvieran que ver con esa casa en los doce meses anteriores a esa fecha.
No salió a la primera. En dos de las siete no encontré nada en los doce meses anteriores y tuve que abrir a dieciocho, y en una de esas dos el renglón que buscaba estaba en la página movida, que es la que no se lee.
Y en la de la era de Villaseca no hay renglón ninguno, porque esa casa nunca ha tenido llave aquí. La conté igual, mirando los renglones de la casa de al lado, que es de una prima, y eso ya no es un dato: eso es querer que salga.
Lo apunté con una interrogación al lado y sigue teniendo la interrogación.
Tardé dos horas y cuarto y salieron seis de siete, y la séptima con interrogación.
Siete casas. En las siete, en el año anterior a la venta, hay al menos un préstamo registrado de la llave de esa casa. Cuatro figuran a nombre de la asociación. Uno a nombre de un fontanero, que es Tomás Higueras. Uno a nombre de un sobrino de Guadalajara. Y uno no tiene nombre: pone una raya.
Me levanté de la mesa de mármol y me di una vuelta por el obrador, que es lo que hago cuando una cuenta no me sale.
Porque esto es lo que pasa con ese cuaderno, y es lo que yo llevaba doce días sin entender: en La Colmena hay dieciocho llaves y las dieciocho son de personas mayores que viven solas.
La asociación de ayuda a domicilio atiende a dieciséis personas en este pueblo, y de esas dieciséis, once viven en casas cuya llave está en esa caja.
Que la asociación aparezca cuatro veces en el libro de préstamos no significa nada. Significa que la asociación hace su trabajo. Es como sorprenderse de que en la lista de la compra de una panadería salga harina.
Eso me dije, andando de la amasadora a la cámara y de la cámara a la amasadora, y me lo dije bien y con argumentos, y era verdad.
Volví a la mesa y seguí.
Hay una foto de las cuarenta y ocho que salió movida. Es la de la página 141, del otoño de 2023, y se ve porque al pasar el dedo la fecha del encabezado está partida en dos. En esa página estaban dos de los siete renglones y yo quería leer las observaciones enteras.
Fui al mostrador a por el libro.
La balda baja de detrás del mostrador tiene, de izquierda a derecha: el paquete de las bolsas grandes, dos cajas de papel de estraza, la libreta de las cuentas fiadas y el libro de préstamos, que se conoce a un metro porque tiene la esquina de la tapa levantada por la humedad.
Metí la mano y no lo cogí.
Metí la mano otra vez y saqué las dos cajas de papel de estraza y las puse en el suelo.
Detrás de las dos cajas de papel de estraza hay pared.
Estuve así, en cuclillas, con las dos cajas en el suelo y la mano en una balda vacía, un rato que no sé cuánto duró.
Lo primero que pensé fue que se lo habían llevado ellos. Lo segundo, que lo había movido mi madre. Lo tercero, que me lo había llevado yo al obrador y lo había dejado debajo de algo, que es lo que hago con las cosas doce veces al año.
Lo cuarto ya no fue un pensamiento.
Después hice lo que hace cualquiera, que es buscarlo en los sitios donde no está: encima del mostrador, debajo del mostrador, en el cajón del papel, en el obrador, encima de la caja de caudales, en la vivienda, en el aparador de arriba y en un armario de la escalera donde no cabe.
A las cinco y veinte llamé a Rosalía.
—Rosalía, el libro de las llaves, el cuaderno gordo de la balda de abajo. ¿Tú lo has visto esta semana?
—¿El de las llaves? Yo eso no lo toco.
—Ya, pero limpias ahí.
—Yo limpio por delante. Ahí no meto la mano nunca, que me tiene dicho tu madre.
—¿Y el lunes estaba?
Se quedó callada.
—Inés, yo el lunes no me fijé. Yo me fijo si hay algo tirado.
Mi madre bajó a las seis menos cuarto porque me oyó mover muebles.
—¿Qué haces?
—El libro de préstamos no está.
—Estará.
—No está, mamá. He mirado en todos los sitios.
—Pues lo habrá cogido la Guardia Civil.
—La Guardia Civil lo miró el domingo seis aquí de pie y lo dejó ahí. Nogueira le hizo fotos con el móvil y lo dejó ahí.
Mi madre se acercó a la balda, metió la mano, tocó la pared y sacó la mano.
Y ahí, por primera vez en trece días, le vi en la cara algo que no era terquedad.
—¿Lo has cogido tú? —dije.
—¿Yo?
—Te lo pregunto.
—No.
—Vale.
—Inés.
—Que vale.
La puerta de atrás da al callejón de la Iglesia y es de madera maciza con un cerco de hierro, con una cerradura de bombín de las de toda la vida y un cerrojo de pasador por dentro.
El cerrojo lo echo yo cuando cierro por la noche, si me acuerdo.
Hay semanas en que me acuerdo todos los días y semanas en que no.
Antes de llamar a nadie salí al callejón y la miré por fuera con la linterna del móvil.
No sé mirar una cerradura. No voy a decir que vi arañazos, ni marcas, ni virutas, ni nada de eso, porque lo que vi fue una puerta verde de hace cuarenta años con la pintura saltada alrededor del bombín, que la tiene saltada desde que yo tengo memoria porque la gente mete la llave a oscuras.
Lo único que puedo decir es que estaba cerrada con llave y que el cerrojo de dentro no estaba echado.
Llamé a Belén a las seis y media y no me lo cogió, y a las siete menos veinte me devolvió la llamada desde un sitio con ruido.
—Belén, el libro de préstamos no está.
—¿Cómo que no está?
—Que no está en la balda. Lo he buscado dos horas.
Se hizo un silencio de los de tapar el teléfono.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé. La última vez que lo vi con seguridad fue el domingo seis, cuando lo mirasteis vosotras.
—Han pasado doce días.
—Ya.
—Inés, ¿tú lo has abierto en estos doce días?
—No. Yo tenía las fotos.
—¿Y tú a alguien le has dicho que tienes las fotos?
Me quedé con el teléfono en la oreja en mitad de mi tienda a oscuras.
—No —dije—. A nadie.
—Vale. —Oí que se movía—. No toques la puerta de atrás, no la limpies, no eches el cerrojo y no la abras. Mañana subo con alguien a primera hora. Y de esto no hablas con nadie. Con nadie, Inés.
—Con mi madre tampoco.
—Con tu madre tampoco.
Volví a entrar, me senté en el taburete del mostrador y escribí en el cuaderno de espiral cinco nombres.
Yo.
Mi madre.
Rosalía Pardo.
Tomás Higueras.
Marta Cifuentes.
Cinco llaves de esa puerta. No hay más. La cerradura es de 1986 y esas cinco copias las hizo mi padre en la ferretería de Sigüenza y no ha habido una sexta, porque cada vez que alguien ha necesitado entrar, se le ha abierto.
Miré los cinco nombres.
Rosalía Pardo lleva diecinueve años limpiando esta tienda por seiscientos euros y ha tenido en la mano, todos los días de esos diecinueve años, una caja registradora abierta.
Tomás Higueras entró en este obrador dos veces el invierno pasado a las once de la noche a desatascar un desagüe, y las dos veces se fue sin cobrar la salida.
Marta Cifuentes tiene esa llave desde 1986.
Me llevó al médico de Sigüenza cuando yo tenía nueve años y mi madre estaba con la tienda.
Me firmó dos notas del colegio. Vino a las diez de la noche del miércoles pasado a formar rosquillas con las manos frías porque yo llevaba doce horas de pie.
Y hace nueve días, en esa misma puerta, me dijo que cambiara esa cerradura porque cinco llaves eran muchas llaves.
Taché los tres.
Los taché con el boli, uno detrás de otro, sin pensarlo mucho, del mismo modo que se tacha lo que no viene a cuento, y me quedé mirando el papel con dos nombres sin tachar que eran mi madre y yo.
Y estuve dos o tres minutos convencida de que eso era un razonamiento.
Después dejé el boli.
Volví a leer el nombre de en medio de los tres tachados, el que había tachado con más ganas, y me quedé con una cosa muy pequeña y muy incómoda dándome vueltas, que no era una sospecha ni de lejos, y que no se lo dije a nadie ese día ni en cuatro días más.
Quien me dijo que cambiara la cerradura de esa puerta lo hizo con la llave en el bolsillo.
Eso no quiere decir nada. Eso lo diría cualquiera de los cinco. Yo misma se lo he dicho a mi madre dos veces en veinte años.
Cerré el cuaderno, guardé el papel de Sabas dentro y llamé al cerrajero de Sigüenza, que no me lo cogió porque eran las siete y diez de un viernes, y le dejé un mensaje pidiendo cita para el lunes.
Después me quedé sentada en el taburete de mi madre, con la tienda cerrada y las luces apagadas, haciendo la cuenta de lo que iba a costarme aquello.
Ciento veinte euros la cerradura.
Y cinco llamadas de teléfono a cinco personas para decirles que a partir del lunes su llave no abría.