Miel y sospecha (La Colmena 1) 9. Un asesinato antes del desayuno
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9. Un asesinato antes del desayuno

Un asesinato antes del desayuno

A las seis y cuarenta del domingo había once personas en la acera.

La cola de La Colmena empieza a las siete.

No a las siete menos veinte, no a las siete menos cuarto: a las siete, porque a las siete abro yo la puerta y antes de las siete no hay pan.

Eso lo sabe este pueblo desde antes de que yo naciera y lo respeta con una disciplina que no aplica a ninguna otra cosa.

Ese domingo, cuando levanté el cierre, estaban las once ahí fuera, calladas, de pie, con las bolsas dobladas, y a mí me dio un vuelco tonto porque parecía otra cosa.

Un domingo normal de septiembre yo abro con cuarenta barras y me sobran ocho. Ese domingo había hecho cincuenta y cinco a las cuatro y media de la mañana sin saber por qué, y a las nueve no quedaba ninguna.

Hay algo que le pasa a un pueblo cuando se muere alguien de una manera que no se entiende, y es que la gente sale de casa.

No para hablar: para estar donde está la gente.

El domingo de la feria anterior, el de 2025, esta tienda hizo doscientos diez euros porque todo el mundo estaba de resaca.

Ese domingo hice cuatrocientos veinte y no vendí ni un dulce.

Entraron. Se colocaron. Don Aurelio desplegó la silla. Y entonces todo el mundo se quedó mirando el reloj de pared de detrás del mostrador, que es un reloj de propaganda de una marca de levadura y que adelanta dos minutos.

Faltaban catorce.

La norma no la escribió nadie. Yo se la oí a mi padre y él se la habría oído a alguien: aquí, en esta tienda, no se nombra a un muerto reciente antes de las siete y cuarto.

La explicación que da don Aurelio es que a las siete la gente viene a comprar y a las siete y cuarto viene a estar, y que mezclar las dos cosas es una falta de educación con el que está detrás en la cola.

La explicación que doy yo es que si no existiera esa norma, en esta tienda no se hablaría de otra cosa desde las cuatro y media de la mañana.

Aguantaron seis minutos.

Los seis fueron un espectáculo. Pura Higueras preguntó por el tiempo.

Encarna Bachiller dijo que se había levantado con la espalda.

Nicolasa preguntó por una sobrina que vive en Torrejón y por la que no ha preguntado nunca.

Y todos, absolutamente todos, hablaban mirando a la puerta, como si por la puerta fuera a entrar el permiso.

A las siete y seis, Sabas Mansilla no pudo más.

—Yo lo que digo es que a Leandro le...

Don Aurelio se levantó de la silla.

No dijo nada. Se levantó, que es una operación que a un hombre de ochenta y cuatro años en una silla plegable le lleva sus tres segundos y que por lo tanto todo el mundo tiene tiempo de ver, y se quedó de pie mirando el reloj de la levadura con las manos cruzadas por delante.

—Aurelio, por Dios —dijo Pura.

—Nueve minutos.

—Es que es domingo.

—Más a mi favor.

—Aurelio, que lo sabe ya Sigüenza entera.

—Sigüenza que haga lo que quiera. —Siguió de pie—. Aquí se despacha primero.

Mi madre estaba a mi lado cobrando. No levantó la cabeza en esos nueve minutos ni una sola vez.

Yo llevaba desde el sábado a las cinco de la tarde mirándola de reojo con una técnica que perfeccioné en tres días: mirarla cuando ella mira el cajón.

Y en tres días no le vi hacer nada distinto de lo que hace siempre, que es exactamente el problema.

Mi madre no puso cara de nada. Cobró, dio cambio, preguntó por una nuera, apuntó una cuenta a lápiz y le dijo a Nicolasa que se llevara las rosquillas de ayer, que estaban igual de buenas y costaban lo mismo, que es su forma de rebaja.

Yo despaché a cinco personas en un silencio de misa de ocho. La sexta fue una señora de fuera que pidió cruasanes, cosa que no tenemos, y que se llevó una respuesta de siete palabras en un tono que no era el mío.

A las siete y quince en punto, don Aurelio se sentó.

Y entonces se les cayó todo encima a la vez.

Empezó Pura, que llevaba desde el sábado por la mañana con la teoría hecha.

—Han sido los de los coches de Madrid.

—¿Los de la senda?

—Los de la senda son dos. Yo digo los otros. Los cuatro coches de la era de arriba, que llevan ahí desde el lunes y que ninguno ha entrado en el bar. ¿A ti te parece normal que venga gente a un pueblo y no entre en el bar?

—A lo mejor no beben.

—Todo el mundo bebe algo, Encarna.

Nadie la contradijo del todo porque en el fondo a este pueblo le encantaría que hubiera sido alguien de fuera, y porque la alternativa era peor.

Yo, mientras cortaba papel, pensé lo que llevaba pensando desde el sábado a las cinco de la tarde: que una llave de latón antigua no la trae nadie de Madrid en el bolsillo.

Pura lo remató con una frase que soltó de pasada, sin darle importancia ninguna, mientras cogía el cambio:

—Y encima con la furgoneta esa dando vueltas por el polígono a las tantas.

—¿Qué furgoneta? —dije.

—La blanca. La del sábado de madrugada, que la vi yo desde mi ventana.

—Pura, todas las furgonetas son blancas —dijo Loli.

—Pues por eso.

Y se fue por otro lado, y no volvió a esa furgoneta en toda la mañana, y yo tampoco.

Don Aurelio, ya autorizado, entró por donde entra él, que es por 1953.

—Esa casa es de la obra del cincuenta y tres. Y el ayuntamiento le pintó la puerta en el ochenta y seis.

—¿Qué más da la puerta?

—Da, porque las pintó todas de azul aquel año. Las del camino de las Jaras, las de la era y las tres de la fuente. Azul de barco, que fue el que sobró del depósito del agua. Y desde el ochenta y seis nadie las ha vuelto a pintar.

—Aurelio, que ha muerto un hombre.

—Ya lo sé. Digo que la puerta está sin pintar desde el ochenta y seis y que se conoce.

Su teoría era que había entrado alguien a dormir y que se llevó el susto. Su teoría era mala. La fecha era exacta.

Encarna y Loli fueron las terceras y las que me hicieron daño.

—Pues el viernes, cuando volvíamos de la verbena, en tu tienda había luz.

Levanté la cabeza.

—Estábamos recogiendo.

—A las doce y cuarto no estabais recogiendo. Estaba tu madre en el mostrador y había alguien más.

—A las doce y media —dijo Loli.

—Y cuarto.

—Y media, Encarna, que pasamos por el bar después y todavía estaba abierto.

—El bar cerró a la una y diez.

—El bar cerró cuando cerró.

Se pelearon cuatro minutos por quince minutos y en el minuto tres ya se había perdido el contenido, que es lo que pasa siempre con ellas y por lo que nadie las toma en serio nunca.

A mí no se me perdió.

A las doce menos cuarto de esa noche yo había visto a mi madre agachada delante de la caja de caudales con alguien esperándola en la puerta del callejón.

Ahora dos vecinas estaban contando, delante de nueve personas, que a esa hora había luz en mi tienda y dos figuras en el mostrador, y discutían por los quince minutos en vez de por lo otro.

No dije que estaban en lo cierto. Tampoco dije que se equivocaban.

Serví dos barras y media docena de rosquillas.

Sabas cerró la mañana como cierra él, con estructura.

—Primero. En el polígono hay ocho naves de alquiler en la parte de atrás y seis están vacías. Segundo. A las vacías les sigue llegando paquetería.

—¿A las vacías?

—A las vacías. Sobres grandes, de los de documentación. Y no a nombre de personas: a nombre de sociedades. Yo he repartido treinta y siete años y sé lo que pesa un sobre de escrituras.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Todo tiene que ver, Encarna. Lo que pasa es que hay que ordenarlo.

Su conclusión, que dijo a continuación y que incluía gasoil, era una tontería. Lo de los sobres no.

La última fue Chelo Bermejo, que entró a las siete y treinta y cinco, dijo que se le iba el coche de línea y se quedó hasta las ocho menos diez.

—En la residencia dicen que le metieron algo en la caja de la feria.

Y ahí sí se hizo el silencio de verdad, y era un silencio dirigido a mí, porque las cajas de la feria las hago yo.

—¿Quién dice eso?

—La gente. —Chelo se colocó el bolso—. Pero vamos, que yo lo he oído y ya está. Y también dicen que ese hombre no se fue a su casa. Que estuvo en la gestoría con la luz encendida hasta las diez y media, y eso lo dice la del segundo de la plaza, que lo ve desde la cocina.

Se fue a las ocho menos diez y a las nueve lo sabía la residencia de Sigüenza.

A las ocho y media entró una pareja de fuera, de los de la senda, y preguntaron qué había pasado porque habían visto el coche de la Guardia Civil el sábado.

—Ha muerto un vecino —dijo mi madre.

—Vaya. ¿Mayor?

—Sesenta y dos.

—Uf.

Compraron pan y se fueron, y en cuanto la puerta se cerró, Encarna dijo que a ver si iba a resultar que los de la senda, y don Aurelio le dijo que los de la senda llegaron el jueves por la tarde y se fueron el sábado a las nueve de la mañana, cosa que sabía porque duermen en el albergue municipal y él tiene la llave del albergue municipal desde 2019.

Nadie le hizo caso a eso tampoco.

A las nueve y veinte llamó Herminia Yagüe. Tenía el bautizo de su bisnieta el sábado siguiente y había encargado ciento cuarenta piezas en julio.

—Es que mi hija dice que no está el pueblo para dulces.

—Herminia.

—Que no es por ti, hija.

—Ya sé que no es por mí.

—Que ya te lo pagaré igual.

—No me lo va a pagar usted igual.

Ciento cuarenta piezas son doscientos ochenta y seis euros y son también tres tandas de un miércoles.

Lo apunté en la hoja de encargos con una raya y la palabra ANULADO, y esa fue la primera.

Esa mañana canceló una. En los seis días siguientes cancelaron cuatro más, y ninguna de las cinco lo hizo por desconfianza.

Lo hicieron porque en este pueblo, cuando pasa algo, se retira el azúcar.

Es una manera de guardar luto que nadie ha decidido nunca y que a mí me costó, entre el domingo y el viernes, seiscientos y pico euros.

Belén vino a las once, sin uniforme, con Nogueira.

—Venimos a ver el libro.

—Está donde estaba.

El libro de préstamos de La Colmena es un cuaderno de cuentas de tapa dura, de los de rayas y columnas, y va por el cuarto tomo.

El primero lo empezó mi padre en 1994. Cada renglón lleva fecha, número de llave, quién se la lleva, a qué hora la trae y una firma que casi nunca es una firma sino una inicial hecha con el boli del mostrador.

No es un documento. Es una libreta que dos mujeres rellenan de pie mientras despachan.

Lo miraron en el mostrador, de pie, sin llevárselo. Nogueira fotografió las páginas de los dos últimos años con el móvil, apoyando una regla de plástico en el canto para que salieran rectas, y tardó veinte minutos. Belén iba pasando y anotando en una libreta cosas que yo no vi.

—¿Esto está siempre aquí? —dijo Nogueira.

—Siempre.

—¿A la vista?

—A la vista de quien esté detrás del mostrador. Delante no se ve.

—¿Y quién está detrás del mostrador?

—Mi madre, yo y la mujer que limpia.

Belén levantó la cabeza medio segundo cuando dije eso, y volvió al libro.

—¿Y a la caja quién llega?

—A la caja llega quien esté detrás del mostrador. Está a la altura de la rodilla, en el hueco de la chimenea.

—¿Con llave?

—Sin llave. La cerradura se rompió en el noventa y siete.

Nogueira lo apuntó y después preguntó, sin ninguna intención, si la puerta trasera se cerraba por dentro. Le dije que sí. Me preguntó cuántas llaves había de esa puerta.

—Cinco.

—¿Cinco?

Se las dije. Las cinco, con nombre y apellido, igual que se las había dicho mi madre a Leandro Mena el jueves por la mañana con toda la cola delante.

Belén no anotó nada. Nogueira sí.

Cuando terminaron, las acompañé a la puerta y les dije lo de los sobres del polígono. Se lo dije en la calle, en tres frases, atribuyéndoselo a quien correspondía.

—¿Sabas Mansilla? —dijo Belén.

—Sabas Mansilla.

—El de las conspiraciones.

—El de las rutas.

Belén se quedó un segundo con la mano en la puerta del coche.

—Vale.

Y lo apuntó.