11. El álbum de Maribel
El álbum de Maribel
Maribel Rojas me llamó el miércoles a las siete y media de la tarde para citarme el miércoles a las ocho.
—¿Dentro de media hora?
—Es que están aquí.
Fui. El ayuntamiento de Valdemiel es una casa del siglo XIX con una escalera imposible y un despacho de alcaldía con una mesa demasiado grande para el despacho.
Encima de la mesa había un portátil que no era del ayuntamiento, un disco duro externo, Nogueira sentada, Cascante de pie y Quique Barriopedro en una silla, incómodo, con la gorra en las rodillas.
Maribel no me dejó ni sentarme.
—Antes de nada. —Se puso delante de la mesa—. Sargento, yo quiero dejar dicho, y que conste, que el reportaje de la feria es un encargo del ayuntamiento con cargo a la partida de festejos y que está todo facturado y aprobado en junta de gobierno.
—Nadie ha dicho lo contrario.
—Ya, pero lo digo.
—Doña Maribel, a mí me da igual la partida de festejos.
—A usted sí. A mí me van a preguntar en el pleno de octubre.
Cascante esperó, que es lo que hace.
—Y que el fotógrafo es de Sigüenza —siguió Maribel—, no es de aquí, no es primo de nadie y no se le adjudicó a dedo, se le pidieron tres presupuestos.
—Doña Maribel.
—Dos presupuestos y una llamada. Pero se pidieron.
—Y otra cosa. —Maribel bajó la voz sin bajarla del todo—. Si de aquí sale algo, yo necesito saber antes si el ayuntamiento queda mal.
—El ayuntamiento no queda de ninguna manera. Aquí lo que hay son fotografías de una mesa.
—Pues eso quería oír.
Se apartó. Fue exactamente la conversación que yo esperaba y duró exactamente lo que yo esperaba, y años después de aquello sigo pensando que si Maribel Rojas no hubiera sido tan pesada con su imagen, ese disco duro no habría existido, porque fue ella la que el sábado le prohibió a Quique borrar nada.
—Siéntese —me dijo Cascante—. La he llamado porque necesito que me diga si una caja está bien cerrada, y eso aquí solo lo sabe usted.
Quique llevaba una hora allí y tenía la cara de un hombre que ha entendido que su trabajo del sábado por la tarde es ahora otra cosa. Le pregunté después, ya en la calle, si había mirado él las fotos antes de traerlas.
—Todas —dijo—. El domingo entero.
—¿Y?
—Y no vi nada. Y eso es lo que me tiene mal.
Quique había traído los archivos en bruto. Ciento veinte fotografías solo de la mesa presidencial, más las del pregón, más las de la entrega, más doscientas y pico de todo lo demás. Nogueira las tenía ordenadas por hora en una carpeta y las pasaba con la flecha del teclado.
—Estas son de las siete menos veinte —dijo.
Ahí estaba mi mesa. Doce cajas, mantel de la Diputación, dos jarrones de flores de tela, la tarjetita delante de cada una con la caligrafía de la funcionaria de cultura. Y detrás, colocados por altura, veinte y pico vecinos mirando a cámara con esa cara que se pone.
—¿Ve algo raro?
—No.
—Míreme los precintos.
Me acerqué. Quique amplió la que estaba mejor enfocada.
Un precinto de La Colmena bien puesto es un círculo de papel engomado, blanco, con la abeja en dos tintas, pegado a caballo sobre la juntura de la tapa, mitad arriba y mitad abajo. Cuando se pega, se moja y se aprieta con el canto de la mano, y el papel queda tenso y liso.
Las doce estaban lisas.
—Bien.
—¿Seguro?
—Doce cajas, doce precintos, ninguno levantado. Eso lo puse yo a las ocho y cuarenta de la mañana.
Nogueira pasó a la carpeta siguiente.
—Estas son de las siete y media pasadas.
La primera era una general de la plaza. La segunda, otra general.
La tercera era un detalle de la mesa que Quique había hecho, según dijo, porque le gustaba cómo caía la luz en el mantel a esa hora, y en esa fotografía la mesa sale de lado, en escorzo, con seis cajas nítidas y las otras seis desenfocadas.
La tercera empezando por la izquierda es la de la gestoría Mena. Se ve la tarjetita.
Y el precinto está levantado por un lado.
No roto. Levantado. Media luna de papel despegada del canto de la tapa, con la sombra debajo, y el resto del círculo pegado y con una arruga pequeña que sale del centro hacia el borde, como cuando vuelves a apretar algo que ya se ha secado y no vuelve a su sitio.
—Eso no lo hice yo.
—¿Está segura?
—Ese papel se moja una vez. Si lo despegas y lo vuelves a pegar, ya no agarra igual y hace eso. —Señalé la arruga—. Y la mía tampoco es esa arruga. La mía es esta de aquí, la del canto, que la hago yo al apretar con la mano y la tienen las doce.
Cascante se acercó a la pantalla y estuvo mirándola bastante rato sin decir nada, y después le pidió a Nogueira que volviera a la anterior, y a la anterior, y a la de las siete menos veinte, y las comparó.
—Enséñeme otra caja de esta misma foto.
Quique amplió la de al lado, la de las bodegas. El precinto liso, la arruga del canto, la abeja centrada.
—Y otra.
La de la cooperativa. Igual.
—¿Y por qué esta no?
—Porque esta la han abierto —dije.
—Eso lo dice usted.
—Eso lo dice el papel. Yo lo único que hago es leerlo.
—Señalé la pantalla con el dedo a dos centímetros—.
Mire, esto es papel engomado de los años noventa.
La goma es de las de mojar. Cuando se seca, se seca en la forma que tiene.
Si usted lo levanta con la uña y lo vuelve a bajar, la goma ya no está húmeda y el papel no se acuesta: se queda a un milímetro, hace sombra y arruga desde el centro.
En una boda eso lo veo yo desde la puerta.
Maribel, desde su mesa, dijo que qué barbaridad. Nogueira lo escribió casi entero.
—A las 19:20 está liso —dijo—. A las 19:27 está levantado.
—¿Eso lo dice la foto?
—Lo dice la hora de la cámara. —Se enderezó—. Siete minutos.
Siete minutos.
Yo estuve esos siete minutos delante del portal del número once, de espaldas, con la caja de la calderilla debajo del brazo, oyendo a don Amable probar catorce llaves. Eso lo declaré el sábado sin darle ninguna importancia porque me pareció el detalle más insignificante de todo el viernes.
—¿Y quién está en la mesa en esas fotos? —dije.
Quique fue pasando.
Está Maribel, de espaldas, discutiendo con alguien fuera de cuadro.
Está don Amable, con el carro, entrando por la izquierda en dos de ellas y saliendo en la tercera.
Está Loli Bachiller con los programas de mano contra el pecho.
Está Marta, arrastrando una silla, de perfil, en cuatro fotogramas.
Está una señora que resultó ser de la Diputación.
Y hay, en el fondo, entre nueve y catorce personas por foto, porque era la plaza de un pueblo en feria a las siete y media de la tarde.
—Aquí no hay nada —dije.
—Aquí hay una cosa —dijo Cascante—, y es que la caja se abrió después de que usted la precintara y antes de que se entregara. Eso es todo lo que hay. Quién, no.
Cerró la libreta y dijo la única frase de las suyas que se me quedó entera:
—Una fotografía sirve para descartar horas. Para descartar personas no sirve casi nunca.
Estuve un rato mirando esas fotos con una sensación que no se me quitó en toda la noche.
En las de las siete y veintisiete no salgo. No salgo porque estoy a cuarenta metros, de espaldas, delante del portal del número once, mirando cómo un hombre prueba llaves. Y ese es exactamente el momento en el que alguien abrió una caja que había cerrado yo.
Se lo dije a Cascante, porque me pareció que había que decirlo.
—Sargento, yo en esos siete minutos no estaba.
—Ya lo sé. Está en su declaración y lo hemos comprobado con tres personas.
—Le digo que si hubiera estado, no habría pasado.
Levantó la vista de la libreta y me miró un momento más de lo que había hecho en toda la tarde.
—Eso no lo sabe usted.
Nogueira estuvo pasando otro rato más. Yo me quedé porque nadie me dijo que me fuera.
De la entrega hay treinta y una. En la mayoría se ve la espalda de la gente. Hay dos de Marta recogiendo la caja de la asociación, y en las dos está aplaudiendo medio pueblo. Hay una del de la constructora mirando el móvil. Y hay cuatro de Leandro Mena, de las que tres son inútiles y una no.
En esa, Leandro está sentado, con la caja abierta encima de las rodillas y el brazo derecho pegado al cuerpo. Tiene la mano izquierda apoyada plana sobre la tapa, con los cinco dedos abiertos. Y contra el muslo derecho, medio tapado por el puño, hay un rectángulo de papel claro.
Quique amplió.
El papel está doblado y él lo tiene sujeto por abajo con el pulgar, de modo que de las tres líneas se ve una entera y trozos de otra.
La entera es la de en medio: 23:15.
De la de arriba, que a mí desde la caseta me pareció una mancha, se ven tres letras seguidas antes de que el pulgar las tape.
R A S.
—¿Le dice algo? —preguntó Cascante.
Estuve un rato mirándolo. Tres letras en mayúsculas, escritas a mano, con una caligrafía que no era la de la funcionaria de cultura ni la de nadie que yo conociera, y con el trazo grueso de un rotulador fino de los de marcar cajas.
—No.
—¿Nombres de casas, apodos, motes de este pueblo que acaben así?
—Así de memoria, no.
—Piénselo y me lo dice.
Salí del ayuntamiento a las nueve menos veinte con el bizcocho de encargo de un cumpleaños sin hacer y con la producción de la tarde del miércoles entera por hacer.
En la plaza había cuatro personas sentadas en el poyo de la fuente y una de ellas me dio las buenas noches por mi nombre y yo no supe quién era hasta cincuenta metros después.
Bajé por la calle Real repitiéndome tres letras y una hora.
Y lo que se me quedó dentro esa noche no fue la tira ni el precinto.
Fue Cascante diciendo que aquello se hizo después de que la cerrara yo y antes de que la entregaran, porque eso, traducido al idioma en el que se habla en esta comarca, significaba que la mano que metió aquello estuvo a menos de treinta metros de mi caseta y que era de aquí.