CAPÍTULO 5 #2
No era normal que una amiga hable así del pasado de otra amiga.
No era normal que Holloway no estuviera al tanto.
No era normal que la urgencia sonara más a advertencia que a información.
Nos vimos en un banco del parque de Bunhill Fields, donde la niebla parecía flotar a pocos centímetros del suelo.
Sophie estaba nerviosa. Miraba alrededor cada pocos segundos, como si temiera ser vista.
—Michael, Emma… tenía miedo —dijo, sin preámbulos.
—¿Miedo de quién? —De alguien que la seguía.
—¿Un hombre? —Sí. —¿Ese hombre era…? No terminé la frase.
No pude. Pero Sophie entendió. —No eras tú —dijo, con firmeza inesperada—.
Ella confiaba en ti. Pausa. —Pero alguien más…
alguien más la observaba desde antes de que tú supieras que ella existía.
Sentí la garganta cerrarse. —¿Quién? —No lo sé.
Pero Emma guardaba algo. Un cuaderno. No me lo mostró nunca.
Miró el suelo, dudando. —Creo que quería enseñártelo a ti.
El suelo pareció temblar bajo mis pies. —¿Por qué a mí?
—Porque tú la escuchabas. Eso es muy raro hoy en día.
Y Emma… Emma necesitaba que alguien la mirara sin juzgarla.
No respondí. Porque, por un instante, sentí que el corazón me dolía físicamente.
Al volver a casa, encontré algo en el buzón.
Una hoja doblada. Sin sobre. Sin remitente.
La abrí con las manos temblorosas. Era una página arrancada de un cuaderno infantil.
Con los bordes deshilachados. Dibujada con rotuladores.
Una mujer con el pelo castaño. Un niño a su lado.
Y detrás de ambos, una figura oscura. Sin rostro.
Sin forma definida. Solo una sombra. En la parte inferior, con letra temblorosa, había una palabra: Correr.
O huir. O escapar. El corazón me golpeó el pecho. No sabía si Emma la había escrito. No sabía si alguien quería que yo la viera. No sabía si esa sombra era real o un fantasma. Solo sabía una cosa:
Emma estaba tratando de decirme algo.
O alguien estaba tratando de decirme algo a través de ella.
Me quedé de pie en mitad del salón, con la página en la mano.
Y entonces llegó el dilema que me desgarró: ¿debo seguir estas señales y encontrarla…
o mantenerme al margen antes de que sea demasiado tarde para mí?
Las sombras de la habitación parecían moverse con la lluvia.
La noche estaba viva. La ciudad respiraba.
Y yo, en un quiebre inesperado del alma,, tuve miedo real no de perderla… sino de encontrarla.
La noche se arrastró como una sombra interminable.
Dormir era imposible, así que salí a caminar.
Londres, bajo la lluvia, se volvía un animal silencioso que observaba desde cada esquina.
Las aceras brillaban como piel húmeda. Los faros de los coches eran ojos vigilantes.
La palabra escrita en la hoja —Correr— no dejaba de repetirse en mi mente.
¿Huir? ¿De quién? ¿Hacia dónde? Si Emma había escrito eso —si realmente había sido ella— tenía que estar en peligro.
Pero si alguien más lo había puesto en mi buzón…
entonces era yo quien estaba siendo observado .
A media mañana, Holloway me llamó. Su voz sonaba tensa, más de lo habitual.
—Necesito que vengas ahora mismo —dijo. Nos encontramos en una cafetería estrecha frente al puente de Southwark Bridge.
El olor a café recién molido no alcanzaba a disfrazar la sensación de estar en una trampa.
Holloway llevaba un sobre en la mano. —Tenemos un problema —empezó.
—¿Qué tipo de problema? —Uno que lleva el nombre de tu amigo David.
El corazón me dio un vuelco. —¿David? ¿Qué tiene que ver él con esto?
Holloway abrió el sobre y sacó las imágenes.
Fotos. Varias. Todas tomadas desde lejos.
Granulado gris. Oscuro. En las fotos aparecía David.
Caminando cerca de la escuela de Emma. Esperando junto a la parada del autobús 44.
Mirando hacia el mismo edificio abandonado donde yo había visto la luz.
Mis manos empezaron a temblar. —¿Cuándo…
cuándo fueron tomadas estas fotos? —Hace entre tres y cuatro semanas —dijo Holloway—.
La misma época en la que Emma empezó a comportarse de forma extraña según Sophie.
Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones.
—Eso no significa nada —dije. —¿No? ¿Qué hacía él ahí?
—No lo sé. —¿Tú se lo preguntaste? —No. —¿Por qué?
—Porque no sé si quiero escuchar la respuesta.
Holloway me observó largo rato, como si intentara medir el peso de mis palabras.
—Michael, escúchame bien —dijo finalmente—: tu amigo David estaba en los últimos lugares donde Emma fue vista.
Eso lo convierte, como mínimo, en un testigo.
Y como máximo… No terminó la frase. No hacía falta.
Me marché antes de que el café dejara de temblar en mis manos.
No podía aceptar la idea. No podía digerirla.
David, mi mejor amigo… ¿siguiéndome? ¿siguiéndola?
¿O siguiendo a alguien más? Las fotos eran una trampa, me dije.
Un engaño. Una coincidencia. Cualquier cosa menos lo que parecían ser.
Pero la sombra del corte en su mano… igual que el del hombre de la ventana rota… ahora cobraba otro significado.
Por la tarde, revisé de nuevo la hoja del cuaderno que había encontrado en mi buzón.
La figura oscura detrás de Emma y el niño.
La palabra “Run”. Al mirar el reverso, vi algo que no había notado.
Un trazo casi invisible. Una línea. Luego otra.
Pequeñas marcas que parecían hechas con un rotulador infantil.
Un mapa. Un borrador. Un dibujo torpe de calles.
De esquinas. De un parque. Y en un punto, marcado con un puntito rojo, la letra E.
Mi pulso se aceleró. Reconocí esas curvas, esas líneas…
era el parque donde Sophie me había citado la noche anterior.
¿Emma había estado allí? ¿Había dejado esa pista?
¿O alguien quería que yo volviera? Fui al parque cuando ya caía la tarde.
La niebla se agazapaba entre las lápidas antiguas como un animal cansado.
Los árboles parecían más delgados, más viejos, más vigilantes.
Caminé siguiendo las líneas imaginarias del mapa.
Un camino. Luego otro. Finalmente, llegué al punto marcado con la “E”.
No había nada. Solo hojas mojadas. Una farola parpadeando.
Y el silencio pesado de un lugar que guarda demasiados secretos.
Di un paso atrás. Y entonces lo vi. Un mensaje, escrito en tiza blanca sobre el banco de madera:
Tú se supone que debías ayudarme.
Me quedé inmóvil. El mundo se volvió delgado. La lluvia parecía caer más despacio. Era su letra. Lo sabía. La había visto en cuadernos de clase, en notas que los niños llevaban a sus padres, en la pizarra de su aula. Era ella. Tenía que ser ella. Pero… ¿cuándo había estado aquí? ¿Y con quién?
Recogí la hoja con la tiza aún fresca. Mis manos temblaban.
Y entonces escuché pasos detrás de mí. Volví la cabeza.
David estaba allí. Bajo la lluvia. Mirándome con ojos que no reconocí.
—Michael… Su voz sonó como un lamento. —No deberías estar aquí.
La niebla parecía tragarse sus palabras.
—¿Tú sabías de esto? —pregunté, mostrando la hoja y la frase escrita en el banco.
—No tenía elección —susurró—. No entiendes nada.
Mis músculos se tensaron. —¿Qué no entiendo, David?
Él dio un paso hacia mí. Luego otro. La lluvia resbalaba por su rostro como lágrimas antiguas.
—Emma no desapareció como tú crees —dijo finalmente—.
Y tú… tú estás más dentro de todo esto de lo que imaginas.
Sus ojos parecían pedir perdón. O advertirme.
O ambas cosas. Y entonces, sin más, se dio la vuelta.
Y empezó a correr. Desapareció entre la niebla antes de que pudiera reaccionar.
Me quedé solo en mitad del parque, con la hoja en la mano y la lluvia cayéndome sobre la cara. Y en un arranque brutal de lucidez, entendí que la palabra “Run” tal vez no era solo para Emma. Quizá también era para mí.
La lluvia no paró en toda la noche. Golpeaba las ventanas como si quisiera entrar a la fuerza.
No dormí. No podía hacerlo después de ver a David desaparecer entre la niebla como un fantasma que carga un secreto demasiado pesado.
Me quedé sentado en el salón, con la luz apagada, escuchando el ruido húmedo de la ciudad.
La frase escrita en el banco — Tú se supone que debías ayudarme— seguía clavada en mi mente, como un reproche que no me pertenecía y, sin embargo, me atravesaba.
Había algo más, algo que no terminaba de entender…
y que me estaba matando por dentro. Cuando amaneció, el teléfono vibró.
Era Sophie. “Puedo verte ahora. Es urgente.” Fui a su piso en Holloway Road.
El edificio olía a humedad y pintura vieja.
Sophie abrió la puerta con el rostro pálido, los ojos enrojecidos.
—¿Qué ha pasado? —pregunté. —Es sobre Emma —dijo—. Ya no puedo seguir callando.