CAPÍTULO 22
Lo que Emma nunca dijo
Me quedé mirando la foto durante unos segundos que se sintieron eternos.
Mi nuca, mi abrigo oscuro, la inclinación mínima de mi cabeza mirando el suelo del callejón.
La perspectiva era exacta. La foto había sido tomada desde detrás.
Desde dentro del mismo callejón. Es decir…
La persona estuvo a menos de tres metros de mí.
Sin que yo lo notara. Sin que hiciera un solo ruido.
Sin que dejara sombra. El Hombre Sin Sombra.
El mismo cuyo rastro ya había sentido desde que Emma desapareció.
El mismo que ahora jugaba conmigo. La presión en mi pecho aumentó.
Sentí el pulso en las sienes, insistente, como si el cuerpo tratara de advertirme de algo que la mente aún no alcanzaba.
Volví a mirar la nota: “Ahora eres tú.” No era una amenaza velada.
Era una declaración de intenciones. Si antes Emma había sido la presa…
ahora el foco estaba puesto en mí. Guardé la foto en el interior de la carpeta y observé de nuevo el símbolo del mensaje: un círculo negro con una línea vertical quebrada.
No era un logo comercial. Tampoco un símbolo institucional.
Era… otra cosa. Un código. Una firma. Una marca.
Y mientras trataba de entenderlo, un sonido interrumpió mi espiral de pensamientos.
Un clic, seco, metálico. Justo detrás de mí.
Me giré. Nada. Solo el viento golpeando una papelera, moviendo algún cartel descolorido pegado a una farola.
Pero el sonido no venía del viento. Había sido demasiado preciso.
Demasiado intencionado. Era un clic de cámara fotográfica.
—¿Dónde estás…? —susurré, bajando la voz hasta casi no oírla.
El aire se volvió más denso. Miré alrededor, despacio, sintiendo que cualquier movimiento brusco sería interpretado como un estímulo para un depredador.
Caminé hacia el borde de la calle, evitando mirar directamente a los cristales reflectantes de un edificio cercano.
Porque ahí, si yo fuese él… ahí me escondería.
Avancé un poco más, entre el ruido del tráfico y los pasos de los transeúntes, hasta que algo captó mi mirada en una ventana alta, en un segundo piso.
Una figura. Inmóvil. Oscurecida detrás de un cristal.
Demasiado oscura para ser iluminada por la luz natural.
Demasiado precisa la silueta para ser un reflejo casual.
Un escalofrío me hizo tensar la mandíbula.
El observador. El fotógrafo. El que había estado a tres metros de mí en el callejón.
La figura no se movió. No retrocedió. No bajó la cortina.
Me estaba mirando. El tráfico pasó detrás de mí.
Un autobús frenó cerca. La gente seguía con su vida sin notar nada.
Pero yo sí lo noté. Porque en ese instante, el cristal reflejó apenas un destello.
Un destello plateado en la mano de la figura.
Una cámara. Retrocedí un paso. El corazón marcando un ritmo seco y preciso.
El Hombre Sin Sombra no solo me estaba siguiendo.
No solo había dejado pruebas para que yo las encontrara.
Se estaba asegurando de que yo supiera que él estaba ahí.
Que me veía. Que controlaba cada movimiento.
Y entonces, como si hubiera escuchado mis pensamientos —o quizá, simplemente, porque ese era su juego—, la figura levantó lentamente un brazo.
Al principio pensé que era una amenaza. O un gesto.
O una forma de intimidación. Pero no. Levantó el brazo para colocar suavemente una hoja de papel en el interior de la ventana.
Y luego lo dejó ahí, bien visible. Pude leerlo incluso a esa distancia.
Era una palabra. “SIGUE.” Antes de que pudiera reaccionar, la figura se retiró hacia atrás y desapareció de la ventana como si nunca hubiera estado allí.
No corrí. No grité. No llamé a nadie. Solo mantu ve los ojos fijados en aquella ventana vacía.
El mensaje era claro: Emma no había desaparecido por azar.
No estaba perdida. No estaba huyendo. Emma había sido seleccionada.
Y ahora, yo también. El círculo con la línea quebrada.
Las notas manuscritas. Las fotos. Las iniciales repetidas.
El callejón. La funda del móvil. El mensaje sin número.
Todo conducía a un mismo punto: alguien estaba moviendo las piezas.
Y esa persona… acababa de invitarme a seguirle el juego.