CAPÍTULO 3 #2
El agua seguía cayendo con una calma que dolía.
No había viento, ni trueno, ni rayo. Solo esa llovizna obstinada, menuda, que parecía no querer mojarlo todo, sino borrarlo.
Caminé sin rumbo por la orilla del río Támesis con la bufanda roja apretada entre las manos.
Era ridículo pensar que el color podría sobrevivir en una ciudad que solo conoce grises.
El río se movía lento, espeso, casi sólido.
Por momentos, tuve la sensación de que respiraba.
No sé cuánto tiempo estuve allí, pero cuando alcé la vista, la encontré.
Lena. De pie, bajo un paraguas negro, mirándome desde la distancia.
Su presencia no me sorprendió, como si ya supiera que aparecería.
Se acercó despacio, el sonido de sus botas chapoteando en los charcos.
—Te he estado buscando —dijo. —¿Por qué?
—Porque tú también la estás buscando, y eso te convierte en peligroso.
La miré, intentando descifrar el significado exacto de sus palabras.
Ella me sostuvo la mirada, sin miedo. Tenía el rostro húmedo, el cabello pegado a las sienes, los labios pálidos.
—¿Cómo sabes lo del cuerpo? —pregunté. —Todo Londres lo sabe.
Pero tú no estás buscando un cadáver, Michael.
Buscas redención. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Redención? —De algo que ni siquiera recuerdas haber hecho.
Me tendió un sobre de papel marrón. Estaba arrugado, húmedo, con una mancha oscura en una esquina.
Dentro, una hoja arrancada de un cuaderno de caligrafía infantil.
El trazo era firme, limpio, de maestra. Arriba, con letra de Emma, se leía:
“El silencio también educa.”
Las palabras parecían brillar bajo la luz sucia del farol, como si hubieran sido escritas con agua.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunté. —Te lo dejó —respondió Lena, bajando la voz—.
Antes de desaparecer. El corazón me latió con fuerza.
—¿La conocías? —Digamos que coincidimos.
—Sonrió con amargura—. En Londres todos coincidimos, tarde o temprano.
No supe si creerlo. Pero había algo en su mirada que mezclaba verdad y compasión, un tono que solo tienen las personas que ya han sobrevivido al miedo.
—Tienes que dejar de buscarla —continuó—.
Hay cosas que no están hechas para ser encontradas.
—No puedo. —Entonces prepárate para perderte tú también.
Y sin decir más, se dio la vuelta y se perdió entre los reflejos del agua.
La noche cayó de golpe, como un telón. Caminé sin dirección, sintiendo que cada paso me alejaba un poco más de lo que quedaba de mí.
El aire olía a hierro y a llanto. Pensé en Emma.
En sus palabras, en su calma, en los niños que la esperaban en un aula que ahora debía oler a polvo y a preguntas sin respuesta.
Pensé en el niño que dibujaba casas sin puertas, en esa metáfora que no entendí cuando debí hacerlo.
Quizá no era solo un dibujo. Quizá era un aviso.
“No todos los niños crecen.” Recordé la frase en la pizarra, el eco en mi cabeza, y sentí algo quebrarse.
Una rabia que no era del todo mía comenzó a abrirse paso dentro.
No era odio, no todavía, pero se le parecía.
“Parte de mí quería llorar. Otra parte quería matar. Y ya no sabía cuál de las dos me definía.” Golpeé una farola con el puño cerrado.
El metal vibró, devolviendo un sonido hueco, metálico, que pareció repetirse en toda la calle.
El dolor fue mínimo comparado con la sensación de estar desbordado por dentro.
La bufanda, empapada, seguía en mi mano.
La arrojé al río. El agua la engulló sin hacer ruido.
Volví a casa tarde, empapado, sin haber conseguido pensar en nada que no fuera el rostro de Emma y las palabras de Lena.
Encendí la lámpara del salón. Sobre la mesa, había un sobre nuevo.
No llevaba nombre ni dirección. Dentro, una fotografía.
Emma, sonriendo frente a una escuela, rodeada de niños.
En la parte inferior, una inscripción a mano:
“Todos tenemos una puerta por la que no queremos entrar.”
La ciudad sangra lentamente
Londres amaneció sin horizonte. El cielo y el río parecían una misma cosa, una masa gris sin bordes ni memoria.
Desde mi ventana, podía ver el reflejo de las luces del puente, distorsionadas por la lluvia, como si la ciudad intentara mirarse a sí misma y no se reconociera.
Pasé la noche en vela, observando cómo el agua resbalaba por el cristal.
En cada gota me parecía ver el rostro de Emma, disolviéndose, recomponiéndose, volviendo a caer.
El reloj del pasillo marcó las seis con su golpe seco.
En ese momento, sonó el timbre. No esperaba a nadie.
Al abrir la puerta, Holloway estaba allí.
El abrigo oscuro, empapado; el sombrero chorreando sobre el felpudo.
Tenía el semblante más serio que nunca. —Tenemos que hablar —dijo sin rodeos.
—¿Qué ha pasado? —pregunté. —Encontramos algo en la escena del crimen.
Entró sin esperar invitación, como si ya conociera la casa.
Se quedó de pie, mirando alrededor. Su mirada recorrió la habitación como quien memoriza un mapa del alma.
—No era ella —dijo al fin. El corazón me dio un vuelco.
—¿No era Emma? —No. Los análisis lo confirmaron esta mañana.
Una oleada de alivio me recorrió el cuerpo, seguida de algo peor: culpa.
Me sentí sucio por alegrarme de que otra mujer hubiera muerto.
Holloway encendió un cigarrillo y habló con voz grave, lenta: —Pero encontramos algo junto al cuerpo.
Un teléfono. Lo sacó del bolsillo interior de su abrigo.
Lo colocó sobre la mesa, envuelto en una bolsa de plástico.
El aparato estaba cubierto de barro seco.
A través del plástico, pude ver la pantalla agrietada y el reflejo de mis propios ojos.
—¿Le resulta familiar? —No —mentí. —Los peritos lograron encenderlo.
Tenía una carpeta de mensajes guardada. Me miró con una calma que dolía.
—Todos firmados con su nombre. El aire del salón se volvió denso, como si el oxígeno se hubiera convertido en niebla.
—Eso es imposible —dije. —Lo mismo pensé —respondió—.
Pero los datos están ahí. Mensajes de hace semanas.
Conversaciones con una mujer llamada Emma Clarke.
Me senté. El suelo pareció moverse bajo mis pies.
—¿Está diciendo que alguien… que alguien usó mi teléfono?
—O que alguien usó el suyo. —Holloway exhaló el humo despacio, como si saboreara cada palabra—.
Lo extraño es que muchos de esos mensajes nunca salieron de su número.
—¿Qué quiere decir? —Que fueron escritos, pero no enviados.
La frase cayó entre nosotros como una piedra lanzada a un pozo sin fondo.
El sonido tardó en desaparecer. —Tal vez alguien entró en mi casa.
—Tal vez —dijo, apagando el cigarrillo—.
O tal vez usted nunca dejó de escribirle, aunque ella ya no estuviera allí.
Me miró largo rato, como si buscara en mis ojos una grieta por donde pudiera asomarse la verdad.
Luego se levantó y se dirigió a la puerta.
Antes de salir, dijo: —Mañana volveré a verlo.
Y le aconsejo algo, señor Rowe: si vuelve a soñar con ella, no le conteste.
El portazo resonó por toda la habitación.
Me quedé solo, mirando el teléfono dentro de la bolsa.
Por un instante, tuve el impulso de abrirla, de tocarlo, de comprobar por mí mismo si sus palabras estaban allí.
Pero no lo hice. Porque temía que al encenderlo, Emma me respondiera.
Fuera, la lluvia seguía cayendo con ese ritmo de confesión que solo Londres conoce.
Y me di cuenta de algo: la ciudad no llueve, sangra lentamente.
Me acerqué al ventanal. El río Támesis se agitaba bajo la niebla, devorando las luces como una bestia cansada.
Y allí, en el reflejo del cristal, vi una sombra moverse detrás de mí. No giré la cabeza. Ya sabía quién era.