Michael: Entre Líneas y Silencio (Entre Líneas 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Salí de la escuela con la sensación de llevar cemento en el pecho; cada paso era un golpe, cada respiración un recordatorio.

Emma había vivido una pesadilla silenciosa, una que yo jamás supe ver.

Me detuve a medio camino, mirando el suelo húmedo, intentando poner orden en mi cabeza.

Y fue entonces cuando lo sentí: esa sensación, esa mirada.

Levanté la cabeza lentamente. Al otro lado de la calle, justo frente a la reja del colegio, había un coche negro, ventanas tintadas, motor encendido, quieto como un depredador esperando.

Un nudo se me formó en el estómago. No era un coche cualquiera.

Era un coche que quería ser visto. Di un paso hacia él y el motor rugió ligeramente; no aceleró, no huyó, solo…

me observó. Di un segundo paso. Y un tercero.

El coche avanzó despacio, casi ceremonioso; pasó a mi lado sin prisa.

Vi mi propio reflejo en la ventanilla: pálido, tensado, roto.

Y dentro, una sombra, solo una, sin rostro, sin gesto, sin identidad.

El coche giró la esquina y desapareció, pero ese vacío que dejó atrás, ese silencio extraño, fue peor que cualquier grito.

Porque en ese instante entendí que ya no estaba buscando a Emma solo en papeles, recuerdos y silencios.

Alguien, en algún lugar, me estaba buscando a mí.

Volví a casa caminando. No tenía fuerzas para enfrentar el metro ni para escuchar voces humanas en espacios cerrados.

Londres era un animal gris esa tarde, uno de esos días en que la humedad parece subir del suelo como un gas venenoso.

Mientras caminaba, trataba de unir las piezas: el mensaje borrado, el miedo de Emma, la sombra del coche, la presencia invisible que empezaba a rodear mi vida.

Había algo más grande que su desaparición, algo que superaba mis teorías, mis sospechas, incluso mi imaginación.

Y, de pronto, lo entendí: Emma no había desaparecido.

La habían hecho desaparecer. Apreté los dientes y aceleré el paso.

Cuando llegué al edificio, subí las escaleras de dos en dos.

Tenía que hablar con Holloway. Tenía que hablar con él ya.

Golpeé su puerta con una mezcla de furia y desesperación.

Tardó unos segundos en abrir, pero cuando lo hizo su rostro me dijo dos cosas muy claras: primero, que él tampoco había dormido; segundo, que no estaba sorprendido de verme.

— Michael… —murmuró—. Sabía que volverías.

Entré sin pedir permiso. —Tú sabías —escupí—.

Tú sabías que ella tenía miedo. Que estaba huyendo de alguien.

Y no me lo dijiste. Holloway cerró la puerta con calma, como si no le afectara mi tono.

—No te lo dije —respondió— porque tú no estabas preparado para escucharlo.

—¿Y ahora sí? Holloway me sostuvo la mirada en silencio.

Y entonces lo dijo: —Emma estaba siendo vigilada, Michael.

Sentí un golpe en el estómago. —¿Por quién?

—No lo sabemos —respondió, cruzando los brazos—.

Pero lo hacía alguien con recursos. Pulcro.

Metódico. Invisiblemente visible. Esa frase me irritó.

—¿Qué significa eso? —Que quien la vigilaba quería que ella lo supiera —explicó con seriedad—.

Era alguien que disfrutaba del miedo ajeno.

Alguien que no tenía prisa. Me apoyé en la mesa, intentando controlar la respiración.

—¿Por qué no me dijiste nada? Holloway suspiró con pesadez.

—Porque en este tipo de casos, la gente se vuelve impredecible.

Y tú… —me señaló con la barbilla— tú ya estabas demasiado implicado emocionalmente.

—Eso no te daba derecho a ocultármelo. —Tampoco me daba derecho a ponerte en la mira —me contestó—.

Pero eso ya ha pasado, ¿no? Me quedé quieto.

No le había hablado del coche. Tampoco del niño.

Ni del mensaje. —¿Qué estás diciendo? —pregunté en voz baja.

Holloway me observó un largo rato. —Tú no me lo estás contando todo, Michael.

Y si no lo haces, no puedo protegerte. Abrí la boca para responder, pero en ese momento sonó mi teléfono.

El sonido atravesó la habitación como un disparo.

Miré la pantalla. Un número oculto. No era la primera vez que recibía llamadas privadas desde que Emma desapareció…

pero sí era la primera vez que me temblaban las manos.

Holloway dio un paso hacia mí. —Contesta —ordenó—.

Pero pon el altavoz. Tragué saliva. Deslicé el dedo.

Activé el altavoz. —¿Sí? —pregunté. Hubo un silencio.

Un silencio que pareció durar una eternidad.

Y entonces… una voz masculina, grave, calmada, perfectamente consciente del efecto que tenía, susurró: —Deja de busca rla, Michael.

Holloway se tensó. Yo me quedé paralizado.

—¿Quién eres? —pregunté. La voz ignoró mi pregunta.

—Vuelve a tu vida. No abras puertas que no entiendes.

—¿Dónde está Emma? —Viva… de momento. Mi corazón se detuvo un instante.

—Si sigues buscándola, ella sufrirá más de lo que ya sufre —añadió la voz con una cadencia tan fría que me heló la sangre—.

Y tú también. Holloway dio un paso hacia el teléfono, pero la voz habló de nuevo, como si supiera exactamente qué estaba pasando: —Inspector Holloway —dijo con una suavidad siniestra—.

No creas que no sé quién eres. Ni cuánto te queda.

Holloway palideció. La llamada se cortó.

No hubo tono. No hubo final. Solo silencio.

Un silencio más oscuro que todo Londres.

Me quedé mirando la pantalla, con la respiración entrecortada.

Holloway habló primero. —Michael… —dijo en voz baja—.

Esto acaba de cambiarlo todo. Y tenía razón.

Porque en ese instante comprendí dos cosas: Emma estaba viva.

Y alguien estaba dispuesto a cualquier cosa para mantenerla fuera de mi alcance.