Miel y sospecha (La Colmena 1) 4. La inspección
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4. La inspección

La inspección

—Dos setenta —dijo alguien en mi mostrador antes de darme los buenos días.

El técnico de Raíces de Valdemiel se llamaba Aitor, tenía treinta y pocos años y un metro láser que le daba una alegría desproporcionada. Llegó a las cinco y cuarto con Leandro detrás y midió el hueco de la cola de esquina a esquina antes de saludar.

—Dos sesenta y ocho —dijo Leandro—. Perdona, Aitor. Es que estas medidas las tengo yo del noventa y uno.

Los llevé al obrador por la cortina de tiras y les enseñé lo que hay que enseñar, que es lo que se ve: la mesa de mármol, la amasadora, los dos hornos, el abatidor, la cámara, la salida de humos, el cuadro eléctrico, que está detrás de la puerta y es de 1988 con parches de 2007 y de 2019, y la puerta trasera que da al callejón de la Iglesia.

El obrador de La Colmena es un rectángulo largo y estrecho.

Desde el mostrador, con la cortina puesta, no se ve nada del fondo.

Desde el fondo no se ve quién entra por la calle: se oye la campanilla y ya está.

Y en la pared de la izquierda, encima del mármol, está la balda de mi padre, que a mí me obliga a ponerme de puntillas y a un hombre de metro ochenta le queda a la altura de la frente.

Yo seguí trabajando, porque a las cinco y cuarto de la tarde de un jueves de feria no hay ninguna versión de la realidad en la que yo pueda estar media hora de pie enseñando una cámara frigorífica.

Estaba con las conchas. Trescientas sesenta piezas son setecientas veinte conchas, y las conchas de macaron no admiten que las dejes a medias: una vez montado el merengue y hecho el macaronage, la masa tiene una ventana de unos veinte minutos en los que está en su punto, y después se cae.

Se escudilla, se golpea la bandeja contra el mármol para sacar el aire, y se deja secar hasta que puedes tocar la superficie con el dedo y no se te queda pegada.

En septiembre, con la humedad que sube del río por la tarde, eso puede tardar veinte minutos o puede tardar una hora, y no lo decide una.

Escudillé cincuenta y cuatro por bandeja mientras Aitor medía la altura libre y me preguntaba si el falso techo era registrable.

Aitor midió, fotografió el cuadro, dijo dos veces la palabra normativa y una vez la palabra amortización, y a las cinco y treinta y cinco se metió en el hueco del cuadro con la linterna del móvil y la cabeza dentro.

—¿Y el trastero de abajo entra en la finca? —dijo Aitor.

—No hay trastero —dije yo.

—En el catastro hay veintidós metros bajo rasante.

—Hay una carbonera tapiada desde los años setenta.

—Está tapiada por el lado de la escalera —dijo Leandro, sin levantar la vista de la carpeta—, pero tiene un respiradero a la calle del Horno, junto a la reja. Entra en la finca y computa. Yo lo miré cuando la partición.

Aitor lo apuntó. Yo llevaba cuarenta y tres años viviendo encima de esa carbonera y me acababa de enterar de que se ve desde la calle.

—Inés —dijo Leandro—. ¿Le importa que...?

Y sonó la campanilla, y por la cortina de tiras vi entrar a Óscar Beltrán en mi tienda a las cinco y treinta y ocho de la tarde de un jueves.

Óscar tiene treinta y nueve años, un obrador nuevo en la carretera con una pizarra en la puerta donde escribe con tiza de colores palabras como artesana , de autor y receta de la abuela , y un hojaldre mejor que el mío. Las tres cosas son ciertas y la tercera es la que duele.

Salí al mostrador.

—Óscar.

—Vengo del ayuntamiento. —No dijo hola—. ¿Tú sabías que las cajas institucionales son doce?

—Son diez.

—Son doce. Se han metido dos patrocinadores más esta tarde. Y las doce son tuyas.

—Ya.

—Yo pedí las cajas en junio, Inés. En junio. Por escrito, con presupuesto y con dos opciones de contenido.

—Yo no las he pedido. Me las han encargado.

—Ya sé que no las has pedido. —Se apoyó en la vitrina y miró dentro con la naturalidad de quien está haciendo una inspección de sanidad—. Es lo que más rabia me da. A ti te las dan porque llevas aquí desde el noventa y uno.

—Desde 1911.

—Peor. —Se separó del cristal—. En este pueblo, para que te encarguen algo, hay que llevar un siglo o morirse.

Miró la tabla de los macarons, los seis de siempre, que a las cinco y media de la tarde de un jueves ya llevaban ahí desde el martes.

—Y el molido lo sigues teniendo demasiado fino.

—Va fino.

—Va fino en Barcelona. —Se cruzó de brazos—. Aquí, con la humedad que tenemos en agosto y en septiembre, ese molido tan fino te chupa el aire de la concha por dentro. Le sube la cúpula, te queda preciosa por fuera y hueca por dentro. Yo lo dejo un punto más gordo y no se me hunde ninguna.

—A ti se te agrieta la falda.

—Prefiero una falda con carácter que una concha vacía.

—Eso es que no secas bien antes de meter.

—Eso es que tú tienes un horno de trece mil euros y yo tengo criterio.

Nos quedamos los dos un segundo, cada uno con la satisfacción del que cree haber cerrado.

—¿Y qué querías, Óscar?

—Que si te sobra el pedido, me lo pases. —Lo dijo mirando al suelo—. Yo hago las cajas y ponemos las dos etiquetas. La tuya arriba.

Era una oferta razonable, hecha por un hombre que sabe hacer cajas, y en la puerta de mi cámara había una lista con trescientas sesenta piezas para el día siguiente.

—No puedo. Es institucional. Va a nombre de La Colmena.

—Ya. —Se puso bien la chaqueta—. Pues nada. Suerte con la humedad.

Salió y en la acera se paró a mirar el escaparate desde fuera, que es lo que hace siempre, y siguió.

Óscar Beltrán no habría entrado en la escuela de Barcelona.

Lo sabe él y lo sé yo, y no lo hemos hablado nunca.

También es verdad que hace el mejor hojaldre de esta comarca, que su madre lleva año y medio en la lista de la asociación y que en junio presentó un presupuesto con dos opciones de contenido cuando yo no he presentado un presupuesto en mi vida.

Se me quedó dentro toda la tarde, esa oferta suya mirando al suelo.

Volví al obrador. El reloj del horno marcaba las cinco y cuarenta y estaba pitando la fermentación.

Leandro estaba agachado junto a la mesa de mármol, debajo de la balda de mi padre, con una mano en la rodilla y la otra apoyada en el canto de la mesa, levantándose.

—Perdone —dijo—. Estaba buscando el aseo y he entendido que era esa puerta.

Señaló la del callejón.

—El aseo es la de al lado. Esa da a la calle.

—Ya me parecía a mí, por la luz. —Se sacudió la rodilla del pantalón—. Ya no me agacho como antes.

Y se fue por el pasillo con paso de hombre de sesenta y dos años que se ha agachado a mirar una puerta.

Lo que me molestó de aquello, y me molestó lo justo para acordarme, fue el suelo.

Óscar se había quedado en el mostrador. Aitor estaba metido en el cuadro con la cabeza dentro.

Y en el trozo de obrador que hay entre la mesa de mármol y la balda había marcas de suela de calle sobre el azúcar que se me había caído a las once y que no había barrido porque a las once tenía que reponer.

Barrí. Es lo que hago.

A las seis menos diez, Aitor salió del cuadro diciendo que la instalación estaba bien pero que el diferencial era antiguo y que eso, en una compraventa, se mira.

Leandro dijo que eso se veía después y con calma.

Y en ésas se abrió la puerta del callejón y entró Gabriel Rivas con dos garrafas de veinticinco kilos, una en cada mano, y se paró en seco al ver quién había en mi obrador.

—Buenas.

—Gabriel —dijo Leandro—. Justo iba a llamarle esta semana.

—No hace falta.

Dejó las garrafas en el suelo, junto a la pared, sin ruido, que es como deja las cosas él.

—El informe lo he leído —dijo—. Tres veces.

—Pues entonces ya sabe que yo ahí no decido nada. Yo tramito lo que me manda el consejo regulador y lo que me pide la cooperativa.

—Usted tramita. —Gabriel se limpió las manos en el pantalón—. En veinte años, en este pueblo, no ha hecho usted otra cosa que tramitar, y mire la de gente que se ha quedado sin casa por escrito.

Se hizo eso que pasa en un obrador cuando el extractor está apagado y todavía no ha empezado nadie a trabajar.

—Le voy a decir una cosa —dijo Leandro, sin levantar la voz ni un punto—.

Si le retiran a usted la denominación, no va a ser por mí.

Va a ser porque el lote que envasó la cooperativa en julio y que sale al mercado con su etiqueta no lo puso usted en un bidón.

Y eso lo sabemos los dos. La diferencia entre nosotros es que yo lo tengo por escrito.

Gabriel no contestó.

Leandro cogió su carpeta, me dio las gracias por el tiempo, le dijo a Aitor que lo esperaba en el coche y se fue por delante, saludando por la calle Real.

Gabriel no se movió del sitio.

—¿La quieres a diez grados o a doce?

—A doce.

—Pues te la dejo aquí y no la metas en cámara, que se te pone dura y luego me dices a mí que la miel es mala.

Empezó a mover las garrafas él solo hacia el rincón bueno. No se lo he pedido nunca y lo hace siempre.

—Gabriel.

—Este año la del romero ha salido más clara. Es por la primavera, que llovió tarde y las abejas subieron al monte con dos semanas de retraso. Se nota en la cristalización. Se nota hasta en el peso.

—Gabriel.

—Y en la boca.

Dejó la segunda garrafa contra la pared, se enderezó y se quedó mirando desde dentro la tabla del escaparate.

—¿Cuánto cuesta uno de esos?

—Dos veinte.

—Dos euros con veinte céntimos.

—Sí.

—Vale. —Cogió las garrafas vacías del pedido anterior, una en cada mano—. Vale, vale.

Se fue por el callejón antes de que se me ocurriera qué contestar, que es lo que suele pasar con él.

A las siete menos cuarto sonó el fijo. Era Maribel Rojas, y Maribel Rojas no llama para preguntar cómo estás.

—Inés, cariño. Una incidencia menor. Positiva, pero menor.

—Doce cajas.

—Ay. ¿Ya te lo han dicho?

—Me lo ha dicho Óscar Beltrán.

Hubo una pausa de dos segundos que a Maribel le costó dinero.

—Bueno. El caso es que son doce y las necesito en la caseta municipal mañana a las seis y media de la tarde, porque el fotógrafo quiere hacer la de conjunto con las cajas puestas ya en la mesa presidencial y con luz de tarde.

Y que se noten iguales, por favor. En la fotografía de conjunto se nota muchísimo si una caja no es igual que las demás.

—Van a ser iguales.

—Y el grande de en medio, el rosa ese que haces tú. Que salga centrado y que salga entero, no cortado por el borde. Que es lo que se ve.

Colgué.

Miré la lista pegada en la puerta de la cámara. Para el viernes: trescientos sesenta macarons, doce cajas institucionales, cuatro bandejas de pastas para la caseta, el pan de siempre y las rosquillas de siempre, porque la feria no exime a nadie de desayunar.

Con diez cajas, entrando a las cuatro y diez, llegaba.

Dos cajas más son treinta y seis piezas pequeñas y dos grandes, y los grandes se hacen aparte porque llevan otro molde y otra cocción, y además son los que salen en la foto, de modo que ahora tienen que salir doce iguales, cosa que no ocurre nunca.

Con doce, no llegaba.

Podía pedirle a Rosalía que viniera a las seis en vez de a las cinco y media y se quedara al mostrador un par de horas, y eso eran cuarenta euros que salían de una cuenta en la que quedaban tres mil cien.

Podía llamar a Óscar Beltrán, que me lo había ofrecido hacía dos horas, poner las dos etiquetas y dormir cinco horas.

Encendí el horno viejo, que tarda dieciocho minutos, saqué la mantequilla de la cámara para que se pusiera a temperatura y subí a por el despertador para ponerlo a las tres y cuarto.