12. El apicultor
El apicultor
El viernes se cumplió una semana y no había entierro.
Eso, en un pueblo, es un problema logístico y un problema moral a la vez. El cuerpo estaba en Guadalajara y no lo entregaban, y nadie sabía decir cuándo, y mientras tanto había una hija en un piso de Guadalajara y trescientas personas que querían darle el pésame y no tenían dónde.
Lo resolvió don Sergio, que es el párroco de aquí y de otros cuatro sitios, con una misa el sábado a las siete de la tarde. Sin cuerpo. Se avisó por el bando, por el grupo de la parroquia y por la cola de las siete, en ese orden inverso de eficacia.
—¿Y eso se puede hacer? —preguntó Nicolasa.
—Se hace —dijo don Aurelio.
—Yo digo si se puede.
—Se hizo con los de la mina en el sesenta y uno y se hizo con el hijo de la Petra. Se puede.
Lo que se organizó a continuación fue una cosa que yo nunca había visto y que a mí me tocó de lleno, porque en este pueblo una misa a las siete de la tarde de un sábado significa que a las ocho y media hay ochenta personas en el salón del centro social, y que a alguien hay que encargarle el dulce.
Me lo encargó don Sergio en persona, a la puerta de la tienda, el viernes a las nueve de la mañana, con una delicadeza que me dejó peor que si me lo hubiera exigido.
—Inés, si tú no quieres, lo entiendo y lo traemos de fuera.
—¿Por qué no iba a querer?
—Por si te resulta violento. Con lo de la caja y eso.
Con lo de la caja y eso.
Eran cinco días desde que Chelo Bermejo dijo en esta tienda que en la residencia decían que le habían metido algo en la caja de la feria, y ya era lo de la caja y eso , y ya se me decía a mí en la puerta de mi casa con voz de dar el pésame.
—Lo hago yo —dije—. Ocho bandejas.
—Que Dios te lo pague.
—Que me lo pague el ayuntamiento, don Sergio, que son ciento veinte euros.
Se rió y lo apuntó.
Esa mañana Pura Higueras llegó con la furgoneta puesta.
Llevaba desde el domingo sacándola cada dos días y nadie le hacía caso, porque Pura ve cosas verdaderas y les pone encima la causa que le apetece, y este pueblo lleva cuarenta años quedándose con la causa y tirando la cosa.
—No es por criticar —dijo—, pero yo sigo diciendo lo de la furgoneta.
—Pura, que ya está.
—Que no está. Yo esa noche no dormí, que con la charanga hasta las tres no duerme nadie, y desde mi ventana se ve el polígono entero. Y a las doce y pico había una furgoneta blanca metida en el patio de la cooperativa con las luces apagadas y las puertas de atrás abiertas.
—¿Las de atrás?
—Las de atrás. Yo lo que digo es que ahí hay contrabando de miel. Porque a esa hora, en un patio, con la puerta de atrás abierta, ¿tú qué haces?
—¿Y viste a alguien?
—Vi la furgoneta.
—¿Y ya?
—Y un coche pequeño que bajó por el camino de arriba. Pero eso da igual, porque por el camino de arriba baja todo el mundo.
Lo dijo así, entre dos frases sobre el contrabando, y siguió con el contrabando, y nadie apuntó lo del coche pequeño, y yo tampoco.
De las cinco cosas que Pura Higueras dijo aquella mañana, cuatro eran mentira y una era exacta, y yo tardé dieciséis días en enterarme de cuál.
Al mediodía vino Marta.
Vino a devolver una fuente y se quedó de pie al otro lado del mostrador mientras yo reponía, que es como hablamos ella y yo desde hace veinte años.
—Inés.
—Dime.
—¿Tú sabes lo del informe de la miel?
—¿Qué informe?
Se apoyó en el mármol y bajó la voz lo justo, no lo suficiente para parecer un secreto.
—El consejo regulador hizo una analítica en julio de los lotes que van con denominación. Salió que uno de los lotes no es de aquí. Es miel de fuera envasada con etiqueta de la comarca.
—¿Y eso quién lo lleva?
—Lo llevaba Leandro. Él tramitaba los expedientes del consejo, y el expediente ese lo tenía él en el cajón desde julio y no lo había cursado.
Dejé la bandeja.
—¿Y por qué no lo cursó?
—Eso pregúntaselo a él. —Se corrigió en el aire, sin ninguna incomodidad—.
Es una manera de hablar. Lo que sé es que ese lote lleva la etiqueta de Gabriel Rivas y que a Gabriel, si eso sale, le retiran la certificación y se queda sin campaña.
Y a mí me da pena Gabriel, con lo que tiene encima. Que es buen chico y tiene una niña.
Todo lo que me dijo era verdad.
Lo he comprobado después, punto por punto, con el expediente delante: la analítica de julio existía, el lote llevaba la etiqueta de Gabriel, Leandro lo tenía sin cursar y Gabriel se jugaba la campaña. No me mintió en una sola palabra.
Lo que no me dijo fue quién envasa. Y quién envasa no era Gabriel.
—¿Y a ti quién te ha contado eso?
—Ay, hija. —Cogió la fuente vacía—. Yo estoy en la cooperativa cuatro días al mes desde hace once años poniendo tapas. Allí se habla.
—Vienes a por la de romero.
Gabriel no levantó la cabeza. Estaba trasegando de una garrafa grande a garrafas de cinco kilos, con el filtro puesto y un cubo debajo del grifo, y no se para eso a la mitad.
—No.
Cerró el grifo.
—Pues dime.
El colmenar está en la ladera de arriba, pasado el depósito, y se llega por una pista de tierra con dos rodadas y hierba en medio. Eran las cinco y media de la tarde y yo llevaba desde las once dándole vueltas a cómo empezar, y no empecé: empezó él.
—El lote de julio.
Gabriel tiene trescientas cuarenta colmenas repartidas en cinco asentamientos y una nave de doce metros con el suelo de hormigón, el extractor, la maduradora y una mesa de acero que compró de segunda mano en Molina.
Huele a cera y a humo frío. En la pared hay una foto de su padre con dos colmenas de las antiguas, de las de corcho, y un calendario de una casa de material apícola de 2019 que no ha vuelto a cambiar.
Su hija Alba estaba fuera, sentada en un poyete con el móvil, con las semanas alternas que le tocan y una cara de aburrimiento que se veía desde la pista.
Gabriel se limpió las manos en un trapo que estaba más sucio que las manos y se quedó mirando el grifo.
—Ya.
—Gabriel, ¿tú sabías que ese lote no era tuyo?
—Desde el ocho de julio.
—¿Y no has dicho nada en dos meses?
—¿A quién?
Y ahí me quedé un momento callada, porque es la única pregunta de todo este asunto que yo no sabía contestar.
A quién denuncias que la cooperativa a la que perteneces, que es la única que envasa, que es la única que distribuye y que es la única que te compra, ha metido en tus tarros miel que no es tuya.
—Al consejo.
—El consejo tarda ocho meses. Y mientras tanto yo no envaso.
—Enroscó un tapón—. Inés, yo tengo trescientas cuarenta colmenas y una nave sin envasadora.
La envasadora está en el polígono y es de todos, que quiere decir que no es de nadie y que la maneja el gerente.
Si yo digo que en la línea de envasado ha entrado miel de fuera, ¿tú sabes lo que pasa?
—Dímelo.
—Pasa que el gerente dice que la culpa es del socio que trajo el bidón. Y el socio que trajo el bidón dice que él trajo lo suyo. Y entre los dos, ocho meses. Y en esos ocho meses yo no envaso, no distribuyo y no vendo, y en enero tengo que pagar el tratamiento del varroa igual.
—¿Y quién trajo el bidón?
—No lo sé.
—Gabriel.
—Que no lo sé. —Levantó la voz por primera vez en diez años—. Si lo supiera no estaríamos hablando.
—¿Y a Leandro?
Gabriel movió el cubo dos centímetros con el pie, cosa que no hacía ninguna falta.
—A Leandro se lo dije el jueves.
—El jueves te oí yo.
—Pues eso.
—Gabriel, tú le dijiste el jueves en mi obrador, delante de mí y de un técnico de una inmobiliaria, que en veinte años no había hecho otra cosa que dejar a gente sin casa por escrito.
—Se lo dije.
—¿Y qué te contestó?
—Que si me quitaban la denominación no iba a ser por él. —Levantó la vista—. Y que lo teníamos los dos por escrito.
—¿Le amenazaste?
—Le dije que si cursaba ese expediente sin decir de dónde salía la miel, yo iba a contar en esta comarca lo que él hacía con las casas. —Se agachó a coger otra garrafa—. Eso, según quien lo escriba, es una amenaza.
Estuvimos un rato sin decir nada, con el ruido del grifo.
—¿Y por qué me lo cuenta Marta y no me lo cuentas tú?
Gabriel tardó en contestar.
—¿Te lo ha contado Marta?
—Esta mañana.
—Ya.
—¿Ya qué?
—Nada. Que Marta se entera de todo.
Lo dijo sin ninguna carga, del mismo modo que se dice que en agosto hace calor, y siguió llenando garrafas, y a mí, que llevaba una semana buscando en todas las frases de este pueblo algo que no fuera lo que parecía, esa se me pasó entera por delante.
—¿Dónde estuviste el viernes por la noche?
Lo dije sin pensarlo y salió peor de lo que quería.
Gabriel se enderezó del todo. Es un hombre grande y cuando se endereza del todo se nota.
—Recogí en la plaza y me fui a casa.
—A las once y cuarenta te vi salir hacia el polígono.
—Salí hacia el polígono porque para ir a mi casa se sale hacia el polígono. Luego cojo la vuelta del depósito.
—¿Y no paraste?
—No paré.
Lo dijo mirándome a los ojos, sin parpadear más de lo normal, con las dos manos en la garrafa.
Yo llevaba veinte años comprándole miel a ese hombre.
Le he visto mentirle a su exmujer por teléfono delante de mí y le he visto decirle a una clienta que un tarro estaba fermentado cuando podía haberlo vendido.
Esto no se parecía a ninguna de las dos cosas.
—Vale.
—Vale.
—¿Y la furgoneta blanca que había en el patio de la cooperativa a las doce y pico?
—Habrá cuarenta furgonetas blancas en esta comarca.
—Eso dice Loli.
—Pues por una vez tiene razón Loli.
Cogió el filtro, lo golpeó dos veces contra el borde del cubo y empezó a explicarme, sin que nadie se lo pidiera, que este año la mielada de la ladera norte había ido dos semanas retrasada porque llovió tarde, y que eso se nota en la humedad final, y que una miel con más humedad fermenta antes y por eso hay que...
—Gabriel.
—...por eso hay que refractometrar antes de envasar y no...
—Gabriel.
Se paró.
—Cada vez que no quieres contestarme una cosa, me hablas de abejas.
Dejó el filtro encima de la garrafa.
—Ya lo sé.
—Pues es la tercera vez en ocho días.
—Ya lo sé, Inés.
No dijo nada más. No se disculpó, no me explicó, no me pidió que le creyera, no dijo mi nombre de esa manera que dicen los hombres el nombre de una mujer cuando quieren que se le pase. Se quedó ahí de pie, con las manos pegajosas y el trapo colgando, esperando a que yo me fuera.
Y yo me fui.
Bajé la pista de tierra con el sol de las siete dándome de lado.
Y a mitad de la pista me paré, di la vuelta con el coche en el ensanche de la balsa y bajé por donde él dice que baja: por el depósito.
Son mil cien metros más. La carretera del depósito muere en el cruce del polígono y desde el cruce del polígono, para llegar a las casas de la parte alta, donde vive él, hay que pasar por delante del patio de la cooperativa.
Se pasa obligatoriamente. No hay otro camino, no lo ha habido nunca, y la nave de envasado tiene el patio abierto a la carretera y una farola encima de la puerta de carga.
Aparqué en el cruce y me quedé mirando ese patio dos minutos, con el motor en marcha y el intermitente puesto sin necesidad.
Gabriel Rivas había pasado por delante de esa puerta el viernes a las once y cuarenta y algo de la noche. Eso no es un delito ni es nada. Pasa por ahí todos los días de su vida.
Lo que no me cabía era por qué había dicho que no paró antes de que yo le preguntara si había parado.
Entré en la tienda a las siete y veinte. Mi madre estaba cerrando y había vendido seiscientos ochenta euros, que es el mejor viernes de septiembre desde que existe el euro, y me lo dijo con una alegría que no le cabía en la cara.
—Ha venido gente de Alcolea, Inesita. De Alcolea.
—Qué bien.
—Y ha llamado la de Herminia, que igual vuelven a hacer lo del bautizo.
—Ya veremos.
—Y otra cosa —dijo mi madre, ya con el cierre a medias—. Ha venido don Sergio a decir que el sábado, después de la misa, que llevemos las bandejas al centro social a las ocho.
—Ya lo sé, me lo dijo esta mañana.
—Y que si podemos poner también café.
—No podemos poner café, mamá. No tenemos con qué.
—Pues yo he dicho que sí.
Se me quedó mirando con el trapo en la mano, esperando la discusión, y yo no se la di, porque llevaba desde el domingo sin darle ninguna y porque las dos sabíamos por qué.
Subí a cambiarme y me quedé sentada en la cama con los zuecos puestos.
Gabriel Rivas me había mentido en una sola cosa esa tarde, y era una cosa pequeña, y yo sabía que era mentira porque conozco esta comarca y porque he bajado esa pista mil veces.
Lo que me tuvo despierta no fue eso.
Lo que me tuvo despierta fue que llevaba seis días sabiendo que mi madre había mentido en algo mucho más grande, y que a ella no le había hecho ni una sola pregunta.