CAPÍTULO 9
El Hombre oculto
El silencio después de la llamada no era un silencio normal; no era el silencio que queda cuando se cuelga el teléfono, sino un silencio que parecía observarme, medir mis pasos, anticipar mis reacciones.
Holloway seguía mirándome con los ojos tensos, como si temiera que me derrumbara allí mismo, pero no me derrumbé.
Lo que hice fue algo distinto, algo que él no esperaba: me levanté, tomé aire y dije: —Quiero atraparlo.
Holloway apretó la mandíbula. —Michael… ese hombre no es alguien a quien puedas atrapar.
—No aún —respondí—. Pero ya sé una cosa.
—¿Cuál? —Que no quiero volver a escuchar su voz.
Quiero verlo. La expresión de Holloway cambió; no a miedo, pero sí a una gravedad que no había mostrado hasta ahora.
—Ten cuidado con lo que deseas —dijo. —Desde que Emma desapareció —contesté— solo deseo una cosa. Él no respondió. Porque sabía qué era.
Cuando salí de su apartamento, la noche había caído completamente sobre Londres, una noche fría, húmeda, espesa, de esas que hacen parecer que el aire pesa más que los cuerpos.
Caminé deprisa hacia mi edificio, aunque “caminar” no era la palabra: era más bien un instinto primario, moverme para no pensar, moverme para no caer en el vacío que se abría bajo mis pies.
Al entrar en mi piso, noté algo inmediatamente: la cerradura.
No estaba rota, no estaba forzada, pero estaba…
tocada, como si alguien la hubiera manipulado suavemente, lo justo para comprobar si podía abrirla sin ser oído.
Mi estómago se contrajo. Me quedé quieto un instante, escuchando.
Nada. Avancé y abrí la puerta con cautela.
Encendí la luz. La sala estaba igual que la dejé: el sofá, los libros, el abrigo tirado en el brazo del si llón, todo igual.
Pero sentía que había algo distinto, un aroma tenue, a madera húmeda, a noche en el exterior, a alguien que había estado dentro.
Cerré la puerta despacio y me apoyé en ella.
Mi cabeza susurró una frase que me persigue desde entonces: él entró, él estuvo aquí, y quiso que lo supiera.
Me dirigí a la cocina para beber agua y fue allí donde lo vi: un sobre blanco, colocado con una precisión casi quirúrgica sobre la mesa.
No estaba ahí por la mañana, no era publicidad, no tenía remitente, sin un nombre escrito; solo…
estaba. Lo tomé con cuidado, como si fuera una pieza de dinamita; el papel estaba frío, demasiado frío.
Lo abrí lentamente. Dentro había una sola fotografía.
Sentí un nudo en la garganta antes de verla completa; la giré.
Emma. Dios. Emma. Caminando por un callejón húmedo, de noche, en Londres; llevaba su abrigo oscuro, el pelo recogido en una coleta que dejaba su cuello expuesto, y su postura era tensa, casi crispada, como si sintiera que algo —o alguien— la seguía.
Miré la esquina inferior de la foto y vi la fecha: tres días antes.
Tres días. Eso significaba que estaba viva.
Aquí. En la ciudad. En algún lugar donde podía haber pasado al lado mío sin que yo lo notara.
Mi corazón dio un salto brutal. Hasta que vi lo otro, lo que estaba en el borde derecho de la imagen: una figura masculina, inmóvil, observándola; sin rostro, sin cuerpo completo, solo una silueta, un contorno envuelto en sombra, como si la oscuridad misma le sirviera de abrigo.
Las manos me temblaron. Miré la fotografía una vez más, intentando descifrar algo, cualquier pista, cualquier rasgo, pero no había nada, nada excepto una certeza: ese hombre quería ser fotografiado, quería que yo lo viera, quería entrar en mi vida del mismo modo que había entrado en mi casa.
La nota detrás de la foto, escrita con un a letra elegante y precisa, decía solo: “¿La reconoces? Yo sí.” Sentí cómo la sangre se me helaba.
Me senté en el borde de la cama, con la foto temblando en mis dedos; pensé en Emma, en su sonrisa tímida cuando subía al autobús, en su forma de tocarse el flequillo cuando estaba nerviosa, en esa mirada de melancolía silenciosa que llevaba meses acompañándola.
Pensé en cómo su presencia había puesto luz donde yo no tenía nada y en cómo esa luz había desaparecido de un día para otro.
Pensé en mi propio mantra, repetido tantas veces desde que desapareció: “Si bastase una sola canción… si bastase un solo destello de luz… yo la encontraría.” Pero ahora la canción estaba rota y la luz estaba siendo apagada por alguien que jugaba en un terreno que yo aún no comprendía.
Respiré hondo y supe que no había vuelta atrás, porque quien había dejado esa foto no me estaba advirtiendo: me estaba invitando. Y yo… acepté la invitación.
Dormí poco. O nada. El amanecer me encontró sentado en la mesa del comedor, con la fotografía de Emma frente a mí y una taza de café que se había enfriado sin que yo le diera un solo sorbo.
Dicen que cuando alguien irrumpe en tu casa no te roba objetos: te roba la paz, la identidad, el sentido de pertenencia.
A mí me robó algo más: la idea de que yo estaba al mando de mi propia vida.
A media mañana salí del piso, no por necesidad sino por instinto; las paredes parecían absorber mis pensamientos, deformarlos y devolverlos con ecos oscuros.
Londres estaba gris, como siempre, un gris que no era solo clima: era carácter, ánimo, advertencia.
Las calles húmedas reflejaban luces distorsionadas que parecían moverse sin dueño, como fantasmas arrastrados por el viento.
Al bajar las escaleras del edificio, me detuve: el coche negro.
Otra vez. Aparcado en la misma esquina, parabrisas empapado por la llovizna, motor apagado, cristales tan tintados que ni el día lograba perforarlos; el mismo coche que había visto días atrás, el mismo que parecía seguirme o anticiparme.
Esta vez no desvié la mirada. Me acerqué.
Un metro. Medio metro. Le toqué el capó: estaba tibio.
Alguien estaba cerca. Alguien había estado dentro hacía muy poco.
Sentí una mezcla rara, miedo mezclado con una especie de euforia eléctrica, como si hubiera cruzado una frontera invisible.
Decidí caminar, no hacia el trabajo, aunque tenía turno por la tarde, sino hacia la parada del bus 44, donde Emma solía subir; no porque esperara verla, sino porque necesitaba reconstruir algo: una rutina, una línea temporal, un rastro.
Llegué a la parada y me quedé quieto bajo el cartel gastado por el clima; las gotas golpeaban la marquesina como dedos impacientes.
Miré el suelo, no sé por qué, quizá esperando encontrar algo absurdo, una libreta caída, un mechón de su cabello castaño oscuro, algo que dijera “estuve aquí”.
Nada. Pero mientras levantaba la vista… lo vi.
Un hombre al otro lado de la calle, de pie, inmóvil, mirándome fijamente.
Vestía una chaqueta oscura sin capucha; era alto, de postura perfecta, demasiado perfecta, casi simétrica, como si hubiera sido colocado allí como parte del escenario.
Cuando lo miré de frente, no se movió: solo inclinó la cabeza levemente, un gesto tan pequeño que cualquiera lo habría confundido con un reflejo, pero no era un reflejo, era un mensaje, un “te veo”, un “sé dónde estás”, un “no corras”.
Parpadeé un instante por la lluvia y, cuando volví a mirar…
había desaparecido. Literalmente desaparecido.
No caminó hacia ningún lado, no subió a ningún coche, no dobló ninguna esquina.
Simplemente… dejó de estar. El corazón me golpeó como un martillo.
Me moví sin pensar, casi corriendo hacia la dirección donde debería haber estado; solo una calle húmeda, contenedores de basura y una puerta lateral de un edificio de oficinas.
Busqué huellas, busqué lógica, busqué cualquier indicio de que no estaba perdiendo la cabeza.
Nada. Era como perseguir una sombra. Una sombra sin sombra.
Saqué mi teléfono con manos temblorosas y llamé a Holloway.
—Dime que no estás haciendo ninguna estupidez —fue lo primero que dijo.
—Lo he visto. —¿A quién? —Al hombre. Hubo un silencio, un silencio que pesó más que la lluvia.
—Michael… escúchame bien —dijo con voz baja, casi paternal, casi colérica—.
Ese hombre no aparece así como así. Si lo viste, es porque él quería que lo vieras.
Si desapareció, es porque él quería desaparecer.
—Está jugando conmigo. —No —corregió—. Te está estudiando.
—¿De parte de quién? —pregunté sin contener la rabia.
Holloway tardó demasiado en responder. Demasiado.
—Eso es lo que estoy intentando averiguar —confesó finalmente.
Mientras colgaba, un pensamiento se abrió paso en mi mente con una claridad cortante: si él está siguiendo mis pasos, entonces también estuvo siguiendo los de Emma.
Y ahí, justo ahí, nació algo oscuro dentro de mí.
No odio. No miedo. Algo más peligroso: determinación.
Mi vida ya había dejado de pertenecerme; ahora giraba en torno a una sola idea, una frase que martilleaba mi cabeza con una precisión clínica: “Encuéntrala antes que él te encuentre a ti.”
Volví a casa caminando como si mis pasos no fueran míos; la lluvia había aumentado y Londres entera parecía haberse convertido en un mural gris y líquido, donde las figuras se distorsionaban antes incluso de que pudiera reconocerlas.
Cada rostro que cruzaba conmigo parecía sospechoso, cada ventana parecía observarme, cada sonido detrás de mí sonaba como un paso más cerca.
No era miedo. Era conciencia. Conciencia de que ya no estaba solo en mi propia vida.