15. La hipótesis
La hipótesis
El lunes entré a las cuatro y diez y a las cinco y veinte tenía las dos hornadas dentro y el móvil apoyado en el bote de la harina.
Las hice para una empresa que quería saber lo que compraba. Fueron lo primero que miré desde que empezó todo, no por lista y no por intuición, sino porque llevaba desde el domingo a las nueve y veinte de la mañana queriendo saber si en esa caja de caudales había llaves de las siete casas de Raíces.
Había tres.
La ocho, que es Las Jaras y que estaba en su gancho desde 2018. La once, que es los Verdejo y que ya no abre. Y la doce, que es Isidra Corcuera, noventa y un años, en la residencia de Sigüenza desde 2024, y cuya casa lleva vacía desde entonces con la llave colgada a cien metros del ayuntamiento.
Tres de siete. Las otras cuatro nunca tuvieron llave aquí.
Eso, por sí solo, no dice nada. Una de cada tres casas cerradas de este pueblo tiene copia en esa caja, porque una de cada tres casas cerradas de este pueblo pertenece a alguien mayor que en su día quiso que alguien pudiera entrar.
Mi madre bajó a las seis y diez, como todos los días, y se puso a colocar el escaparate.
Estuvo hora y media a tres metros de mí. Puso las rosquillas, sacó las pastas, contó el cambio, abrió a las siete y despachó a la cola entera mientras yo, al otro lado de la cortina de tiras, iba pasando fotografías de su caja de caudales con el móvil apoyado en un bote de harina.
No le dije lo que estaba haciendo. Tampoco lo estaba escondiendo. Estaba haciendo lo que hago siempre, que es resolver una cosa en el obrador y sacarla ya resuelta, y llevaba nueve días haciéndolo con la única persona a la que aquello le iba a caer encima.
Fui pasando fotos hacia atrás con el dedo lleno de harina.
Y en la de la caja abierta, la general, la que hice desde arriba con las dieciocho colgadas, me paré.
Se ven dieciocho llaves de dieciocho tamaños. Cinco no tienen cinta. Las demás tienen cintas de colores atadas por el ojo con un nudo doble, y los colores están descoloridos de una manera desigual, porque unas llevan ahí desde 1994 y otras se han repuesto.
La catorce tiene una cinta rosa.
Es la única rosa de las dieciocho.
Y las viejas, las de las casas de antes, las que ata mi padre en las fotografías más antiguas que hay en esta casa, son todas del mismo verde oscuro, porque compró un rollo entero de cinta verde oscura de mercería en algún momento de los años noventa y con ese rollo ató todo lo que había que atar durante quince años.
La rosa de la catorce la puso mi madre.
Eso lo sé porque me lo contó ella, un día cualquiera, hace lo menos diez años, con esa satisfacción que le dan las mejoras pequeñas: que la de la prima Elvira estaba deshilachada y que quedaba fea, y que le había puesto una cinta rosa de las del pelo de una nieta de no sé quién.
Bajé la balda del taburete a las cinco y cuarenta.
En la balda de mi padre, encima del mármol, hay tres cosas: su libro de recetas, la lata de las etiquetas y una caja de puros. La lata lleva cerrada con la misma goma desde antes de 2011 y dentro hay papel. La caja de puros no la había abierto desde el año en que se murió.
La bajé, la puse encima de la mesa y le quité la tapa.
La caja es de las de puros de verdad, de madera fina, con una etiqueta de una marca canaria y una bisagra de latón. Huele a tabaco de hace cuarenta años y a polvo, y pesa lo que pesa una caja llena de tela.
Cintas. Un montón de cintas viejas, de todos los colores del rollo que hubiera en cada momento, sucias de manos, algunas con el nudo todavía hecho, otras sueltas.
Debe de haber ochenta o noventa. Son las que se van retirando cuando se deshilachan, cuando cambia el titular de una llave o cuando una casa se cierra para siempre.
Mi padre nunca tiró una. Yo tampoco he tirado ninguna en veintiún años.
Y en el fondo de la caja, debajo de todo, había un manojo de cintas atadas de dos en dos.
Once parejas. Cada pareja del mismo color, anudadas entre sí por el centro con un nudo simple.
Verde oscura con verde oscura. Azul con azul. Granate con granate. Amarilla con amarilla.
Once parejas y una cinta suelta.
Estuve mirándolas encima del mármol un rato largo, con las manos quietas, que no me pasa a las seis menos veinte de la mañana desde 2005.
Mi padre ataba las cintas de dos en dos.
Yo pensaba, desde niña, que era una manía de guardar.
Ahora tenía delante once parejas de cintas del mismo color, guardadas por un hombre que se murió en 2011 y que no dejó escrito absolutamente nada, y que era el mismo hombre del que se cuenta en esta casa, como anécdota, que un día abrió una casa con la llave de otra.
Once parejas. Cada pareja, dos llaves del mismo color.
Y dos llaves del mismo color, en un sistema donde el color es lo único que distingue una llave de otra a las seis de la mañana, solo puede querer decir una cosa: que a él le importaba que esas dos fueran juntas.
O que esas dos se pudieran confundir.
Y eso son dos cosas distintas y yo no tenía manera de saber cuál.
Me senté en el taburete.
El jueves 3 de septiembre, a las seis y catorce de la mañana, mi madre se llevó dos llaves al portal del Arrabal, metió una, no entró, levantó la muñeca, giró y abrió.
Y dijo que se había traído la que no era, y se guardó las dos en el bolsillo de la bata, y yo no miré cuáles eran porque estaba pensando en una hornada.
Eso pasó. Lo vi. No me lo estoy inventando ahora y no lo he adornado después.
Lo que no pasó, y esto es lo que me ha costado más admitir de todo este asunto, es que yo pensara nada.
En once días no lo había vuelto a recordar ni una sola vez, porque una madre que se equivoca de llave a las seis de la mañana es lo más normal que hay en este mundo, y porque yo aquella mañana estaba enfadada conmigo por haber recolgado dieciocho llaves con prisa.
Cogí la pareja verde oscura.
Las desanudé. El nudo era simple y cedió a la primera, y me quedé con las dos tiras de raso verde oscuro en la palma de la mano, cada una de doce centímetros, con los extremos cortados al bies y deshilachados, y con la marca del ojo de una llave apretada en el centro de las dos.
Puse las dos cintas encima del mármol, al lado del móvil, con la fotografía de la caja de caudales en la pantalla.
La catorce es rosa desde hace doce años. La ocho es verde oscura.
Eso no prueba nada. Prueba que hay ochenta cintas en una caja de puros y once parejas, y que una de esas parejas podría no ser esa.
Prueba que mi madre cambió una cinta por estética y que a lo mejor tiró la vieja, o a lo mejor la guardó, y que yo no tengo forma de saber cuál de esas ciento sesenta cintas estuvo en qué llave.
Podría ser. No es.
A un lado, lo que yo sabía: que Ceferino Bustos puso seis cerraduras de la misma partida en el cincuenta y tres, que dos de esas seis son Las Jaras y la casa de Elvira Cañadas, que mi padre ataba cintas del mismo color de dos en dos, y que a mi madre se le abrió una puerta con una llave que ella creía que era otra.
Al otro lado, don Aurelio con el dedo levantado: iguales por fuera, hija; por dentro, cada una es cada una.
Lo que hice a continuación fue lo único que me sale bien y lo hice mal.
Cogí un papel de estraza de los de envolver y escribí dos columnas.
En la de la izquierda puse lo que había visto con mis ojos: seis casas de la misma obra, dos de ellas Las Jaras y la de Elvira; once parejas de cintas del mismo color guardadas por mi padre; una cinta rosa puesta por mi madre en 2014 sobre una llave que antes tuvo otra cosa; y una puerta que se abrió el jueves 3 con una llave que no era.
En la de la derecha puse lo que se podía demostrar de todo eso.
La columna de la derecha se quedó vacía.
Un hombre de ochenta y cuatro años se acuerda de una descarga de 1953. Una caja de puros tiene ochenta cintas y yo no sé cuál estuvo en qué llave. Y mi madre, a las seis y catorce de la mañana de un jueves, dijo «una de las dos» y se las guardó en el bolsillo.
Se puede. No es.
A las seis y diez subí a por la carpeta de plástico donde guardo las facturas y metí dentro las dos cintas verdes.
Abrí a las siete. La cola fue la de un lunes. A las diez y media llamé al puesto.
Belén tardó cuarenta minutos en venir.
Entró de uniforme, se quedó de pie al lado de la vitrina y no se sentó ni cuando le dije que se sentara.
Se lo conté en orden y sin adornarlo. Las seis casas de Bustos.
Que dos de las seis son Las Jaras y la de Elvira.
Las cintas de dos en dos. La pareja verde.
La cinta rosa de la catorce y quién la puso y por qué.
Y lo del jueves 3 a las seis y catorce, tal cual, sin quitar la parte en la que yo no le di ninguna importancia.
A mitad entró una clienta a por medio kilo de pastas y tuve que parar y despachar, y Belén se quedó de pie mirando el escaparate por dentro con las manos en la espalda, y cuando la mujer se fue seguí exactamente por donde iba, que es algo que en este mostrador se aprende a los diecinueve años.
Belén no me interrumpió. Cuando terminé, miró las dos cintas verdes encima del mármol.
—¿Has probado la llave?
—No.
—¿Seguro?
—Belén, la ocho la tenéis vosotros y la catorce está a metro y medio de ti. No la he tocado.
—Vale. —Cogió la carpeta de plástico—. ¿Esto lo sabe tu madre?
—No.
—¿Y por qué no?
Me limpié las manos en el delantal.
—Porque no sé lo que es.
Belén se quedó un momento con la carpeta en la mano.
—Inés, esto puede no ser nada. Que dos cerraduras sean del mismo modelo no las hace intercambiables. Eso te lo va a decir cualquier cerrajero.
—Ya me lo ha dicho don Aurelio.
—Pues eso.
—Ya. Pero es que se abrió.
Y ahí Belén se quedó callada, y luego dijo la única cosa que me dijo en once días que no tenía nada que ver con el caso.
—¿Sabes cuántas veces has entrado tú en el puesto en seis años?
—No.
—Cuatro. Dos por el sello de la Guardia Civil para un papel del banco, una por la denuncia de la moto de tu madre y esta semana. —Se colgó la carpeta bajo el brazo—. Y las cuatro veces necesitabas algo.
—Belén.
—No te estoy pidiendo nada. Te lo digo y ya está.
Antes de irse hizo una cosa que no me esperaba: sacó una hoja, escribió cuatro líneas apoyada en el mármol y me la puso delante.
—Firma.
—¿Qué es?
—Que me entregas dos cintas de tela verde procedentes de una caja de madera situada en tu obrador, hoy, a las once y veinte, voluntariamente. —Me dio el boli—. Y que constan tres fotografías.
—¿Hace falta esto?
—Hace falta esto y hace falta que no vuelvas a tocar esa caja hasta que te digan.
Firmé. Me quedé la copia, que sigue en la carpeta de las facturas, entre un albarán de harina y el recibo del seguro.
Es la segunda vez en nueve días que firmo un papel en mi propio mostrador, y de las dos, esta es la única de la que no me arrepiento.
Salió a la calle, se paró en la acera y se giró.
—Voy a llamar a Cascante ahora mismo. Y a ti te va a tocar contarlo otra vez.