CAPÍTULO 9 #2
Entré en mi edificio y revisé el portal con una cautela casi animal: nada, ni ruidos, ni sombras inusuales, pero el silencio era tan profundo que se sentía falso, artificial.
Subí las escaleras en vez de usar el ascensor, paso a paso, escuchando, analizando.
Cuando llegué a mi puerta, me detuve: la cerradura estaba…
diferente; no forzada, no manipulada, simplemente recta.
La había dejado torpemente girada al salir por la mañana, como siempre, una manía que tenía desde años: girarla un milímetro hacia un lado, un gesto diminuto que nadie percibiría…
a menos que abriera la puerta. Alguien había entrado.
Otra vez. Sentí un sudor frío bajar por mi espalda.
Introduje la llave muy despacio. Abrí. Mi piso estaba oscuro, ni una sola lámpara encendida, solo la luz gris azulada de Londres entrando por la ventana como una respiración débil.
Di un primer paso; el suelo crujió. Di otro; el silencio respondió.
Fui directo al comedor; la foto de Emma seguía sobre la mesa…
pero no donde la había dejado: estaba perfectamente alineada con el borde, como si alguien hubiera querido poner orden donde yo había dejado caos.
La tomé; el papel estaba más frío que por la mañana, demasiado frío para estar a temperatura ambiente.
Algo en la parte trasera llamó mi atención, algo que antes no estaba: un pequeño pliegue, un doblez que no había hecho yo.
Abrí la fotografía despacio; era otro sobre, miniatura, tan delgado como una tarjeta de visita.
Dentro había una sola frase escrita con tinta azul: “Estás mirando la foto equivocada.” El pulso se me aceleró de golpe.
Miré la imagen de nuevo, esta vez de forma distinta: no desde el centro, sino desde los bordes; la amplié en mi mente, analizando cada rincón.
Y entonces lo vi: al fondo, muy al fondo, un reflejo en una ventana lateral del callejón donde Emma caminaba, un reflejo minúsculo pero inequívoco: un rostro, mi rostro, congelado, distorsionado por el cristal, mirando en dirección a Emma, como si yo estuviera allí, como si hubiera sido testigo de esa escena sin recordarlo, como si alguien hubiera tomado una foto de mí tomando una foto de ella.
Pero yo no estuve allí. No podía haber estado.
Es imposible. ¿O… no? Un pensamiento atravesó mi cabeza como una cuchillada: “¿Y si no es que él me está siguiendo a mí? ¿Y si lleva siguiéndola a ella desde antes… y yo ya era parte del escenario sin saberlo?” Me quedé inmóvil, respirando con dificultad, mientras la luz gris azulada de Londres entraba por la ventana como una advertencia silenciosa.
En ese preciso instante se escuchó algo, un sonido mínimo, como un roce suave en la otra punta del piso; no un golpe, y para nada un objeto cayendo, sino un paso, un solo paso.
Mi corazón dejó de latir por un segundo.
Caminé hacia el pasillo muy despacio, sin hacer ruido, como si cada movimiento pudiera alterar el aire.
Llegué hasta la puerta de mi habitación: una grieta de luz, oscuridad dentro.
Esperé. El silencio fue absoluto. Abrí la puerta.
Nada. Entré. Miré debajo de la cama. Nada.
Abrí el armario. Nada. Pero algo estaba fuera de lugar: la ventana.
La había dejado cerrada y ahora estaba entreabierta; por ella entraba una brisa helada que movía apenas la cortina, con un vaivén lento, casi hipnótico.
Me acerqué y miré hacia fuera… y allí estaba, en la misma esquina donde había estado el coche negro: una figura inmóvil, de pie, mirando hacia arriba, mirando directo a mi ventana, oscura, perfectamente quieta, el rostro imposible de distinguir.
Un escalofrío me atravesó entero, porque entendí algo en ese instante: “no está aquí para matarme. No todavía. Está aquí para demostrarme que puede entrar cuando quiera.” Que puede cruzar mis límites, que puede manipular mis recuerdos, que puede jugar conmigo sin que yo sepa siquiera qué juego estamos jugando.
La figura dio un paso hacia atrás, luego otro, y se perdió entre la neblina del anochecer, como si nunca hubiera estado.
Me quedé aferrado al marco de la ventana, respirando con fuerza; quise convencerme de que aún tenía control, de que aún podía manejar la situación, de que aún podía encontrar a Emma sin perderme yo en el proceso.
Pero una frase volvió a mi mente, más fuerte que cualquier pensamiento: “El hombre sin sombra ya no está al otro lado. Está dentro.” Apreté la fotografía de Emma, porque en medio de todo, solo una certeza me mantenía en pie: ella está viva. Y él no la tendrá para siempre .