14. Las siete casas
Las siete casas
Maribel Rojas llamó al timbre de mi casa el domingo por la mañana, a las nueve y veinte, con la tienda cerrada, y subió por la escalera de dentro sin que yo se lo ofreciera.
—¿Está tu madre?
—Está en misa.
—Bien.
Se sentó en la cocina, en la silla del ángulo, y no quiso café.
—Inés, esto te lo cuento yo antes de que te lo cuente otro, y te lo cuento porque el martes entra en el expediente.
—¿Qué expediente?
—El de ellos. Me han pedido toda la documentación de Raíces de Valdemiel desde 2024. Convenios, correos, actas de junta de gobierno y lo que haya. Y va a haber.
Maribel Rojas es alcaldesa desde 2019 y tiene una virtud que en este pueblo no se le reconoce: cuando una cosa se va a saber, la cuenta ella primero. Lo hace por cálculo, no por decencia, y el resultado se parece bastante a la decencia.
—Raíces no venía a comprar una casa —dijo—. Venía a comprar ocho.
—¿Ocho?
—Siete y la vuestra.
Me senté enfrente.
—Explícame eso.
—No. —Levantó una mano—. Yo te explico lo que hay en el expediente municipal, que es lo mío, y lo demás no lo sé y no lo voy a decir.
Lo que hay en el expediente son siete viviendas en las que en los últimos dos años ha habido cambio de titularidad a favor de sociedades, y una solicitud de información urbanística sobre un local en la calle Real que es este.
—Dime las siete.
—Inés.
—Maribel, es domingo y estás en mi cocina.
Bufó.
—Casa de las Jaras. La de los Verdejo, la de la calle del Horno.
La de Isidra Corcuera, la de arriba, que la mujer está en la residencia desde el veinticuatro.
La antigua casa del médico. Una en el Arrabal que no sé de quién era.
Y la era con la nave del camino de Villaseca.
—Contó con los dedos—. Y la séptima no te la digo porque hay gente viva.
—Maribel.
—Que hay gente viva, Inés. Esa la sabrás por otro lado.
Me quedé mirando el hule de la mesa.
La casa de los Verdejo es la llave once.
Llave once, cinta naranja, gancho once. La casa donde hay un limonero que yo llevo regando desde 2021 porque me lo pidió por teléfono un hijo que vive en Alicante, y a cuya puerta yo fui el jueves 3 de septiembre a las once y cuarenta de la mañana y me encontré con una cerradura nueva y dos motas de yeso fresco en el escalón.
—¿La de los Verdejo la vendió el hijo?
—La de los Verdejo la vendió una sociedad a otra sociedad. Al hijo se la compraron en 2024.
—En 2024 el hijo me pidió a mí que le regara un limonero.
Maribel me miró con una cara distinta, que era la primera cara sincera que le veía en once días.
—Pues entonces al hijo no le contaron para qué la querían.
Estuvimos un rato calladas.
—¿Y lo de la recepción? —dije.
Ahí se puso de pie.
—¿Qué recepción?
—Maribel.
—Yo no he dicho nada de ninguna recepción.
—Has dicho «una solicitud de información urbanística sobre un local en la calle Real». Sobre este local. ¿Para qué quiere una empresa de alojamientos rurales información urbanística de una panadería?
Maribel se puso el bolso al hombro y llegó hasta la puerta de la cocina antes de contestar.
—Para saber si el uso permite recepción, oficina y desayunos.
—¿Eso es lo que preguntaron?
—Eso es lo que preguntaron en marzo. —Abrió la puerta—. Y yo contesté que sí, porque es que sí. Inés, que yo no he hecho nada malo. Yo he contestado a un correo.
Se fue por la escalera de dentro y desde la ventana la vi cruzar la plaza saludando a tres personas.
Bajé a la calle del Horno a las diez y cuarto, con el pueblo en misa y la calle vacía.
La casa de los Verdejo tiene la fachada de piedra con el revoco caído por la parte de abajo, dos ventanas con la persiana verde bajada del todo y una puerta con la cerradura nueva, que a la luz del domingo se ve todavía más nueva que el jueves 3, porque el latón sin rayar en una puerta de 1958 canta desde la otra acera.
Me quedé enfrente, en el escalón de la casa de al lado.
Yo he entrado ahí cuatro veces al mes desde 2021.
Sé que la llave hay que meterla hasta el fondo y tirar un poco hacia fuera.
Sé que el pasillo huele a cerrado y a lejía vieja, y que en la cocina hay una mesa camilla con el brasero puesto en septiembre, porque nadie lo ha quitado desde el invierno en que se murió la madre.
Sé que el limonero está en un tiesto de barro que no puede moverse porque se rompe, y que da nueve o diez limones al año que se pudren en el suelo del patio porque no hay quien los coja.
Y desde el jueves 3 sé, además, que en algún momento de estos dos años alguien compró esa casa, y que entre el comprador y yo la única diferencia era que yo tenía la llave.
Llamé al hijo desde la calle. Verdejo Alicante. Segundo intento en once días.
Esta vez dio línea.
—¿Sí?
Le dije quién era y de dónde llamaba, y hubo un silencio de esos que se oyen.
—Ah. La panadería.
—Es que la llave once ya no abre.
—Ya, es que la casa la vendí.
—¿En 2024?
—En el veinticuatro. —Tosió—. Perdona que no te avisara. Con lo del riego y todo. Es que fue todo muy rápido.
—¿Rápido cuánto?
—Pues... nos llamaron ellos. Nos dijeron que había alguien interesado, que había que decidir en dos semanas porque si no se iba, y mi hermana y yo no queríamos líos. Nos dieron cuarenta y dos mil.
—¿Quiénes son ellos?
—El gestor de ahí. El de la plaza.
Se hizo otro silencio.
—Oye —dijo—. ¿Vale más?
—No lo sé.
—Ya. —Y luego—: Perdona lo del limonero, ¿eh? Que me acordé el otro día.
En marzo.
En marzo Leandro Mena todavía no me había traído el primer papel. El primer papel me lo trajo el 6 de mayo.
Yo llevaba desde mayo creyendo que vendía una pastelería y resultaba que lo que se compraba era una puerta de entrada, y que la puerta de entrada era la única de las ocho a la que había que convencer, porque las otras siete no tenían a nadie detrás del mostrador.
Colgué y me quedé un rato en la calle del Horno con el móvil en la mano.
Cuarenta y dos mil euros por una casa de dos plantas con corral en el casco de un pueblo a media hora de Sigüenza. En 2024. En dos semanas.
No es un robo. Eso es lo peor. Un hijo que vive en Alicante, una hermana que no quiere líos y una casa que solo les daba disgustos, y alguien que llama y les quita el problema de encima antes de que les dé tiempo a preguntar a nadie.
Eso pasa en toda España todos los días y no lo detiene nadie porque no hay nada que detener.
Lo único que hacía falta era saber qué casas estaban vacías, quién las tenía, quién estaba cansado y quién no iba a preguntar.
—A las seis de la tarde de un domingo no viene nadie a esta casa.
Don Aurelio Palomares lo dijo sin apartar la vista de un concurso que tenía puesto con el sonido bajo, en una salita con mesa camilla en septiembre y un aparador lleno de fotografías escolares de niños que ahora tienen sesenta años.
Vive con una sobrina en la calle de la Fuente.
Me había abierto ella y me había dicho que pasara.
—Buenas tardes.
—Inés Soria.
—Ya.
—Siéntate.
Le llevé media docena de rosquillas y las miró con desconfianza, porque don Aurelio sabe perfectamente que un obsequio en este pueblo es la primera mitad de una pregunta.
Tardé cuarenta minutos en sacarle lo que quería, y en esos cuarenta minutos me contó tres cosas que no me servían de nada y una que sí, y en el orden equivocado.
Primero me explicó por qué la casa del médico se llama la casa del médico si nunca vivió allí un médico.
Después me corrigió dos veces. Una porque dije «cuando se hicieron las casas de arriba» y él dijo que no se hicieron, que se rehicieron.
Otra porque dije «en los cincuenta» y él dijo que en los cincuenta no, que en el cincuenta y tres y el cincuenta y cuatro, y que si voy a decir una fecha, que diga la fecha.
Y en tercer lugar me hizo una lista completa de los maestros que ha tenido Valdemiel desde 1946, con los años de cada uno, de dónde venían y por qué se fueron, y con un juicio breve de cada uno al final, del tipo «buena persona y poca mano» o «sabía menos que los niños».
La sobrina entró dos veces. La primera para preguntar si queríamos algo y la segunda para decirle a él que no diera la lata.
—No doy la lata. Estoy informando.
—Estás dando la lata, tío.
—Inés, ¿estoy dando la lata?
—Está usted informando.
—¿Lo ves?
Cuando se fue, don Aurelio se acomodó en el sillón con la satisfacción de un hombre que ha ganado un debate en su propia casa y me dijo, sin que viniera a cuento, que su mujer hacía unas rosquillas que a él no le gustaban y que nunca se lo dijo.
—Don Aurelio. Las casas de la obra del cincuenta y tres. ¿Quién las hizo?
—Ceferino Bustos.
—¿Ceferino Bustos de dónde?
—De Riba de Santiuste. Vino con dos hijos y una hormigonera y estuvo aquí catorce meses. —Se acomodó—. Hizo el frontón viejo, la escuela y las casas.
—¿Cuántas casas?
—Seis.
—¿Cuáles?
Y ahí se paró, y se le puso la cara de la gente mayor cuando sabe que va a acertar cinco de seis.
—Las Jaras. La de Ramona Alcolea. La de Teodoro Somolinos. La de la Obdulia, que es la hermana del de las Jaras y está pared con pared. La casa del médico. Y otra.
—¿Otra?
—Otra. —Se molestó consigo mismo, que es lo que peor lleva—. Una del Arrabal.
—¿La de Elvira Cañadas?
Me miró.
—La de Elvira Cañadas.
—¿Seguro?
—Segurísimo. —Levantó un dedo—. Y te digo más: Bustos compró todo el material de una vez, de un cajón, en Sigüenza. Las puertas, los herrajes y las cerraduras. Yo lo vi descargar. Las cerraduras venían todas en una caja de madera, todas iguales, y las fue poniendo según llegaba a cada casa.
Me quedé con la taza en la mano.
—¿Todas iguales?
—Iguales de fábrica. Del mismo modelo y de la misma partida.
—Entonces, si son iguales...
—No. —Se enderezó y me señaló con el dedo, y por un momento vi al maestro de 1974—.
Eso es lo que dice todo el mundo y es una tontería.
Que sean iguales de fábrica no quiere decir que abran igual.
Cada cerradura lleva sus gorjas y cada gorja lleva su llave, y por eso yo no puedo entrar en tu casa con la mía.
Iguales por fuera, hija. Por dentro, cada una es cada una.
—Ya.
—Que si no, para qué iban a vender cerraduras.
Tenía razón.
Tenía toda la razón y además tenía razón de una manera que cerraba la puerta, y yo salí de esa casa a las siete menos veinte con seis nombres, un constructor, una fecha y una explicación perfectamente lógica de por qué aquello no significaba nada.
Antes de irme le hice la pregunta que llevaba toda la tarde guardándome.
—Don Aurelio. Si a usted le dijeran que en este pueblo hay siete casas que han cambiado de dueño en dos años sin que se entere nadie, ¿cuáles diría?
Se lo pensó de verdad, que en él es un halago.
—Las de los que se han muerto sin hijos aquí.
—Levantó la mano y fue contando—. Naharro.
La de Corcuera, que la mujer está en Sigüenza.
La de los Verdejo. La del médico, que es del obispado y el obispado vende todo lo que puede.
La de la era de Villaseca, que esos son de Barcelona.
Y la del Arrabal, la que hace esquina, que se la quedó una sobrina de Zaragoza que no ha venido nunca.
—Van seis.
—Van seis.
—¿Y la séptima?
—La séptima no la sé, hija. —Se encogió de hombros—. La séptima será de alguien que todavía está vivo, y de esos no se habla.
Es exactamente lo mismo que me había dicho Maribel Rojas nueve horas antes, en mi cocina, con otras palabras. Un pueblo de seiscientas personas tiene dos maneras de decir una cosa y las dos coinciden siempre.
Llamé al puesto desde la calle. Domingo a las siete y veinte de la tarde. Me contestó un número que no era el de Belén y una voz que no conocía, y le dije que quería dejar recado para la sargento Montero, y me preguntó si era urgente.
—No lo sé.
—Pues déjeme su nombre y mañana la llama.
Colgué pensando que a lo mejor sí era urgente y sin ninguna manera de averiguarlo hasta el lunes, que es la situación en la que se pasa la mitad de la vida en un pueblo.
Los domingos por la tarde yo adelanto el lunes: masa madre, refresco y las dos hornadas de pan del lunes por la mañana.
Ese domingo por la tarde estuve en casa de un maestro jubilado cuarenta minutos y en la calle del Horno otros veinte, y el lunes abrí con treinta y dos barras en vez de cuarenta y me quedé sin pan a las diez y veinte.
Bajé por la calle de la Fuente hasta la plaza.
Pasé por delante de la gestoría, que tenía el cierre echado y una hoja de propaganda de una autoescuela metida en la rendija.
Y ya en la calle Real, a la altura del rótulo de la abeja sin ala, me acordé de una cosa que no venía a cuento y que no tenía nada que ver.
Que mi padre ataba cintas de colores a las llaves.
Y que las ataba de dos en dos.