CAPÍTULO 5 #3
Entré. El piso era pequeño, cálido, lleno de juguetes y dibujos infantiles colgados en las paredes.
Aquello contrastaba con la tensión de su cuerpo, que parecía a punto de quebrarse.
Nos sentamos en la mesa de la cocina. Ella no me miraba directamente, como si temiera encontrar algo en mi mirada.
—Emma… nunca habló mucho de su vida privada —empezó Sophie, casi en un susurro—.
Tú la veías tranquila, fuerte, dulce… y lo era.
Pero también arrastraba algo. —¿Qué? —Un miedo.
Uno muy antiguo. Me recorrió un escalofrío.
—¿Tenía problemas? —Sí. Pero no como piensas.
Sophie respiró hondo. —Hace años… antes del colegio, antes de mudarse a Londres…
Emma estuvo en una relación complicada. Muy complicada.
Con un hombre que no aceptaba que lo dejara.
—¿Un acosador? —Algo así. Pero no era alguien cualquiera.
—Era policía. El aire dejó de moverse. —¿Cómo que policía?
—Sí. De Manchester. Nunca dijo su nombre real.
Solo dijo que, cuando ella se marchó, él prometió que la encontraría.
La piel se me erizó por completo. —Ella creía que él la seguía —continuó Sophie, con la voz quebrada—.
No tenía pruebas. Solo sensaciones. Miradas.
Sombras. Notas sin firma. Mi pulso empezó a aumentar.
Notas sin firma. Como la hoja del cuaderno.
Como el mensaje del banco. —¿Por qué no denunció?
—pregunté. —Porque él conocía a todos lo s que debían protegerla.
Porque… porque Emma no confiaba en nadie.
Me incliné hacia adelante. —¿Y tú? ¿Tú sabías esto desde hace cuánto?
—Desde antes de que desapareciera. Su voz se rompió.
—No la supe ayudar, Michael. Y tengo miedo de que tú tampoco puedas.
Antes de que pudiera responderle, mi teléfono sonó.
Holloway. Salí al pasillo para contestar.
—Michael. Hemos encontrado algo. —¿Qué? —Un objeto.
Pertenecía a Emma. Mi corazón se aceleró.
—¿Dónde? —En las inmediaciones del parque.
—¿Bunhill Fields? —Exacto. Y hay otra cosa.
Pausa. —El análisis preliminar señala que su desaparición podría no ser voluntaria.
Se me aflojaron las piernas. —Voy para allá —dije.
—Espera. Holloway bajó la voz. —No vengas solo.
No confío en nadie que esté cerca de ti.
Ni siquiera en tu amigo David McAllister.
Sentí un sabor metálico en la boca. —¿Por qué él?
—Porque uno de mis agentes encontró esto.
Hubo un silencio breve, denso. —¿Qué encontraron, Inspector?
—Una huella parcial. Pausa. —Coincide con David McAllister.
El mundo se volvió estrecho. Peligrosamente estrecho.
Cuando volví a la cocina, Sophie estaba temblando.
—Sophie —dije con la mandíbula tensa—, ¿crees que Emma podía tener contacto con alguien…
últimamente? —No lo sé. Apenas hablaba de su vida fuera del colegio.
Solo… Se detuvo. —Solo mencionó algo una vez, hace meses.
Algo sobre un hombre al que no quería ver jamás.
—¿Tenía nombre? Ella negó con la cabeza.
—Pero… Sophie tragó saliva. —Dijo que si alguna vez desaparecía…
sería por alguien a quien conocía desde hace tiempo.
Y que ese alguien sería el último que cualquiera imaginaría.
Un escalofrío recorrió mi espalda. David.
El corte en su mano. Las fotos. Su presencia en la niebla.
Todo encajaba. O parecía encajar demasiado bien.
Al salir del piso de Sophie, tomé aire frío, tratando de aclarar mis pensamientos.
La ciudad era un laberinto de sombras alargadas por la mañana gris.
Mi mente daba vueltas: Emma había tenido un acosador.
Emma había tenido miedo. Emma me había escrito —o alguien había imitado su letra— pidiéndome ayuda.
Y ahora David… David aparecía en todos los lugares oscuros de esta historia como una sombra que yo no quería ver.
Pero ¿y si estaba siendo manipulado? ¿Y si todo era una maniobra deliberada?
¿Y si David corría tanto peligro como Emma?
Caminé sin rumbo hasta llegar al borde del río.
El Támesis arrastraba la niebla como si fuera un manto de ceniza.
Y fue ahí, justo ahí, donde lo decidí: no iba a dar un paso atrás.
No iba a dejar que nadie me dijera que debía tener miedo.
No iba a quedarme al margen mientras Emma seguía sola en algún lugar, esperando ser encontrada.
Ella confiaba en mí. Lo había sentido en cada palabra, en cada mirada fugaz en el retrovisor, en cada gesto que no decía nada y lo decía todo.
Si una sola luz bastara para encontrarla, la buscaría.
Si una sola canción sirviera para seguir sus pasos, la escribiría.
Si una sola pista existiera en todo Londres, la encontraría. Costara lo que costara.
El teléfono vibró de nuevo. Un mensaje. Sin nombre.
Sin número visible. Solo una frase: “Deja de buscarla”.
Y abajo… una foto borrosa. Una silueta femenina.
Pelo castaño recogido en una coleta. Emma.
O alguien que quería parecerse demasiado a ella.
Se ntí un peso en el pecho. Una certeza.
Un frío que ya no era del clima. No volvería a detenerme.
No ahora. No nunca. Emma seguía viva. En algún lugar.
Alguien quería mantenerla lejos de mí. Alguien que sabía cómo manipular sombras, fotos y mensajes.
Y yo ya había cruzado el punto sin retorno.
El Aviso
La foto seguía en mi móvil. La miré durante minutos, impotente, mientras la niebla del río devoraba el silencio a mi alrededor.
Emma —o una sombra de ella— había sido captada en algún rincón oscuro de la ciudad.
La figura estaba desenfocada, pero el gesto, la postura…
la fragilidad… era ella. Tenía que ser ella.
Y sin embargo… algo en la imagen era extraño.
Parecía más tensa. Más delgada. Más asustada.
Como si alguien la hubiese arrancado de todo aquello que alguna vez fue seguro para ella.
No podía dejar de temblar. Guardé el móvil en el bolsillo y me forcé a caminar.
No podía quedarme quieto. La quietud es peligrosa cuando hay sombras observando.
Avancé por el paseo del río, entre pasos que resonaban sobre el empedrado húmedo.
La ciudad olía a humo y a agua vieja. Entonces lo sentí.
Una presencia. Un movimiento al borde de la visión periférica.
Me giré. La niebla solo mostraba siluetas: chimeneas, puentes, transeúntes silenciosos.
Di unos pasos más. Allí estaba de nuevo.
Detrás de mí. A treinta metros. Una figura oscura.
Alto. Delgado. Quieto. Demasiado quieto.
—¿Quién eres? —susurré para mis adentros.
No se movió. Seguí caminando, acelerando el paso.
Al doblar una esquina, el viento trajo un eco áspero: un chirrido metálico, como un cable rozando una farola.
Volví a girarme. La figura ya no estaba.
Un escalofrío me bajó por la columna. No era imaginación.
No podría serlo después de todo lo que había visto.
Metí las manos en los bolsillos, buscando algo de equilibrio en ese mundo que se estaba desmoronando.
Y ahí lo noté. Algo frío. Algo que no estaba antes.
Lo saqué. Un pequeño sobre negro. Sellado.
Sin remitente. ¿Cómo había llegado a mis bolsillos…
si no había notado ninguna mano acercarse?
Mis dedos temblaron al abrirlo. Dentro había una sola tarjeta blanca.
Sin palabras. Solo un símbolo trazado en tinta negra:
Un círculo roto por una línea vertical.
Un ojo que no termina de abrirse.
Y debajo, con letra pequeña, casi grabada:
Tú eres el siguiente.
Sentí una presión en la garganta. Un zumbido empezó a crecer en mis oídos.
No era miedo. Era otra cosa. Rabia. Incredulidad.
Una convicción feroz que no recordaba haber sentido jamás.
Respiré hondo e intenté recomponerme. Fue entonces cuando el móvil volvió a vibrar.
Un número desconocido. Sin prefijo. Sin identificación.
Respondí. Silencio al otro lado. —¿Quién eres?
—pregunté con la voz grave. Nada. —Si le has hecho algo a Emma…
te juro que— Un ruido. Como un exhalar. Como una respiración.
Y luego una frase, susurrada, casi inaudible: “Ella suplicó”. La llamada se cortó.
No recuerdo haber guardado el teléfono. Ni cómo llegué al primer taxi que encontré.
Solo sé que mi sangre hervía mientras mi mente repetía esas palabras como un eco maldito.
“Ella suplicó”. Ella suplicó. ¿Suplicó qué?
¿A quién? ¿Dónde? No podía esperar más. No podía dudar.
No podía detenerme. Habían invocado algo que nunca debieron despertar.
Emma estaba viva. Tenía miedo. Y alguien quería que yo también lo tuviera. Pues bien. No lo conseguirían.
Cerré los ojos un segundo, dejando que el latido de mi corazón marcara el ritmo de mi respiración.
Cuando los abrí, lo supe: el juego había cambiado.
Y yo también. Era hora de ir más profundo.
Más allá de los límites. Más allá de la ley.
Más allá del miedo. Porque si querían que dejara de buscarla…
solo habían conseguido una cosa: que no pensara hacer otra cosa.