CAPÍTULO 9 #3
No recuerdo el trayecto exacto hasta el apartamento de Holloway; sé que caminé rápido, casi al borde de correr, pero con la sensación de que cada sombra del camino se pegaba a mis pasos como si tuviera conciencia propia.
Cuando llegué, golpeé la puerta dos veces —fuerte, impaciente— y Holloway abrió sin preguntar quién era.
Su expresión cambió en cuanto vio mi cara.
—¿Qué ha pasado? Le di la foto. No dije una palabra.
No podía. Holloway la observó con su meticulosidad habitual…
pero cuando vio el reflejo en la ventana, su rostro se tensó.
—¿Eso es…? —Sí —respondí—. Soy yo. Holloway respiró hondo, como si necesitara recalibrar su mente antes de hablar.
—Tú no estabas allí, Michael. —Lo sé. —Eso significa que la fotografía es…
—buscó la palabra— una construcción. —O que alguien estuvo observándola mientras yo estaba en otro lugar —dije.
—Y decidió incluirte —finalizó él. Un escalofrío se deslizó por mi espalda.
Holloway dejó la foto sobre la mesa y caminó hacia su mueble-librería, donde guardaba carpetas con más caos que orden.
Sacó una en particular, delgada, vieja. —Necesito mostrarte algo.
La abrió. Dentro había imágenes antiguas, casi sepia, de distintos callejones y puntos oscuros de la ciudad, pero lo importante no era eso: era la ubicación.
Una de esas fotografías, casi idéntica en perspectiva, coincidía con el lugar donde Emma había sido retratada tres días antes.
—¿Cómo…? —pregunté. —Porque ese callejón —explicó Holloway— es uno de los puntos donde encontramos a la última víctima.
Mi estómago se contrajo de golpe. —Una escena que no salió a la prensa —continuó—.
Nadie lo sabe. Nadie excepto nosotros. Y el hombre sin sombra. Lo pensé, pero no lo dije.
Holloway siguió: —El hecho de que Emma aparezca ahí no puede ser una casualidad.
—Él la llevó —dije. —O la condujo —corregió—.
De manera voluntaria o no. —¿Insinúas que ella…
? —mi voz tembló. —No estoy insinuando nada.
Estoy considerando todas las posibilidades.
Y eso me enfureció. No contra él. Contra la situación.
Contra la idea de que Emma pudiera haber sido manipulada de manera consciente.
Contra la posibilidad de que sus silencios, su melancolía, su tristeza interna…
no fueran solo heridas del pasado sino señales no comprendidas.
Quise gritar. Quise negar. Pero me obligué a respirar. No podía perder el control. No ahora.
—Hay algo más —dijo Holloway mientras guardaba la fotografía en una funda protectora—.
La figura que viste en la calle… ¿estás seguro de que era un hombre?
Lo miré sin entender. —¿Qué quieres decir?
—La postura —explicó—. La quietud absoluta.
La forma en que desapareció. Ningún hombre que yo conozca se mueve así.
—¿Estás hablando de entrenamiento? —pregunté.
—Estoy hablando de un patrón —dijo él—, uno que aparece en varios testimonios de testigos que declararon haber visto a alguien relacionado con los movimientos previos a las desapariciones.
—¿Qué patrón? Holloway me miró profundamente, como si necesitara medir el impacto de sus palabras antes de soltarlas.
—Que no dejó sombra. —¿Qué…? —Uno de los testigos juró que la figura que observó no proyectaba sombra bajo la luz del farol.
Al principio pensé que delataba mala memoria.
—¿Y ahora? Holloway tomó la foto de nuevo y la colocó frente a la lámpara de su escritorio.
—Ahora pienso que alguien quiere hacernos creer que estamos persiguiendo a un fantasma.
La frase quedó suspendida entre nosotros, pesa da como un presagio.
Me senté; las piernas me temblaban, no por miedo, sino por la magnitud de lo que estaba empezando a entender.
—Michael —dijo Holloway con voz más suave—.
Quiero que te alejes de esto. —No voy a hacerlo.
—Ese hombre… lo que sea que sea… está jugando contigo.
—Y yo voy a aprender a jugar también. Holloway suspiró, derrotado pero consciente de que no podía obligarme.
—Si insistes en seguir, entonces debo darte algo —dijo.
Se levantó y fue a su habitación; tardó unos segundos.
Volvió con una llave, una llave vieja, oxidada en los bordes, fría como la foto que había encontrado en mi piso.
—¿Qué es esto? —pregunté. —El acceso al archivo muerto de la comisaría —respondió—.
El lugar donde guardamos los casos olvidados…
y los que nunca se resolvieron. —¿Por qué me das esto?
Holloway me miró a los ojos. —Porque creo que lo que te envió ese hombre…
no es el inicio. —¿Entonces qué es? —El eco —respondió— de algo que empezó hace años.
Salí del apartamento con la llave en la mano; sentí su peso, su frío, su promesa.
Londres seguía gris, como siempre, pero ahora ya no era solo una ciudad: era un tablero, y cada calle, cada sombra, cada rostro desconocido podía ocultar un fragmento de Emma…
o un fragmento de él. Mientras caminaba hacia la calle principal, miré la fotografía una última vez antes de guardarla y pensé algo que me atravesó como una aguja encendida: si él cree que puede jugar conmigo… es porque aún no me ha visto luchar.