10. El burofax
El burofax
El cartero de Valdemiel se llama Rubén, tiene treinta y un años, cubre siete pueblos y llega a la plaza entre las once y las once y media según lo que le hayan dado en Sigüenza.
El lunes llegó a las once y cinco y entró en la tienda con un sobre y un aparatito.
—Amparo Cañadas Recuero e Inés Soria Cañadas. Las dos.
—¿Las dos qué?
—Que tienen que firmar las dos. Es burofax.
Mi madre se limpió las manos en el trapo del mostrador y firmó en la pantalla con el dedo, torcido, y luego firmé yo, y Rubén nos dio la copia acusada y se fue a repartir el resto de la calle Real.
Lo abrí en el obrador, de pie, con el sobre apoyado en la mesa de mármol.
Tres párrafos. El primero decía que Raíces de Valdemiel SL había tenido conocimiento del fallecimiento del gestor que venía tramitando la operación.
El segundo decía que, por circunstancias sobrevenidas ajenas a la voluntad de las partes, se concedía prórroga expresa del plazo de formalización hasta el lunes 28 de septiembre.
El tercero decía que se mantenían vigentes en sus propios términos las estipulaciones del documento de arras.
Lo leí dos veces y la segunda vez me quedé en el tercero.
Se mantienen vigentes en sus propios términos.
No hacía falta que dijera más. Yo tenía la mitad de la señal metida en un horno que estaba a metro y medio de mí, y la otra parte en una amasadora, en un cuadro eléctrico y en tres mil y pico euros que quedaban en la cuenta.
Si nosotras nos levantábamos de esa mesa, había que devolverlo todo dos veces, y de la segunda vez no existía ni el primer euro.
—¿Qué pone? —dijo mi madre desde el mostrador.
—Que seguimos igual y que firmamos el veintiocho.
—Ah. Bueno.
—Bueno no, mamá.
—¿Por qué no?
Porque el hombre que había redactado ese contrato, que era el único que me lo había explicado y el único al que yo podía preguntarle, llevaba dos días en el Instituto de Medicina Legal de Guadalajara.
Eso no se lo dije. Le dije que había que llevarlo a mirar a Sigüenza y que eso costaba dinero, y ella dijo que Leandro nos lo había explicado muy bien, y yo dije que sí, que muy bien, y nos quedamos las dos calladas por motivos distintos.
Lo que tenía delante era esto: un contrato de compraventa de la casa en la que nací, con una cláusula que no me habían explicado dos veces, redactado por un hombre al que ya no le podía preguntar nada.
Y la cosa más rara del asunto, la que me tuvo dándole vueltas todo el lunes, era que Leandro Mena había sido siempre lo contrario de un problema.
Cuando se murió mi padre, en 2011, este hombre subió a esta tienda un martes por la tarde con una carpeta, se sentó donde se sienta mi madre y nos sacó la partición, el impuesto de sucesiones y el cambio de titularidad del negocio en once semanas, y nos cobró trescientos euros que además nos dejó pagar en tres veces.
Yo tenía veintiocho años y no sabía ni lo que era un modelo 650.
Eso también es verdad. Las dos cosas caben.
Llamé a una asesoría de Sigüenza a las once y media. Me dieron cita para el jueves a las diez. Lo apunté en el calendario de la puerta de la cámara, con boli rojo, y debajo escribí cerrar a las 9 .
A las doce menos cuarto entró Marta.
Venía de la sede, con el chaleco y la carpeta, y traía la cara de haber estado hablando por teléfono toda la mañana.
—¿Ha llegado el burofax?
—¿Tú cómo sabes que hay un burofax?
—Porque Rubén ha entrado aquí con el aparato y ha salido sin él, y eso solo lo hace con los burofax. —Dejó la carpeta—. ¿Os echan atrás?
—Nos dan hasta el veintiocho.
—¿Con las arras vivas?
—Con las arras vivas.
Marta se quedó mirando el mostrador. Había tres personas en la tienda a las doce menos cuarto de un lunes de septiembre, cuando lo normal a esa hora son ocho o nueve.
—¿Cuánto habéis hecho esta mañana?
—Marta.
—¿Cuánto?
—Ciento diez euros.
Un lunes normal, ciento diez euros a las doce menos cuarto está bien. Ese lunes no era normal: la feria había dejado el pueblo lleno de gente hasta el domingo por la tarde, y el lunes tendría que haber sido de trescientos.
No dijo nada más. Cogió la carpeta, se fue, y a las dos de la tarde el grupo de WhatsApp de la asociación tenía dieciocho mensajes suyos y a las ocho de la tarde lo tenía el grupo de la parroquia, el de las madres del colegio comarcal y el de la peña.
No decía nada de la venta. No decía nada de Leandro. Decía, palabra por palabra, esto:
Chicas, esta semana comprad el pan en La Colmena. Amparo e Inés no tienen la culpa de nada y llevan tres días con la tienda medio vacía. El que pueda que pase.
El martes vendí cuatrocientos noventa euros. El miércoles, seiscientos veinte, que es más que un sábado de agosto.
A mi madre le cambió la cara el martes a las once de la mañana.
Yo la vi cambiar. Estaba despachando con cinco personas dentro, un martes, y de pronto se le puso esa cara de cuando le sale bien una cosa que ella no ha hecho, y a la sexta clienta le dijo:
—Es que este pueblo, cuando quiere, quiere.
Y a la novena:
—Es que a esta tienda la gente le tiene ley.
Y el miércoles, a las dos de la tarde, contando la caja, sin mirarme:
—Yo lo que digo es que esto no es una tienda que se cierre.
Ahí estaba. Le había caído del cielo la mejor semana de facturación en año y medio, justo a tiempo para demostrarme que yo estaba a punto de vender un negocio que iba bien.
No lo dijo así. No lo dijo nunca así. Se limitó a decírmelo doce veces de doce maneras distintas entre el martes y el jueves, todas ellas en tercera persona, todas ellas sobre el pueblo y no sobre mí.
Y el martes a las nueve y cuarto de la mañana me quedé sin pan por primera vez en un día laborable desde 2017.
Esto es lo que nadie te cuenta cuando un pueblo decide ayudarte: que un obrador no es un grifo.
Yo amaso lo que voy a vender con doce horas de antelación.
Si el martes vendo el doble, el martes no puedo hacer el doble: puedo hacer el doble el miércoles, si el lunes por la noche alguien me lo hubiera dicho.
De modo que pasé el martes diciendo que no, el miércoles trabajando desde las dos y media de la mañana, y el jueves con el pan de tres días distintos en la cabeza a la vez.
Y venían de una manera que yo no había visto nunca.
Venían y lo decían.
—Yo esto no lo como —me dijo un señor de la Vega, poniendo dos euros veinte en el mármol por un macarón—, pero te lo compro.
—No hace falta que...
—Que te lo compro, mujer.
Ese es el detalle que a mí me costó tragar. No venían y compraban. Venían, compraban y te lo explicaban, porque un favor que no se nombra en este pueblo es un favor perdido.
—Ya te dije yo que había que arrimarse.
—Yo he venido andando desde la Vega, ¿eh?
—A mí me lo dijo Marta el lunes y aquí estoy.
Vino gente de Villaseca. Vino la mujer del concesionario, que compra en Sigüenza desde 2009.
Vinieron dos cuidadoras de la asociación con una lista de encargos de otras cuatro.
Vino don Fabián Recuero andando desde la calle de la Fuente, que son cuatrocientos metros y una cuesta, a comprar media barra que no necesitaba porque él come pan de molde desde que se quedó sin la muela.
Se apoyó en el mostrador dos minutos para recuperar el aliento y me dijo que la tele iba muy bien.
Vino una señora que dejó un táper de croquetas en el mostrador y dijo, delante de seis personas, que para las pobres, y se fue antes de que le pudiera contestar, y las croquetas estaban buenísimas y me las comí de pie a las cuatro de la tarde odiando la palabra pobres con todas mis fuerzas.
Y el miércoles por la mañana, a las nueve, tuve que llamar a la asesoría de Sigüenza y cambiar la cita del jueves.
No podía cerrar a las nueve un jueves con la tienda así. No con el pan vendiéndose a esa velocidad, no con Rosalía haciendo horas que había que pagarle, no con mi madre de pie desde las siete y la tensión donde la tiene.
Me dieron el martes 15 a las once y media.
Ocho días.
Ocho días son nada y son mucho, según lo que se pueda hacer en ellos. Yo pensé que eran nada, porque hasta el veintiocho quedaban tres semanas y porque en mi cabeza aquella semana lo urgente era el pan.
Y esto es lo que me cuesta escribir: la campaña de Marta salvó la caja de este negocio en la peor semana de su historia, y a mí me quitó los ocho días que tenía para entender lo que había firmado. Las dos cosas a la vez, con el mismo gesto, sin que nadie las eligiera por separado.
Lo primero es verdad y lo segundo también. Llevo desde entonces sin saber en qué orden ponerlas.
Colgué, taché el boli rojo del calendario y escribí la fecha nueva debajo, y me quedé un momento con el rotulador en la mano delante de la puerta de la cámara.
Después me fui a la amasadora, porque a las nueve y cuarto de la mañana de un miércoles hay que amasar aunque una acabe de aplazar la única cosa importante de la semana.
Marta vino el miércoles a las diez de la noche.
Llamó a la puerta trasera. Yo llevaba desde las dos y media de la mañana, tenía dieciocho kilos de masa en el banco y estaba pesando la almendra sentada en un taburete porque de pie ya no.
—Voy a estar una hora —dijo, quitándose el chaleco.
—Marta, no.
—Sí. —Se lavó las manos hasta el codo, sin preguntar dónde estaba el jabón—. Dime qué hago que no rompa nada.
Le puse a formar rosquillas. Es un trabajo que se aprende en diez minutos y se hace mal durante seis meses, y ella lo hizo mal durante una hora, con las manos frías y demasiada harina, y a mí me quitó cuarenta minutos de encima.
Estuvimos casi todo el rato sin hablar. La radio puesta, la de Sigüenza, que a esa hora echa un programa de discos dedicados que llevo oyendo veinte años. Ella con la tira de masa y yo con la manga.
—¿Cómo está tu madre? —dijo, al cabo de un rato.
—Bien.
—Inés.
—Está rara.
—Tu madre lleva rara desde que le dijiste que vendías. —Cortó otra tira—. Y ahora encima con esto. Setenta años tiene.
—Sesenta y nueve.
—Sesenta y nueve. —Sonrió a la masa—. Perdona.
Marta es la única persona que le lleva cuarenta y dos años de amistad a mi madre y que habla de ella conmigo como si las dos fuéramos adultas. Todos los demás, cuando me hablan de mi madre, me hablan como si yo tuviera doce años y ella fuera un tiempo atmosférico.
—Marta.
—¿Qué.
—Gracias.
—Anda ya.
—No, en serio. —Dejé la manga—. Lo del grupo. No te lo he dicho y llevo tres días sin decírtelo.
Ella siguió con las manos en la masa.
—Es que me dio rabia —dijo—. Perdona, pero es que me dio muchísima rabia. Que un pueblo entero deje de comprarle el pan a dos mujeres porque un tío que no tenía nada que ver con ellas se ha muerto en una casa vacía. Eso aquí lo hemos hecho toda la vida y a mí me parece una guarrería.
—Ya.
—Y luego vienen al entierro.
Cortó la tira con el canto de la mano, mal, y la rosquilla le salió como un ocho.
—Esa está fatal —dije.
—Esa se la vendes a Sabas.
Me reí por primera vez en cinco días y me duró poco, pero me duró.
A las once se puso el chaleco, recogió la carpeta y se paró en la puerta del callejón.
—Inés, una cosa. ¿Habéis cambiado la cerradura de esta puerta alguna vez?
—¿De esta? No.
—Pues deberíais.
—¿Por?
—Porque tenéis cinco llaves dando vueltas por ahí y ahora hay guardia civil en el pueblo. —Se encogió de hombros—. Yo te lo digo. Que luego preguntan y quedas fatal.
Se fue.
Yo tenía el banco lleno y me quedé quince minutos sin tocar la masa, pensando que tenía razón y que no iba a hacerle caso, porque cambiar esa cerradura eran ciento veinte euros y porque las cinco llaves eran de mi madre, de Rosalía, de Tomás el fontanero, de ella y mía.