13. La hija
La hija
El café lo resolví a las once de la mañana del sábado pidiéndole prestado a la peña un termo de veinte litros que usan para el rosario de la aurora, y que huele a rosario de la aurora.
—Lo devuelves el lunes —me dijo el de la peña.
—El lunes.
—Y lavado.
—Lavado.
Ocho bandejas para el centro social son doscientas cuarenta piezas y en un sábado normal no me caben, así que hice lo único que se puede hacer, que fue quitar el hojaldre del sábado y poner pastas de té, que se hacen antes, aguantan mejor y no le importan a nadie.
La única persona en este pueblo capaz de notarlo es Óscar Beltrán, y no iba a estar allí para notarlo.
Estuvo.
Llegó a la misa a las siete menos cinco, con americana y sin corbata, y se sentó en la penúltima fila con su madre del brazo, que camina despacio y con un bastón de aluminio.
Josefa Somolinos tiene setenta y cuatro años y va tres veces por semana a que le hagan la comida, y para llegar hasta la iglesia desde la carretera hay quinientos metros de cuesta que los hicieron los dos andando.
Marta llevaba desde las cinco en el centro social colocando sillas.
Ochenta sillas del ayuntamiento, en cuatro filas contra la pared para que quedara sitio en medio, más una hilera de seis junto a la ventana, que son las de los que no pueden estar de pie y que ella coloca siempre en el mismo sitio sin que nadie se lo pida ni nadie se lo agradezca.
Cuando llegué con el carro y las bandejas, tenía puesto el mantel y estaba discutiendo con don Amable por un alargador.
—¿Te ayudo? —dije.
—Tú monta lo tuyo.
—Marta, que son ochenta sillas.
—Y tú tienes doscientas cuarenta pastas y una misa en hora y media. —Cogió otra silla—. Cada una a lo suyo.
La iglesia de Valdemiel tiene doscientos veinte sitios y a las siete había gente de pie contra la pila.
Don Sergio dijo una misa corta y hábil. No dijo la palabra crimen, no dijo la palabra investigación y no dijo la palabra justicia, y en el momento en que todo el mundo esperaba que dijera algo sobre cómo había muerto Leandro Mena, dijo que a los muertos se les entierra y que a este todavía no se le podía enterrar, y que por eso estábamos allí: para hacer lo que se podía hacer.
En la primera fila, en el banco de la familia, había una sola persona.
Clara Mena llevaba una chaqueta negra que le quedaba grande y estuvo de pie y sentada donde tocaba, medio segundo después que el resto, porque no se sabía cuándo. Su padre iba a misa por Navidad. Ella, ni eso.
A la salida se formó lo que se forma.
Estaba el pueblo entero, que en septiembre son unas seiscientas personas, y estaba media comarca.
Estaban los de la cooperativa en bloque, con el gerente delante.
Estaba el notario de Sigüenza, que vino y se fue sin hablar con nadie.
Estaban dos hombres de traje que resultaron ser de una gestoría de Guadalajara y que se presentaron en la puerta como compañeros del difunto, expresión que en Valdemiel produjo doce minutos de conversación.
Y estaban, al fondo y sin sentarse, Cascante y Nogueira, de paisano, mirando exactamente lo que se mira en estos casos, que es quién le da el pésame a quién y en qué orden.
Yo me tuve que ir antes de la comunión a abrir el centro social y montar las bandejas, así que la cola del pésame la vi desde la puerta de enfrente, mientras sacaba el termo de veinte litros al pasillo.
Duró cincuenta minutos. Doscientas y pico personas dándole la mano a una hija de treinta y cuatro años que no conocía a la mitad, y de la mitad que conocía no le caía bien casi ninguna.
Y a todos les tenía que decir algo.
Eso es lo que este pueblo no perdona y no sabe que no perdona: aquí se te permite estar destrozada, pero no se te permite estar callada. Si te callas, al día siguiente hay una versión.
A las ocho y veinte el centro social tenía ochenta personas, ocho bandejas medio vacías y un termo que no daba abasto.
A las ocho y cinco entró Marta con Josefa Somolinos del brazo y la sentó en la hilera de la ventana, en la tercera silla, que es la que tiene el respaldo entero. Le trajo un vaso de agua. Le quitó el bastón, lo apoyó donde ella pudiera alcanzarlo y volvió a la puerta a por otra señora.
Hizo eso once veces en cuarenta minutos, y a las nueve menos cuarto estaba en la cocina lavando vasos de plástico para volver a usarlos, porque se habían acabado, y porque a nadie más se le había ocurrido que ochenta personas beben más de una vez.
—Estas pastas están riquísimas —me dijo Casilda Utande, con dos en la mano y una en la boca.
—Gracias.
—¿Y el hojaldre?
—Hoy no había.
—Ah. —Masticó—. Pues oye, mejor, que el hojaldre en un velatorio se deshace.
Óscar se acercó al mostrador improvisado con dos vasos de plástico y no cogió nada.
—Pastas de té.
—Óscar.
—No digo nada.
—Es que no había tiempo.
—Si no digo nada. —Cogió una y se la comió—. Están bien.
Después se quedó un momento mirando el salón, con los ochenta de pie y el ruido que hace la gente cuando lleva media hora hablando de un muerto y ya está hablando de otra cosa.
—Le debía dinero —dijo.
—¿Tú?
—Nueve mil doscientos. De la reforma. —Se limpió el azúcar de los dedos en el pantalón—. Y ahora no sé a quién se los debo.
—A la herencia, imagino.
—Imagino. —Se fue con los dos vasos—. Me lo vas a preguntar todo el mundo, así que mejor lo digo yo.
Clara llegó al centro social a las nueve menos veinte, cuando ya se había ido un tercio.
Yo estaba recogiendo bandejas. Vino directa a la mesa, cogió un vaso de café del termo, le dio un sorbo y puso la cara que hay que poner cuando uno bebe el café del rosario de la aurora.
—Está horrible.
—Ya.
—Perdón.
—Tiene usted toda la razón. Es de un termo prestado.
Se rió media risa y se quedó ahí, al lado de la mesa, dando la espalda al salón, que es lo único que puede hacer alguien que lleva cincuenta minutos de cola de pésame y otros cuarenta de salón.
—Me han dicho que le hacía usted el pan.
—Y las rosquillas.
—¿Iba mucho?
—Los martes.
Clara se giró un poco.
—¿Los martes?
—Media docena de rosquillas de anís. Los martes por la mañana, entre las nueve y las nueve y media, después de abrir la gestoría. Veinte años. —Apilé dos bandejas—. En agosto se las llevaba dobles porque su hija venía los fines de semana.
Le pasó una cosa en la cara que no fue llanto.
Fue algo peor, que es cuando a alguien le llega un dato que no tenía y que ya no puede colocar en ningún sitio, porque el sitio donde iba se ha cerrado. Se quedó con el vaso de plástico en la mano, mirando la mesa, un rato largo.
—Los martes —repitió.
—Los martes.
—¿Y usted se acuerda de eso?
—Yo me acuerdo de lo que compra todo el mundo.
—Puse las bandejas apiladas a un lado—. Es lo que hago.
Sé quién no puede tomar nueces, sé quién viene el jueves porque el viernes tiene visita y sé quién lleva tres semanas comprando media barra en vez de una entera porque se le ha ido un hijo de casa.
No tiene ningún mérito. Es un mostrador.
—Ya.
—Yo a su padre le he despachado casi mil veces.
Clara se quedó con el vaso en la mano.
—Yo no como rosquillas de anís —dijo.
—Ya.
—No, si es que no me gustan. Nunca me han gustado.
—Ya.
—Es que ni sabía que le gustaban a él.
Bebió el café horrible entero, de pie, sin apartar la vista de las bandejas.
Esta es la parte que después nadie contó bien en este pueblo.
Se dijo que Clara Mena no lloró en la misa de su padre.
Es verdad. Lo que no se dijo, porque no lo vio nadie más que yo, es que estuvo cinco minutos delante de una bandeja de pastas de té sin poder tragar, por seis rosquillas semanales de las que no se había enterado en treinta y cuatro años.
Odiaba a su padre. Lo tenía todo preparado para llevarlo a un juzgado. Y lo estaba llorando de la única manera que se puede llorar a alguien así, que es a trozos y por sorpresa y por lo que menos importa.
—¿Puedo preguntarle una cosa? —dije.
—Sí.
—Es de la Guardia Civil, no mía. Me pidieron que preguntara por el pueblo si a alguien le sonaba una palabra que acabara en erre, a, ese.
—¿En qué?
—R, A, S. Es lo único que se lee en un papel.
Llevaba desde el miércoles preguntándolo. Se lo había preguntado a mi madre, a Rosalía, a Sabas, a don Aurelio y a dos clientas, y me habían dado Contreras, Porras, un mote que es Pedrás y una discusión de once minutos sobre si Cabras se escribe con be.
Clara dejó el vaso en la mesa.
—Jaras.
Lo dijo sin pensarlo. No lo buscó. No frunció el ceño ni miró al techo ni hizo ninguna de las cosas que hace la gente cuando busca una palabra. Lo dijo como se dice una palabra que se tiene delante.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque estaba en los papeles de mi padre.
—¿Qué papeles?
—Unos papeles. —Cogió el bolso de la silla—. Yo llevaba desde julio entrando en el despacho a fotografiar cosas. Ya está. Ya lo he dicho.
—Clara.
—No es delito. Tengo llave desde 2019, me la dio él cuando se cayó en el baño. —Se colgó el bolso—. Y sí, ya sé cómo suena.
—¿Y por qué?
Tardó en contestar, y cuando contestó lo hizo mirándome a mí y no a las bandejas.
—Porque en 2022 mi padre vendió la casa de mi madre por treinta y un mil euros a una sociedad, siendo él su apoderado y estando ella en una residencia sin saber en qué año vivía.
Y esa casa vale ciento veinte. —Se ajustó la chaqueta grande—.
Yo no quería que fuera a la cárcel. Quería que lo firmara.
Por eso llevaba cinco semanas detrás de él con un papel.
Estuvimos las dos calladas con ochenta personas de fondo.
—¿Y eso lo sabe la Guardia Civil?
—Lo saben desde el martes. Se lo conté yo. —Se puso el bolso al hombro—. Lo que no saben es todo.
—Clara.
—Buenas noches. Y gracias por lo de las rosquillas.
Se fue por la puerta del pasillo.
A las nueve y cuarto, mientras yo cargaba el termo en el carro, Nicolasa Bachiller me estaba contando, sin que yo le hubiera preguntado nada, que ella el viernes de la feria salió a las once de la noche a tirar la basura y vio el Ibiza gris de la hija de Leandro aparcado delante de la gestoría.
—Con ella dentro. Con la luz del móvil en la cara.
—¿El viernes de la feria?
—El viernes. Que se lo dije a mi hermana y me dijo que no, y era.
—¿Y a la Guardia Civil se lo has dicho?
—Ay, hija, ¿a mí quién me va a preguntar?
Marta se quedó a recoger. Cuando salí con el carro a las nueve y media todavía estaba dentro, con dos voluntarias, apilando ochenta sillas contra la pared de tres en tres. Le dije que si quería la ayudaba y me dijo que me fuera a dormir, que llevaba desde las tres de la mañana.
—Y tú desde las cinco de la tarde.
—Yo he estado sentada en misa.
—Tú no te sientas ni en misa.
Se rió y me echó del centro social empujando el carro conmigo detrás.
Llegué a casa a las diez menos cuarto con el termo vacío, ciento veinte euros por cobrar al ayuntamiento y una hija de treinta y cuatro años en la cabeza.
Clara Mena me había dicho tres cosas esa noche. Que conocía la palabra Jaras. Que llevaba dos meses entrando en el despacho de su padre. Y que iba a heredar una casa que su padre había vendido por la cuarta parte de lo que valía.
Y me faltaba una cuarta, que no me dijo ella.
Llamé a Belén a las diez y cinco desde la escalera de casa, con la puerta cerrada para que no me oyera mi madre.
—Jaras —dije—. Las tres letras son Jaras.
Belén tardó dos segundos.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Clara Mena. Sin pensarlo. Y hay otra cosa: Nicolasa Bachiller la vio el viernes a las once de la noche aparcada delante de la gestoría.
Oí un boli.
—¿Algo más?
—Sí. Que dice que no lo sabéis todo.
—Vale.
Y colgó sin decir gracias, que ya me pareció mal, y sin decir adiós, que me pareció peor.