3. La ronda
La ronda
Don Fabián Recuero tiene ochenta y un años, la llave número dos y una televisión que no está rota.
—Se ha estropeado —dijo don Fabián desde el sillón—. Anoche funcionaba.
—Ya.
—Anoche funcionaba, Inés. Yo no le he tocado nada.
Cogí el mando pequeño, el que él nunca coge porque es el que trae los problemas, y di dos veces a la tecla de fuente. En la dos había un partido de repetición.
—Eso lo arreglo en dos minutos —dije, antes de saber siquiera qué le pasaba, que es una cosa que digo desde los veintidós años y que no me ha traído nada bueno.
Tardé cuarenta segundos.
—Ya está.
—¿Qué le has hecho?
—Nada. Un cable que se afloja.
Es mentira. El cable no se afloja. Lo que pasa es que sus nietos vienen los fines de semana, enchufan la consola en la entrada uno, se marchan el domingo por la noche sin devolver la fuente, y él se pasa cuatro días viendo un cartel azul y llamando a la panadería.
Se lo expliqué dos veces. La segunda vez puso una cara que decidí no volver a ver, así que ahora vengo, aprieto un botón y digo que era un cable.
—Menos mal que tienes tú la llave —dijo—. Porque yo a estas horas no bajo a abrir.
Estuve doce minutos. Ocho fueron café, servido en una taza con el asa pegada y traído desde la cocina a una velocidad que no admitía negociación.
—Tu padre venía los domingos —dijo—. Con la bata puesta y todo. Le decía yo, Emilio, que te va a ver el cura. Y él, que me vea.
—Ya.
—Antes las llaves las tenía el sereno. —Se quedó mirando la tele, que ya funcionaba—. Luego se murió el sereno y no pusieron otro, y estuvieron un tiempo en el bar. Pero en el bar cierran los lunes.
—Y en la panadería no.
—En la panadería no cierra nadie. —Bebió—. Eso es lo bueno que tenéis.
Es lo bueno que tenemos. Trescientos sesenta días al año con la puerta abierta a las siete de la mañana, y por eso, sin que nadie lo decidiera nunca en una reunión, esta casa se quedó con las llaves de dieciocho personas que viven solas.
Me pagó con una lata de melocotón en almíbar de un pack de seis que le trae su hija, no la acepté, y me la metió en la bolsa mientras yo me ataba el zapato.
Sus nietos llevan cuatro años entrando en esa casa a las dos de la mañana con su propia copia, y en el libro de préstamos no hay una sola línea que lo diga. No porque nadie lo esconda. Porque a nadie se le ha ocurrido nunca que hubiera que apuntar a un nieto.
En la calle del Arrabal me encontré con Nicanor.
Nicanor es el gato de Ovidio Batanero en el sentido de que Ovidio le paga el pienso.
Es un animal enorme y rubio que a esa hora bajaba por el poyete de la casa de Casilda Utande con la tripa arrastrando.
Come en tres casas: la de Ovidio, la de Casilda y la de Herminia Yagüe.
Entra en las tres por su propio pie porque las tres tienen la misma gatera de chapa recortada en la parte baja de la puerta, del mismo tamaño y a la misma altura, que las hizo el mismo hombre el mismo año y de la misma manera, igual que hizo todo lo demás en esas casas.
Casilda salió a la puerta con un táper vacío en la mano y el gato ya dentro.
—Este es tuyo.
—De la tarta del santo.
—Pues por eso, que ya iba siendo hora.
—¿Y no entras? —dijo Casilda.
—Hoy no puedo.
—Si es un momento.
—Casilda, es que llevo doce paradas.
—Doce. —Se apoyó en el marco—. Pues antes eran veintiuna.
Tenía razón y ninguna de las dos dijo lo que eso quiere decir, que es que en once años se han muerto nueve y se han ido tres, y que en la caja de caudales hay ganchos que no se han vuelto a ocupar porque las casas de esos ganchos ya no las abre nadie.
Lo metí en la bolsa con el melocotón. Llevaba veintitrés minutos de ronda y ya iba cargada de comida ajena, que es la moneda de este pueblo y no admite devolución.
Marta me alcanzó en la esquina de la calle Nueva con la carpeta y una bolsa de la farmacia de Sigüenza. Hacía su ronda y yo la mía, y coinciden en cuatro calles, así que subimos juntas.
—¿Has leído la novena? —dijo.
—La he oído.
—No es lo mismo.
—Ya sé que no es lo mismo.
Marta anda deprisa y habla despacio, que es una combinación que obliga a la otra persona a decidir si le sigue el paso o la conversación.
—Yo, si fuera tú, me llevaría el contrato a Sigüenza y que lo mirase alguien que no sea de aquí.
—Se paró en el escalón de la fuente para cambiarse la bolsa de mano—.
Y no lo digo porque Leandro haga las cosas mal.
Las hace muy bien. Es que las hace muy bien para él y muy bien para ti a la vez, y eso solo se puede hacer si hay alguien que no se está enterando.
—Marta.
—Y esa cláusula ya la has firmado, ¿verdad?
Habíamos llegado a la puerta de Herminia Yagüe.
En el escalón hay una maceta de geranios de plástico, porque los de verdad se le morían y le daba vergüenza. La maceta estaba girada: la cara donde el plástico está descolorido, que normalmente mira a la calle, miraba a la pared.
Me quedé mirándola tres segundos largos con la llave granate en la mano, intentando acordarme de qué significaba girada y qué significaba de frente. En esos tres segundos Marta ya se había dado la vuelta y bajaba el escalón.
—Hoy no —dijo—. Déjala.
—¿Girada es no?
—Girada es que está su hermana. —Siguió andando—. Cuando está su hermana no quiere que entre nadie, porque su hermana le riñe por el desorden. Se lo montaron ellas dos hace lo menos quince años.
—¿Y por qué no llama por teléfono?
Marta me miró como se mira a alguien que ha vuelto de fuera.
—Porque entonces habría que decirlo. —Se ajustó la bolsa—. Y si lo dice, su hermana se entera de que lo ha dicho.
Bajé el escalón. En la ventana de al lado, la de Ramona Alcolea, la persiana estaba a media asta, que significa que está despierta pero todavía no quiere gente.
Enfrente, en la de Dionisio Ranz, había un paño de cocina colgado del picaporte por fuera, y eso no significaba nada, o significaba algo que yo no sé.
Llevo cuarenta y tres años aquí y hablo este idioma con acento.
—¿Y tú cómo lo sabes todo? —dije.
—Porque entro en catorce casas al día. —Empezó a andar—. Y porque si no lo sé, alguien se cae en un baño.
Se separó en la fuente. No volvimos a la novena, y a mí se me quedó la sensación incómoda de haberme escapado de algo sin saber si me convenía.
Seguí hasta la casa de los Verdejo con la llave once en la mano.
Lleva vacía desde que se murió la madre. Hay un limonero en el patio de atrás que riego cada diez o doce días porque el hijo, que vive en Alicante, me lo pidió por teléfono en 2021 y no ha vuelto a llamar para desdecirse. La once entró en la cerradura tres centímetros y se paró.
La saqué, la limpié en el delantal, la volví a meter. Tres centímetros.
La cerradura era nueva. Se veía en el latón sin rayar alrededor del bocallave y en dos motas de yeso fresco que había en el escalón, debajo. Alguien había venido, había desmontado, había montado y se había ido, y no era el hijo, porque el hijo no viene desde el entierro.
Nadie me había avisado. Nadie llama a La Colmena para decir que ha cambiado la cerradura de una casa cuya llave lleva once años en un gancho numerado a cien metros del ayuntamiento.
La sensación no es de robo, es más pequeña y más rara: es la de llegar a una mesa que llevas años poniendo y encontrarte con que han quitado tu plato.
Saqué el móvil y busqué el número del hijo, que lo tengo guardado como Verdejo Alicante . Dio dos tonos y saltó un mensaje grabado que decía que el número no estaba disponible.
Llamé entonces a Amparo.
—Mamá, ¿tú sabes algo de la casa de los Verdejo?
—¿Qué casa de los Verdejo?
—La once.
—Ah. Pues nada. ¿Ha pasado algo?
—Que han cambiado la cerradura.
Hubo dos segundos de mostrador al otro lado, con la campanilla sonando de fondo.
—Pues el chico no ha llamado.
—Ya.
—Si hubiera vendido, algo se sabría.
Eso es lo que dice todo el mundo aquí, y es verdad la mayoría de las veces.
En un pueblo de seiscientos habitantes uno se entera de una venta antes que el notario.
La excepción es cuando el que compra no es una persona, sino un nombre con siglas al final, porque un nombre con siglas al final no viene a por el pan.
Me quedé un rato en el escalón calculando cuántos días llevaba el limonero sin agua. Trece.
Enfrente, en el número tres, está la casa de los Pinilla, que se murieron los dos en 2018 con cuatro meses de diferencia y que lleva alquilada desde 2020 a gente de Madrid que viene tres semanas en agosto y en Semana Santa. Esa casa está limpia, tiene las persianas subidas y un felpudo nuevo.
De esa nunca hemos tenido llave. Los que alquilan no dejan llave en una panadería: dejan una caja de esas con código atornillada a la pared, y a mí me parece muy bien.
Volví por la calle del Horno sin regar el limonero y con una llave en el bolsillo que ya no abría nada.
Llegué a la tienda a las doce y cuarenta, tres horas y diez minutos después de salir, con dos horas de ronda y setenta minutos de café, conversación y comida ajena.
Lo que no se había hecho en esas tres horas: las cuatro bandejas de pastas de té para la caseta, que había que dejar hechas el jueves porque el viernes no cabían en el día; el bizcocho de encargo de una comunión de Sigüenza, que ya solo llegaba si lo horneaba a las siete de la tarde; y la reposición del escaparate, que la había hecho mi madre, y que mi madre hace poniendo delante lo que se ve mejor y no lo que se estropea antes.
También había fiado. Lo vi en la libreta antes de quitarme la chaqueta: dos apuntes nuevos con la letra redonda, uno de nueve euros con cuarenta y otro de tres sesenta, y ninguno de los dos era de nadie que no pudiera pagar.
—Es que no llevaban suelto.
—Ya.
—Inesita, que son tres euros.
—Ya sé que son tres euros. —Colgué la chaqueta—. Es que son tres euros y una página.
Doña Sagrario Layna estaba al teléfono. Se la oía desde la puerta. Mi madre tenía el auricular separado de la oreja y la cara de quien lleva cuatro minutos dentro de la misma frase.
—Que sí, Sagrario. Que sí. Que sí, mujer.
Colgó.
—Hay que entrarle a por una faja.
—¿A por una qué?
—Su hermana llega en el coche de línea de la una y media, Sagrario está en el médico en Sigüenza hasta las dos y la faja está tendida en la galería.
—¿Y?
—Que su hermana no puede ver la faja tendida.
Le pedí que me lo explicara y me lo explicó, y resultó ser más triste y más razonable de lo que yo esperaba.
Tenía que ver con una conversación que las dos hermanas tuvieron en 1998 sobre cómo le había quedado el cuerpo a Sagrario después del segundo parto, y con el hecho de que en esa casa, desde entonces, no se ha vuelto a hablar de eso pero se ha seguido hablando de eso todos los veranos.
—Que entre alguien, la recoja y la meta en el cajón de abajo. Es entrar y salir.
Entró Chelo Bermejo a por media de pan, de camino a ninguna parte, porque los jueves libra.
Mi madre no lo pensó. Descolgó la tres, la de la cinta blanca ya sin color, y se la puso en la mano.
—Chelo, hija, que tú pasas por delante.
—Voy que me matan.
—Es un minuto.
—Si es que es mi tía abuela, ¿cómo le voy a decir que no?
Y salió con la llave en el puño y la barra debajo del brazo.
Miré la balda baja. El libro de préstamos estaba cerrado, con la esquina levantada, exactamente donde lo había fotografiado catorce horas antes.
—¿Lo apuntas?
—Es Chelo.
—Ya sé que es Chelo.
—Inesita, que va a tardar cuatro minutos.
Tardó cincuenta y cinco, porque Sagrario tenía la galería cerrada por dentro y hubo que llamar a la vecina, y volvió a las dos menos veinte cuando yo ya estaba bajando el cierre a medias. Dejó la llave en el mármol, se pasó la mano por la frente y dijo que si a ella le pasa una cosa así se muere.
Colgué la tres en su gancho.
El renglón del jueves 3 de septiembre siguió en blanco, y a las dos de la tarde nadie en este pueblo, yo la primera, habría sido capaz de decir dónde había estado esa llave entre las doce cuarenta y ocho y la una cuarenta.