Michael: Entre Líneas y Silencio (Entre Líneas 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Brereton, zona cero

La voz en el auricular se apagó durante unos segundos, pero el silencio que dejó atrás fue peor que cualquier palabra.

Alguien me estaba observando. Alguien sabía exactamente dónde estaba.

Y aún más inquietante: alguien sabía que yo obedecería.

Avancé entre los contenedores como quien camina dentro de un laberinto hecho de acero y sombras.

La lluvia caía ahora un poco más fuerte, golpeando las superficies metálicas con un ritmo irregular, como dedos tamborileando desde el otro lado.

El aire estaba helado. No el frío normal del invierno londinense, sino una quietud que parecía venir del interior mismo de las estructuras.

Un frío que no pertenecía al clima, sino al lugar.

A mi derecha, una chapa vibró con un golpe seco.

Me giré sobresaltado, pero no había nada.

Solo una puerta metálica abollada, moviéndose por el viento.

Aunque juraría haber oído algo más… como pasos.

Lentos. Siguiendo mi ritmo. El auricular volvió a activarse.

—Te detuviste —dijo la voz, ahora más clara—.

No te detengas. Sentí cómo la rabia se mezclaba con el miedo.

—¿Quién eres? —susurré entre dientes—. ¿Qué quieres de mí?

La voz emitió algo parecido a una risa breve, filtrada entre interferencias.

—Quieres respuestas. No las vas a encontrar hablando conmigo.

—¿Dónde está Emma? —Eso depende de ti. La lluvia golpeó con más fuerza los techos de las naves.

Una farola parpadeó, iluminando la entrada abierta de un almacén.

—Entra —ordenó la voz. Miré el marco oscuro del edificio.

La puerta estaba rota, colgando de una bisagra oxidada.

Dentro, solo una penumbra absoluta, un silencio que devoraba el sonido exterior.

—No pienso entrar ahí sin saber quién eres —respondí, sintiendo cómo la respiración se me aceleraba.

La voz se deformó un instante antes de co ntestar: —Ya entraste una vez sin saber quién era ella.

Ahora tendrás que hacer lo mismo. La frase me golpeó como una bofetada.

“Una vez”. “Ella”. Emma. Tragué saliva. La imagen de Emma caminando por esa zona —con el pelo en una coleta, el gesto preocupado, la mirada hacia atrás— saltó en mi cabeza como un destello obligado.

Ella había estado aquí. Caminando por este mismo suelo.

Respirando este mismo aire. Entró por esa misma puerta.

Y no volvió a salir. Mi mano temblaba ligeramente mientras rozaba la superficie fría de la chapa.

La oscuridad me esperaba dentro. La voz también.

Di un paso. Luego otro. La humedad me golpeó el rostro en cuanto crucé el umbral.

La oscuridad era tan densa que casi podía tocarse.

A mis espaldas, la voz en el auricular murmuró: —Ahora sí…

escucha. Y todas las luces del almacén se encendieron de golpe con un estallido eléctrico.