2. La cola de las siete
La cola de las siete
La silla de don Aurelio Palomares es una silla plegable de aluminio con el asiento de rejilla azul y una pegatina despegada de una feria de maquinaria de Almazán.
Vive apoyada en el quicio, dentro, en el hueco de la derecha donde caben cinco personas de pie.
Nadie la guarda por la noche. Nadie la limpia.
Rosalía pasa la bayeta hasta veinte centímetros de la silla y a partir de ahí el suelo es de otro país.
El hombre que estaba sentado en ella tendría sesenta años, unos pantalones de andar con cremallera en la rodilla y una mochila entre los pies. Estaba muy cómodo.
Don Aurelio había llegado a las siete menos cinco, como siempre, y estaba de pie a metro y medio con las manos cruzadas por delante, mirando el escaparate por dentro con mucho interés.
—Buenos días —dije.
—Buenos días. —El hombre señaló la vitrina—. ¿Media de pan? Y una de esas cosas rosas, para probar.
—Ahora mismo.
Pura Higueras entró detrás de mí y frenó en seco.
—No es por criticar —dijo, a un volumen calculado para que llegase—, pero hay gente que se sienta.
—Aquí no ponía nada —dijo el hombre.
—No —dijo don Aurelio—. No pone.
Lo dijo con la misma cara con la que habrá aprobado a cientos de niños con un cinco raspado a lo largo de cuarenta años.
El hombre, que no era tonto, se levantó a los once segundos alegando que se le dormía la pierna.
Don Aurelio esperó a que se apartase del todo, desplegó y volvió a plegar la silla, cosa que no era necesaria, y se sentó.
—¿Viene usted a la feria? —le preguntó, ya instalado y sin rencor.
—A andar. Hay una senda de los apicultores.
—Hay una senda —dijo don Aurelio— que se hizo con una subvención en 2011 y que no la desbroza nadie desde 2015. Si sube usted hasta el segundo mojón, no siga. Vuelva.
El hombre pagó, dio las gracias dos veces y salió con la barra debajo del brazo y el macaron en una bolsita, y por la ventana lo vimos comérselo de un bocado en la acera y quedarse pensando.
—Ahí lo tienes —dijo Pura.
—Se lo ha comido de una vez —dijo Encarna.
—Es que es de una vez —dije yo.
—Pues por eso.
Don Aurelio esperó a que se hiciera un hueco.
—Los hace bien —dijo, hacia la vitrina y no hacia mí—. Lo que pasa es que aquí no hay nadie que sepa para qué son.
Es lo más cerca que ha estado nadie en este pueblo de decirme algo sobre mi trabajo, y lo dijo en 2026, sentado en su silla, mirando a otro lado.
Encarna y Loli Bachiller llegaron discutiendo desde la esquina y entraron sin dejar de hacerlo.
—Esa silla está ahí desde la riada.
—Desde la riada no. La riada fue en el noventa y siete.
—Por eso.
—Que la silla es del dos mil dos, Encarna, que la trajo de la feria de Almazán.
—La de Almazán fue después.
—La de Almazán fue antes.
—Fue en el dos mil cuatro —dijo don Aurelio sin volverse—. Y no fue de maquinaria. Fue de maquinaria y ganado.
Las dos se callaron a la vez y a los cuatro segundos habían cambiado de tema.
Nicolasa Bachiller, que es prima de las dos y llega siempre por detrás, entró con una hoja fotocopiada.
—Del ayuntamiento.
Era la lista de material prestado para el pregón del viernes. La leyó Loli en voz alta porque tiene mejor vista, y en el punto cuatro decía: sillas plegables cedidas por vecinos, doce unidades , y debajo, escrito a mano por alguien de la casa, había una relación de nombres.
Don Aurelio no se movió.
—Ahí no pone mi nombre.
—Pone Palomares.
—Palomares somos cuatro en este pueblo.
—Pone Palomares, calle Real.
—En la calle Real vive mi sobrina.
Hubo un silencio de mostrador, que es distinto de los otros silencios porque en el mostrador hay alguien cobrando.
—Aurelio —dijo Pura—, si es una tarde.
—Es una silla.
—Es una tarde con una silla.
—Y luego vuelve rayada, y con una pegatina del ayuntamiento en el respaldo, y ya no es la misma silla. —Se acomodó—. Yo no digo que no. Digo que a mí no me lo ha preguntado nadie.
Loli dobló la hoja y se la guardó ella, cosa que nadie le había pedido, y a las diez de la mañana Maribel Rojas tenía una llamada de una mujer que no era Aurelio explicándole por qué había once sillas y no doce.
Yo tenía dieciocho barras en la primera tanda, tres de ellas apartadas.
Lo del apartado funciona así: hay tres personas que tienen barra reservada sin haberla encargado nunca, por acumulación histórica, y si alguna mañana no vienen, la barra se queda ahí hasta la una como un asiento vacío en un funeral.
La de Rufina Barriopedro se ha quedado sin recoger cuatro veces en diez años y las cuatro veces alguien fue a mirar si estaba bien.
Sabas Mansilla llegó a las siete y ocho, se puso el último por su propia voluntad y empezó por el final.
—Primero. Cuatro coches con matrícula de Madrid en la era de arriba desde el lunes. Segundo. Ninguno ha entrado en el bar.
—Vienen a la feria —dijo Pura.
—La feria es el viernes. Y ahora viene lo bueno: uno de ellos ha bajado dos veces al polígono. Y no a la cooperativa. A la parte de atrás, donde las naves de alquiler.
—Al polígono baja todo el mundo —dije yo.
—Todo el mundo no, Inés. Al polígono baja quien tiene algo en el polígono.
Sabas estuvo treinta y siete años repartiendo por esta comarca y sabe a qué hora entra un camión en cada nave del polígono, incluidas las que llevan tres años cerradas. Lo que hace con ese dato después no lo firmaría nadie, pero el dato es bueno.
Pura aprovechó el hueco.
—Pues la de Villaseca, la que se murió el sábado, tenía un sobrino que...
Don Aurelio levantó la muñeca y miró el reloj sin ninguna prisa. Las siete y once.
Pura se detuvo en mitad de la frase con la paciencia de treinta años.
—La señora esa de Villaseca —recomenzó— tenía un sobrino.
—Eso ya sí —concedió don Aurelio.
Chelo Bermejo entró a las siete y catorce, dijo que iba con el tiempo justo porque entraba a las ocho en la residencia y se quedó pegada a la vitrina con el bolso todavía colgado del hombro, que es su manera de demostrar que se va.
Mi madre atendía. Yo repongo a las once, pero a las siete y cuarto estaba detrás de ella cortando papel, y por eso lo tenía a un metro cuando Leandro Mena empujó la puerta a las siete y treinta y cinco con una carpeta debajo del brazo.
Leandro tenía sesenta y dos años y la costumbre de tratar de usted a personas a las que conocía desde niñas. Lo hacía con una amabilidad exacta, como quien deja un poco de espacio entre él y el resto para que quepan los papeles.
—Buenos días, doña Amparo. Buenos días, Inés. —A mí me tuteaba desde que le tramité la baja de mi padre—. No vengo a molestar. Vengo a dejar y me voy.
Puso la carpeta en el trozo libre del mármol, con cuidado de no tocar la vitrina.
—Es lo mismo que vieron la semana pasada, con las correcciones de Raíces. Página cuatro, el reparto: sesenta por ciento doña Amparo, cuarenta usted, tal cual está la finca desde que se hizo la partición. Y la novena, que es la que a mí me gusta explicar.
—Explíquela —dijo mi madre, que no la había leído.
—Arras penitenciales. —Se puso las gafas—. Quiere decir que si el comprador se echa atrás, pierde lo que ha entregado. Y que si se echan atrás ustedes, lo devuelven doblado. Yo se lo puse así por ustedes.
—¿Por nosotras?
—Claro. Sin esa cláusula, Raíces se levanta de la mesa en octubre, ustedes se quedan con una tienda parada tres meses en plena temporada baja y sin un euro, y a mí me toca explicárselo a usted en esta misma vitrina. Con esa cláusula, si se levantan, se van pagando.
Don Aurelio, desde la silla, dijo que la palabra era penitenciales y que venía de penitencia. Nadie le hizo caso, que es su condición laboral.
—Firmamos el lunes veintiocho —dijo Leandro—. Hasta el veintiocho no hay nada que hacer más que la feria.
Se estaba guardando las gafas cuando mi madre dijo, sin bajar la voz, mirando a la carpeta y no a mí:
—Con la señal ya se ha comprado el horno.
Hubo ese medio segundo en el que una cola entera decide si ha oído algo o no.
—Y la instalación —dije—. Y una amasadora.
—Yo no digo nada, pero el horno está pagado —dijo mi madre.
Me limpié las manos en el delantal antes de contestar. Lo hago menos de lo que la gente cree.
—El horno lo pago yo, mamá. Y sí. Está pagado.
—Es una decisión razonable —dijo Leandro, y lo dijo de verdad—. Un equipo así revaloriza el local. A efectos del comprador juega a favor de ustedes.
Recogió la carpeta vacía y, ya de camino a la puerta, se paró a la altura de Pura.
—Pura, lo de su hijo ya salió. El cambio de titularidad del catastro. Lo tengo firmado desde el martes, se lo bajo el lunes al bar.
—¿Y eso qué me cuesta?
—Eso no cuesta nada, mujer, si es un papel.
Pura, que en cuarenta años no ha dejado títere con cabeza en este mostrador, no dijo absolutamente nada malo de él. Ni ese día ni ningún otro.
Leandro llegó hasta la puerta y se giró, con la mano ya en el pomo.
—Ah. Una cosa de trámite, para el técnico de esta tarde. La puerta del callejón, la de atrás. ¿Cuántas llaves hay de esa puerta por ahí?
—Cinco —dijo mi madre.
—¿Cinco?
—Mi hija, yo, Rosalía, que limpia; Tomás el fontanero, por el desagüe, y Marta.
—Perfecto. Es por saber cuántas hay que entregar en la firma. —Sonrió—. En estos edificios antiguos siempre aparecen dos más de las que uno cuenta.
Salió, saludó a alguien en la acera y se fue hacia la plaza del Ayuntamiento andando despacio, como anda la gente que llega pronto a todas partes.
—Ese hombre —dijo Encarna, cuando la puerta ya se había cerrado— nos sacó lo de mi madre en tres semanas.
—En cinco.
—En tres, Loli.
—La escritura tardó cinco semanas porque faltaba el certificado de Zaragoza.
—Pues él lo pidió.
—Él lo pidió, sí. Eso sí.
Y ahí las dos estuvieron de acuerdo, que pasa dos veces al año.
Es verdad. En este pueblo hay ocho o diez casas que hoy tienen dueño porque Leandro Mena se sentó con cuatro hermanos que no se hablaban y les puso delante un papel.
Cobraba. Cobraba lo suyo y a veces no cobraba nada, y esa mezcla es exactamente la razón por la que nadie ha sabido nunca cuánto le debía.
Chelo Bermejo cambió el peso de pie.
—Esto no salga de aquí —dijo mi madre, a la cola, en general.
—Por Dios —dijo Chelo—. Si yo ni estaba.
Se fue a las siete y cuarenta y uno. A las nueve y diez lo sabía la residencia de Sigüenza, y a las nueve y media lo sabía todo lo que la residencia de Sigüenza toca, que es bastante.
La cola se vació hacia las ocho. Mi madre se quedó ordenando el cajón de las bolsas y hablando hacia el escaparate, que es como habla cuando lo que dice va dirigido a mí.
—Yo lo que digo es que hay dieciocho personas mayores que tienen su llave puesta ahí desde antes de que tú nacieras. Y tenemos que pensar qué hacen a partir de octubre. Que no lo digo por nosotras. Lo digo por ellos. A ver quién se las guarda.
—Mamá.
—Que yo no digo nada.
La puerta se abrió otra vez y entró Marta Cifuentes con el chaleco polar azul de la asociación, que se pone en agosto igual que en enero, y la carpeta de gomas debajo del brazo. Venía de la sede con los turnos del fin de semana, porque durante la feria las cuidadoras hacen horarios de circo.
Oyó las dos últimas frases desde la puerta. No hizo como que no las había oído.
—Tú tranquila, Amparo, que las llaves las guardamos nosotros.
Mi madre levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Las guardamos en la sede. Tenemos armario, tenemos a alguien dentro a las siete de la mañana y tenemos una hoja de registro que nos exige la Mancomunidad desde hace tres años.
Eso lo miro yo el lunes y ya está. —Dejó la carpeta en el mármol—.
Se lo propuse a Elvira el año pasado y me dijo que no, que las llaves están en la panadería de toda la vida.
Bueno. Si la panadería cierra, se acabó el debate.
—Marta, eso no es lo mismo.
—No es lo mismo, no. Es mejor. —Se volvió hacia mí—. Y tú no tienes por qué resolverle a este pueblo un problema que este pueblo lleva treinta años sin querer mirar. Vamos a tener que hacernos a la idea todos. Vende, Inés.
Yo tenía en la mano una bandeja de pastas de té que llevaba conmigo desde el obrador sin ningún motivo. Marta me la quitó de las manos y la colocó en la vitrina, en el hueco de las nueve, que es donde va, y siguió hablando con mi madre como si nada.
Estuvieron diez minutos. Perdí el hilo porque tenía que sacar el bizcocho. Cuando volví, mi madre estaba apuntando algo en la libreta con la boca apretada y Marta se despedía.
Salió detrás de mí al callejón de la Iglesia, donde yo iba a sacar los cartones.
—Inés.
Marta es la única persona de este pueblo que me llama por mi nombre entero desde que yo tenía quince años. No es una manía. Es una decisión que tomó y que no ha roto delante de nadie, tampoco delante de mi madre.
—Tu madre no te va a preguntar si estás cansada —dijo—. Y no es porque no lo vea. Es porque si te lo pregunta, luego tiene que hacer algo con la respuesta.
Me quedé con los cartones en las manos.
—¿Y tú?
—Yo ya sé la respuesta. —Se colocó la carpeta bajo el brazo—. A las once te traigo la hoja del sábado, que tenéis que cerrar a las dos por el pregón.
Y se fue calle arriba con ese paso suyo de quien va a llegar a ocho sitios antes de comer.
Entré, tiré los cartones y desde el obrador oí a mi madre decirle a alguien, en el mostrador, que a las nueve y media iba a hacer la ronda la niña.