Miel y sospecha (La Colmena 1) 7. Casa de las Jaras
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7. Casa de las Jaras

Casa de las Jaras

El sábado de feria es el día que vende y ese sábado no fue una excepción hasta las once menos diez.

Abrí a las cuatro y media con dos horas de sueño y las piernas de haber estado catorce de pie.

A las siete había cola en la acera, y no la cola de siempre, sino la otra, la de la gente de fuera, que pregunta si el pan es de masa madre y compra tres cosas pequeñas en vez de una grande.

Don Aurelio se sentó en su silla a las siete menos cinco con una tranquilidad de emperador y estuvo hora y media viendo entrar forasteros.

A las ocho y veinte se acabó la primera tanda. A las nueve puse la segunda, que no hago nunca porque el horno viejo a esa hora ya está trabajando para el mediodía, y aun así a las diez y veinte estaba vendida.

Un sábado de feria da en cuatro horas lo que un martes de febrero da en dos semanas. Eso lo sabe todo el que tiene un negocio en un pueblo de seiscientos habitantes, y por eso el año entero se organiza alrededor de tres días, y por eso nadie de aquí dice nunca que la feria le canse.

Me acuerdo de que a las nueve y media pensé, con las manos en la masa y sin ninguna solemnidad, que aquel iba a ser el mejor fin de semana de caja de mi vida y que sería el último.

Me acuerdo porque me dio pena, y porque me dio pena de una manera concreta y pequeña, que fue calcular cuánto sería y no poder decírselo a nadie.

A las diez y media ya no quedaba pan.

A las diez y cincuenta entró Belén Montero de uniforme y no se quitó las gafas de sol hasta que estuvo dentro del todo.

En esta tienda un sábado a esa hora hay dieciséis personas. Se hizo un silencio raro, de esos que no llegan a silencio, y se recolocaron todos medio paso hacia la vitrina.

—Amparo, necesito la llave de Casa de las Jaras.

Mi madre la descolgó del gancho y se la puso en la mano sin preguntar, que es lo que ha hecho toda su vida y que ese día le pareció a todo el mundo lo normal.

—¿Ha pasado algo?

—Que no encontramos a Leandro Mena.

—Ay.

Belén se guardó la llave en el bolsillo del pecho.

—Inés, esa cerradura, ¿da guerra?

—Da.

—¿Cuánta?

—Toda.

Miró a mi madre, miró la cola y me miró a mí.

—Vente y me lo explicas desde fuera. No entras.

—Tengo la tienda.

—Ya lo sé.

Mi madre se estaba desatando el delantal antes de que yo contestara. Lo hace cuando quiere que me vaya y no quiere pedírmelo.

Casa de las Jaras está a un kilómetro ochocientos por el camino del polígono. Fuimos en el Nissan del puesto, con Belén conduciendo y un guardia joven detrás que no dijo nada en todo el trayecto y que se llamaba Tejedor.

Anselmo Naharro se murió en 2018 y no tuvo hijos.

La casa lleva ocho años cerrada, con las contraventanas de abajo clavadas por dentro, y la llave sigue en el gancho ocho porque su hermana Obdulia, que tiene ochenta y nueve años y la diecisiete, dijo en su momento que la dejáramos donde estaba por si acaso.

Nadie le ha preguntado nunca por si acaso qué.

Cuando llegamos había un coche del puesto en el ensanche del camino, el coche de Leandro con el morro hacia el pueblo, y Clara Mena apoyada en un Ibiza gris con las manos metidas en las mangas del jersey aunque hacía veintidós grados.

Me quedé en la cancela, que es donde me dijeron. La cancela está a seis metros de la casa y la puerta está en alto, sobre dos escalones de piedra, así que desde ahí se ve la cerradura perfectamente y no se ve nada más.

Clara se acercó a la cancela mientras Belén subía los escalones.

Había quedado con su padre a las nueve en la gestoría.

Le había costado cinco semanas conseguir esa cita.

A las nueve y cuarto llamó al telefonillo, a las nueve y media al móvil y le saltó el buzón, y a las diez menos cuarto fue a la casa y vio que el coche no estaba.

Entonces hizo lo que llevaba semanas preparándose para no tener que hacer nunca: sacó del bolso una hoja doblada con una lista de fincas, copiada del despacho de su padre, y se puso a recorrerlas en el orden en que estaban escritas.

—¿Y por qué esa lista? —dije.

Me miró un segundo de más antes de contestar, calculando.

—Porque a las fincas sí va.

La primera de la lista era la casa de los Verdejo, en la calle del Horno. La segunda, una era con nave en el camino de Villaseca. La tercera era esta.

—A las diez y cinco vi el coche —dijo—. A las diez y doce llamé.

—¿Y la casa de los Verdejo?

—Cerrada. ¿Por qué?

—Por nada.

Belén metió la ocho en la cerradura. La giró. No pasó nada. La sacó, la volvió a meter, la giró con más fuerza y tampoco.

—Inés.

—No la fuerces, que la partes.

—Dime.

—Es de gorja y está vencida. Tienes que levantar la llave mientras giras. No mucho, como dos milímetros, hacia arriba, con la muñeca, y sin dejar de girar en ningún momento. Si haces una cosa y luego la otra, no entra.

—¿Las dos a la vez.

—Las dos a la vez.

Lo intentó y no le salió. Lo intentó otra vez y le salió a medias, con el bombín parado a mitad de recorrido, y tuvo que sacar la llave y empezar de cero. Tejedor le dijo algo por lo bajo y ella le dijo que no.

A la cuarta abrió.

Y ahí, desde seis metros, con las dos manos en la cancela, empezó a molestarme una cosa que en ese rato no supe decir bien y que después no se me ha ido.

Esa puerta estaba cerrada con llave.

No entornada, ni encajada, ni cerrada de un portazo.

Echada. Con el pestillo de gorja metido en su hueco, que es una operación que solo se puede hacer desde fuera, con la llave puesta, y que exige un gesto que a una sargento de la Guardia Civil de cuarenta y cuatro años, con la llave correcta en la mano y una explicación al lado, le acababa de costar cuatro intentos.

Entraron ellos. Yo no.

Desde la cancela, por el hueco de la puerta abierta, se ve la sala baja entera porque no hay tabique.

Una mesa de pino larga, dos sillas, un aparador y la ventana clavada.

Vi el suelo, que es de baldosa hidráulica y tenía polvo de ocho años.

Vi las piernas de un hombre y un zapato, y el zapato estaba en una postura que no es una postura.

No me acerqué. Belén se giró en el umbral y me hizo un gesto con la mano abierta, hacia abajo, y yo di dos pasos atrás sin que hiciera falta que me lo dijera.

Encima de la mesa de pino había una balanza de miel de dos platos, de las antiguas, de latón, de las que en La Colmena también tenemos una y con la que ya no pesamos nada. Al lado, en su tabla, el juego de pesas.

Hay un hueco en el fieltro para cada una, con la forma marcada y el número grabado al lado del hueco.

Había un hueco vacío.

Eso lo vi porque esa fila la conozco. Cuando tienes en tu obrador un juego de seis pesas numeradas y llevas veintiún años sin usarlo, sigues sabiendo cuántas hay, igual que sabes cuántos escalones tiene tu escalera.

No dije nada de eso. No era mío decirlo y además, desde seis metros, con el sol de las once y media dándome en la nuca, lo único que yo sabía de verdad es que en una casa que llevaba ocho años cerrada había un hombre en el suelo y una puerta que alguien se había tomado la molestia de cerrar bien.

Estuve en la cancela cuarenta minutos.

Los cuarenta minutos de una cancela son largos de una manera que no había conocido hasta ese día.

No pasa nada y pasa todo el rato algo: Tejedor salió a por un rollo de cinta y volvió a entrar.

Llegó otro coche del puesto y bajaron dos guardias que no me miraron.

Belén salió al escalón, habló por el móvil dando la espalda a la casa, entró otra vez.

Alguien puso la cinta entre la cancela y el muro, a la altura de mi cintura, y me pidió por favor que me apartara dos metros, y me aparté dos metros, y desde dos metros más atrás ya no se veía la puerta.

Clara se sentó dentro de su coche con la puerta abierta y los pies fuera.

—¿Quiere agua? —le dije.

—No.

—Hay una botella en...

—Que no. Gracias.

A los diez minutos me llamó ella desde el coche.

—¿Usted sabe si esta casa la estaba vendiendo alguien?

—Esta casa no la vende nadie. El dueño se murió en 2018 y la hermana tiene ochenta y nueve años.

—Ya.

Apuntó algo en el móvil. Yo no le pregunté qué.

Belén salió a los tres minutos de esa última entrada, se apartó a hablar por radio junto al muro y volvió con la cara de quien acaba de repetir dos veces una dirección.

—Inés, vuélvete andando. Tarda lo que quieras y no hables con nadie por el camino.

—Belén.

—Andando, o te llevo yo a las dos y media.

—¿Se ha caído?

Belén miró hacia la puerta y luego a mí, y tardó lo justo.

—Vete.

Volví andando. Kilómetro ochocientos con el sol de mediodía, por un camino donde no me crucé con nadie porque a esa hora el pueblo entero estaba en la plaza comprando queso. Pasaron por delante de mí dos coches en dirección contraria y ninguno de los dos era del pueblo.

Clara Mena me alcanzó a los cuatrocientos metros, bajó la ventanilla y no apagó el motor.

—¿Usted es la de la pastelería?

—Sí.

—Mi padre estuvo anoche en su caseta.

—Estuvo.

Tenía las dos manos en el volante, arriba, agarrando.

—¿Le dijo algo?

—Me preguntó una cosa de trabajo.

—¿Qué cosa.

—Una cosa de llaves.

Se quedó mirando el camino por delante del capó un rato largo.

—Yo llevaba cinco semanas detrás de él para que firmara un papel —dijo—. Cinco semanas, y él me daba largas por WhatsApp con emoticonos. Y ahora la gente va a venir a decirme que lo quería mucho.

Metió primera y se fue hacia el pueblo levantando polvo del camino.

Entré en el pueblo por el Arrabal, que es por donde entra el camino, y a la altura de la fuente ya no hacía falta que nadie me contara nada, porque en la puerta del bar había once personas de pie y ninguna con un vaso en la mano.

Nadie me preguntó. Es lo que más me sorprendió entonces y lo que menos me sorprende ahora. Todo el mundo sabía que yo venía de allí y todo el mundo me dejó pasar, y a las dos de la tarde ya me habían preguntado nueve veces.

Llegué a La Colmena a las doce y cuarto.

Había cola hasta la puerta. Mi madre estaba sola, se habían acabado las rosquillas a las once y media, y en el escaparate había un cartel escrito por ella en una bolsa de papel abierta que decía NO HAY PAN, con las letras cada vez más pequeñas al final porque no había calculado el espacio.

Me puse el delantal y estuve dos horas sin pensar en nada, que es lo que sé hacer.