Miel y sospecha (La Colmena 1) 8. Los de Guadalajara
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8. Los de Guadalajara

Los de Guadalajara

Llegaron a la una y veinte en dos coches sin rotular y aparcaron en la plaza del Ayuntamiento, delante de la gestoría, en la zona de carga y descarga, que es el único sitio de este pueblo donde no aparca nadie por respeto a una norma que no cumple ningún otro coche.

Para las dos de la tarde, en la plaza corría el nombre correcto y cinco versiones de las circunstancias, todas distintas y todas falsas.

Una decía que se había caído por la escalera.

Otra decía que llevaba muerto desde el jueves, cosa que era imposible porque yo le había servido a las ocho y cuarenta y cuatro.

La feria no se suspendió. Se suspendió la actuación de la noche y se mantuvo el resto. Decisión de Maribel, comunicada por bando, y defendida con una frase que me pareció más honrada de lo que ella creía:

—Yo entiendo que el contexto es poco favorable. Pero hay treinta puestos que han pagado el género, y a esa gente no la puedo mandar a su casa con la furgoneta llena. —Se colocó el bolso—. Y este pueblo también necesita un mensaje de normalidad.

Entre las dos y las cuatro vendí ciento noventa euros y me enteré de todo lo que este pueblo es capaz de fabricar en dos horas.

Que estaba tramitando la venta de la casa.

Que había ido a mirar unas goteras. Que se había citado allí con una mujer.

Que se había citado allí con un hombre. Que llevaba un año pidiendo dinero.

Que le habían visto en Sigüenza el jueves discutiendo en un banco, cosa que resultó ser verdad y ser una discusión sobre una comisión de mantenimiento.

Ninguna de las versiones incluía a nadie de aquí. Eso también es una manera de decir algo.

Mi madre no salió del obrador en esas dos horas más que para reponer.

Fregó las dos placas del horno viejo, que se friegan en octubre.

Sacó el aceite de la freidora, que no usamos desde julio.

Cuando alguien le preguntaba desde el mostrador, contestaba desde dentro, sin asomarse, con una frase de tres palabras.

A las tres y media me dijo, sin venir a cuento y sin mirarme:

—Ese hombre tenía una hija sola.

—Ya.

—Que no digo nada. Digo que tenía una hija sola.

A las cuatro y veinte vino Belén con otro hombre.

Cerré el mostrador. Es lo primero que he hecho en veintiún años cada vez que ha habido que hacer algo que no fuera vender: cerrar el mostrador. Un sábado de feria a las cuatro y veinte de la tarde eso son, contando por lo bajo, cuatrocientos euros.

—Sargento primero Cascante, del equipo de Guadalajara —dijo Belén—. La sargento Montero soy yo, a quien ya conocen.

Lo dijo así, por su graduación y en tercera persona, delante de mí, que la conozco desde los seis años y que he dormido en su casa. Ahí entendí dónde estaba puesta cada una y me pareció bien, aunque no me gustara.

Cascante tendría unos cincuenta años, chaqueta ligera de las de andar todo el día, una libreta de espiral de cuadros y un bolígrafo que no era de propaganda.

No sacó ningún aparato ni pidió permiso para grabar.

Se sentó en el taburete que hay junto a la vitrina, que es el de mi madre, y no se disculpó por sentarse, cosa que le agradecí.

Detrás venía una agente joven, Nogueira, que se quedó de pie con una carpeta y que en algún momento de la tarde se comió una pasta de té que le puso mi madre delante sin preguntar.

—Cuénteme el viernes desde que se levantó —dijo.

—¿Entero?

—Entero.

Se lo conté entero y me llevó cincuenta minutos.

Las tres y cuarto de la mañana. Los trescientos sesenta.

Las doce cajas y lo que llevaba cada una.

El precinto engomado y por qué se rompe.

El traslado en el carro del conserje. La colocación en la mesa presidencial y el orden de las tarjetitas.

La fotografía de conjunto. El corte de luz de la vitrina a las siete y veinte y los siete minutos que pasé delante del portal del número once.

Las tres líneas de la tira de papel y la única que leí.

Las manos de Leandro. Las palabras exactas de lo que me preguntó y las palabras exactas de lo que le contesté.

No me interrumpió una sola vez.

Es una manera de trabajar que yo no había visto nunca. Escribía a mano, despacio, con las mayúsculas separadas, y cuando yo iba demasiado deprisa dejaba de escribir y esperaba con el bolígrafo levantado, que es una forma de pedirte que repitas sin pedírtelo y que funciona mucho mejor que pedirlo.

Solo levantó la cabeza dos veces. La primera, cuando dije lo de la llave.

—¿De latón?

—De latón o de bronce. De paletón, de las antiguas. A catorce metros no le puedo afinar más.

—¿Y por qué está usted segura de que estaba debajo?

—Porque debajo del cartón redondo no va nada. Va aire. Esa caja la cerré yo a las ocho y cuarenta de la mañana y le puse el precinto yo.

Lo escribió más despacio que lo demás.

La segunda vez fue con los números.

—Veintitrés quince.

—Sí.

—¿Podría ser las once y quince de la mañana escrito de otra manera?

—Ponía dos y tres, dos puntos, uno y cinco.

—¿Cinco o seis?

Cerré los ojos, que es una cosa ridícula que hace la gente y que resulta que sirve.

—Cinco.

Cuando terminé, Cascante cerró la libreta con el dedo dentro.

—Entre los efectos que hemos identificado no hay ninguna llave que no sea la de su casa, la de su coche y la de la gestoría —dijo—. Ni de latón, ni de bronce, ni de paletón.

—Ya.

—¿Se le ocurre dónde puede estar?

—No.

—¿Y de dónde puede haber salido una llave así en este pueblo?

Nos miramos los dos. Él sabía perfectamente lo que había a metro y medio de su codo izquierdo, empotrado en el hueco de la antigua chimenea, porque llevaba veinte minutos con la espalda apoyada en la esquina del mostrador y esa portezuela de hierro no la disimula ni una cortina.

—De ahí —dije.

—¿Cuántas hay ahí?

—Dieciocho.

—¿Y de esas dieciocho, cuántas son de latón antiguo?

—Cuatro o cinco. Las de las casas de antes de la guerra.

Lo apuntó. Después llamó a mi madre y a mí me pidió, muy educadamente, que me quedara donde estaba, cosa que hizo dos veces y las dos veces con la misma fórmula, de modo que la segunda no fue una petición.

Mi madre se sentó en su taburete, que Cascante le dejó libre, con las manos en el regazo y la espalda recta, y contestó a todo con la misma seguridad con la que despacha media docena de huevos.

Que la caja se abre por la mañana y por la tarde.

Que se apunta todo en el libro. Que el libro está en esa balda y que lo pueden mirar cuando quieran, ahora mismo si les parece.

Que la llave de Casa de las Jaras es la ocho, que la sacó ella esa misma mañana para dársela a la sargento Montero y que antes de eso llevaba en su gancho desde 2018 sin moverse.

—¿Salió alguna otra llave el viernes?

—Ninguna.

—¿En todo el día?

—En todo el día. El viernes tuvimos feria, hijo. No dio tiempo ni a comer.

—¿Y por la noche?

—Por la noche estuvimos recogiendo hasta las doce.

Nogueira apuntaba. Cascante dejó pasar el asunto, se fue a los horarios de la caseta, estuvo diez minutos preguntando quién había estado cerca de la mesa presidencial y a qué hora, y cuando ya parecía que aquello se acababa volvió atrás sin ningún énfasis.

—Doña Amparo. ¿En algún momento del viernes, aunque fuera un rato corto, aunque fuera a alguien de confianza, salió de esa caja alguna llave?

—Ninguna. Se lo digo yo, que las guardo yo.

Yo estaba de pie, detrás del mostrador, con las dos manos apoyadas en el mármol.

La noche anterior, a las once menos cinco, mi madre estaba en cuclillas delante de esa misma caja, en bata, con el brazo metido hasta el codo, y había alguien esperándola en la puerta del callejón.

Lo vi de paso, cruzando con dos bandejas apiladas.

No vi qué cogía. No vi de qué gancho. No vi si se lo daba a nadie ni si volvía a colgar algo.

Me limpié las manos en el delantal.

Y no dije nada.

No lo decidí, y eso es lo que más me cuesta contar.

No hubo un momento en el que yo pusiera una cosa en un plato y otra en el otro.

Hubo cuatro segundos en los que se podía hablar, y cuando se acabaron ya no eran cuatro segundos: era media hora, y luego fue el domingo, y a partir del domingo callarse ya no era callarse, era otra cosa con otro nombre.

Lo que sí pensé, y lo pensé deprisa y mal, fue esto: mi madre no miente. Mi madre exagera, adorna, omite y cambia de tema con comida. Pero no dice una cosa por otra delante de un guardia civil con una libreta abierta.

De manera que si lo estaba diciendo, era que había algo que yo no sabía.

Y si había algo que yo no sabía, no iba a ser yo quien lo pusiera encima de este mármol delante de dos personas de Guadalajara y de una cola de dieciséis vecinos al otro lado de la puerta.

Eso es lo que me dije. Tardé quince días en entender que no me lo había dicho por mi madre.

Cascante cerró la libreta del todo a las cinco y diez.

Nogueira me tendió la carpeta con una hoja escrita a mano para que la leyera y la firmara.

La leí entera, con la letra de las mayúsculas separadas, y estaba todo lo mío bien: la caja, el precinto, la llave, las tres líneas, el veintitrés quince, la pregunta y mi respuesta.

Y al final había una frase que yo no recordaba haber dicho y que, hasta que no la vi escrita, no supe lo que pesaba.

Manifiesta que el viernes 4 no salió ninguna llave de la caja.

—Eso no lo he dicho yo. Eso lo ha dicho mi madre.

Nogueira miró a Cascante. Cascante no se movió del taburete.

—Lo ha dicho usted hace media hora —dijo, sin ninguna dureza—. Cuando le pregunté de dónde podía haber salido una llave antigua en este pueblo y usted me contestó que de esa caja, y le pregunté cuántas había, y me dijo dieciocho.

—Le dije de dónde podía salir. No le dije que no hubiera salido.

—Entonces está mal escrito y lo corregimos. —Levantó dos dedos hacia Nogueira—. Póngalo como lo ha dicho ella.

Nogueira tachó con una línea, escribió al lado y me lo devolvió.

Manifiesta que la caja institucional entregada a la víctima fue cerrada y precintada por ella el viernes a las 8:40, y que no puede afirmar nada sobre el origen de la llave hallada en su interior.

Firmé eso.

Es verdad, y no es toda la verdad, y las dos cosas caben en la misma línea de una hoja cuadriculada. Eso lo aprendí ese sábado a las cinco y cuarto de la tarde y no se me ha olvidado.

Cuando ya se iban, Cascante se paró delante del escaparate y estuvo mirando la tabla estrecha, que seguía vacía con las seis marcas de azúcar.

—¿Esto qué es?

—Ahí van macarons.

—¿Y hoy no hay?

—Hoy no hay nada. Ayer se vendió todo.

—¿Todo?

—Por primera vez.

Asintió, como había asentido Leandro, y salió a la calle.

Belén fue la última y se quedó un segundo de más con la mano en el pomo.

—Mañana pasaré a por el libro de préstamos. Lo van a querer ver entero.

—Está ahí.

—Ya sé que está ahí. —Y después, sin cambiar el tono pero sin la graduación por delante—: Inés. Si en algún momento se te ocurre algo, me lo dices a mí antes que a ellos. No por ellos. Por ti.

—Vale.

—Vale no. Dime que sí.

—Sí.

Se fue.

Levanté el cierre a las cinco y treinta y cinco porque en la calle todavía había gente y porque necesitaba tener las manos ocupadas.

Entraron once personas en cuarenta minutos.

Ninguna de las once compró nada que no pudiera haber comprado en cualquier otro sitio.

La segunda fue Pura Higueras, que quería saber si era verdad que le habían metido una llave en la caja.

La séptima fue una señora a la que no conozco de nada y que preguntó, señalando con la barbilla hacia el fondo del mostrador, si nosotras teníamos también la llave de esa casa.

Mi madre le dijo que no.

Y no era mentira, porque a esas horas la ocho la tenían ellos.

A las seis y media llamó Maribel.

—Inés, cariño. Tres cosas y te dejo. Una: mañana la feria abre a las once y no a las diez, por respeto. Dos: la actuación se pasa al domingo que viene si el ayuntamiento consigue al grupo. Y tres, y esto te lo digo a ti porque eres la única que me va a entender.

—Dime.

—El fotógrafo me ha preguntado si quiero que borre las de anoche.

Me quedé con el trapo en la mano.

—¿Y qué le has dicho?

—Que no borre nada. Faltaría más. —Bajó la voz—. Que las guarde y que no las suba a ningún sitio hasta que yo le diga. Que aquí hay una familia.

En eso Maribel Rojas tuvo, esa tarde, más criterio que todos nosotros juntos, y no por delicadeza. Fue por imagen. Pero salió bien igual.

A las siete cerré, bajé el cierre a medias y conté la caja. Cuatrocientos ochenta euros menos que un sábado de feria normal, y eso contando que a las diez y media se me había acabado el pan.

Mi madre estaba en el obrador fregando bandejas que ya estaban fregadas.

—Mamá.

—¿Qué.

Tenía las manos dentro del agua y no las sacó.

Hay una versión de esa tarde en la que yo cruzo el obrador, le quito el estropajo, cierro el grifo y le pregunto qué hacía a las doce menos cuarto de la noche delante de la caja.

Doce pasos. Le habría llevado a ella tres segundos contestarme y a lo mejor lo habría hecho, porque estaba en cuclillas fregando placas de octubre y porque no había cenado.

Lo que hice fue quedarme en la cortina de tiras.

—Nada.

—Pues no me asustes.

No me preguntó cómo había ido. Yo no le pregunté nada.

A las siete y veinte fui a colgar la once, que llevaba desde el jueves en el bolsillo del delantal y que ya no abre ninguna puerta, y abrí la portezuela de la caja de caudales empujando con la rodilla.

El gancho número ocho estaba vacío.

Se quedó vacío catorce días.