5. La feria
La feria
A las ocho y cuarenta de la mañana del viernes puse la duodécima.
Cada caja llevaba dieciocho piezas alrededor y, en el centro, sobre un cartón redondo, un macarón grande de miel y frambuesa, de ocho centímetros, que es el que se ve al levantar la tapa.
Doce cajas, doce grandes, doscientas dieciséis pequeñas: doscientas veintiocho piezas solo para la mesa presidencial.
De los trescientos sesenta que había hecho desde las tres y cuarto, ciento veinte iban a la vitrina de la caseta y doce se quedaban de reserva en una bandeja tapada en la cámara, porque los grandes se parten por la falda si se mueven mal y en un acto público no se puede abrir una caja y encontrarse un cráter.
—Que eres tú.
—Por eso.
A las nueve y media llegó Maribel Rojas con el fotógrafo.
El fotógrafo se llamaba Quique, era sobrino de Rufina Barriopedro, trabajaba en Sigüenza y traía una cámara de las de verdad, con dos objetivos en una bolsa acolchada y una tarjeta de memoria que le duraba el día entero.
El ayuntamiento le pagaba trescientos euros.
Maribel le pagaba, en realidad, otra cosa, que era el derecho a decidir dónde se ponía.
—Aquí no —dijo, cuando él se agachó delante de mi vitrina—. Desde ahí sale la persiana del bar, y la persiana del bar está fatal.
—Es que la luz viene de ahí.
—La luz viene de donde tú la pongas, Quique.
Se llevó dos horas colocando el pueblo. Cambió de sitio la caseta de la asociación porque tapaba el escudo del ayuntamiento y hubo que desenchufar y volver a enchufar una vitrina llena de yogures.
Consiguió que el de la cooperativa quitara de la fachada un cartel de plástico que llevaba allí desde 2011 y que, una vez quitado, dejó a la vista un rectángulo de pared limpia que era mucho peor.
Pidió a los del puesto de quesos que retirasen una silla de camping azul, y como la silla de camping azul era de don Aurelio Palomares, que se la había prestado esa mañana a la mujer de los quesos por hacerle un favor, hubo una conversación de once minutos en mitad de la plaza.
—Es una silla, Aurelio.
—Es la silla que ustedes querían pedirme por escrito.
—Nadie te ha pedido nada por escrito.
—Punto cuatro. Sillas plegables cedidas por vecinos, doce unidades.
—Eso lo escribió el secretario.
—Pues el secretario tiene mi dirección.
Maribel, que no había escrito ese punto cuatro pero cuyo nombre estaba encima del papel, hizo lo único que se podía hacer, que fue mirar a otro lado y decir que la silla se quedaba.
En la fotografía de conjunto de la Feria de la Miel de 2026, si alguien se molesta en ampliarla, se ve una silla de camping azul junto a un mostrador de quesos y, detrás, de pie, un maestro jubilado de ochenta y cuatro años con las manos cruzadas por delante.
Mi caseta estaba enfrente de la de la cooperativa y al lado de la de la asociación. Eso no lo decidió nadie por simpatía. Lo decidió que la asociación y yo somos las dos únicas que llevamos vitrina refrigerada y que en ese lado de la plaza hay dos tomas de corriente.
Enfrente, Gabriel se pasó la mañana montando el expositor de la cooperativa con dos socios más y una mesa que cojeaba.
Tienen un cartel grande con la denominación de origen, un mapa de la comarca y catorce tarros abiertos con cucharillas de plástico para catar.
Lo vi discutir dos veces con el gerente y las dos veces se fue él, no el otro.
—¿Qué pasa? —le dije, cuando vino a por cambio.
—Que hay un lote que no lo quiero en mi expositor.
—¿Y por qué está?
—Porque es de la cooperativa y yo soy la cooperativa. —Cogió las monedas—. Gracias.
Marta pasó por delante de mi caseta cuatro veces antes de comer.
Una a dejarme la hoja de turnos del fin de semana metida debajo de la balanza.
Otra a llevarse dos sillas. Otra con una caja de guantes camino de la nave del polígono, donde la asociación pone voluntarias en el turno de envasado de la cooperativa desde hace once años, cosa que hacen gratis y que nadie ha discutido nunca porque la cooperativa les cede el local para la cena de Navidad.
Y la cuarta sin nada en las manos, deprisa, gritándome desde la esquina que a las siete le hacía falta gente para la mesa presidencial.
Eso, un viernes de feria, no le llama la atención a nadie.
Marta cruza esa plaza treinta veces al día en septiembre.
Gabriel también. Loli Bachiller también, con el chaleco de voluntaria por encima de la rebeca.
Y don Amable, el conserje del ayuntamiento, que ese día se pasó nueve horas arrastrando un carro de aluminio con todo lo que a Maribel se le iba ocurriendo.
Vender en una caseta no se parece en nada a vender en un mostrador.
En el mostrador la gente entra sabiendo lo que quiere y hay un orden que se respeta solo.
En una caseta hay tres filas que no son filas, gente que pregunta el precio de todo y no compra, niños a la altura exacta del cristal, y una señora cada veinte minutos que quiere saber si esto lleva gluten mientras seis personas detrás esperan a que termine de no comprarlo.
Mi madre despachó desde las once hasta las dos y media sin sentarse. Tiene sesenta y nueve años y la tensión alta, y a las doce y media le dije que se sentara y me contestó que si me sentaba yo.
—No he dicho eso.
—Has dicho eso.
Estuvimos así toda la mañana, que es como hemos estado desde el jueves a las siete y media: no discutiendo, sino contestándonos a preguntas que no nos habíamos hecho.
A la una y cuarto vino Chelo Bermejo a por dos bandejas de pastas para la residencia, dijo que iba muy justa, y estuvo veinte minutos contándole a mi madre lo que se decía en Sigüenza sobre los alojamientos rurales, que era mucho más de lo que se decía en Valdemiel.
A las dos y media comí de pie un bocadillo de lomo que me trajo mi madre y que estaba frío. A las tres volví a poner conchas, porque la feria empieza el viernes por la tarde pero el sábado es el día que vende.
A las cinco pasó Óscar Beltrán, que tenía caseta al final, junto al escenario, con la pizarra apoyada en un caballete y la palabra artesana escrita en tiza naranja.
—Tú vas bien.
—Voy.
—Yo te lo dije lo de las cajas, y no te enfades, pero mira. —Señaló mi vitrina con la barbilla—. A las siete vas a tener que estar en dos sitios.
—Y tú no.
—Yo voy a estar en uno y voy a estar tranquilo.
Se le había acabado el hojaldre a las cuatro y veinte. Tenía la vitrina medio vacía y la cara de quien ha vendido todo lo que trajo y sabe que trajo poco.
A las seis y media llevé las doce cajas a la caseta municipal en el carro de don Amable, en dos viajes, y las coloqué yo en la mesa presidencial, que estaba puesta debajo del balcón del ayuntamiento con un mantel de la Diputación y dos jarrones de plástico con flores de tela.
Iban por orden, con la tarjetita del patrocinador delante de cada una, y la tarjetita la había escrito a mano la funcionaria de cultura con una caligrafía de las que ya no se enseñan.
—Léemelas —dijo Maribel—, que quiero comprobar el orden.
Las leí. La caja de ahorros. La denominación de origen.
La cooperativa. Una empresa de maquinaria de Sigüenza.
El grupo de acción local. Dos bodegas. Un concesionario.
La asociación de ayuda a domicilio, que no había puesto un euro y a la que Maribel había metido igual porque queda muy bien.
La gestoría Mena. Y las dos últimas, que eran las nuevas de esa tarde y por las que las cajas habían pasado de diez a doce: una constructora de Guadalajara y Raíces de Valdemiel SL.
—¿Estos son los de los apartamentos? —dije.
—Alojamiento rural de calidad —dijo Maribel, sin levantar la vista de la lista—. Y no son apartamentos, Inés, que os empeñáis. Son casas rehabilitadas.
—¿Cuántas?
—Las que salgan. —Movió una tarjetita dos centímetros—. Este pueblo tiene sesenta y una viviendas vacías. Sesenta y una. Yo lo que quiero es que en la fotografía de conjunto se vea gente.
—¿Y esos han pagado mucho? —dije, por decir algo mientras alineaba.
—Esos han pagado lo mismo que la caja de ahorros.
—Maribel bajó la voz por costumbre, no por prudencia—.
Y mira, Inés, a mí que no me vengan luego con que si el pueblo se vende.
Yo llevo cuatro años pidiendo que alguien haga algo con las casas cerradas.
Cuatro años. Y el único que me contesta los correos es una empresa.
—¿Y quién les enseña las casas?
—Pues quien las tramita, hija. Como siempre.
Lo dijo mirando la tarjetita de la gestoría Mena, que estaba dos cajas más allá, y sin ningún segundo sentido, porque en Valdemiel eso no es un secreto: es un oficio.
Quique disparó ciento y pico fotos esa tarde solo de la mesa.
Lo sé porque se lo oí decir a Maribel cuando ella le preguntó si tenía suficiente, y él contestó que había hecho ciento veinte y que ya vería en casa.
Ese día no le di ninguna importancia a esa frase.
Es la clase de dato que uno guarda sin saber que lo guarda, como quien se aprende sin querer la matrícula del coche del vecino.
Quique hizo la fotografía de conjunto a las siete menos veinte, con luz de tarde. Le llevó cuatro intentos porque Maribel quería que se vieran las doce cajas y también el escudo, y esas dos cosas no caben en el mismo encuadre a menos que uno se meta en la fuente.
—A ver, todos un paso a la derecha. Menos tú, Inés, que tú no sales.
—Yo no salgo.
—Tú sales en la de los patrocinadores, a las nueve menos veinte. Esa es la buena.
Antes de irme comprobé las doce. No por Maribel: por mí. Se comprueba mirando a ras de mesa, desde el canto, porque lo que delata una caja distinta no es el tamaño, es la altura de la tapa.
Estaban iguales.
A las siete y veinte se fue la luz de mi vitrina.
No la de la plaza. La mía. Alguien de la asociación había enchufado un termo eléctrico en la misma toma, saltó el diferencial de la línea de casetas, y yo tenía doscientas y pico piezas de merengue en una vitrina a cuatro grados con veintiséis en la calle y el sol dándole al toldo desde el oeste.
Un macarón no se estropea en veinte minutos. Se ablanda. Coge la humedad por la falda, se pone correoso y a la hora ya no se puede vender como algo que valga dos euros.
Salí de la mesa presidencial andando deprisa, con la caja de la calderilla debajo del brazo porque no se deja sola.
El cuadro estaba dentro del portal del número once, cerrado con una llave que don Amable tenía en el llavero grande y no en el pequeño, y el llavero grande estaba en la conserjería, y la conserjería estaba cerrada, y la llave de la conserjería la tenía don Amable.
Ese bucle se resolvió solo cuando alguien recordó que la puerta del portal del once se puede abrir con un empujón.
Tardaron siete minutos.
Los siete me los pasé de espaldas a la mesa presidencial, delante de un portal, oyendo a un hombre de sesenta y ocho años probar catorce llaves seguidas mientras un electricista de Sigüenza le repetía por teléfono que no tocara nada.
A los cuatro minutos me arrepentí de no haber traído la nevera portátil.
A los seis empecé a calcular a qué hora tendría que empezar a bajar los precios.
Cuando volvió la corriente y volví yo, la mesa estaba igual que la había dejado.
Doce cajas alineadas, el mantel de la Diputación estirado, los dos jarrones.
Marta arrastraba una silla desde el lateral.
Maribel discutía con Quique sobre si el escudo se veía o no se veía.
Loli Bachiller repartía programas de mano y le sobraban ciento y pico.
Don Amable venía detrás de mí con el llavero grande, humillado.
Miré la mesa a ras, desde el canto, por costumbre.
Las doce tapas estaban a la misma altura.