CAPÍTULO 4
Las huellas del agua
La lluvia había vuelto con esa insistencia antigua que Londres parecía haber heredado de un dolor que nadie recordaba.
No era un aguacero: era un llanto persistente, cansado, como si la ciudad respirara a través del agua.
Caminé sin rumbo, con el abrigo empapado y la mente clavada en un pensamiento imposible:
Si una sola canción pudiera decirme dónde estaba Emma, la escribiría yo mismo, aunque me costara la cordura. Si solo existiera una luz que pudiera señalarme su paradero, la buscaría en cada farola, cada ventana, cada reflejo del río.
Había noches en las que creía escuchar su voz en el ruido del tráfico o verla en la silueta fugaz de una mujer bajo un paraguas. Y otras veces, simplemente tenía la sensación de que Emma estaba muy cerca… demasiado cerca.
En la estación de Aldgate East un músico tocaba una melodía rota.
No supe reconocerla, pero tenía un ritmo extrañamente familiar, como el modo en que Emma subía al bus 44 cuando llevaba el pelo suelto y el flequillo le caía sobre los ojos.
Ese gesto suyo… esa manera torpe de acomodarse el mechón detrás de la oreja…
La melodía parecía imitarlo. Otros días, sin embargo, Emma llevaba el pelo recogido en una coleta estricta, como si intentara mantener el mundo unido con una simple goma.
Cuando la veía así, siempre tenía la sensación de que algo la estaba empujando desde dentro.
El músico seguía tocando, indiferente a la corriente subterránea de la ciudad.
Por un mome nto creí que Emma también habría caminado por allí en algún momento.
Que quizá aquella canción inexistente era, en realidad, un rastro.
Cuando volví a casa, encontré la ventana del salón empañada.
Sobre el vaho, escrita con un dedo, había una palabra: Abajo.
Debajo. Oculto. Más abajo. No supe si era una señal o una alucinación.
No sabía si la había escrito yo mismo sin recordarlo.
Pasé la mano por el cristal, borrando la palabra, pero no la sensación.
La casa parecía oler a algo que no estaba allí. A humedad. A recuerdo.
Holloway apareció al atardecer, sin avisar, con el abrigo empapado y la expresión más grave de lo habitual.
Miró alrededor, como si esperara encontrar a alguien más en la habitación.
—Tenemos un testigo —dijo sin rodeos—. Un niño.
—¿Un niño? —De la escuela de Emma. Dice haberla visto hace días.
En un coche oscuro. Llorando. Sentí un latigazo en el pecho.
Holloway lo notó. —¿Conocía usted a alguien que pudiera estar con ella?
—No —mentí. —¿Está seguro? —Sí. Él no me creyó. Yo tampoco sabía si debía creerme.
Esa misma tarde fui a la escuela. No sabía por qué lo hacía.
Quizá esperaba encontrar algo que Holloway había pasado por alto.
O quizá era simplemente la necesidad ciega de acercarme a cualquier lugar donde Emma hubiera estado.
El colegio estaba casi a oscuras. Un vigilante fumaba bajo el porche, resguardándose de la lluvia.
Caminé hacia él con paso seguro, como si perteneciera a ese lugar.
—Reunión con la directora —dije, mostrando el móvil como si fuera una acreditación.
El vigilante, cansado, apenas levantó la vista.
—Edificio B. Segunda planta. Última puerta a la izquierda.
El corazón me martillaba el pecho. No tenía ninguna reunión.
No sabía ni siquiera si la directora seguía allí.
Pero pasé. Dentro, el aire olía a papel mojado y a crayones.
Los pasillos estaban casi vacíos, iluminados solo por las luces de emergencia.
No sabía dónde estaba la clase de Emma. No tenía por qué saberlo.
Y sin embargo, había algo dentro de mí que me guiaba sin dudar.
Un instinto absurdo, irracional. Como si la hubiera seguido mil veces en silencio.
Pasé por varias puertas, leyendo los nombres escritos en pequeñas placas metálicas:
Aula 1 – Miss Turner.
Aula 2 – Mr. Collins.
Aula 3 – Miss Clarke.
Me detuve. Miré la puerta largo rato. No había motivo para que la encontrara tan rápido.
No había motivo para que supiera que ese era su nombre completo: Emma Clarke.
Y sin embargo, allí estaba. Abrí la puerta.
La clase estaba en penumbra. Sobre las mesas, los cuadernos de los niños seguían abiertos, como si alguien hubiera salido con prisa.
En un rincón, junto a la ventana, un mechón de pelo, castaño oscuro, descansaba atrapado entre los barrotes de una silla.
Era de ella. Tenía que serlo. Me acerqué, sintiendo que cada paso podía romper algo irrecuperable.
Los dibujos infantiles colgaban de las paredes.
Casas sin puerta, árboles sin hojas, figuras humanas sin rostro.
Un patrón inquietante, repetido una y otra vez.
Y en el escritorio de Emma encontré una frase escrita en tiza, casi borrada: “El silencio también educa.”
Tomé el bus 44 esa noche, solo para sentir que aún existía un lugar donde Emma y yo habíamos compartido algo.
El interior del vehículo estaba húmedo, frío.
Las luces parpadeaban como un corazón cansado.
Me senté en su asiento. El conductor me observó por el retrovisor, como si leyera algo en mi mirada que yo mismo desconocía.
En el reflejo de la ventana vi una silueta familiar.
Emma. El pelo suelto, el flequillo torcido, la mirada hacia el vacío.
Me giré. No había nadie. Solo un perfume tenue, dulce, imposible.
Al bajar, una luz parpadeó desde un edificio abandonado.
Un destello corto, casi tímido. Pero lo sentí.
Lo reconocí. Era esa luz. La única que podía ser ella.
Corrí. Subí las escaleras mojadas. Entré al pasillo.
Pero cuando llegué a la ventana, la luz había desaparecido por completo.
Como si nunca hubiera existido. Solo quedaba un charco en la entrada.
Y en el charco, escrito con tiza mojada, un nombre que la lluvia empezaba a borrar: Emma.
Me arrodillé. Toqué las letras antes de que el agua se las llevara. Y comprendí algo terrible, pero cierto: Emma estaba viva. Y me estaba dejando señales. No sabía si eran advertencias… o invitaciones. Solo sabía que ya no podía detenerme.