Miel y sospecha (La Colmena 1) 19. El funeral
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19. El funeral

El funeral

El cuerpo llegó a Valdemiel el jueves a las once de la mañana y el funeral fue a las doce.

En la puerta de la iglesia había cuatro coronas. Una de la familia. Una del colegio de gestores administrativos de Guadalajara. Una de la cooperativa. Y una, grande, de flores blancas y buenas, con una cinta que decía RAÍCES DE VALDEMIEL S.L. — DESCANSE EN PAZ.

Esa corona estuvo veinte minutos siendo el tema de conversación de doscientas personas, en voz baja, en la puerta de una iglesia, y hubo dos escuelas: los que decían que era un detalle y los que decían que qué poca vergüenza.

Ganaron los primeros por mayoría, porque en un pueblo las flores caras siempre ganan.

La política de asientos de un funeral en Valdemiel no la escribe nadie y la sabe todo el mundo.

Primer banco de la derecha, familia directa.

Segundo, familia política y padrinos. Tercero, los que han velado.

A partir del cuarto empieza el pueblo, y en el pueblo hay un orden que no tiene que ver con el afecto sino con la antigüedad de la relación, de modo que una mujer que le hacía la comida a un hombre desde 1998 se sienta más adelante que un primo carnal de Guadalajara.

Ese jueves ese sistema se rompió, porque en el primer banco de la derecha había una sola persona y en los tres siguientes no había nadie, y doscientas personas se apelotonaron a partir del quinto sin que nadie se atreviera a subir.

Don Sergio lo arregló desde el altar, antes de empezar, con dos frases:

—Los que estén de pie al fondo, que pasen delante. Que aquí hay sitio y esto no es un cine.

Se movieron catorce. Ninguno pasó del cuarto.

Maribel Rojas llegó con banda y sin banda, es decir, la traía en el bolso y no se la puso, y estuvo doce minutos deliberando con el secretario en el atrio sobre si la corporación asistía como corporación o a título particular, y lo resolvió el secretario diciendo que la corporación no puede asistir a título particular porque entonces no es la corporación.

—Pues a título particular todos —dijo Maribel—, y yo en la tercera fila.

Se sentó en la segunda.

Óscar Beltrán trajo a su madre otra vez y volvió a subirla los quinientos metros de cuesta.

Vinieron los dos hombres de traje de Guadalajara.

Vinieron catorce personas de Villaseca. Vino Elvira Cañadas del brazo de su hija, recién llegada el lunes de Guadalajara, y se sentó en el séptimo banco, y desde donde yo estaba se le veía la nuca y la cinta rosa de un pañuelo.

Y en el primer banco, otra vez sola, Clara Mena.

Sabas Mansilla contó a los asistentes. Lo hace en todos los funerales desde que se jubiló y lo hace bien, por filas y por columnas, con la cabeza y sin mover los labios, y a la salida da la cifra a quien se la pida y a quien no.

—Doscientos treinta y uno —dijo en el atrio—. Y catorce de Villaseca.

—¿Y en el de la Petra?

—Ciento noventa.

—Pues fíjate.

Que en Valdemiel a un hombre lo entierren doscientas treinta y una personas quiere decir dos cosas a la vez, y las dos son ciertas: que hizo mucho por mucha gente, y que a un entierro aquí se va aunque el muerto te haya arruinado, porque no ir es una declaración y la gente evita las declaraciones.

Don Sergio hizo lo mismo que el sábado, que era lo que había que hacer, y a la salida pasó lo que pasa siempre y que no falla en ningún pueblo de esta provincia: la gente empezó a contar lo bueno.

Un hombre de setenta y tantos, en la puerta, con la gorra en la mano:

—A mí me sacó la viudedad de mi madre. Nueve meses estuvo. No me cobró.

Una mujer:

—A mi hermano lo llevó a Guadalajara cuatro veces a lo del oncólogo, en su coche, porque yo no conduzco.

—¿Cuatro?

—Cuatro. Y en la última se quedó a esperar todo el día.

Casilda Utande, saliendo:

—Es que este hombre te arreglaba las cosas.

—Ya.

—Que a mí me las arregló.

Elvira Cañadas salió del brazo de su hija y se paró en el segundo escalón porque no ve bien el desnivel.

—Ay, Inesita, qué disgusto.

—Ya, Elvira.

—Con lo bien que se portó con nosotras cuando lo de mi Ramón.

Su hija Puri, que vive en Guadalajara y viene un fin de semana al mes, me dio dos besos y me dijo que qué bien olía siempre esta plaza a esa hora, y se llevó a su madre despacio hacia la calle del Arrabal, las dos del brazo, discutiendo por el escalón.

Y eso también es verdad, y es lo que hace que todo esto sea lo que es. Leandro Mena llevó a un enfermo cuatro veces a Guadalajara sin cobrar un euro y le compró a una mujer con demencia la casa de su vida por la cuarta parte. Las dos manos del mismo hombre, en el mismo pueblo, en los mismos años.

En la puerta, Óscar Beltrán estaba esperando a que bajara su madre con el resto de los que no pueden con el escalón, y me dijo, mirando la corona de flores blancas:

—Esa vale trescientos euros.

—¿Tú qué sabes?

—Porque mi cuñada tiene la floristería de Sigüenza y esa es de las suyas. —Se cambió el bastón de mano—. Trescientos doce con el porte.

—¿Y quién la ha encargado?

—Una empresa. Por teléfono. El lunes.

Se quedó mirándola un momento más.

—Yo, si me muero debiéndole nueve mil doscientos a alguien, no quiero flores suyas.

Yo me fui de la iglesia antes de terminar, a las doce y cuarenta, porque tenía la segunda hornada dentro y porque un funeral no es motivo para que a las siete de la tarde no haya pan.

Salí por la puerta lateral, la del cementerio viejo, y crucé la plaza en diagonal.

La gestoría Mena tiene el cierre metálico, y encima del cierre, en el hueco del arco, un montante de cristal por el que se ve el techo del despacho.

El montante estaba iluminado.

Me paré en mitad de la plaza con el pueblo entero a ochenta metros dentro de una iglesia.

La puerta pequeña, la de al lado del cierre, la que da a la escalera de la vivienda, estaba entornada.

Subí.

Clara Mena estaba de pie en el despacho de su padre, delante del perchero de detrás de la puerta, con una gabardina beis descolgada y puesta encima de la mesa, y con unas tijeras de las de papelería en la mano derecha.

Le había abierto el forro por la costura de abajo, doce o quince centímetros, y tenía metida la mano izquierda dentro.

Nos miramos.

—Es el funeral de tu padre —dije.

—Ya lo sé.

—Estás en el funeral de tu padre abriéndole un abrigo con unas tijeras.

—Ya lo sé, joder. —Sacó la mano del forro—. ¿Tú te crees que no lo sé?

Traía tres folios doblados en cuatro, con las dobleces marcadas de llevar mucho tiempo doblados, y los dejó encima de la mesa y se sentó en la silla de las visitas, no en la de él.

Estuvo un rato con las dos manos en la cara.

—Lo vi en julio —dijo—. Estaba yo aquí una tarde esperándole y me apoyé en el perchero y noté el bulto.

Y desde julio he vuelto once veces a este despacho y no he podido sacarlo ni una, porque él no salía nunca.

Este hombre no salía nunca de aquí. —Se apartó el pelo—.

Y el único día en el que yo sabía seguro que no iba a haber nadie en toda la plaza era hoy.

—Clara.

—Que sí. Que ya sé lo que parece.

—No parece. Es.

—Es. —Se levantó—. ¿Y qué querías que hiciera? El lunes viene un cerrajero, cambia la cerradura, se lo lleva todo a un depósito judicial, y estos papeles se van con la ropa del muerto a una bolsa y no los ve nadie hasta dentro de dos años.

—Los podías haber pedido.

—Los pedí. El martes. A tu amiga la sargento. Y me dijeron que se pide por escrito y que hay un procedimiento. —Se rió sin ganas—. Un procedimiento.

Miré los tres folios encima de la mesa. Estaban del revés y aun así se veía que eran una tabla.

—¿Qué es?

—Una lista. —Los giró con dos dedos—. Ocho fincas. Lo que se pagó por cada una y lo que se pedía. Con fechas.

Ocho.

—¿Con nombres?

—Con las iniciales de los dueños. —Señaló una columna—. Y en la última, otras iniciales que no sé lo que son.

No las leí. Bajé la mano y le tapé el papel con la palma, que fue lo único que se me ocurrió hacer y que probablemente tampoco valía para nada.

—Clara, esto no lo puedes tener tú.

—Es de mi padre.

—Es de una investigación.

—¡Es de mi madre! —Y ahí se le rompió por primera vez la voz en trece días—.

Es de mi madre, que estuvo tres años en una habitación de Sigüenza sin saber en qué año vivía mientras su marido vendía la casa donde yo aprendí a andar por treinta y un mil euros.

Y yo llevo dieciocho meses intentando probar eso y me falta esto. Esto exactamente.

—Ya lo sé.

—Y si lo entrego, se va a un juzgado que investiga un homicidio y a mí me lo devuelven en 2029.

—Ya lo sé.

—¿Y entonces?

—Entonces lo entregas igual —dije—. Y lo entregas tú, hoy, y les dices dónde estaba y cómo lo has sacado. Porque si lo sacas y te callas, el día que aparezca eres tú la que entró en la casa del muerto durante el funeral con unas tijeras.

Clara se quedó mirando los tres folios encima de la mesa de su padre.

—¿Y tú qué ganas?

—Yo no gano nada. Mi madre declaró ayer en Sigüenza.

Levantó la cabeza.

—¿Tu madre?

—Mi madre.

Nos quedamos las dos en un despacho de treinta metros cuadrados con un flexo encendido a las doce y cincuenta de un jueves, mientras a ochenta metros doscientas personas cantaban mal la salve.

Llamó ella. Desde ese teléfono, delante de mí, y lo primero que dijo fue su nombre completo y lo segundo fue dónde estaba.

Mientras esperábamos estuvo hablando. No de la lista: de él.

—¿Sabe lo que más rabia me da? Que era bueno. —Tenía las dos manos alrededor de un vaso de plástico que había cogido no sé de dónde—. Cuando yo tenía diez años, en esta mesa, me enseñó a hacer una carta al Ministerio para reclamar una beca. Con copia y con registro. Y me la sellaron y me la dieron.

—Clara.

—Y con esa misma letra vendió la casa de mi madre.

Se oyó la salve desde la plaza, con doscientas voces y ninguna afinada, y las dos nos callamos hasta que terminó, porque no se puede hablar por encima de eso.

Nogueira llegó en once minutos, y detrás Belén, y a la una y veinte estaban fotografiando un perchero.

A mí me tomaron los datos y me dejaron ir a las dos menos cuarto.

La segunda hornada se me pasó cuarenta minutos y salió negra por abajo. Cincuenta y cuatro piezas a la basura y una tarde entera de mostrador con la mitad del pan del jueves.

Belén salió detrás de mí a la calle y me acompañó veinte metros.

—¿Tú le has dicho que llamara?

—Sí.

—Pues has hecho bien y te lo va a agradecer nadie.

—Ya.

—Inés. —Se paró—. Esa chica se ha metido en un lío del que no se sale gratis. Va a haber que explicar por qué entró, y quién le dio la llave, y por qué esperó al funeral. Y la lista, tal como está, ya no vale lo que valía.

—¿Por qué?

—Porque un papel que aparece cortando el forro de un abrigo con unas tijeras el día del entierro tiene un problema de origen, y el problema de origen te lo van a sacar en cualquier sitio donde lo lleves.

—Se puso las gafas de sol—. Eso lo va a pagar ella y lo va a pagar en la demanda de su madre, que es lo único que le importaba.

Clara Mena salió de la gestoría a las tres, con un abrigo beis descosido metido en una bolsa que le habían dado ellos, y cruzó la plaza sola, y no fue al cementerio porque el cementerio ya se había terminado hacía dos horas.