Miel y sospecha (La Colmena 1) 1. Las cuatro y media
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Miel y sospecha (La Colmena 1)

Miel y sospecha (La Colmena 1)

Por Renata Flores

© inepub.com

1. Las cuatro y media

Las cuatro y media

Al horno nuevo todavía no le había quitado el plástico de la puerta.

Llevaba tres semanas encendiéndolo a las cuatro y diez y apagándolo a las dos, y el plástico seguía ahí, con las esquinas levantadas y una burbuja en el centro que se abombaba con el calor y volvía a su sitio al enfriarse.

Quitarlo era admitir que el horno era mío.

Trece mil cuatrocientos euros. Convección, diez bandejas, sonda.

Tardaba once minutos en ponerse a doscientos.

El de solera de mi padre tardaba dieciocho y hacía al arrancar un ruido de avión que yo distinguía desde la cama, dos plantas más arriba, y por el que sabía si iba con retraso antes de bajar la escalera.

Bajé a las cuatro y diez y encendí los dos. No hace ninguna falta. Lo llevo haciendo desde agosto.

Lo primero de la mañana no es hornear. Es sacar.

La masa del pan lleva desde las once de la noche en la cámara y hay que subirla, dividirla y dejarla en el banco mientras el horno coge temperatura; y en septiembre el obrador está a diecinueve grados a las cuatro y a veintiséis a las siete, así que lo que decides a las cuatro y diez lo pagas a las siete menos cuarto.

Pesé, dividí, formé dieciocho piezas y las dejé tapadas con el paño verde, que era de mi padre y que ya solo es verde en las esquinas.

Después las rosquillas, que son harina, azúcar, aceite, huevo y anís, y que en esta casa se hacen todos los días desde 1911 sin que a nadie se le haya ocurrido nunca preguntar si son buenas. Son buenas. También son lo único que se vende sin que yo tenga que explicarlo.

Puse la primera bandeja a las cinco menos veinte y saqué el móvil.

Leandro lo llamaba la due diligence. Lo había dicho tres veces la semana pasada, despacio, como se dicen las palabras que uno sabe que la otra persona no va a repetir. Yo lo llamaba el inventario, que es exactamente lo mismo y cabe en la lista de la compra.

Fotografiar un obrador entero lleva más tiempo del que parece, porque la mitad de las cosas no están donde uno cree y la otra mitad no se puede mover.

La amasadora, con el número de serie visible, que hubo que limpiar con el dedo para leerlo.

El abatidor. Los dos hornos, el nuevo con su plástico y el viejo con la chapa de la puerta abollada desde 1994, cuando mi padre le dio con la rodilla por una discusión que ya no recuerda nadie, ni siquiera mi madre, que recuerda las discusiones mejor que las bodas.

La cámara. El fregadero. La mesa de mármol, doscientos kilos, que el técnico del comprador querría ver de todas formas por su cuenta.

El extractor, que tiene un tornillo de menos desde hace dos años y aguanta.

Fotografié también la balda de mi padre, porque estaba en el inventario del inmueble aunque en la balda no haya nada que valorar.

Está encima de la mesa de mármol, a la izquierda, a una altura a la que yo llego de puntillas.

Hay tres cosas: el libro de recetas con las tapas reventadas y una goma nueva cada dos años; una caja de puros con las cintas viejas de las llaves, anudadas de dos en dos como las ataba él; y una lata de Miel de Valdemiel 1998 que usaba para guardar etiquetas, cerrada con una goma que ya está blanca y que se rompería si alguien la estirase.

Moví el libro de recetas para que saliera el fondo de la balda y lo volví a poner en su sitio. Es lo único que hay ahí arriba que cogería si tuviera que salir corriendo, y no por las recetas.

A las cinco y veinte pasé al mostrador.

Ahí la cosa era peor, porque el mostrador es donde vive el papel. La caja registradora de 2011, que se queda sin cinta los sábados. El libro de cuentas fiadas, que Leandro había preguntado si estaba digitalizado y que en esta casa se llama la libreta.

La libreta tiene un sistema que no está escrito en ninguna parte.

Un apunte a lápiz se cobra. Un apunte a bolígrafo azul se cobra a fin de mes.

Un apunte a bolígrafo azul con una raya encima ya no se cobra y no se habla de él, y si el que lo debe entra por la puerta, se le sirve igual y se le da conversación.

Hay cuarenta y una rayas desde 1994. Mi padre puso dieciséis y mi madre las otras veinticinco.

La fotografié entera, porque estaba en el inventario. Luego me quedé mirando el móvil y pensé en qué haría con esas cuarenta y una rayas el departamento de una empresa que compra casas vacías, y decidí no pensarlo hasta octubre. Y la caja de caudales.

La caja de caudales es de 1952 y está empotrada en el hueco de la antigua chimenea, detrás del mostrador, a la altura de la rodilla.

Mi abuelo la puso ahí para el dinero y desde 1994 no ha visto un billete.

Dentro hay dieciocho ganchos numerados y dieciocho llaves colgadas por orden, cada una con su cinta de color y algunas ya sin ella.

Las fotografié una por una con el número del gancho a la vista, y para eso hay que descolgarlas.

No me hacía falta mirarlas. Las tengo desde los veintidós años.

Sé cuál se atasca en invierno y funciona en verano.

Sé cuál tiene el cerrojo montado del revés, de modo que abrir es cerrar y todo el mundo se equivoca menos yo.

Sé cuáles hay que levantar un poco mientras se giran porque las pusieron todas el mismo año y venían todas igual de baratas.

Sé de cuál hay que tirar hacia fuera al sacarla o se queda dentro y hay que llamar a Tomás.

Podría recitarlas por titular, por calle y por manía. Ese es exactamente el problema. No hay ningún sitio donde esa información esté escrita y, por lo tanto, no hay ningún sitio al que se pueda ir sin mí.

Y ahí es donde se torció la mañana, aunque a las cinco y media de un jueves eso no se sabe.

Tenía las dieciocho encima del mármol del mostrador, en fila, con las cintas hacia mí, y estaba por la doce cuando empezó a pitar el temporizador del horno viejo.

Fui, saqué, volví. Estaba por la quince cuando llamaron a la puerta de la calle: el chico del reparto de la harina, que viene los jueves a las cinco y media y al que hay que abrir el callejón porque por delante no cabe el carro.

Salí, abrí, firmé el albarán, discutí dos sacos que no había pedido, volví.

Cuando me senté otra vez delante de los ganchos no me acordaba de por dónde iba. Las colgué las dieciocho seguidas, por el número que traían grabado en la cabeza, que se lee bien en once de ellas y regular en las otras siete, y me dije que ya lo repasaría con calma el sábado.

Eso es lo que hay debajo de este sistema. No hay ningún fallo grande. Hay una mujer de cuarenta y tres años a las cinco y media de la mañana colgando llaves de otra gente en ganchos numerados mientras firma un albarán, y treinta y dos años de mañanas exactamente iguales.

También fotografié el libro de préstamos, que estaba donde está siempre, en la balda baja de detrás del mostrador, con la esquina de la tapa levantada por la humedad.

Página por página. Treinta y dos años de fechas, número de llave, quién la pide y quién la devuelve, con la letra de mi padre hasta 2011 y la de mi madre a partir de ahí, que es más redonda y más optimista.

Cuarenta y ocho fotos. Las metí en la carpeta que Leandro me había pedido y no volví a pensar en ellas.

Rosalía Pardo llegó a las cinco y media, colgó el bolso en el gancho del pasillo y me dijo que el escaparate estaba sucio por dentro, que es lo que dice todos los días.

—Los macarons —añadió, con la bayeta—, ¿los quito?

En la tabla estrecha del escaparate hay seis. Hay seis desde 2019, y algunos días son los mismos seis del día anterior.

—Déjalos.

—Es que dan pena ahí solos.

—Rosalía.

—Yo lo digo por ellos.

Se fue a limpiar el rótulo por dentro, que son unas letras de latón con una abeja a la que le falta el ala derecha desde una granizada de 2003. Mi padre encargó el ala. Llegó. Está en un sobre en el cajón de las bridas.

A las seis y cinco sonó el fijo. A esa hora el fijo solo puede ser una de dos cosas: un encargo que alguien se ha acordado a destiempo, o una llave.

Mi madre bajó por la escalera de dentro atándose la bata y lo cogió antes que yo. Supe que era la prima Elvira porque subió el volumen a la altura del oído bueno de Elvira, que es el derecho, y porque empezó por preguntar si había dormido.

—Que no le sale el agua caliente —dijo tapando el auricular—. Y su hija llega el viernes.

—Son las seis.

—Ya, hija.

Elvira Cañadas vive en el Arrabal, a trescientos metros.

Cuatro minutos andando, seis si te encuentras a alguien.

Yo tenía una hornada dentro con nueve minutos por delante y sabía perfectamente lo que iba a pasar si iba mi madre: mi madre entra a encender un calentador y sale a las ocho menos cuarto, porque a Elvira le da apuro que le hagan las cosas sin darle conversación y a mi madre le da apuro no dársela.

—Ya voy yo. —Cogí el mechero largo y la linterna—. En diez minutos estoy.

—Voy contigo.

—Si vienes tú, no son diez minutos.

—Anda, calla.

Descolgó dos llaves de los ganchos sin encender la luz del mostrador, se las metió en el bolsillo de la bata y salió delante de mí a la calle Real.

A esa hora la calle está azul y huele al pan de la tahona de la carretera, que es lo único de este pueblo que huele antes que nosotras y una de las tres o cuatro cosas que le he oído decir a mi madre que le parecen una falta de respeto.

En el portal de Elvira, mi madre metió la llave y no entró. Empujó, la sacó, la volvió a meter, hizo el gesto: levantar un poco la muñeca mientras se gira, como quien afloja un tornillo pasado. La cerradura cedió con el chasquido de siempre.

—Estas cerraduras del cincuenta y tres —dijo—. Ya te digo yo que aquí las puso todas el mismo.

—¿Te has traído la que no era?

—Una de las dos. —Se las guardó otra vez en el bolsillo, las dos juntas—. Da igual, ha abierto.

Lo que a mí me preocupaba a las seis y catorce de la mañana no era la cerradura. Era que yo había descolgado dieciocho llaves para fotografiarlas y las había vuelto a colgar con prisa, y no tenía ninguna garantía de que estuvieran todas en su gancho.

El calentador de Elvira no estaba roto. Se le había apagado el piloto, que es lo que hace cuando entra aire en la bombona, y se enciende manteniendo pulsado el mando mientras se acerca la llama. Son cuarenta segundos y hay que oír el clac.

Elvira nos esperaba en la cocina con el moño hecho a las seis y cuarto de la mañana y la mesa puesta para tres.

—He sacado las magdalenas de ayer —dijo—. Son vuestras.

—Elvira, tengo el horno encendido.

—Si son dos minutos, Inesita.

Mi madre ya se había sentado.

Elvira tiene ochenta y cinco años, un piso limpio hasta lo agresivo y una hija en Guadalajara que viene un fin de semana al mes y llama los martes.

El viernes llegaba la hija, y por eso el agua caliente de un jueves a las seis de la mañana era una urgencia y no una avería.

Eso lo entendí sentada, con una magdalena mía delante, mientras mi madre le contaba a la altura del oído derecho que la niña estaba con muchas cosas.

La niña tiene cuarenta y tres años.

—¿Y lo de la tienda? —dijo Elvira.

—Nada, nada —dijo mi madre—. Papeles.

—El viernes me la lleva a Guadalajara —dijo mi madre en la puerta, ya de pie—. Todo el fin de semana.

—¿Con la feria?

—Con la feria. Es que la niña tiene revisión el lunes y así no madruga.

Elvira nos acompañó hasta el portal para cerrar ella, cosa que hace siempre aunque tengamos llave, y allí, en el descansillo, mi madre le dio dos besos y le colocó el cuello de la bata.

Salí de allí a las seis y treinta y ocho con una bolsa de magdalenas que había hecho yo el martes y que volvían a mí en su segundo viaje.

La hornada se me pasó cuatro minutos. Cuatro minutos en una rosquilla de anís no es una tragedia, es un color. Saqué la bandeja, la miré, la aparté para la cola, que se las come igual y además opina, y encendí el extractor.

Vivo encima. Nací encima. La escalera de dentro sube del pasillo del obrador al piso, y de niña sabía qué estaba haciendo mi padre abajo por el ruido que llegaba al suelo de mi cuarto: la amasadora es un zumbido, la mesa de mármol es un golpe seco, y el horno de solera al arrancar es ese avión.

Cuando me fui a Barcelona a los veintidós, tres semanas, lo que no me dejaba dormir era el silencio.

Volví a subir a las siete menos veinte a cambiarme la camiseta, porque la primera de la mañana se moja siempre por la espalda, y bajé abrochándome la chaquetilla.

Rosalía apareció en la cortina de tiras con la bayeta todavía en la mano.

—Inés.

—¿Qué.

—Hay uno sentado en la silla.