18. El almacén
El almacén
—Inés. Tú el otro día me preguntaste lo de las naves.
—Yo no te pregunté nada.
—Tú me miraste de una manera.
Sacó del bolsillo del pantalón un papel doblado en ocho, escrito con bolígrafo azul a dos columnas, con una letra pequeña y ordenada de hombre que ha rellenado impresos durante treinta y siete años.
—Primero. En el polígono de la Vega hay veintidós naves. Catorce en la parte de delante, que son las que se ven de la carretera, y ocho detrás, que son de alquiler. Segundo. De las ocho, ahora mismo trabajan dos: la de los pienso y la del hombre de las ventanas de aluminio.
—Sabas.
—Tercero, y ahora viene lo bueno. —Puso el dedo en la columna de la derecha—. En la siete se entrega. Se entrega desde hace dos años, sobres grandes y algún paquete, y en la puerta no hay rótulo, y el que firma no es el mismo. Yo he visto firmar a tres personas distintas en esa nave.
—¿Y tú cómo sabes eso si estás jubilado?
Sabas se enderezó con una dignidad enorme.
—Porque el que reparte ahora es el hijo de mi cuñado y come en mi casa los jueves.
—Sabas.
—Dime.
—¿Y por qué no le has contado esto a la Guardia Civil?
Se puso muy digno.
—Porque a mí la Guardia Civil no me ha preguntado.
—Puedes ir tú.
—Yo no voy a un cuartel a contar lo que veo desde mi ventana. —Se ajustó la chaqueta—. Que luego eres el que va al cuartel. Yo te lo doy a ti y tú haces lo que quieras, que para eso está tu madre en Sigüenza.
Y ahí me di cuenta de que Sabas Mansilla llevaba dos semanas guardando ese papel y de que lo había traído ese día y no otro.
Me lo dejó encima del mármol y no me lo quiso volver a coger.
Fui a por Gabriel a las nueve y media y fue lo más incómodo que he hecho en toda esta historia.
Estaba en el patio de su casa cargando la furgoneta. Cuando me vio bajar del coche siguió cargando.
—Buenas.
—Buenas.
—Necesito una cosa.
—Ya.
—Gabriel.
—Que sí, que ya. —Metió una caja—. Que necesitas una cosa. Como el viernes pasado, que necesitabas saber dónde estaba yo a las once y cuarenta de la noche.
—Necesito saber dónde está la nave siete del polígono y qué se ve desde fuera.
Se paró con la última caja en las manos.
—¿Para qué?
—Para llamar a la Guardia Civil.
Me miró un rato. Es un hombre que tarda en las cosas y ese día tardó más.
—Yo no voy a entrar en ningún sitio.
—Yo tampoco.
—Y esto lo hago porque hay cuatro mil kilos de miel en esta comarca con mi etiqueta que no son míos. No lo hago por ti.
—Ya lo sé.
—Pues vamos.
El polígono de la Vega tiene una calle central y dos traseras, y las naves de alquiler dan a la trasera de arriba, que es de tierra y termina en un vallado.
La siete es la tercera empezando por la izquierda.
Portón metálico verde, sin rótulo, sin buzón, con un candado nuevo y una puerta de servicio a la derecha con una ventana alta.
Fuimos en su furgoneta y no hablamos en los cinco minutos de trayecto. Yo no sabía por dónde empezar y él no tenía ninguna intención de ayudarme.
A la altura del depósito lo intenté.
—Gabriel, lo del otro día...
—El otro día me preguntaste dónde estaba a las once y cuarenta. Es una pregunta normal.
—No la hice como una pregunta normal.
—No. —Cambió de marcha—. No la hiciste como una pregunta normal.
Y no dijo nada más en dos kilómetros, y a mí me pareció justo.
Aparcamos a cincuenta metros, en la trasera, delante de una nave vacía.
—Ahí —dijo Gabriel—. La del candado.
—¿Y eso es normal?
—El candado no. Aquí las naves llevan bombín. El candado es de quien no quiere que el dueño entre con su llave.
Se bajó, se subió al estribo de su furgoneta, que aparcó de lado, y miró por la ventana alta con las dos manos haciendo visera.
Estuvo diez segundos.
—Bidones —dijo—. Palés. Y cajas de cartón, muchas, numeradas con rotulador.
—¿Cuántos bidones?
—Doce o catorce. Azules, de los de doscientos kilos. —Se bajó del estribo—. Y no son de la cooperativa, porque los de la cooperativa llevan un adhesivo amarillo en la tapa y esos no lo llevan.
Llamé a Belén desde el coche a las diez y diez.
Se lo conté en tres frases y no dije ni una palabra de más. La ruta de Sabas, el candado, la ventana, lo que se ve. Que no habíamos entrado, que no habíamos tocado nada y que estábamos a cincuenta metros dentro de un coche.
—Iros —dijo Belén.
—Ya nos vamos.
—Ahora. Los dos. Y no se lo contéis a nadie hasta que os llame yo.
El registro se hizo a las siete y cuarto de la tarde.
Yo lo supe porque me llamó Nogueira a las seis y media y me preguntó si podía acercarme al polígono a las siete y media, y cuando le pregunté para qué me dijo que el sargento primero me lo explicaba allí.
Cuando llegué había dos coches del puesto, dos sin rotular, una furgoneta de la científica y el portón verde abierto con el candado cortado encima de un palé.
Habían puesto un foco. La luz de un foco en la trasera de un polígono a las siete y media de septiembre, con el cielo todavía azul, es una luz muy fea.
Cascante salió con unos guantes puestos.
—No entre.
—No entro.
—La he llamado por una cosa concreta y le voy a pedir que la haga deprisa, porque va a ser desagradable.
—Se apartó—. Ahí dentro hay treinta y una cajas de cartón numeradas con lo que se vació de siete casas de este pueblo.
Yo tengo que saber de qué casa es cada cosa, y en Guadalajara no lo sabe nadie.
Sacaron tres cajas al portón y las pusieron encima de un palé, abiertas, y me dejaron mirar desde metro y medio sin tocar.
En la primera había fotografías. Una boda en blanco y negro con las novias del pueblo colocadas por altura, un carnet de identidad de los antiguos, plegado, y un sobre de fotos de un bautizo de los setenta.
—Esa es la boda de Obdulia Naharro —dije—. La hermana del de las Jaras. Está en la pared de su casa la misma foto enmarcada.
Nogueira lo apuntó.
En la segunda había un juego de café de doce piezas, envuelto pieza a pieza en papel de periódico. La azucarera tenía el asa partida y pegada con un pegamento amarillento de los que ya no se venden.
—Ese no lo sé.
—Piénselo.
—Es que un juego de café lo tiene todo el mundo.
En la tercera caja había un faldón de bautizo, una cinta métrica de sastre, un bote de galletas de lata lleno de botones y carretes, y una caja de cartón rosa de La Colmena, aplastada por un lado, con el precinto de la abeja roto por el medio y una fecha escrita a bolígrafo en la tapa.
Julio de 1998.
La cogí.
—No la toque.
Ya la tenía en la mano.
—Perdón.
La dejé donde estaba y me aparté dos pasos, y estuve un rato mirando el suelo de hormigón del portón, que estaba manchado de aceite, con los guantes de Cascante a un metro de mí y el foco encendido.
Esa caja la hizo mi padre. Las de 1998 llevan el precinto que compró él ese año, seiscientas, y en julio del noventa y ocho en este pueblo hubo dos bodas.
Alguien se llevó a su casa una caja de dulces de la boda de su hija, se la comió, y guardó la caja vacía veintisiete años.
En un armario, en lo alto, con la fecha escrita en la tapa.
Y se murió, y no vino nadie, y una mañana entraron dos hombres con una furgoneta y metieron esa caja en una caja más grande con un número escrito en rotulador, y la llevaron a una nave de alquiler en un polígono a dos kilómetros y medio, y la dejaron allí encima de un palé debajo de un faldón de bautizo.
No es la depredación lo que se te queda. Es que la guardó.
—¿Está usted bien? —dijo Nogueira.
—Sí.
—Podemos parar.
—No.
Sacaron seis cajas más en esa hora.
Un reloj de pared de los de péndulo, con la llave de dar cuerda atada al cristal con un cordel.
Un misal con estampas de recordatorio de difuntos metidas entre las páginas, catorce, todas de los años sesenta y setenta.
Un juego de sábanas bordadas sin estrenar, con la etiqueta de una tienda de Sigüenza que cerró en 1991.
Un tarro de cristal con monedas de peseta.
Una caja de puros, más pequeña que la de mi padre, con carretes de hilo.
Y un sombrero de hombre dentro de una funda.
Nada de eso vale dinero. Eso es lo que estuve una hora sin poder decir en voz alta y lo que dije al final, con Nogueira apuntando.
—Sargento, esto no vale nada.
—Ya lo sé.
—¿Entonces por qué se lo llevaron?
—Porque había que vaciar las casas para venderlas —dijo Cascante— y porque tirarlo a un contenedor en el pueblo lo ve todo el mundo.
Estuve una hora. Identifiqué el juego de café a la tercera, porque me acordé de que a Ramona Alcolea se le rompió la azucarera en 2013 y me lo contó llorando en el mostrador.
Identifiqué el faldón por el punto, que es de una mujer que hacía todos los faldones de este pueblo y que murió en 2004.
Y no identifiqué once cosas, y esas once cosas siguen sin identificar.
A las nueve menos veinte, Cascante me enseñó una hoja dentro de una funda de plástico.
—Última cosa y la dejo ir.
Era una lista impresa, con una columna de números de caja, una columna con nombres de calle abreviados y una columna con iniciales.
—¿Le dicen algo estas iniciales?
Las leí de arriba abajo.
A. N. R. A. I. C. O. N. J. V. M. C.
—A. N. es Anselmo Naharro, el de las Jaras. R. A. es Ramona Alcolea. I. C. es Isidra Corcuera, la que está en la residencia. O. N. es Obdulia. J. V. será Verdejo, que el padre se llamaba Julián.
—¿Y M. C.?
Me quedé mirándolo.
—En este pueblo, M. C... —Repasé—. Marcelino Sanz no, que es M. S. La casa del médico no tiene dueño con nombre, que es del obispado. —Le devolví la funda—. No lo sé. Puede ser alguien de la era de Villaseca, que esos son de Barcelona y no los conozco.
—Puede ser.
—Le puedo preguntar a don Aurelio.
—No le pregunte a don Aurelio.
Volví a las nueve y media. La tienda llevaba cerrada desde las dos porque el miércoles cierro a las dos, pero el bizcocho de encargo de un cumpleaños de Villaseca se había quedado sin hacer, y lo hice a las diez de la noche, y salió mal y lo tiré y lo volví a hacer a las once y cuarto.
Marta vino el jueves por la mañana, no el miércoles por la noche, y trajo lo que había prometido el lunes.
—Perdona, no he podido antes.
—No pasa nada.
—Es que esto no se saca así como así. —Puso la carpeta de gomas en el mármol y no la abrió—.
Inés, yo esto te lo enseño y no te lo dejo.
Son datos de personas mayores. Y no hace falta que se entere nadie de que lo has visto.
Si mañana alguien me pregunta si yo he sacado partes de visita de la sede, yo digo que no.
—Vale.
—Que lo digo en serio.
—Que vale, Marta.
Entonces la abrió.
Eran partes de visita domiciliaria de julio y de agosto. Una hoja por semana, con la casa, la cuidadora, la hora de entrada y la hora de salida, y una casilla de observaciones donde se escriben cosas como «se ha caído la persiana» o «no había leche».
Me dejó pasar las hojas ella, girando la carpeta hacia mí y volviéndola a girar.
En la tercera semana de agosto, en observaciones, en la casa de la calle del Arrabal que hace esquina, una cuidadora había escrito: estaba el coche gris de la hija del gestor delante otra vez .
Y en la primera de septiembre, en la casa de Isidra Corcuera, que está vacía y a la que la asociación no va, pero por delante de la cual pasa la ruta: coche gris aparcado .
—¿Otra vez? —dije.
—Eso pone.
—¿Y quién es la cuidadora?
—Eso no te lo digo.
Cerró la carpeta.
—Yo te lo enseño porque llevas doce días metida en esto y porque a mí esa chica me da pena, pero también me da pena tu madre.
—Se colgó la carpeta bajo el brazo—. Y esa chica llevaba desde julio dando vueltas por delante de las casas de su padre.
Eso no lo he dicho yo. Está escrito por una mujer que cobra ochocientos euros.
—¿Y de junio no hay?
—De junio lo tiene la Mancomunidad y tardan seis semanas.
Se fue a las diez menos cuarto.
Yo me quedé en el mostrador con la sensación exacta de que me habían ayudado, que es una sensación buena, y con dos hojas en la cabeza que decían que Clara Mena llevaba dos meses aparcando delante de las casas de su padre.
Y con el bizcocho de la víspera todavía en el escurridor, negro por abajo, esperando a que lo tirara alguien. Lo tiré yo, que para eso soy la que se levanta a las cuatro, y me puse a hacer el del sábado.