17. La declaración
La declaración
A las siete y diez de la mañana del martes, la cola de La Colmena sabía que mi madre declaraba a las doce en Sigüenza.
No lo sabían por mí. En Valdemiel una citación judicial llega en un sobre con el membrete visible y la reparte un cartero que tiene siete pueblos y una madre.
Lo peor no fue que lo supieran. Lo peor fue cómo se portaron.
Nadie preguntó nada. Nadie hizo un chiste.
Nicolasa Bachiller compró el doble de lo que compra.
Don Aurelio pidió media y dio los buenos días dos veces, cosa que no ha hecho nunca.
Y Pura Higueras, que lleva cuarenta años empezando frases con «no es por criticar», estuvo veinte minutos en esa tienda hablando exclusivamente del tiempo, y a mí ese esfuerzo me pareció una forma de cariño y también un anuncio: mi madre había pasado, esa mañana, de ser Amparo a ser un asunto.
Encarna y Loli llegaron a y veinte y no aguantaron.
—Es que yo la vi —dijo Encarna, a nadie.
—Encarna.
—Que la vi. Que estaba ahí, en ese mostrador, la noche de la feria.
—Y estaba recogiendo —dijo Loli.
—A las doce y media no se recoge.
—Y cuarto.
—Y media.
Y ahí las dos se pusieron, como llevaban poniéndose desde el domingo 6, a discutir por quince minutos delante de nueve personas.
Yo dejé el cuchillo del pan encima del mármol.
—Encarna. Loli. Paren.
Pararon las dos, que en once años no lo habían hecho nunca.
—¿Qué visteis?
—Pues eso —dijo Encarna—. Luz.
—¿Y?
—Y a tu madre en el mostrador.
—¿Sola?
Las dos se miraron.
—No —dijo Loli.
—Había otra persona —dijo Encarna—. Eso lo decimos las dos igual.
—¿Dentro o en la puerta?
—Dentro no. En la puerta de atrás no se ve desde la calle. —Encarna movió la mano—. Desde la esquina se ve el mostrador y ya está. Se veía a tu madre agachada y una sombra más allá.
—¿Hombre o mujer?
—Uy.
—Uy —dijo Loli.
Se lo pregunté tres veces de tres maneras distintas y las tres veces me dijeron lo mismo: que no. Que a las doce y pico, desde la esquina de la calle Real, con la luz del pasillo encendida y la del mostrador apagada, lo que se ve es un bulto.
—¿Y esto se lo habéis contado a alguien?
—¿A quién? —dijo Encarna.
—A la Guardia Civil.
—Ay, hija, si nosotras no sabemos nada.
Llamé a Belén a las nueve menos veinte, desde el obrador, con la puerta de la cortina cerrada.
—Encarna y Loli Bachiller vieron luz en mi tienda la noche del cuatro. Y vieron a mi madre y a alguien más.
Belén tardó un segundo.
—¿Te lo han dicho a ti?
—Delante de nueve personas.
—¿Y por qué me lo cuentas tú y no ellas?
—Porque ellas creen que no saben nada.
Oí el boli.
—Inés. ¿Tú entiendes lo que acabas de hacer?
—Sí.
—Vale. —Y luego, más bajo—: Está bien hecho.
Nogueira les tomó declaración esa misma tarde en casa de Encarna, por separado, y estuvieron dos horas, y una dijo y cuarto y la otra dijo y media, y las dos dijeron que había dos personas.
A las diez menos cuarto llegó Marta con el coche.
Yo estaba en el pasillo con el abrigo de mi madre en la mano.
—Voy contigo —le había dicho a las nueve.
—No.
—Mamá.
—Que no, Inés. Que voy con Marta.
Lo dijo mientras se ponía los pendientes delante del espejo del recibidor, sin volverse, con el mismo tono con el que dice que hoy no hay bizcocho.
—Voy a esperar fuera. No voy a entrar.
—Tú tienes lo tuyo a las once y media.
—Lo mío se aplaza.
—Lo tuyo lleva aplazado desde el jueves pasado. —Se puso el segundo pendiente—. Y a mí me acompaña Marta, que además ha conseguido al abogado.
Eso también era verdad. El abogado lo había buscado Marta el lunes por la noche, en dos horas, un hombre de Sigüenza que trabaja para la Mancomunidad y que le debía a ella no sé qué, y que aceptó por doscientos euros lo que a mí me habrían cobrado seiscientos.
—Mamá, mírame.
Se volvió.
Mi madre tiene sesenta y nueve años, un abrigo azul marino que se compró para la comunión de la hija de una prima en 2011 y que solo saca para los sitios en los que hay que estar bien vestida, y las mismas manos de siempre.
—No me hagas ir contigo si no quieres. Pero dime una cosa.
—Dime.
—¿Vas a decir lo mismo?
—Voy a decir la verdad.
—Esa no es la pregunta.
—Es la única que te voy a contestar. —Cogió el bolso—. Abre la tienda, que hoy es martes y viene el de la levadura.
Salió y desde la ventana del rellano vi a Marta bajarse del coche, abrirle la puerta del copiloto, esperar a que se acomodara y cerrarle la puerta.
Abrí a las siete, despaché hasta las nueve y media y le dije a Rosalía que se quedara al mostrador hasta la una. Otros cuarenta euros. Es la tercera vez en once días que pago horas que no tenía previstas, y las tres veces ha sido para poder salir de mi propia tienda.
El de la levadura venía el martes por la mañana. Lo apunté en la puerta de la cámara con el rotulador rojo debajo de todo lo demás, y lo apunté para acordarme y no me acordé.
Fui a Sigüenza igual.
No al juzgado: a la asesoría de la calle del Seminario, a las once y media, con el contrato en una carpeta de plástico y treinta y ocho kilómetros de carretera pensando en otra cosa.
La abogada se llamaba Rocío, tendría cuarenta años y leyó las nueve páginas en once minutos sin hacer un solo gesto.
—¿Usted esto lo firmó?
—Lo firmamos mi madre y yo.
—¿Y quién se lo redactó?
—El gestor del pueblo.
—¿Y quién le representaba a usted?
—Nadie.
Rocío pasó a la primera página y leyó el precio en voz alta, ciento ochenta y seis mil euros, y me preguntó si a mí eso me parecía mucho o poco por un local con obrador y una vivienda de tres habitaciones en el centro de un pueblo.
Le dije que a mí me parecía lo que hay.
—Es lo que hay —dijo—. Y también es exactamente lo que cuesta comprar una casa en Sigüenza.
Levantó la vista.
—¿Nadie?
—Es que él nos lo explicó.
—¿Puedo preguntarle una cosa? —dijo—. ¿Por qué firmaron ustedes sin que lo viera nadie?
—Porque lo hizo el gestor del pueblo.
—Ya, pero el gestor del pueblo trabajaba para el comprador.
—No. —Me oí decirlo y me oí decirlo mal—. Trabajaba para todos.
Rocío no dijo nada durante unos segundos y en esos segundos entendí perfectamente lo que estaba pensando, porque lo pensé yo a la vez y con las mismas palabras.
En Valdemiel hay un hombre que ha hecho las herencias de medio pueblo desde 1991 y por eso, cuando trae un papel, se firma.
Ese es todo el mecanismo. No hace falta nada más.
Rocío dejó el contrato encima de la mesa y se echó hacia atrás en la silla, y estuvo un momento buscando la forma de decirme algo sin que sonara a lo que era.
—Mire. La cláusula no es ilegal, ni siquiera es rara. Las arras penitenciales existen y sirven para lo que él le dijo que servían: si el comprador se echa atrás, pierde la señal.
—Bien.
—Lo que pasa es que está redactada de manera que si ustedes se echan atrás, devuelven el doble. Dieciocho mil seiscientos por dos.
—Treinta y siete mil doscientos.
—Treinta y siete mil doscientos.
Lo sabía. Llevaba sabiéndolo desde el lunes 7. Es distinto oírlo en una mesa de despacho, con una lámpara y una carpeta abierta, dicho por alguien a quien le pagas por decírtelo.
—Y hay otra cosa que quiero que sepa, porque no me la ha preguntado y va a pasar.
—Rocío pasó a la página siete—. Si en el plazo entre hoy y la firma se abre un procedimiento penal que afecte a una de las vendedoras, y esa vendedora es titular del sesenta por ciento, el comprador puede tener causa para desistir alegando alteración sustancial.
Y si desiste con causa, la señal se la devuelven ustedes.
—¿También?
—También.
Me quedé un rato mirando el contrato del revés, que es como se ven los papeles importantes desde el lado de la mesa donde te sientas cuando no eres nadie.
—O sea que si mi madre acaba investigada, perdemos igual.
—Yo no he dicho eso. He dicho que se abre una puerta. —Cerró la carpeta—. ¿Quiere que le mande un informe?
—¿Cuánto es?
—Ciento cincuenta.
Le dije que sí.
Salí a la calle del Seminario a las doce y veinte y me quedé de pie en la acera.
El juzgado de Sigüenza está a seiscientos metros. Se llega andando en ocho minutos por la cuesta.
Estuve doce minutos en esa acera. Después me metí en el coche y me fui.
No fui a esperarla a la puerta y no la llamé al salir, y llevo desde entonces sin saber si aquello fue respetar lo que ella me había pedido o fue otra cosa que se le parece mucho y que se llama de otra manera.
Volví a Valdemiel a las dos menos cuarto y abrí a las cuatro y media, con dos horas de retraso, y el de la levadura había venido y se había ido y había dejado la nota en la puerta, y perdí el reparto de la semana y hubo que pedirlo por teléfono con recargo.
Mi madre llegó a las cinco y diez.
Entró por delante, con el abrigo azul marino colgado del brazo, se metió detrás del mostrador, se puso el delantal y empezó a reponer las pastas de té, que no hacía falta reponer.
—Mamá.
—Se han acabado las de canela.
—Mamá.
—Y hay que pedir bolsas.
—¿Qué has dicho?
Colocó cuatro pastas.
—Lo que sabía.
—¿Y qué es lo que sabías?
—Que de mi caja no ha salido ninguna llave.
Dejé el paño.
Aquí es donde tengo que ser honesta, porque llevo un año dándole vueltas. Lo que hice a continuación no fue preguntarle otra vez. Ya se lo había preguntado el lunes por la noche y me había contestado que ella dice lo que dice siempre. Lo que hice fue peor.
—Vale —dije—. Entonces vamos a hablar de otra cosa. ¿A quién estás cubriendo?
Mi madre se quedó con las pinzas de las pastas en la mano.
—¿Qué dices?
—Digo que llevo once días sabiendo que mientes y que hasta hoy me había convencido de que era porque no te acordabas, o porque te da vergüenza haber prestado una llave, o porque eres mayor y te has liado.
—Me limpié las manos en el delantal—. Y hoy has ido a un juzgado con abogado y lo has vuelto a decir.
Eso ya no es liarse. Eso es aguantar. Y nadie aguanta por gusto.
Ella siguió con las pinzas.
—Tú no sabes lo que dices.
—Pues explícamelo.
—No.
—Mamá.
—Que no. —Y ahí levantó la voz, que la levanta dos veces al año—. Que hay cosas que se deben, Inés. Hay gente que te hace un favor de los que no se devuelven en la vida, y tú te pasas cuarenta años buscando la manera y no la encuentras, y un día te la piden. Y ese día se paga y no se pregunta.
—¿Quién?
—No.
—Dime quién.
—No.
Nos quedamos las dos detrás del mostrador de nuestra propia tienda, a las cinco y veinte de la tarde de un martes, con la puerta abierta y la calle vacía.
Y entonces le dije lo que le dije.
—Yo llevo veintiún años pagando tus favores.
Mi madre no contestó.
—Los tuyos, los de la asociación, los de las llaves, los de las cuentas fiadas y los de todo el que entra por esa puerta y dice que es un minuto. Veintiún años. Y ahora resulta que además había uno más gordo, y que ese es tuyo, y que ese no me lo cuentas.
Puso las pinzas en su sitio.
—Cierra tú —dijo—. Que estoy cansada.
Y subió por la escalera de dentro.
Cerré a las ocho, hice la caja, apagué las luces y en lugar de subir me quedé en el obrador.
Bajé el libro de recetas de mi padre de la balda. Es el único de los tres objetos de esa balda que no me han dicho que no toque.
Dentro, entre la página de las yemas y la de la tarta de miel y nuez, hay un sobre abierto con el membrete de una escuela de Barcelona y la fecha de mayo de 2005, en el que se me comunicaba que había sido admitida en el curso de pastelería que empezaba en septiembre y se me indicaba el plazo para formalizar la matrícula.
No lo he tirado en veintiún años y no lo he vuelto a leer.
Lo leí. Son once líneas y una firma. Tardé menos de un minuto.
Después lo volví a meter en la página de la tarta de miel y nuez, dejé el libro en la balda y subí a acostarme, y desde el rellano se oía a mi madre andando por la cocina de arriba a las once de la noche, colocando cosas que no hacía falta colocar.