CAPÍTULO 5
Amigos y sospechas
La mañana siguiente volvió a amanecer gris, como si Londres se empeñara en recordarme que la luz era un lujo al que ya no tenía derecho.
Dormí mal. Quizá no dormí. Emma aparecía en cada fragmento de sueño: su pelo castaño oscuro cayendo en mechones suaves sobre la frente, o recogido en una coleta que dejaba ver el cansancio en los ojos.
Su tristeza tenía una forma precisa. Un hueco.
Un vacío que yo llenaba sin querer con mis palabras.
Había algo en ella que me hacía querer entenderla.
No salvarla —eso sería arrogante—, pero sí estar ahí cuando ese peso invisible finalmente la aplastara.
Una parte de mí creía que ese día llegaría…
y que yo sería quien recogiera los pedazos.
Ese día, sin embargo, nunca llegó. No aún.
David fue el primero en llamarme. —Tío, estás desaparecido —dijo con su tono de siempre, pretendidamente ligero pero cargado de preocupación—.
Te juro que si sigues así voy a pensar que te has metido en algo raro.
David llevaba años siendo el único cable a tierra que me quedaba.
Era mi mejor amigo desde la adolescencia, pero no sabía nada de Emma.
Nadie lo sabía. Ni siquiera yo sé por qué nunca mencioné su nombre en voz alta cuando estaba con él.
Quizá porque Emma merecía un silencio especial.
Un silencio que solo le pertenecía a ella.
—Estoy bien —mentí. —No, no lo estás. Tienes la voz como si no hubieras dormido en tres semanas.
Pausa. —¿Se trata de una mujer? El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué te hace pensar eso? —Porque siempre que te pones así, es por una mujer.
No respondí. No podía. David suspiró al otro lado.
—Mira, lo que sea que esté pasando… no te lo guardes.
Lo sabes, ¿verdad? —Lo sé. Lo sabía. Pero no podía hablar.
Aún no. —Quedemos hoy —insistió—. Una cerveza, nada raro.
—No puedo. —Michael, no estás bien. —No puedo, David.
La llamada terminó con un silencio que dolió más que cualquier palabra.
Una parte de mí sabía que estaba empujando lejos a la única persona que podía ayudarme. Pero otra parte…
Esa parte solo podía pensar en Emma.
Esa tarde, Holloway me citó en una cafetería vieja de Shoreditch.
El lugar olía a madera mojada y a café recién molido.
Las luces cálidas contrastaban con el gris exterior, creando un ambiente casi íntimo, casi cálido.
Pero Holloway no vino solo. —Michael, ella es Sophie Calder —dijo, haciendo un gesto hacia una mujer joven sentada a su lado.
Tenía el cabello oscuro recogido en un moño improvisado y unas ojeras profundas que no intentaba ocultar.
Era de esas personas que transmiten cansancio antes incluso de hablar.
—Soy amiga de Emma —dijo Sophie, sin rodeos.
Mi pecho se apretó. Nunca había imaginado cómo sonaría esa frase pronunciada por alguien que no fuera yo.
—Emma me habló de ti —añadió. Mi corazón se detuvo un instante.
—¿Qué… qué te dijo? Ella me miró con una mezcla de estudio y cautela.
—Que eras amable. Que escuchabas. Que te fijabas en los detalles que nadie veía.
Tragué saliva. —¿Algo más? —Que te daba un poco de miedo.
Holloway intervino enseguida, como si quisiera amortiguar el golpe.
—Sophie no quiere decir que usted la asustara.
Solo que Emma… tenía un periodo complicado.
Estaba nerviosa, vulnerable. Sophie bajó la mirada.
—Emma estaba pasando por algo. Algo de lo que yo no supe prot egerla.
—¿Qué era ese “algo”? —pregunté. Ella dudó.
Mucho. —Había una persona en su vida —susurró finalmente—.
Alguien que no quería dejarla ir. Holloway tomó nota mentalmente.
Yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Quién? —pregunté. —No puedo decirlo. Aún no…
Se interrumpió. —Solo sé que Emma no desapareció por decisión propia.
Sus palabras fueron como una ventana que se rompía de golpe en mitad de una noche tranquila.
Un ruido violento, inesperado. Irreparable.
Cuando Sophie se fue, Holloway me miró fijamente.
—Michael, necesito saber algo. —¿Qué? —¿Emma le contó algo de ese hombre?
—Nunca me habló de nadie. —Pero usted sentía cosas en ella.
—Sí. —¿Qué exactamente? Pensé en su mirada cuando subía al bus, esa melancolía suave que siempre traía consigo.
En su forma de caminar, casi como si alguien la empujara desde atrás.
En la presión que parecía cargar en los hombros.
—Sentía que estaba sufriendo —dije—. Que arrastraba algo desde hacía tiempo.
Y que nadie lo veía. —¿Pretendía usted ayudarla?
—Sí. Holloway se inclinó hacia adelante.
Su voz bajó un tono. —¿Y no cree que alguien pudo interpretar esa intención como una amenaza?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Como un arma cargada.
Esa noche, en casa, ocurrió algo que aún no sé explicar.
Encontré una foto. Una que no recordaba haber guardado.
Emma estaba saliendo del bus 44. Cabello suelto, flequillo despeinado, mirada perdida…
pero con un detalle inquietante: la foto estaba tomada desde mi asiento.
La perspectiva era exactamente la que yo tenía cu ando la observaba sin querer hacerlo del todo.
En la esquina inferior había una marca de agua. Una inicial.
D.
Mi mente se fracturó en un instante. ¿David la había visto?
¿La conocía? ¿Me estaba siguiendo? No. No podía ser.
David jamás… Pero la foto estaba allí. Y no se había puesto sola.
Me quedé quieto, el corazón latiéndome en los oídos.
Y sentí, por un instante que pareció desgarrar el tiempo, un dilema me rompió por dentro: ¿sigo las señales que me llevan hacia Emma…
o dejo que alguien más las controle? El aire de la habitación era pesado.
La lluvia golpeaba el cristal. La ciudad estaba en silencio.
Y yo, en un súbito latido de conciencia, tuve miedo de que Emma no fuera la única que estaba siendo vigilada.
La noche cayó demasiado rápido, como si Londres hubiera decidido esconderse de sí misma.
Los faroles parecían manchas borrosas sobre el asfalto mojado, y los pasos de la gente se deslizaban sin dejar huella, como sombras que intentaban no existir.
Yo aún tenía la foto en la mano. La había mirado tantas veces que casi podía escuchar el sonido del bus frenando, sentir el olor metálico del interior, ver la forma exacta en que Emma bajaba el escalón con precaución, como si temiera romper algo.
O romperse ella. La inicial en la esquina —D— seguía quemando.
David. Mi mejor amigo. Mi único amigo, en realidad.
No podía ser él. Pero tampoco podía ignorarlo.
El teléfono vibró en ese instante, rompiendo el silencio denso de la habitación.
David. No respondí. Lo dejé sonar hasta que su nombre desapareció de la pantalla, como si jamás hubiera estado allí.
A la mañana siguiente, David apareció en mi puerta.
Sin avisar. Sin anunciarse. Como si supiera que yo no iba a abrirle voluntariamente.
Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta y ese gesto ansioso en la mandíbula que solo le veía cuando estaba preocupado.
—¿Por qué no respondes? —dijo. —Estaba ocupado.
—Mentira. No estás bien. Te conozco. Quise creerle, quise ver en sus ojos al amigo de siempre…
pero algo en mí se había roto. La foto pesaba en mi bolsillo como una piedra caliente.
David dio un paso hacia mí. —Dime qué está pasando.
Has cambiado. Mucho. —No pasa nada —dije, apartando la mirada.
—¿Tienes problemas? ¿Te has metido en algo raro?
—No. —¿Es por esa mujer? Sentí un golpe seco en el estómago.
—¿Qué mujer? —La que has estado viendo en el bus.
Sí, lo sé, Michael. Lo sé desde hace tiempo.
Te veía mirarla. Te veía seguirla con los ojos.
Pausa. —No estás loco. Solo estás… atrapado.
La frase resonó en mi mente como si la dijera otra persona.
Atrapado. Yo. O Emma. O ambos. —Déjalo, David —dije, con un tono que no reconocí como mío.
—No puedo. Eres mi amigo. —No puedo hablar de esto contigo.
David frunció el ceño. —¿Estás en peligro?
—No. —¿Ella está en peligro? —No lo sé. Él suspiró, resignado.
Y entonces, lo vi: un pequeño corte reciente en su mano derecha.
Exactamente igual a los que tenía el hombre de la ventana rota en el edificio abandonado. Un escalofrío me recorrió la columna.
Más tarde, recibí un mensaje inesperado. No de David. No de Holloway. De Sophie .
“Necesito verte. Sola. Esta noche.” “He recordado algo.”