6. El macaron
El macaron
El pregón fue a las ocho y duró once minutos, que para Maribel es una contención heroica.
Habló del kilómetro cero, del relevo generacional y de la senda de los apicultores, que sigue sin desbrozar.
Dijo dos veces la palabra territorio. Aplaudieron.
Don Aurelio, desde la tercera fila, dijo en voz media que territorio no es un adjetivo, sin que nadie lo hubiera usado como adjetivo.
Había en la plaza más gente de la que cabe en la plaza. Eso lo digo con los números de la caja registradora, no de memoria: el viernes por la noche pasaron por mi caseta trescientas cuarenta y una operaciones en cinco horas.
Estaba el pueblo entero y los hijos del pueblo entero, que vienen de Madrid, de Guadalajara y de Zaragoza, y que aparcan mal y saludan a todo el mundo por el nombre de su madre.
Estaban los de las casas rurales de Villaseca.
Estaban cuatro autobuses de mayores de la comarca que había organizado la Mancomunidad y que se fueron a las nueve y media, en bloque, dejando la plaza de golpe diez años más joven.
Estaba don Fabián Recuero, con la camisa buena, sentado en una silla de la caseta de la asociación desde las siete de la tarde, porque Marta le había mandado a alguien a buscarlo en coche.
Eso lo hace ella todos los años. Manda a una voluntaria a por cuatro o cinco que no bajarían solos, los sienta en la caseta con una sombrilla y una botella de agua, y allí se están la noche entera viendo pasar gente.
Ninguno de los cuatro o cinco te lo va a contar nunca, porque en este pueblo lo que se agradece no se dice.
A las ocho y treinta y cinco empezó la entrega de las cajas, que se hace por orden de aportación económica y que todo el mundo sabe que se hace por orden de aportación económica.
Ese es el motivo por el cual el orden de aportación es la información más pública y más discutida de esta comarca, y por el que hay dos familias que llevan desde 2019 sin dirigirse la palabra.
Yo estaba en mi caseta, a catorce metros de la tarima, despachando.
La vitrina había vuelto a coger frío en cuarenta minutos y no perdí una pieza.
Mi madre cobraba y yo servía, que es como lo hacemos cuando hay cola de verdad, y desde donde yo estaba se veía la mesa entera por encima de las cabezas porque la tarima está en alto.
Fueron subiendo por orden. El de la caja de ahorros dio las gracias por el micrófono.
El de la cooperativa las dio sin micrófono.
La chica de la constructora de Guadalajara subió con unos zapatos que no eran para adoquín.
Marta subió a por la de la asociación, que no había pagado nada, dio dos pasos, cogió la caja, dijo «muchas gracias a todos» y se bajó por el lado, y fue el aplauso más largo de la noche, con diferencia, y el único en el que aplaudió gente que estaba comprando en otro sitio.
Leandro Mena recogió la suya a las ocho y cuarenta y uno.
Le dieron el aplauso corto que se le da a todo el mundo.
Se volvió a sentar en la primera fila de sillas, con la caja encima de las rodillas, y la abrió allí mismo, que es lo que hace la gente porque en el fondo todos quieren ver qué les ha tocado y porque nadie se lleva una caja a casa sin mirarla.
Rompió el precinto con el pulgar. Levantó la tapa. Cogió el macarón grande del centro por los bordes, con dos dedos, que es como se coge, y levantó el brazo para enseñárselo al que tenía al lado.
No llegó a enseñárselo.
Se quedó con el brazo a media altura. Bajó la mano y dejó la pieza encima del mantel de la silla contigua, no dentro de la caja, que era su sitio. Con la otra mano cogió lo que había debajo del cartón redondo y cerró el puño.
Yo estaba sirviendo dos bolsas de rosquillas.
Vi el brillo, que era amarillo y no rosa, y vi que era una llave por la silueta, porque una llave antigua se reconoce a catorce metros y en cualquier luz.
Y vi que con la llave había venido un papel: una tira estrecha, doblada por la mitad, que se le quedó fuera del puño y que abrió con el pulgar contra el muslo.
Tres líneas, escritas a mano, en mayúsculas.
Desde donde yo estaba solo se leía una: la de en medio. Los números se leen antes que las letras y los dos puntos del centro te dan la forma entera de golpe.
23:15.
Las otras dos eran palabras, y a catorce metros una palabra en mayúsculas es una mancha con el borde recto.
Volvió a cerrar el puño. Puso la mano libre plana sobre la tapa, con los cinco dedos abiertos, y se quedó así seis o siete segundos mirando al escenario, donde no había nadie porque la charanga entraba a las nueve y media.
Después se levantó. Se sentó otra vez. Se volvió a levantar, y esta vez recogió la caja del suelo, encajó la tapa con el precinto ya partido y bajó de la tarima por el lado de la fuente, que es el lado por el que no baja nadie porque hay un desnivel.
—Dos de rosquillas y un cuarto de pastas —me dijo alguien.
—Marchando.
Vino directo a mi caseta. Lo vi venir por el hueco que hay entre la vitrina y el poste del toldo, esquivando gente, con la caja bajo el brazo izquierdo y la mano derecha todavía cerrada.
—Inés.
—Leandro.
Se paró al otro lado del mostrador. No dijo buenas noches, no miró la vitrina y no soltó la caja.
—¿Cuántas copias conserva todavía tu madre?
Mi madre estaba a metro y medio, cobrando, de espaldas, con el cajón abierto.
—¿Copias de qué?
—De las llaves.
—Ninguna. Hay una de cada. Es lo que hay.
Asintió una vez, como quien apunta un dato en una libreta que no lleva encima, y se fue por el callejón del Arrabal, que no es el camino de su casa pero sí es el más corto y el más oscuro hasta la plaza del Ayuntamiento.
Eran las ocho y cuarenta y cuatro.
Lo que hice yo a las ocho y cuarenta y cinco fue servir dos de rosquillas y un cuarto de pastas, y a las ocho y cuarenta y seis atender a una señora que quería saber si el bizcocho llevaba nueces.
A las nueve menos veinte me sacó Maribel para la fotografía de los patrocinadores, en la que sí salía yo, y en la que me colocó en la segunda fila por altura entre el gerente de la cooperativa y una señora de la Diputación.
Estuvimos de pie cuatro minutos porque a Quique le salía movida y porque el de la constructora se había ido a fumar.
—Que venga.
—Es que se ha ido.
—Pues que venga, que ha pagado.
En esa fotografía aparecemos veintiuna personas. En el borde derecho, cortada por la mitad, se ve la mesa presidencial vacía con el mantel de la Diputación.
Volví a la caseta y me encontré a mi madre con las dos manos en el mostrador y la cara colorada.
—Ha venido un señor a preguntarme si esto es fábrica.
—¿Fábrica?
—Si somos fábrica o somos artesanos. Le he dicho que somos una panadería.
—¿Y?
—Que ha dicho «ah, entonces industrial», y se ha llevado dos rosquillas.
En veintiún años no la he visto nunca ofenderse por nada que le digan a ella. Se ofende exclusivamente por lo que le dicen a la tienda.
Belén pasó dos veces por la plaza esa noche, de servicio, con Tejedor detrás y las manos cruzadas por delante, mirando adolescentes con la paciencia de quien lleva doce ferias haciendo lo mismo. La segunda vez se paró.
—Ponme un cuarto de pastas.
—¿De servicio?
—De cena.
Le puse un cuarto y no me lo dejó pagar, porque no me lo deja pagar nunca, y estuvimos hablando cuarenta segundos de nada.
De si iba a llover el domingo. De que su marido estaba en Sigüenza.
Es lo que nos pasa desde hace años: nos vemos, nos alegramos las dos, hablamos del tiempo y nos quedamos con la sensación de que la conversación de verdad la tuvimos en 1998 y ya no hay manera de retomarla.
—Nos vemos —dijo.
—Nos vemos.
A las nueve y media entró la charanga, y a partir de la charanga en esta plaza no se oye nada.
Vendí hasta las diez y media casi sin levantar la cabeza.
Se acabaron las pastas. Se acabó la segunda tanda de rosquillas.
Y a las diez y cuarto, por primera vez desde 2019, se acabaron los macarons: los ciento veinte de la caseta y los doce de reserva de la cámara, que fue mi madre a buscar en un táper porque una señora de Torremocha quería seis y no quedaban seis.
Se lo dije y no me creyó.
—¿Todos?
—Todos.
—¿Los rosas también?
—Los rosas los primeros.
Puso la cara que pone cuando algo bueno le parece sospechoso y siguió cobrando.
Es la única noche en veintiún años en la que este pueblo se ha comido todo lo que yo sé hacer. Lo escribo así porque así fue y porque no lo supe hasta bastante después, cuando ya no se podía celebrar.
A las diez y veinte pasó Óscar Beltrán con el caballete debajo del brazo y la pizarra borrada.
—¿Te queda algo?
—Nada.
—¿Nada nada?
—Ni una pieza.
Se quedó un momento mirando la vitrina vacía y las bandejas de papel arrugado.
—Joder.
Lo dijo sin rencor, que es lo que más me sorprendió, y siguió andando hacia el aparcamiento con el caballete. Le habría gustado más venderlo él, y también le habría gustado que se vendiera, y esas dos cosas caben en un pastelero a la vez.
A las diez y media cerramos el puesto. Con vitrina, toldo y cuatro cajas de género eso son dos viajes de carro y hora y media larga, y el primer viaje es siempre la caja y el género, que es lo que no se puede quedar en la plaza.
Gabriel me ayudó a bajar la vitrina del caballete, que pesa cuarenta kilos, porque pasaba por ahí, y estuvo diez minutos explicándome que este año las abejas habían subido tarde al monte y que eso se nota en la cristalización, cosa que ya me había explicado el jueves en el obrador, palabra por palabra.
—Gabriel.
—¿Qué.
—Que ya me lo dijiste.
—Ya. —Cogió el otro extremo—. A la de tres.
Se fue hacia el polígono a las doce menos veinte con la furgoneta y sin despedirse de nadie, cosa que en la plaza de un pueblo un viernes de feria no significa absolutamente nada, porque a esa hora se van todos así.
El primer viaje lo hicimos a las diez y media y a las once menos veinte estábamos descargando por el callejón de la Iglesia, que es lo que se tarda menos.
Mi madre entró la caja de la calderilla al obrador para hacer el arqueo.
El arqueo lo hace ella sola. Dice que si estoy yo se distrae, y lo que pasa en realidad es que hay noches en las que la caja no cuadra por debajo y no quiere que yo lo vea.
A las once menos cuarto llamaron a la puerta trasera.
Yo estaba en el pasillo con dos bandejas apiladas y no me paré.
Era Marta. Oí que decía que le habían dado un aviso.
Oí a mi madre contestarle con la voz que pone cuando alguien le pide un favor y ella ya ha dicho que sí antes de que terminen de pedírselo.
Y oí la frase con la que cierra todas las conversaciones de este tipo desde 1994:
—Anda, pasa, que se te va a enfriar la noche.
Metí las bandejas en el fregadero. Volví a por las otras dos.
Eran las once menos cinco. Al cruzar el mostrador vi a mi madre agachada delante de la caja de caudales, en el hueco de la chimenea, con la portezuela abierta y el brazo dentro.
Estaba de espaldas y a contraluz de la bombilla del pasillo, y lo que se veía era una mujer de sesenta y nueve años en bata, en cuclillas, con el brazo metido en una caja fuerte de 1952.
—¿Te ayudo?
—No, hija.
Cerró empujando con la rodilla, que es como se cierra esa portezuela porque la bisagra está vencida desde antes de que yo naciera.
Marta estaba en la puerta del callejón, sin acabar de entrar, con el chaleco polar puesto y la carpeta de gomas bajo el brazo.
—Adiós, Inés.
—Adiós.
El segundo viaje lo hice yo sola con el carro y terminé pasadas las doce menos veinte.
Subí a las doce menos diez. Antes de acostarme miré el escaparate desde dentro, por la costumbre de comprobar la persiana, y la tabla estrecha de los macarons estaba vacía por primera vez en siete años, con las seis huellas de azúcar glas marcadas en la madera.
Le hice una foto. Todavía la tengo.