Miel y sospecha (La Colmena 1) 16. La llave equivocada
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16. La llave equivocada

La llave equivocada

Me tocó contarlo otra vez a las dos y media, en el puesto, delante de Cascante, de Nogueira y de un teléfono en manos libres encima de la mesa desde el que un hombre de Sigüenza que no se presentó hacía preguntas de vez en cuando.

Duró cincuenta minutos. Lo que más costó no fue lo de las cerraduras. Fue explicar a un juzgado por qué en una pastelería hay una caja de puros con ochenta cintas de mercería guardadas desde los años noventa.

—¿Y su padre por qué las guardaba?

—No lo sé.

—¿No lo dejó dicho?

—Mi padre no dejó dicho nada de nada. Se murió en marzo y en enero todavía estaba haciendo el pan.

Lo peor del puesto de la Guardia Civil de Valdemiel es que está a ciento cuarenta metros de mi puerta y lo ve entrar y salir todo el mundo.

Entré a las dos y veinticinco de un lunes, con el cierre echado a la hora de comer, y crucé la plaza andando deprisa, y aun así a las cuatro de la tarde ya me había preguntado Rosalía si pasaba algo y a las siete lo sabía la cola del día siguiente.

Del teléfono en manos libres no me acuerdo de la voz, me acuerdo del ruido. Papeles y una silla que chirriaba. Preguntaba poco y siempre lo mismo, con dos palabras cambiadas: quién ha tenido acceso a esa caja, en qué fechas, y cómo puede usted saberlo.

—Porque llevo veintiún años detrás de ese mostrador.

—Eso no es un registro.

—Ya lo sé que no es un registro.

Ahí fue cuando entendí una cosa que no se me había pasado por la cabeza en once días, y es que todo el sistema de llaves de esta casa, del que este pueblo lleva treinta años presumiendo, no existe. No es un sistema. Es la memoria de dos mujeres y una libreta que se rellena de pie.

A las cinco menos cuarto salieron con la autorización.

La cerradura de Casa de las Jaras estaba precintada desde el sábado 5. Se hizo la diligencia a las seis de la tarde del lunes 14 y en el camino había cinco vehículos, que en el camino de las Jaras es un atasco.

Estábamos Cascante, Nogueira, Belén, Tejedor, un técnico de la científica que había subido de Guadalajara con una maleta rígida, y yo.

Yo estaba detrás de la cinta, a seis metros, en el mismo sitio de la cancela donde había estado nueve días antes, y esta vez con una instrucción muy clara que me dio Cascante antes de bajar del coche:

—Usted no habla, no señala y no toca. Si le preguntamos, contesta. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Hacía una tarde de septiembre buenísima, de las de veinticuatro grados y luz larga, y en el camino olía a rastrojo quemado de la finca de los Pastrana. Eso lo tengo grabado con una nitidez que no me parece justa.

El técnico levantó el precinto, lo metió en una bolsa y fotografió la cerradura por fuera con una regla milimetrada al lado. Después fotografió la catorce, que venía en otra bolsa con una etiqueta, por las dos caras y por el canto, encima de un cartón blanco.

La catorce es una llave de paletón de nueve centímetros con el ojo ovalado y una cinta rosa de raso, de las del pelo, con las puntas cortadas al bies.

Se la dieron a Belén.

—¿Yo?

—Usted es la que sabe hacerlo —dijo Cascante—. Y usted es funcionaria.

Belén subió los dos escalones de piedra.

He visto a esa mujer hacer muchas cosas en treinta y ocho años, desde tirarse de un pajar en el noventa y cuatro hasta ponerle una multa a su propio suegro, y no la he visto nunca tan incómoda como subiendo esos dos escalones con una llave que no era de esa puerta, delante de cuatro compañeros y de mí.

Metió la catorce.

Entró tres cuartas partes y se paró. Eso lo hace la ocho también, y lo hace la de Elvira, y lo hace cualquiera de esa partida cuando lleva ocho años sin que la engrasen.

Belén no forzó.

Levantó la muñeca dos milímetros y giró sin dejar de levantar, las dos cosas a la vez, del modo en que yo se lo expliqué desde la cancela el sábado 5 y del modo en que se lo enseñó a mi madre mi padre y a mi padre alguien que ya no existe.

La cerradura hizo el ruido que hace.

Nadie dijo nada. Nogueira apuntó la hora. El técnico dio dos pasos y fotografió la llave metida en el bocallave, y después la giró él en sentido contrario y la volvió a girar, y la sacó, y la puso otra vez, y le salió a la primera.

—Abre —dijo.

—Abre —dijo Cascante.

Belén bajó los dos escalones y se quedó al lado de Tejedor con las manos en la espalda.

Yo, desde detrás de la cinta, a seis metros, no sentí lo que había ido a sentir.

Lo que sentí fue una cosa fría y muy concreta, que era que en esa caja de caudales, a la altura de la rodilla, detrás del mostrador donde mi madre despacha desde 1994, hay dieciocho llaves y por lo menos dos de ellas abren dos puertas cada una.

Y que eso lo sabía mi padre.

Y que llevaba catorce años sin saberlo nadie.

El técnico trabajó otros veinte minutos con la llave encima del cartón blanco, con una lupa de las de brazo y una luz rasante que puso a un palmo, y con unas pinzas de punta fina metió dos veces algo en un tubito.

Después habló con Cascante en voz baja y Cascante le pidió que lo dijera delante de Belén.

—En el paletón hay marcas de fricción recientes —dijo—. Y aquí, en el hombro, restos de pintura. Azul.

—¿Recientes cómo?

—Recientes en el sentido de que están limpias. Una raya vieja se llena de porquería y se oscurece; estas están abiertas y tienen brillo. Yo no le puedo decir de qué día son y no se lo va a poder decir nadie. Le digo que no son de hace diez años.

—¿Y la pintura?

—La pintura se la puede haber llevado de aquí o de otro sitio. En el laboratorio se compara con la del bocallave y le dirán si es la misma o no es la misma. Eso tarda.

—¿Y si es la misma?

—Si es la misma, es la misma. Que esta llave estuvo dentro de esta cerradura. —Cerró la maleta—. Cuándo, no.

Es la primera vez en toda esta historia que oí a alguien decir en voz alta lo que se puede y lo que no se puede saber, y fue el único que no volvió a aparecer nunca más.

Antes de recoger, Cascante le preguntó al técnico si merecía la pena hacer la operación al revés, es decir, probar la ocho en la puerta de la señora Cañadas.

—Merecer, merece —dijo el técnico—. Es lo que lo confirma.

—Entonces lo pido.

—Va a tardar. Es domicilio y hay una señora dentro.

—¿La señora está?

—La señora vuelve mañana de Guadalajara —dije yo, desde detrás de la cinta, sin que nadie me hubiera preguntado.

Cascante se giró.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque su hija se la lleva un fin de semana al mes y la trae los lunes en el coche de la una y media.

Nogueira lo apuntó. Cascante dijo que ya se vería, y con eso quedó pendiente una cosa que a mí, aquella tarde, me pareció un trámite de nada.

A las siete menos veinte, Cascante se acercó a la cinta.

—Se puede ir usted andando o la lleva la sargento Montero. Con una condición.

—Dígame.

—Esto no se cuenta en el mostrador. Ni mañana, ni pasado.

—No lo voy a contar.

—Ya lo sé. Se lo digo porque a partir de esta tarde la pregunta ha cambiado, y quiero que usted lo entienda bien. —Se guardó el bolígrafo, que es lo único que hace cuando va a decir algo importante—. Hasta hoy no sabíamos cómo se cerró esa puerta. Ahora ya lo sabemos, y ha dejado de importar.

—¿Cómo que ha dejado de importar?

—Ha dejado de importar porque ya no hay misterio. Esa puerta se cerró con una llave, y esa llave puede ser una de dos, y una de las dos está en su casa. —Miró hacia la puerta abierta—. La pregunta ahora es quién tuvo la catorce el viernes cuatro entre las diez de la noche y la una de la madrugada.

Me quedé quieta.

—Mi madre ya ha declarado que no salió ninguna llave.

—Sí.

—Y usted se lo preguntó tres veces.

—Cuatro. —No lo dijo con ninguna dureza y por eso fue peor—.

Y las cuatro contestó lo mismo. Mañana la vamos a citar en Sigüenza, ante el juzgado, y allí se lo van a volver a preguntar.

Si su madre mantiene lo que ha dicho y después resulta que la llave salió, eso ya no es una equivocación de una señora mayor. Eso tiene un nombre.

—¿Cuál?

—Uno que no le va a gustar oírme decir a mí. —Se apartó de la cinta—. Dígale que vaya con abogado.

—¿Y si mi madre dice mañana la verdad?

Cascante se paró.

—Si mañana dice que salió una llave y dice cuál y dice a quién, entonces mañana tenemos otra investigación y su madre es una testigo.

—Se subió el cuello de la chaqueta—. Si dice lo mismo que ha dicho cuatro veces, mañana su madre es otra cosa.

Se lo estoy diciendo con toda la claridad de la que soy capaz porque no quiero que se entere usted el jueves por la calle.

—Se lo agradezco.

—No me lo agradezca. —Y luego, ya de espaldas—: Y no le cuente a su madre lo que le he dicho de la llave. Cuéntele lo del abogado.

Volví andando.

En el kilómetro y algo del camino del polígono hice lo que llevo haciendo toda la vida cuando algo no me cabe, que es ordenarlo por listas.

Lista de personas que estuvieron dentro de La Colmena el viernes 4 entre las diez y media de la noche y las doce y media: mi madre. Yo. Marta Cifuentes, que llamó a la puerta trasera a las once menos cuarto, dijo que le habían dado un aviso y se fue sin pasar del quicio.

Lista de personas que tienen llave de esa puerta trasera: mi madre, yo, Rosalía Pardo, Tomás Higueras y Marta Cifuentes.

Miré esa segunda lista mientras andaba y me pareció exactamente lo que es: una lista de las cinco personas de este mundo en las que mi familia ha confiado más de veinte años seguidos, dos de las cuales llevan medio siglo entrando en esta casa por la puerta de atrás.

Y la tiré.

La tiré porque a las siete de la tarde de un lunes, andando por un camino de tierra, con mi madre citada en un juzgado para el día siguiente, lo único que yo tenía en la cabeza era que ella había dicho cuatro veces una cosa que yo sabía que no era verdad, y que yo lo sabía desde el sábado 5 a las cinco de la tarde y no había abierto la boca.

Llegué a las siete y veinte.

Mi madre estaba subiendo el escalón de la puerta con las bandejas del escaparate en las manos, que es lo que hace a esa hora, y me miró y siguió subiendo.

—Mamá, siéntate.

—Ahora.

—Siéntate, que tengo que contarte una cosa.

Dejó las bandejas en el mármol, se secó las manos en el delantal, se sentó en su taburete y se puso las manos encima del regazo, con la espalda recta, exactamente igual que se sentó delante de Cascante el sábado 5.

Se lo conté entero. Lo de las cintas, lo de las cerraduras del cincuenta y tres, lo de la prueba de esa tarde, y lo de mañana.

Y lo del abogado.

—¿Abogado? —dijo—. Si yo no he hecho nada.

—Ya lo sé.

—Que yo no he hecho nada, Inés.

—Mamá, no es por lo que hayas hecho. Es por lo que has dicho.

Mi madre se miró las manos, que las tiene de fregar cuarenta años y que no se las ha cuidado nunca.

—Yo lo que he dicho es lo que digo siempre.

—¿Y qué es lo que dices siempre?

No me contestó a eso.

Mi madre escuchó las cuatro cosas sin moverse.

Y cuando terminé, se quedó un rato mirando la vitrina, y después dijo lo único que dijo en toda la noche.

—¿Y hay que ponerse algo para ir al juzgado?